— ¡Ah! ¿Esa mujer elástica… semejante a una pantera?… — y Dar Veter alzó las manos con fingido espanto.
— Usted dirá: ¡Vaya un modo de apreciar la belleza femenina! Pero yo caigo constantemente en el error de los hombres del pasado que no entendían nada de las leyes de la psicofisiología y de la herencia. Siempre quiero ver en los demás mis concepciones y sentimientos.
— Evda, como todos los habitantes del planeta — dijo Ren Boz, interrumpiendo aquella confesión de su interlocutor — seguirá el momento de la partida.
Y el físico señaló a los altos trípodes de las cámaras de recepción blanca, infrarroja y ultravioleta, dispuestas en semicírculo alrededor de la astronave. Los diferentes grupos de rayos del espectro aumentarían en las pantallas las imágenes en colores, dándoles calor y vida real, del mismo modo que los diafragmas tonales suprimirían la resonancia metálica en las voces transmitidas.
Dar Veter miró en dirección Norte, de donde, arrastrando su pesada carga, venían unos electrobuses automáticos, abarrotados de gente. Del primero que llegó, saltó presurosa Veda y echó a correr, enredándose en la alta hierba. Sin detenerse, se lanzó contra el ancho pecho de Dar Veter para abrazarle con tan fuerte impulso que sus largas trenzas volaron sobre los hombros de él.
La apartó dulcemente, en tanto contemplaba aquel rostro, infinitamente querido, al que un singular peinado daba un aspecto nuevo.
— Acabo de trabajar en una película para niños, en el papel de reina de un país nórdico de los Siglos Sombríos — explicó ella un poco sofocada —. Y no he tenido tiempo de volver a peinarme.
Dar Veter se la imaginó con largo vestido de brocado, ceñida la cabeza por una corona de oro con gemas azules, con largas trenzas de color ceniza, que le llegaban más abajo de la rodilla, y una mirada audaz en los ojos grises. Y sonrió alegre.
— ¿Llevabas corona?
— ¡Claro! Una así — y trazó en el aire un ancho círculo con florones en forma de trébol.