—Usted está soñando, amigo mío. Esto que fumamos es tabaco turco. Compré yo diez kilos en Constantinopla hace dos meses. Por cierto que aquella noche el Bósforo parecía un espejo. La luna rielaba sobre su superficie, y a lo lejos...

Sus ojos se entornaron y el ánima se fué en pos de aquel recuerdo otomán que él acababa de crear... Yo respeté su ensimismamiento y pensé que con esta fantasía Sindulfo era feliz.

Presenta certificados de los sitios por donde ha pasado. Realmente ha recorrido el mundo; pero ha viajado sin enterarse de lo que sucedía ante sus ojos, como hundido en si mismo, mirando hacia adentro, inventando paisajes, personas y episodios, sin tomarse el trabajo de mirar lo que le rodeaba. Lo mismo hubiese sido que no se moviese de la cama durante diez años.

—Otra vez, en África, me encontré a un cazador que llevaba sobre su camello un magnífico león muerto.

—No diga usted más—le atajé, sonriendo—. Era el gran Tartarín de Tarascón.

—Fuimos muy amigos. Juntos cazamos jirafas, caimanes... Y figúrese que cierta noche...

En medio del desierto de Sahara...—interrumpí—. Naturalmente, amigo Sindulfo. Usted es un grande hombre. Yo exigiré que las Academias le compren su calavera de Atahualpa y nos gastaremos los cuartos en la Bombilla, con aquellas dos chulonas modistillas que a usted le parecerán dos sacerdotisas de Vesta.

Porque, como dije al principio, Sindulfo gusta de los gachones deliquios del baile. Yo le he visto marcarse un schotis, cosa que es compatible con la arqueología y con Atahualpa, mientras cantaba, con una voz cavernosa que parecía la del propio inca difunto, este estribillo flébil:

Con mi muñequita
sobre el corazón,
esta hora tan dulce
me embriaga de amor.

Ahora voy a responder a una pregunta que está en la mente de los lectores. Sí, señor, el amigo Sindulfo existe, y no diré que es de carne y hueso, porque más bien parece de nube. Va todos los días a verme al café, y espero que dentro de poco será académico de la Historia. No olvidéis que ha descubierto la calavera de Atahualpa.