¡Había que volverse desde el mismo umbral del principal misterio de la cueva! ¿Quién podía dudar de que tras ella, tan sólida y hermética, tenía que encontrarse lo más importante y valioso para las gentes de los tiempos remotos? Luego de apagar las lámparas, limitándose así a la tenue luz de las coronas, Veda y Miiko se sentaron a descansar y a tomar un poco de alimento.
— ¿Qué puede haber ahí? — preguntó Miiko, dando un suspiro, sin apartar los ojos de la puerta, en la que rebrillaba orgulloso el oro de los signos —. Parece que se ríe de nosotras: no os dejaré entrar, ¡no os diré el secreto!..
— ¿Y qué ha conseguido usted ver en los armarios de la segunda sala? — inquirió Veda, rechazando el enojo, primitivo y pueril, ante el inesperado obstáculo.
— Diseños de máquinas, libros, impresos no en papel antiguo, de pasta de madera, sino en hojas metálicas. Y además, como unos rollos de películas cinematográficas, unas listas, cartas estelares y terrestres.
— En la primera sala, están los modelos de las máquinas; en la segunda, la documentación técnica correspondiente a las mismas, y en la tercera, ¿cómo diría yo?…
los valores de una época en que existía aún el dinero. Desde luego, coincide con los esquemas.
— ¿Y dónde están los valores en el sentido actual? Es decir, las supremas realizaciones del desarrollo espiritual de la humanidad: de la ciencia, del arte, de la literatura?… — exclamó Miiko.
— Espero que tras esa puerta — repuso tranquila Veda —. Pero no me extrañaría que hubiese ahí armas.
— ¿Cómo?
— Armamentos, medios de rápido exterminio en masa.