Su labor teatral en América le dará dinero y gloria. Empleará el magín en forjar versos y situaciones dramáticas en lugar de asaltar editores y prestamistas. Porque con este honorable gremio, Villaespesa ha sido un águila. Una vez empeñó una calavera, asegurando que volvería a sacarla, porque era un recuerdo de familia.

Estos episodios pertenecen a la época heroica de mi generación literaria. Cuando Camba era anarquista y sufrió un proceso por injurias a San Judas Tadeo; cuando un poeta dormía en el ascensor de un prócer tonto y tacaño, que era tío del vate sin albergue; cuando Barriobero nos invitaba a comer las paellas que él mismo condimentaba y llamaba a los horteras pinocentauros, o sea cuerpo de hombre y las patas de madera, el mostrador. Cuando Pueyo nos llevaba a los cafés con música y, emocionado por las arias de Marina o de La Bohême, nos confesaba que él también había escrito versos en la juventud... Cuando vendíamos todos los libros y empeñábamos todas las prendas—¡oh, aquella levita suntuosa de Bargiela!—, y Antonio Machado, el gran poeta, al recibir un libro nuevo, exclamaba corriendo al tenducho del librero de viejo:

Sol de la tarde. ¡Muy bien! ¡Café de la noche!


Elegía de un hombre inverosímil

¿CONOCÉIS algo más triste, más desvencijado, más fracasado que un traductor? Es la forma más lamentable del desastre literario. Pues Forondo era el traductor calamitoso, por antonomasia, entre todos sus traspillados cofrades. Forondo tocaba el violín; pero, según se decía, le expulsaban de todos los cafés porque al comenzar a tocar su violín se cortaba la leche. Y esto perjudicaba mucho al crédito de estos establecimientos. Poseía una bonita voz de canario flauta; pero no podía ser aplicable en los coliseos mas que entre el coro de señoras, y Forondo tenía una espesa barba multicolor que le impedía interpolarse entre canoras hijas de Talía. Algunas mañanas cantaba los motetes en algún templo, y por las noches acudía a un mitin societario, porque Forondo era un hombre terrible, enemigo personal del Papa. Forondo era el autor de esta frase demoledora: «De tejas arriba no hay más que metafísica y gatos».

Nuestro amigo vino a Madrid a ser poeta lírico. Escribió un soneto y se dedicó al café con media con verdadera intrepidez. Envió su soneto a todas las revistas y le fué devuelto, «porque había mucho original en cartera». Un periódico no se le admitió porque su soneto era demasiado corto. Entonces escribió un poema en ciento catorce octavillas italianas, titulado «Dios»; pero tampoco se publicó, porque el director opinó que «Dios» no era asunto de actualidad. Forondo carecía del sentido de la ponderación. Lo quiso ser todo y al fin no fué nada; esto es: finó siendo traductor. Elaboraba a brazo sus traducciones. «El pobre pequeño niño sacó su muestrecita. Eran once horas sonadas», o bien: «El desconocido llevaba un pantalón corto y una capa del mismo color». Estas son unas donosas pruebas de su estilo de traductor.

Jamás tuvo ideas propias ni se compró un traje nuevo. Por dentro y por fuera iba siempre adornado con prendas que le estaban anchas. Cuando yo le conocí, Forondo vendía perros en la acera del Suizo. Él me vendió un lindo ratonero muy inteligente, que mordió al señor D. Pedro Luis del Gálvez, suceso que repitieron las gacetas. Mi ratonero tuvo razón. Era un perro consciente, como los ciudadanos de cualquier Comité de barrio.

Forondo dormía en casa de Han de Islandia, un espantable hospedero de la calle de la Madera. El joven montaraz y notable poeta Javier Bóveda le conoció allí. Por cierto que se asustó mucho; moribundo de tuberculosis, con sus barbas rojas, negras, amarillas, y en calzoncillos, no era precisamente una Venus saliendo de las olas. Saliendo de entre las sábanas equívocas de su camastro, al fulgor luminoso del candilón, moribundo, famélico y derrotado, era más bien la alegoría espeluznante de la bohemia matritense. La historia de Forondo es una novela ejemplar para aviso de los jóvenes portaliras que sueñan en su rincón provinciano con esa musa trágica de Verlaine, de Manuel Paso y de Alejandro Sawa, estos grandes mártires de la religión de la literatura.

Era el amante ideal de la Cari-Harta y demás princesas de la gallofa. Cuando no tuvo perros que vender se dedicó de lleno a la traducción. Trabajaba quince horas diarias, luchando con la doble dificultad de que si bien no conocía el francés tampoco dominaba el castellano. Esta es la especialidad de casi todos los traductores. Y ello es natural y corresponde a la generosidad de los editores.