¿Qué fuerza tenian, qué fuerza? ¿Armas? Su palabra. ¿Riquezas? Su fe. ¿Poder? El de su resignacion al sufrimiento. ¿Legiones? Las legiones de los mártires. ¿Propiedad? La de sus tumbas. Lo que tenian realmente, era una fuerza que es incontrastable, un arma que no se mella nunca, una riqueza que no se pierde, una propiedad que no se acaba: la misteriosa luz sin noche y sin ocaso, el vívido fuego que vivifica y no quema, el alma inmortal de la naturaleza, el motor de la sociedad, el aire en que perpétuamente respiran las almas; la idea, uniendo á ella el sentimiento, que ha recibido de los cielos el dón de los milagros; la fe viva, profunda, en esa idea. Los vencidos vencieron, los proscriptos reinaron, los muertos fueron dispensadores de la vida, los débiles domaron con sus manos, traspasadas por los clavos de la cruz, la salvaje fiereza de los bárbaros, y su ideal maldecido se transformó en el sagrado lábaro de una nueva vida.
Imposible que estas reflexiones no asalten y no posean con fuerza á cuantos vayan por aquel inmenso laberinto de calles subterráneas. Son los surcos donde se plantaron los gérmenes de las ideas cristianas. Allí estuvieron largo tiempo, guardados de la persecucion, como la semilla del trigo bajo los hielos del invierno. Allí brotaron á la luz. Los mártires de una idea progresiva resucitan siempre. La obra que construyen no se interrumpe, aunque lo parezca á nuestra mezquina vista, incapaz de abrazar en su conjunto, como el Universo material, el Universo moral. Nosotros, ajenos á toda enemiga contra ninguna de las ideas que han contribuido á la educacion de la humanidad, hijos de este siglo eminentemente sintético, mirábamos y admirábamos enternecidos el lugar donde se fraguó la gran revolucion moral contra los excesos del sensualismo antiguo. Los signos epigráficos, las figuras medio borradas, los jeroglíficos esculpidos en las piedras tumulares, las imágenes sagradas de aquellos tiempos nos trasportaban á su tempestuoso seno. Parecíanos oir la salmodia religiosa medio reprimida por el terror; ver la llegada de los que traian los restos de los mártires recien cogidos en el espoliario del Circo, para depositarlos en las urnas, y alzar al pié de estas urnas el pequeño altar donde ardia la mística lámpara. Ya pintados al fresco, ya esculpidos en las piedras, veiamos el pescado milagroso, que representaba al Salvador; las áncoras, símbolos de la esperanza; el cayado y el odre del buen pastor; el cordero resignado al holocausto; la nave de la Iglesia desafiando todas las tempestades; la viña mística, cuyos racimos y cuyos sarmientos llenaban la tierra; la mujer divina deslizándose sobre las aguas del mar con su niño entre los brazos y la estrella sobre la frente; la cena en que se repartia el pan eucarístico entre los primitivos cristianos, cena frugal, alimento del alma, protesta viva contra las orgías del Imperio; la resurreccion de Lázaro, saliendo rejuvenecido, hermoseado, de su sepulcro, merced al Verbo divino, que cayera sobre sus huesos y lo despertára á la nueva vida, como la doctrina evangélica al Viejo Mundo.
No puedo yo entrar en las controversias artísticas que han suscitado los eruditos fundadores de la arqueología cristiana. No puedo decir si, como quiere M. Raul Rochette, estas pinturas se han inspirado en el arte antiguo, ó si han espontáneamente nacido de la nueva fe, como quieren el caballero Rossi y su erudito comentador frances, que en otro lugar he citado. Hame sucedido como á éste; no he visto el cielo que veia Ozanan en los ojos de las orantes. No he visto ni siquiera la expresion espiritual de las tablas de la Edad Media en los frescos de las catacumbas. He visto que los rostros tienen algo de la impasibilidad inconmovible de la pintura antigua. Pero se observa que el arte no está en la serenidad clásica, en aquella compenetracion de la forma y del fondo, que le daba un carácter olímpico. Algunas gotas de plomo derretido han abrasado aquellas carnes. Algunos relámpagos de un ideal infinito han pasado por aquellos ojos. Las formas se retuercen de dolor, y los labios suspiran de nostalgia. Son las larvas misteriosas de donde saldrán, en la sucesion de los siglos, los ángeles de Fiessole, los mártires de Fra Bartolomeo, las Concepciones de Murillo, las Vírgenes de Rafael. Así el pintor que contempla estas figuras simbólicas, puede ver en ellas, extasiado, los primeros blasones de la genealogía del arte moderno, de ese arte pictórico en que hemos superado á los antiguos.
Pero ¡ah! cristianos ó filósofos, adictos á lo pasado ó adictos á lo porvenir, hombres de fe ó de ciencia, cuando penetrais en aquellos abismos, cuando caeis en aquellas tinieblas, cuando columbrais los borrosos frescos ó palpais los sacros relieves, sentís discurrir por vuestras venas un estremecimiento de terror, como el que produce siempre la contemplacion de lo sublime. En mí confieso que todos los sentimientos y todos los recuerdos de la infancia se levantaban como en tropel y me poseian, como si la primera fe áun estuviese viva. Recordaba yo la humilde iglesia de mi lugar con sus fiestas religiosas; la Vírgen-Madre entre nubes de incienso y acentos del órgano; las procesiones que salian á bendecir los campos en las mañanas de Mayo, cuando las amapolas alzaban sus corolas entre los trigos, y las zarzas se cubrian de rosillas; el cántico de las letanías, repetido por innumerables voces; los acentos de la campana, difundidos en los aires, llamando á la oracion, miéntras los últimos resplandores del dia espiraban sobre las crestas de los montes, y las primeras estrellas de la tarde nacian en la inmensidad de los desiertos cielos.
Mas cuando estos sentimientos del corazon dejaban espacio á las ideas, yo veia el poder de una nueva creencia, que aparece en momentos propicios, en el momento de una muerte irremisible de la antigua fe. Este sentimiento no os deja ni un momento cuando vagais por aquellos subterráneos, cuando á vuestros mismos ojos pareceis cadáveres ambulantes en aquellos inmensos panteones. La oscuridad, la lobreguez, el silencio, si por mucho tiempo se prolongan, os fatigan, os hielan, os petrifican. Necesitais el aire tibio, la luz, la luz sobre todo. Así, cuando salimos de las catacumbas, y respiramos en la atmósfera de la campiña latina, y contemplamos el sol centelleando en las nieves del Apenino, y olimos el aroma de las hierbas humedecidas, de las flores recien brotadas, y escuchamos el piar de los pajarillos que abrian sus gargantas en los nidos al alimento y á las caricias maternales, miéntras las golondrinas subian á los cielos y el ruiseñor gorjeaba en las vecinas enramadas, no pudimos ménos de bendecir á la Naturaleza, que ofrece un teatro eterno á todas las tragedias, y páginas infinitas á todas las epopeyas de la historia.
LA CAPILLA SIXTINA.
Roma es la ciudad de las tristezas eternas. Sus cipreses murmuran una elegía. Sus fuentes lloran la muerte de algun dios. La luna, al reflejarse en sus mármoles, evoca legiones de blancas sombras. Por doquier muestra amontonadas las ruinas con sus coronas de ortigas. Un ejército de Titanes ha sido precipitado en el polvo de esta ciudad, asentada sobre urnas funerarias. Las piedras gigantescas, los muros ciclópeos, las columnas colosales son los huesos de esa raza vencida por los rayos del cielo, aniquilada por las maldiciones de Dios. Jamas un volcan extinguido por el frio de los siglos fué tan majestuoso en la estéril soledad de su cráter, como esta Roma muerta. Jamas los huesos de los fósiles, incrustados en las montañas por el diluvio, enseñaron tanto como esos ladrillos diseminados en las cenizas, como estas piedras con sus inscripciones borrosas.
Todo es desolacion. Vagais entre sepulcros vacíos. La muerte no ha perdonado ni las cenizas de los muertos. La naturaleza, en su voracidad insaciable, ha metamorfoseado los huesos caidos sobre sus profundos senos. Y los átomos de César, de Sila, de Cincinato, de Camilo, quizá ruedan en el polvo barrido por el aire, quizá matizan ténuamente las frágiles alas de una mariposa, ó se dilatan por las fibras de la hierba que siega con su afilado diente la salvaje cabra.