Dar Veter y Yuni Ant cambiaron una mirada, mientras Mven Mas apretaba por un instante la mano de Dar Veter. Eran los llamamientos galácticos de la Tierra, mejor dicho, de nuestro sistema planetario solar, considerado en un tiempo por los observadores de otros mundos como un solo gran satélite que daba cada cincuenta y nueve años terrestres una vuelta alrededor del Sol. Durante este período se producía una vez la oposición de Júpiter y de Saturno, que desplazaba el Sol, visiblemente para los astrónomos, de las estrellas vecinas. En ese mismo error habían incurrido también nuestros astrónomos con respecto a numerosos sistemas planetarios, cuya existencia cerca de diversas estrellas había sido descubierta ya en tiempos remotos, Yuni Ant, con más premura que al comienzo de la emisión, comprobó el reglaje de la máquina mnemotécnica y las indicaciones de los aparatos OES que velaban celosamente por el buen funcionamiento.
La voz impasible del intérprete electrónico continuó diciendo:
— Hemos recibido perfectamente la emisión de la estrella… — y de nuevo se oyeron una serie de cifras y unos sonidos intermitentes —, de un modo casual, fuera de las horas en que emite el Gran Circuito. Ellas no han descifrado el lenguaje del Circuito y gastan energía en vano, lanzando sus mensajes en las horas de silencio. Nosotros les hemos contestado en el período de sus emisiones; los resultados serán conocidos dentro de unas tres décimas de segundo… — la voz se calló. Los aparatos de señales continuaron encendidos, a excepción del circulillo verde.
— Hasta ahora se desconocen las causas de estas interrupciones. Puede que se deban al famoso campo neutro de los astronautas que se interpone entre nosotros — explicó Yuni Ant a Veda.
— Tres décimas de segundo galáctico significa cerca de seiscientos años de espera — rezongó enfurruñado Dar Veter —. ¿Y qué falta nos hace eso?
— Por lo que yo he podido comprender, la estrella con la que han enlazado es la Épsilon del Tucán, constelación del cielo austral — terció Mven Mas — que está situada a noventa parsecs, lo que constituye casi el límite de nuestra comunicación permanente.
Más allá de Deneb no la hemos establecido aún.
— ¿No captamos acaso el centro de la Galaxia y los cúmulos globulares? — preguntó Veda Kong.
— Sí, pero irregularmente, de un modo fortuito o por medio de las máquinas mnemotécnicas de otros miembros del Circuito que forman una cadena tendida a través de los espacios de la Galaxia — repuso Mven Mas.
— Las informaciones enviadas hace milenios y decenas de miles de años no se pierden en el espacio y acaban por llegar a nosotros — agregó Yuni Ant.