Con un pícaro fulgor en los ojos, Veda tendió la mano, y Dar Veter levantó fácilmente a la joven mujer. Descendieron hasta el giróptero caído, curáronse los arañazos con un líquido cicatrizante y pegaron sus desgarradas vestiduras. Dar Veter acostó a Veda a la sombra de un arbusto y se puso a buscar las causas de la avería. Como se figuraba, algo había ocurrido al nivelador automático, cuyo dispositivo de bloqueo había desconectado el motor. Apenas abrió el cárter, vio con claridad que no se podría hacer la reparación, pues ello requería abismarse largo tiempo en el estudio de una electrónica extremadamente complicada. Dando un suspiro de contrariedad, enderezó la cansada espalda y miró de reojo hacia el arbusto a cuyo pie, hecha un ovillo, dormitaba confiada Veda Kong. La cálida estepa, en toda la extensión que la vista abarcaba, estaba desierta. Dos grandes aves de rapiña planeaban lentas sobre la neblina ondulante y azul…

La dócil máquina se había convertido en un inerte disco que yacía impotente sobre la tierra seca. Y una extraña sensación de soledad, de aislamiento del mundo, se apoderó de Dar Veter.

Mas, al propio tiempo, no tenía miedo de nada. Que llegase la noche; entonces la visibilidad sería mayor; verían sin duda alguna luz y se dirigirían hacia ella. Ambos habían emprendido el vuelo sin equipaje, sin llevar radioteléfono, lámparas ni comida…

«Hubo un tiempo en que en la estepa se podía perecer de hambre si no se habían traído grandes reservas de provisiones… ¡E incluso agua!», pensaba el exdirector de estaciones exteriores, llevándose la mano a los ojos para protegerlos de la intensa luz.

Reparó en una franja de sombra del cerezo silvestre, cerca de Veda; tendióse tranquilamente sobre la tierra y percibió en su cuerpo la picazón de las secas hierbas que atravesaban su ligero traje de verano. El suave susurro del viento y el bochorno le sumieron en un dulce sopor. Sus pensamientos fluían lentamente y en su memoria se iban sucediendo, también despacio, cuadros de tiempos muy remotos; en interminable caravana, desfilaban pueblos antiguos, tribus, hombres… Era como si de allá, del pasado, viniese un gran río de hechos, personas y vestimentas que fueran cambiando a cada instante.

— ¡Veter! — oyó en su modorra la llamada de la voz querida, y al momento se despertó e incorporóse.

El sol, como una bola roja, tocaba ya la ensombrecida línea del horizonte y no se percibía ni el más leve soplo de viento.

— Veter, dueño mío — bromeaba Veda, inclinándose ante él al modo de las antiguas mujeres de Asia —. ¿No me haréis la merced de despertaros y de acordaros de mí?

Mediante unos ejercicios gimnásticos, Dar Veter acabó de ahuyentar el sueño. Veda estuvo de acuerdo con sus planes de esperar hasta la noche. La oscuridad los sorprendió discutiendo animadamente su trabajo anterior. De pronto, Dar Veter observó que Veda se estremecía. Las manos de ella estaban heladas, y él comprendió que el ligero vestido no la protegía en absoluto del frescor de la noche en aquellos nórdicos lugares.

Como la noche estival del paralelo sesenta era clara, ambos pudieron recoger unas brazadas de ramiza, con las que hicieron un gran montón.