—Acabo de cobrar un libro y... me he comprado doce mudas.
—Hombre, me alegro mucho—exclamó Camba—; tengo una cita galante con una bailarina, con la...—y pronunció uno de esos nombres radiantes, cascabeleros, armados de voluptuosidad, que, desde los carteles teatrales, hacen latir violentamente a los corazones de veinte años—. Estaba muy triste, porque no podía ir por el estado ruinoso de mi deshabillé. Pero tú has venido a salvarme. Me darás unos calzones.
—La cosa es que, verás... calzones no he comprado ninguno.
—Me contraría mucho; pero, en fin, me darás dos camisetas.
—Tampoco, porque yo creo que la camiseta es una prenda superflua, y no he comprado ninguna.
—Bueno, hombre. ¡Al menos, me darás una camisa!
—Chico, la verdad, no puedo darte una camisa... entera.
—¿Eh?
Villaespesa desenvolvió su lío. Las doce mudas se reducían a doce camisolines, o sea doce cuellos y doce pecheras. ¡Oh, prodigios de la fantasía!
La hermosa bailarina esperó en vano aquella noche a Julio Camba.