Y sin embargo, cuando estaban agrupados sobre un esqueleto, cuando la sangre hirviente los regaba, cuando las entrañas, como otros tantos hornillos, mantenian el calor de la vida, esos átomos soportaban el peso del cielo, regulaban á su placer el mundo, y dirigian la humanidad con una frágil espada, hoy enmohecida, al cumplimiento de sus destinos.
Pero ¿qué resta de todo esto? Unas cuantas capas de polvo amontonadas sobre otras capas de polvo, donde se han perdido y se han borrado los césares y los tribunos, los vencedores y los vencidos, los romanos y los bárbaros, los señores y los esclavos; sin que pesen más en la balanza del universo y en la gravitacion del globo unas que otras cenizas.
Despues de haber andado largo tiempo entre tantas ruinas, echais de ménos los habitantes, pero habitantes á la altura del coloso. Nada importa el ave nocturna que se esconde en el hueco de un sepulcro; nada el murciélago que sale de una catacumba; nada el buho ó el cuclillo que cantan en la soledad de la noche sobre las piedras del Coliseo. Quereis, repito, ver habitantes á la altura del coloso. Inútil buscarlos en una raza degenerada y sierva. Los dignos habitantes de Roma son los hombres de mármol tallados por el cincel en piedras inmortales. Son las figuras dibujadas en los muros por el genio. Y entre estas figuras, las que tienen todavía el fuego sagrado en la frente; las que guardan la fuerza del heroísmo en los músculos y en los nervios crispados por las chispas del pensamiento; las que respiran la tempestad en la ancha fragua de sus colosales pulmones; las que pueden sostener el cielo con su frente, y dejar bajo sus piés una huella indeleble en la tierra, son las figuras de Miguel Ángel.
Parece que despues de haber estado caido en el polvo mil años el genio del Capitolio, arrullado por los Misereres de la Edad Media, ha sacudido su pesado sueño un dia, se ha levantado arrojando las montañas de ruinas amontonadas sobre sus espaldas, y ha ido á buscar ese Titan del arte, ese Miguel Ángel siniestro, solitario, tétrico, sublime, para comunicarle el soplo de su espíritu, y pedirle en cambio que dejára grabadas sobre los muros de la Roma católica las sombras colosales de la Roma antigua. Así debian ser de fuertes, de fornidos, de hercúleos, los héroes romanos; ese pecho fortísimo necesitaban para infundir con su aliento un espíritu á la humanidad; esos brazos nervudos para manejar el caballo de guerra y llevarlo vencedor desde las orillas del Tígris á las orillas del Bétis; sobre esos anchos hombros descansaba la tierra como sobre otras tantas cariátides; esa actitud forzada y casi imposible debian tener cuando asaltaban Jerusalen y Alejandría; sus manos parecen vibrar aquella lanza, con la cual abrieron las venas de los pueblos y los ingertaron fuertemente en su derecho; y las espaldas gigantescas se encorvan un poco, cual si trajeran todavía al pomerium la enorme carga de los dioses vencidos en toda la tierra.
Esta fué la idea que en mí despertó la Capilla Sixtina, cuando la visité de vuelta de la Vía Apia, de la Vía de los Sepulcros. Al pronto, en aquel templo del arte, ahumado por los cirios y por el incienso, no descubrís más que las figuras colosales, y no os dais cuenta ni de la idea ni de los personajes que representan. Yo de mí sé decir que fuertemente conmovido por la larga carrera entre dos ó tres leguas de sepulcros, imaginaba ver en los Alcídes de la bóveda y en los varios grupos del Juicio Final, las almas escondidas en las ruinas; esas almas que flotan sobre las piedras, sobre los arcos ruinosos; esas almas errantes por la tierra del Foro, revistiendo formas humanas, colosales, violentas, como si el huracan del último dia del mundo las sacudiera, pero formas en debida proporcion y armonía con su histórica grandeza. Las figuras de Miguel Ángel son los héroes antiguos que han crecido en su sepulcro.
La Capilla Sixtina toma su nombre de Sixto IV. El pontificado de éste fué agitadísimo. Maquiavelo aprendió parte de su política en la conducta de Sixto. Fué el primero que mostró cuán grande era el poder político de los Papas, y armando guerras contra los magnates de Italia, mereció ser atendido de todos y alabado por el autor del Príncipe. En su tiempo, y á sus instigaciones, murió asesinado Julian de Médicis en Santa María dei Fiori de Florencia, á la hora misma de alzar á Dios en la misa Mayor. Los Médicis, en cambio, colgaron de una ventana al Obispo nombrado por el Pontífice para Pisa. Las riquezas de Sixto IV montaban mucho, porque provenian de la venta de beneficios. Pedro Riario era cardenal á los veintiseis años, Patriarca de Constantinopla, Arzobispo de Florencia, y murió exhausto de oro, de sangre, á manos del placer, como Baltasar ó Sardanápalo. Las facciones combatian á la puerta del Vaticano y manchaban de sangre hasta las gradas de los altares de San Pedro. Pero la córte romana se enriquecia, y con estas riquezas levantaba capillas. Era este el tiempo en que por dinero se concedian permisos de robar á los bandidos, y en que un camarero decia á Inocencio VIII, que habia comprado la silla pontificia con simonías, y que habia vendido salvoconductos á los ladrones: «Procede bien V. S., porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que pague y viva.»
Pero si la Capilla debe su nombre á Sixto IV, debe la maravillosa decoracion de la bóveda á Julio II. Este tiempo es el tiempo clásico de los horrores de Italia. Si, como dice Alfieri, la planta-hombre nace más robusta en la Península italiana que en el resto del mundo, y se conoce su robustez en sus crímenes, jamas ningun país los presenció tan grandes. Pisa espiraba en sus lagunas, despues de una resistencia que tenía algo de la furiosa locura del suicidio. Un Dux de Génova, alzado desde el movible seno de las clases plebeyas á la suprema dignidad, era asesinado, descuartizado; sus miembros, repartidos entre los enemigos, puestos como trofeos en los muros. Tres mil ciudadanos caian degollados sobre el suelo de Prato, al par que eran violadas las innumerables monjas de sus conventos. La nobleza veneciana moria tostada en una cueva de Verona, cuyos bosques ardian horriblemente. Ni siquiera fueron perdonados los niños de pecho. Era tan espantoso aquel tiempo, que hasta las mujeres se volvian crueles. Una campesina toscana descabezaba al soldado español que la habia robado á su hogar, y huia para presentarle á su marido, en desagravio de su honra, la lívida cabeza. Los suizos talaban el Milanesado, los alemanes Venecia, los franceses Ravéna, los españoles el resto de Italia. Allí Gaston de Foix se complacia en mostrar su camisa, roja de sangre italiana. Allí Bayardo ejercia las crueldades caballerescas de los tiempos feudales. Allí saltaban las minas inventadas por Pedro Navarro. Allí el Gran Capitan ganaba sus victorias á costa de cruentísimas luchas. Italia era un campo de matanzas. Hileras de insepultos cadáveres la cubrian desde los desfiladeros de los Abruzos hasta los desfiladeros de los Alpes. Pero en medio de todas estas catástrofes, el genio que truena, la voz que impera, es el genio y la voz de Julio II, austero en su vida, italiano en el fondo de su corazon, forjado para las batallas en el bronce del heroísmo; hábil hasta añadir ó sustraer á sus cálculos, como cifras aritméticas, los reyes y los emperadores y los pueblos; pagado de su autoridad religiosa, porque le sirve para afirmar su autoridad política, implacable en sus castigos como un sacerdote del antiguo Testamento, veloz como un condottiero para emprender correrías y asaltar ciudades hasta en los rigores del invierno; en la una mano los rayos espirituales para vibrarlos fuertemente y expulsar los herejes de la Iglesia; en la otra mano la mecha para encender los cañones y expulsar los bárbaros de Italia.
Indudablemente hay una relacion de temperamento entre el papa Julio II y el artista Miguel Ángel. Aquél quiere extraer del fondo de las invasiones una raza de héroes que sirvan para sostener la patria, y éste del seno de las canteras otra raza de titanes que sirvan para excitar á la gloria. Así le propone á Julio II su sepulcro: una montaña de bronces y mármoles; ancha la base y elevada la cúspide; una gradería entre ellas de cornisas caprichosamente cinceladas; diversos genios en esas actitudes viriles, violentas, pero armónicas, cuyo secreto sólo él posee, teniendo sobre su cerebro mantenidas las cornisas y bajo sus piés encadenadas las naciones: las Virtudes y las Artes, por hermosísimas mujeres representadas, llorando y retorciéndose de dolor; sobre las cuatro esquinas de la primera cornisa, la Vida activa y la Vida contemplativa, San Pablo, cuya palabra es una espada, y ese Moisés que todavía nos aterra con su mirar, relampagueante como el Sinaí; arriba, sobre trofeos, tributos de la naturaleza y recuerdos de la historia, Cibéles, la tierra, sosteniendo una mortaja con la actitud de una Madre Dolorosa que abraza al Crucificado exánime en su amante seno, y mirando á Urano, el cielo, que todo lo remata sonriente, y que engarza el genio del Papa, como una estrella más, en el coro de sus bienaventuradas almas. Era aquella tumba un poema cíclico.
Miguel Ángel corria á las montañas á buscar el mejor mármol. Llenaba de grandes piedras Roma. Luégo cogia su martillo, su cincel, y comenzaba á romper, á desbastar el mármol, buscando anhelante, sudoroso, con esfuerzos supremos, entre una nube de piedras que saltaban á sus golpes, la imágen tal como la descubria en su propia conciencia. Pero cuando estaba en el hercúleo trabajo empeñado, la envidia le mordió en el talon. Bramante, uno de los genios de aquella edad sobrenatural, quiso perderlo. Arquitecto principalmente el uno, escultor principalmente el otro, léjos de excluirse, debian completarse.
Las grandiosas estatuas de Miguel Ángel parecen hechas para lucir bajo los atrevidos arcos de Bramante. Allí, entre aquellas largas líneas, bajo aquellas curvas prodigiosas, teniendo por decoracion uno de esos patios ó uno de esos templos cuyas perspectivas nunca se acaban, podian las estatuas de Miguel Ángel desplegar sus trágicas actitudes, sus titánicos miembros, que parecen sacudidos por los rayos de las ideas, y violentados por el esfuerzo supremo para subir desde la tierra al cielo. Se aborrecian Bramante y Miguel Ángel; pero se completaban. Así es la naturaleza humana. Aquellos dos hombres no sabian que eran los trabajadores de una misma obra. Por eso la historia no empieza á tener conciencia de sí misma, sino cuando la muerte ha pasado sobre sus héroes. Tales ejércitos, que se han combatido hasta aniquilarse sobre un campo de batalla; tales hombres, que se han odiado hasta herirse con la calumnia; tales genios, que se han perseguido mútuamente hasta querer borrarse de la tierra, como si no hubiera aire para todos, no saben, cegados por sus pasiones ú oscurecidos por el polvo de los hechos diarios, que mañana han de confundirse en una misma gloria, han de representar á los ojos de la posteridad una misma idea, han de tener en las hondas huellas dejadas por las obras de arte sobre el mundo los mismos adoradores y los mismos enemigos: que toda grande personalidad es un trabajador empleado en levantar esa serie inmensa de arcos triunfales llamados siglos, y todo espíritu individual es una faceta del prisma llamado espíritu humano, que descompone en mil matices la luz divina en la cual va bogando el Universo.