Esta vida serena, suave y rectilínea que acaba de extinguirse bajo la pesadumbre de noventa y seis años, nos da una emoción de vaga tristeza y de simpatía. Pensamos en esa figura noble y artística como un retrato antiguo, superviviente de todos sus contemporáneos, haciendo sus apacibles paseatas por las calles muertas de Segovia, la vieja, viviendo una vida arcaica y cristalizada entre los muros grises de las rancias mansiones infanzonas, con escudos de piedra y los palacios grises eternamente cerrados. Pensamos en la inquietud íntima de ese espíritu que había visto desaparecer tantas cosas y tantos amores, preguntarse al amanecer de cada día: «¿Será hoy?», e inclinar la frente coronada de plata y sentir el corazón turbado ante la evidencia del angustiador misterio. Muchas veces, al pasar por el pardo caserón de la calle de Pizarro, donde habitaba los inviernos, hemos evocado su silueta entre la grave penumbra de los viejos salones y le hemos imaginado trazando sobre amplias cuartillas renglones cortos de musa ingenua y familiar, para convocar a sus íntimas reuniones familiares, que eran como una evocación de los tiempos pretéritos. Y al comenzar en estas lamentables tardes de otoño a amarillear las hojas de los árboles para alfombrar después las calles solas de su pequeño jardín y la lámina verdosa de las fuentes mudas, hemos pensado con pena que quizá el noble anciano no viera en la caída de las hojas sólo la aproximación del invierno.
Algunos críticos opinan que su labor literaria no ha sido muy completa. Lo más interesante ha sido su vida, una de esas vidas antiguas y fecundas de soldado leal y valeroso, caballero de clásica hidalguía española, erudito y poeta como aquellos capitanes de la Conquista, que de día vivían en poema épico, y en el encanto de las noches tropicales rimaban las nostalgias de la patria o ardientes serventesios a los ojos de las limeñas.
Era una figura de otra edad. Una silueta de aquel buen tiempo de las melenas románticas, en que los poetas constituían la verdadera y lógica aristocracia; aquel buen tiempo en que había duelos pintorescos junto a las tapias de los camposantos por la belleza de un soneto, en que el romanticismo era como un vino generoso y locuaz que hacía soñar a todas las cabezas aun en un ambiente tan antiestético como el de la política.
Aquel buen tiempo de los poetas, porque se estimaba que cantar es la más bella expresión del alma humana.
Las manos de Elena
UN pintor bohemio rugía en una noche memorable, mientras el frío se colaba entre sus andrajos y el hambre bailaba en su cabeza descoyuntada danzas absurdas.
—Debiéramos desenterrar y quemar los restos de Murger.
Era una noche sagrada y familiar. Hasta los más humildes tenían en aquel momento un poco de fuego y de cariño. De los interiores iluminados salían hálitos suaves de serena felicidad, y en el aire flotaban, como surgidas del fondo de los tiempos antañones, las melodías ingenuas de los villancicos pascuales.
Por las calles, algunos perros vagabundos y nosotros.