— ¿Me permite que vaya con usted? — dijo el biólogo, acercándose de un salto al jefe.

— Vamos, pero sólo usted y nadie más.

Los dos hombres avanzaron a rastras largo rato, aferrándose a las asperezas y las hendiduras de las rocas, procurando no caer en el radio de los torbellinos. El huracán se esforzaba tenaz en arrancarlos del terreno, darles la vuelta y arrastrarlos. Una vez lo consiguió, pero Erg Noor agarró a Eon, que rodaba ya, echóse de bruces sobre él y se asió con sus guantes ganchudos al borde de una peña.

Niza abrió el portillo de su torreta, y los dos hombres penetraron con dificultad, el uno tras el otro. Aquello estaba templado y en calma, la torreta se mantenía en pie firmemente, bien apuntalada en previsión de tempestades.

A la muchacha astronauta, de hermosos cabellos rojizos y ondulados, le produjo inquietud y alegría la llegada de sus compañeros. Reconoció honradamente que la perspectiva de pasar la jornada a solas con la borrasca en un planeta extraño no le era muy agradable.

Erg Noor comunicó a la Tantra que habían llegado felizmente, y el proyector de la astronave se apagó. En aquellas primitivas tinieblas brillaba solamente la débil lucecilla del interior de la torreta. Retemblaba el terreno de los embates de la tempestad, de los rayos y truenos, de las terribles trombas que se alzaban una tras otra. Niza, sentada en un sillón giratorio, apoyaba la espalda contra un reóstato. El jefe de la expedición y el biólogo se habían instalado a sus pies en el saliente anular de la base de la torreta.

Voluminosos, debido a sus escafandras, ocupaban casi todo el sitio.

— Propongo que echemos un sueño — oyóse queda, en los radioteléfonos, la voz de Erg Noor —. Hasta el alba negra, quedan aún sus buenas doce horas; únicamente entonces amainará el huracán y empezará el suave calor.

Sus compañeros aceptaron de buena gana. Agobiados por la triple pesantez, encogidos en las rígidas armaduras que les oprimían y encerrados en la angosta torreta, sacudida por la tempestad, los tres se durmieron: ¡tan grandes son las facultades de adaptación del organismo humano y las fuerzas de resistencia que guarda!

De vez en cuando, Niza se despertaba para comunicar al tripulante de guardia en la Tantra noticias tranquilizadoras, y se quedaba de nuevo adormecida. El huracán había disminuido sensiblemente, el terreno no retemblaba ya. Ahora podía aparecer el «nada», mejor dicho, el «algo» aquel. Los observadores de la torreta tomaron unas PA — píldoras para la atención —, a fin de confortar su deprimido sistema nervioso.