Niza se inclinó hacia el biólogo, que, a su lado, permanecía absorto en sus pensamientos, perdida el alma en la infinita lejanía del dulce planeta natal, con su naturaleza sometida.
— Eon, ¿ha participado usted alguna vez en tales competiciones?
El biólogo fijó en ella su mirada perpleja.
— ¿Qué? ¿En tales? No, nunca. Estaba pensativo y no la comprendí al pronto.
— ¿Acaso no pensaba usted en eso? — preguntó la muchacha señalando a la pantalla —. ¿Verdad que la percepción de la belleza de nuestro mundo es extraordinariamente deliciosa, después de las tinieblas, las tempestades y los negros acalefos eléctricos?
— Sí, desde luego. Y ello hace aumentar el deseo de atrapar a un acalefo de ésos.
Precisamente me estaba rompiendo la cabeza para encontrar el modo de conseguirlo.
Niza se apartó del biólogo, que reía satisfecho, y al volverse, encontró la sonrisa de Erg Noor.
— ¿Usted también estaba meditando en cómo capturar ese horror negro? — inquirió burlona.
— No, pensaba en la exploración de la astronave discoidal.