Desea que yo llame la atención de las Academias acerca de la calavera de Atahualpa, el inca infeliz que Sindulfo ha descubierto y cuya autenticidad prueba en un volumen de quinientos folios. Lo que creo es que intenta vender en buen precio la ilustre osamenta, y esta adquisición me parece inestimable para la colección del Museo Arqueológico. Un hallazgo tan importante haría la felicidad de cualquier docta Corporación.

Sindulfo es un sabio y un valeroso cazador de jirafas, y, aunque parezca raro, es dulcemente enamoradizo. Como todos los hombres extraordinarios, anda por el mundo caballero en una nube, y se le antoja ver ángeles domésticos en cada dama andariega y aficionada al acre aroma de varón.

—Mi querida Isabel, usted es la mujer que yo he soñado para formar un hogar...

Como veis, Sindulfo es un doncel romántico, digno de ser cantado por Walter Scott.

Y lo melancólico es que dice estas inflamadas palabras cuando ya tiene muchos hilos blancos en las barbas proféticas.

Este hombre extraño ha recorrido el mundo a pie y cuenta las cosas más desconcertantes.

—Yo he comido carne de indio guarany; es muy dulzona... Estaba perdido en un bosque del Chaco central. Otra vez, los indígenas me condenaron a muerte y me salvé a lomos de un jaguar. Así llegué a una tribu de indios pirios, que me creyeron un ser sobrenatural. Hicieron fiestas en mi honor y me regalaron una doncella joven para mi holgorio; se llamaba Atarbelia, morenita ella, bien formada. Luego la quemaron viva para que no tuviese descendencia de blanco. Es una costumbre.

Yo no sé si Sindulfo dice la verdad o si es folletín ambulante. Tengo motivos para creer que la imaginación es su facultad predominante. Un día que dábamos un paseo por la Moncloa se nos acabó el tabaco. Era otoño. Sindulfo cogió un puñado de hojas secas de chopo, las estrujó y las metió en su pipa. Después dejó errar su mirada por las lejanías de El Pardo, añorando sin duda los bosques vírgenes del Arauco. De pronto se detuvo y exclamó:

—Verdaderamente, el mejor tabaco para la pipa es este tabaco turco. Tiene un aroma muy delicado.

—¡Sindulfo, por Dios, que son hojas de chopo! ¿No recuerda que las hemos cogido cerca del caño gordo?