POR las frívolas y fugitivas crónicas de actualidad ha pasado como una evocación antañona la figura hidalga, pomposa y antigua del buen soldado, caballero y poeta D. Juan de la Pezuela, conde de Cheste.
Era una silueta de otra edad. Como el famoso caballero Don Álvaro, era hijo de un virrey del Perú, y al resurgir ahora, en nuestro siglo mecánico y vulgar, nos ha parecido una figura pintoresca y gallarda de un poema donde hubiese sonoros surtidores y pelucas rizadas.
Perteneció a una generación literaria cuya voz escuchamos ya desde muy lejos. Nosotros recordamos con un poco de estupor los preceptos artísticos de D. Alberto Lista, a los cuales ciñóse estrictamente, tal vez sólo por devoción personal al maestro, hasta en las postreras regias salutaciones que trazó su mano senil venerable.
Con Espronceda, Ros de Olano, Enrique Gil y Florentino Sanz asistía al cenáculo del café del Príncipe, amable lugar donde se forjaron algunas de esas queridas narraciones que tanto nos han emocionado en nuestros primeros devaneos sentimentales, cuando pasábamos horas enteras devorando las pintorescas ediciones de Gaspar y Roig.
Y fué allí, entre románticas melenas y retóricos madrigales, en la exaltación de la nueva escuela revolucionaria y las violentas aspiraciones de libertad, expresadas en odas y octavas reales, donde el bardo que elogió a la atormentadora Teresa tuvo el mal acierto de lanzar sus sarcasmos byronianos contra la rigidez de escuela o las virtudes militares del conde de Cheste.
En aquel mismo punto quedó concertado el lance, como en aquel tiempo galano en que los poetas hampones se batían por un soneto en las encrucijadas del viejo París.
Caía la media noche cuando los combatientes se hallaban junto a la puerta del cementerio de San Martín. El claro de luna encantaba melancólicamente la fúnebre decoración. A la siniestra mano extendíase el bello jardín de los muertos, con sus anchas columnatas y sus calles de nichos vacíos. Quizá un ruiseñor cantaba entre las ramas de un ciprés religioso y sombrío como una elegía. De la honda paz de la tierra tal vez surgían esos rumores vagos, misteriosos, inquietantes, que parecen diálogos del más allá.
Ambos caballeros se despojaron de las largas capas y de los sombreros de ala plana. El cronista se finge el rostro pálido, demacrado de Espronceda, con los ojos ardiendo en la fiebre de su constante delirio sensual, iluminado por la luna. Tal vez llevara dentro su cerebro un rayo lunático y visionario, quien pasó por la tierra enamorado líricamente de la pálida Prometida.
Las hojas de acero brillaron y se cruzaron gallardamente. Breve fué la lucha: Espronceda, cuya naturaleza estaba aniquilada por su vida de vértigo, cayó en tierra herido de un sablazo.
Y así se dió fin a este episodio raro, pintoresco y triste, que era bien digno de la rima.