El color rojo de fuego de su piel correspondía al de la estatua que se alzaba en el mar.
Aquello no causó extrañeza a los habitantes de la Tierra, pues algunas tribus de indios de Centroamérica tenían — según las fotografías en colores que se conservaban de la antigüedad — la misma tonalidad de piel, aunque un poco menos oscura.
Había dos mujeres y dos hombres. Ambas parejas iban vestidas de distinta forma. Los que se hallaban más cerca del panel verde llevaban unas vestiduras cortas, doradas, que parecían elegantes monos con varios cierres de cremallera. Los otros dos estaban envueltos, de pies a cabeza, en capas idénticas del mismo matiz nacarado que las paredes.
Los dos primeros tañían, con suaves y plásticos movimientos, unas cuerdas tendidas oblicuamente junto al extremo izquierdo del panel. La pared, de esmeralda pulimentada o de vidrio, se tornaba ¡transparente. Al compás de sus movimientos, nítidas imágenes se sucedían, flotando en el cristal. Surgían y desaparecían con tanta rapidez, que su sentido era captado con dificultad incluso por observadores tan expertos como Yuni Ant y Dar Veter.
En aquella sucesión de montañas cobrizas, océanos violeta y bosques turquesa se adivinaba la historia del planeta. Animales y plantas — unas veces, monstruosos e incomprensibles; otras, soberbios y espléndidos — desfilaban como espectros del pasado.
Muchos se asemejaban a aquellos cuyos restos guardaban, a modo de anales, los estratos de la corteza terrestre. Larga era la escala ascendente de formas de vida, de continuo perfeccionamiento de la materia viva. Aquel interminable camino de evolución parecía a los seres de la Tierra aún más prolongado, áspero y penoso que su propia genealogía, bien conocida por cada uno de ellos.
En la espectral claridad del aparato iban apareciendo nuevos cuadros: fuego de grandes hogueras, amontonamientos de rocas en las llanuras, luchas con bestias feroces, solemnes exequias y ritos religiosos. La figura de un hombre, cuyo cuerpo cubría una piel de fiera, ocupó la pantalla en toda su altura. Apoyándose con una mano en una lanza y alzando la diestra hacia las estrellas con amplio ademán, pisaba fuertemente el cuello de un monstruo vencido, de ásperas crines en el espinazo, que, abiertas las fauces, mostraba sus largos y afilados colmillos. En el plano posterior, una hilera de hombres y mujeres, cogidos de la mano por parejas, parecían cantar.
Las visiones animadas desaparecieron cediendo lugar a la superficie oscura y pulida de la pared de piedra.
Entonces, los de las vestiduras doradas se apartaron a la derecha y su sitio fue ocupado por la otra pareja. Con un movimiento rapidísimo, se despojaron de sus capas, y sus cuerpos rojos ondularon como llamas vivas sobre el fondo irisado de los muros. El hombre tendió ambas manos hacia la mujer, ella le respondió con una alegre sonrisa tan arrogante y deslumbradora, que los moradores de la Tierra no pudieron menos de sonreír también. Y allá lejos, en la nacarada sala de aquel mundo infinitamente remoto, empezaron a bailar los dos una danza lenta. Más que una danza era aquello una serie de rítmicas poses destinadas, por lo visto, a mostrar la perfección, la belleza de líneas y plástica elasticidad de los cuerpos de los bailarines. Sin embargo, por la cadenciosa sucesión de los movimientos, se presentía una música majestuosa y triste al propio tiempo, como un himno a la gran legión de innumerables víctimas anónimas que habían sido inmoladas en aras de la evolución de la vida hasta llegar a tan admirable ser pensante: el hombre.
Mven Mas creía oír aquella melodía, percibir aquel abanico de notas altas y puras sostenido por el vibrante y acompasado ritmo de los sonidos graves. Veda Kong apretó la mano de Dar Veter, pero él no lo advirtió siquiera. Yuni Ant miraba inmóvil, con la respiración contenida, mientras unas gotas de sudor perlaban su despejada frente.