Niza lanzaba las llamadas ampliando la potencia de emisión y proyectando los rayos en abanico.

Por fin, vieron el diminuto punto luminoso del satélite. La nave empezó a trazar una curva alrededor del planeta, aproximándose a él poco a poco, en espiral, y adaptando su velocidad a la del satélite. La Tantra y éste parecían unidos por un cable invisible; la astronave pendía sobre el pequeño planeta, que corría raudo por su órbita. Los estereotelescopios electrónicos del gran navío cósmico exploraban la superficie del satélite.

Y de pronto, ante la tripulación apareció un espectáculo inolvidable.

Un enorme edificio de cristal brillaba cegador a los reflejos del sol sangrante. Bajo la plana techumbre había una estancia, semejante a un gran salón de actos. En él permanecía inmóvil una multitud de seres que no se parecían a los terrenales, pero eran, sin duda, humanos. Pur Hiss — astrónomo de la expedición, novato en el Cosmos, que había sustituido poco antes de partir a un compañero experto — siguió regulando con mano trémula el foco, para ampliar las imágenes. Las filas de hombres, que se veían borrosos bajo el cristal, continuaban en inmovilidad absoluta. Pur Hiss amplió más. Ya se distinguía un estrado con una larga mesa y bordeado de aparatos e instrumentos diversos. Sobre la mesa, de cara al auditorio, estaba sentado un hombre con las piernas cruzadas, perdida en la lejanía la mirada demencial de sus ojos fijos, aterradores.

— ¡Están muertos, congelados! — exclamó Erg Noor.

La astronave seguía suspendida sobre el satélite de Zirda. Catorce pares de ojos observaban aquella tumba de cristal, sin poder apartarse de ella. Sí, era en verdad una tumba. ¿Cuántos años llevaban allí aquellos cadáveres? Hacía setenta que el planeta había enmudecido, y si agregaban los seis de recorrido de los rayos, resultaban más de tres cuartos de siglo…

Luego, todas las miradas se tendieron hacia el jefe. Erg Noor, pálido el semblante, escudriñaba en la opalina niebla de la atmósfera que rodeaba al planeta. A través de ella, se columbraban apenas los tenues contornos de las montañas y los reflejos del mar, pero nada daba la respuesta que habían venido a buscar los astronautas.

— ¡La estación ha quedado inutilizada y no ha sido reconstruida en setenta y cinco años! Por consiguiente, en el planeta ha ocurrido una catástrofe. Hay que descender, penetrar en la atmósfera, tal vez tomar tierra… Aquí están todos reunidos. Yo pregunto cuál es la opinión del Consejo…

El astrónomo Pur Hiss fue el único que hizo objeciones. Niza miraba con indignación a su narizota corva, como el pico de una ave de rapiña, y a sus feas orejas asoplilladas.

— Si en el planeta ha ocurrido una catástrofe, no tendremos ninguna posibilidad de aprovisionarnos de anamesón. El vuelo a poca altura en torno al planeta, y tanto más la toma de tierra, disminuirán nuestras reservas de combustible planetario. Además, no sabemos qué ha pasado. Puede haber allí potentes radiaciones que nos maten a todos.