Lo primero que pasma, cuando á los subterráneos se desciende, es el gigantesco trabajo empleado por los que abrieron, sin tener los medios mecánicos y químicos de nuestra civilizacion, aquellas ciudades subterráneas. Aunque se haya dicho que las catacumbas fueron abiertas en las canteras, su carácter especial, sus galerías sobrepuestas, pues hay hasta cinco pisos de tumbas; su disposicion, que tiene cierta regularidad, revelan un plan, perfectamente concebido y madurado, al cual se sometia y subordinaba la edificacion de estas celdillas, donde los grandes elaboradores del nuevo dogma depositaban la miel de sus ideas, que habia de alimentar á tantas generaciones. Hasta la naturaleza del suelo se estudiaba con detenimiento y con verdadera ciencia. Evitábanse las arcillas y gredas, las marismas, todo terreno que conservára fácilmente las aguas, y se cavaban los templos y los sepulcros en la toba granular, volcánica, más fuerte, más consistente, ménos accesible á la humedad, forjada por el fuego creador, y apta á todo género de construcciones duraderas. Mas era necesario preservar aquellos asilos, no solamente de los ataques de la naturaleza, sino tambien de las cóleras de los hombres.

Para conseguir este fin, buscaban los cristianos la sombra de las leyes. Y la ley romana protegia sobre todo y ántes que todo en el mundo los lugares consagrados á las sepulturas. El suelo que era propiedad de la muerte no tenía el movimiento de la vida. Vendida, legada, donada una propiedad, una finca, ni venta, ni testamento, ni donacion alcanzaban al sepulcro, siempre exceptuado, siempre en poder de las familias que allí guardaban las cenizas de sus deudos. Así podian abrir fosas profundísimas en el suelo, elevar monumentos á las alturas, y con el nombre de áreas adyacentes, unir muchos terrenos anejos al sepulcro, y como el sepulcro, sagrados. Los cristianos aprovechábanse para sus cementerios de estas garantías de las leyes, y señalaban un terreno cualquiera, y abrian galerías subterráneas, y depositaban allí los vasos de su culto, los muertos de su secta y de su familia. Una serie de áreas romanas constituia el núcleo verdadero de las catacumbas. Así, por el respeto supersticioso de las leyes á la propiedad infiltrábase la oracion libre y el culto á los muertos. Los mismos emperadores que perseguian á los cristianos como creyentes, respetaban á los cristianos como propietarios. La propiedad colectiva, que era la propiedad cristiana de los primeros tiempos, tenía existencia legal en los códigos y amparo eficaz en los tribunales. Si hay confiscaciones como en los reinados de Valeriano y de Diocleciano, son confiscaciones pasajeras, excepcionales, interrumpidas, borradas pronto por una restitucion, que prueba la perennidad del derecho, como la restitucion de Galieno y de Magencio. Y sin embargo, el Imperio persigue las asociaciones ilícitas, y declara asociaciones ilícitas las asociaciones religiosas, que amenazan á la integridad de su vida amenazando á la integridad de sus dogmas. Y Roma, que reconociéndose epílogo y síntesis del mundo antiguo, admite en sus templos todas las divinidades nacidas en el seno de los pueblos asiáticos, Roma rechaza el Dios de los judíos, el Dios de los cristianos, sin duda porque los demas dioses son, como los suyos, dioses de la naturaleza, en tanto que el Dios cristiano y judío es el Dios del espíritu, que viene á sustituir á la verdadera y poderosísima diosa de la tierra, á la diosa Roma. No obstante este ódio, comprobado por tantas persecuciones, respetábase toda asociacion benéfica que tuviese por objeto enterrar á los muertos, orar por los muertos: no se le preguntaba por su dogma religioso cuando se la veia reunirse para prestar culto á la inmortalidad. Bajo tal respeto á la muerte se anidaban los cementerios y los templos.

Y cuenta que el cementerio cristiano exigia verdadera amplitud. Los romanos quemaban sus muertos, y recogian las cenizas en vasos de mármol ó de pórfido; miéntras los cristianos, que creian, no sólo en la inmortalidad del alma, sino en la resurreccion de la carne tambien, guardaban los cadáveres íntegros en el fondo de las sepulturas. Así las ciudades de los muertos alcanzaban proporciones tan colosales como las ciudades de los vivos. Así bajo los arcos de triunfo, bajo los circos llenos de magnificencia, bajo los templos donde se congregaban los dioses que se creian eternos, bajo los palacios donde reinaban los césares, que se creian omnipotentes; á los cuatro puntos del horizonte, extendíanse verdaderas ciudades de sepulcros, con sus calles, con sus encrucijadas, con sus plazas; ciudades de la muerte, que, sin embargo, avivaban en sus sepulturas un nuevo espíritu, el cual habia de matar á la antigua Roma, y animar sobre sus restos otra civilizacion.

Nótase una diferencia entre las catacumbas del siglo I y las catacumbas de los otros siglos; del siglo III por ejemplo. Aquéllas eran más hermosas y estaban más ornamentadas. Empleábanse en el siglo I los mármoles con frecuencia; los estucos brillantes, los colores vivos, los relieves artísticos, los frescos dignos de figurar junto á los frescos de Pompeya, las inscripciones clásicas con retumbantes y nobiliarios nombres de familias aristocráticas, los sarcófagos monumentales, todo construido, todo hermoseado por aquellos artistas, un poco paganos, es verdad, que llevaban todavía en sus pinceles y en su cincel artísticos todos los jugos de las inspiraciones clásicas; pero que representaban el tránsito de un término á otro término de las ideas, y de una época á otra época de la historia. Así es la vida. Las revoluciones más trascendentales se apartan tímidamente de su orígen y se agarran á las instituciones mismas que van á destruir. La Iglesia, aunque nace bajo la maldicion de la sinagoga, recoge y consagra los libros, usa y difunde el lenguaje de la sinagoga. El cristianismo, aunque crece entre las persecuciones de los paganos, copia sus símbolos y santifica sus artes. La filosofía, aunque huye y se aparta de las ciencias teológicas, consagra muchos de sus apotegmas y encierra las fórmulas racionalistas en la terminología de las antiguas escuelas. Los pintores místicos de la Edad Media tienen su progenie en los pintores de las catacumbas. Aquí está la brillantísima genealogía de Cimabue y de Fra Angellico. Aquí la paloma, que servia en la antigua pintura para acompañar á Vénus, sirve para anunciar, con su ramo de olivo en el pico, la promesa de la resurreccion. Quizá no esté tan bien dibujada, tan bien cincelada como la serena paloma griega que ha construido su nido entre los mirtos, los lentiscos, y que ha acompañado con sus arrullos los himnos de los templos helenos; pero en cambio ha pasado bajo las blancas alas de la paloma cristiana, por todo su cuerpo demacrado, el relampaguear sublime de nuevo espiritualismo. Así es el alma humana. Cree el sentido comun que se ha transformado, que ha crecido por súbitas y milagrosas revelaciones, cuando se ha transformado, cuando ha crecido por un trabajo interior, perseverante, eterno, que ha elaborado lentamente las nuevas creencias, los nuevos dogmas; alimento de tantas generaciones, atribuido en los arrebatos del corazon y de la fantasía á milagros de los profetas, de los ángeles, de los reveladores, no de otra suerte que el artista, el poeta, atribuye á la sonrisa de la casta Musa, escondida en los pliegues del aire, en los arreboles del cielo, la inspiracion que á raudales brota de su propia alma.

Pero, como las catacumbas de los tiempos apostólicos son más bellas y más ricas que las catacumbas de los tiempos posteriores, cuando ya se habia difundido el cristianismo, yo no puedo atribuirlo á lo que lo atribuye el Conde de Richemont en su erudito libro sobre la primitiva arqueología cristiana; yo no lo atribuyo á que las clases más nobles pertenecieran á la religion más nueva. No. La historia desmiente este aserto. La fuerza misma de la asociacion cristiana obró las maravillas de las primeras catacumbas. Los artistas, que pertenecen siempre á lo pasado por la poesía de los recuerdos, á lo porvenir por la poesía de las esperanzas, fueron tocados en el corazon por la nueva fe, y expresaron sus sentimientos en la soledad de las catacumbas. La misma insignificancia de la secta perseguida sirvióle de incontrastable escudo contra los perseguidores. Los primeros césares temian á los estoicos, cuyo sentido humanitario contrastaba la idea fundamental romana, la idea de la superioridad incontestable de la gran ciudad; pero no temian á los cristianos, confundidos con aquellos judíos que trajeran cautivos de la toma de Jerusalen, y que arrojaban con menosprecio á las fiestas del Circo, para que sus combates, sus agonías, sus estertores, su muerte, sirviesen de solaz al hastiado pueblo.

Cuando el cristianismo creció, como en el siglo III; cuando el número de sus iglesias aterró á los que veian arruinarse en la soledad y en el abandono los paganos templos; cuando coincidieron con estas tendencias de los espíritus á separarse de la antigua fe, tendencias de los pueblos á separarse tambien del antiguo Imperio; cuando entre tantas ruinas morales y materiales se dibujaban como bandadas de cuervos, viniendo á lanzarse hambrientos sobre un cadáver insepulto, las irrupciones de los bárbaros, que ponian espanto con los aullidos de sus gargantas, y la vibracion de sus armas, y la ferocidad de sus instintos; los últimos romanos atribuyeron sus desgracias á los primeros cristianos, los cuales, perseguidos, acosados, como una nueva fuerza más que como una nueva idea, se refugiaron en catacumbas abiertas de prisa, enlazadas con las viejas canteras, sin pinturas ni relieves, porque no eran, no, templos de religiosos, sino madrigueras de fugitivos.

Habiamos ido desde las catacumbas de San Sebastian á las catacumbas de San Calixto. En las primeras nos condujo rápidamente un fraile, guiándonos, vela en mano y largo recitado en labio, por aquellas cavernas. En las segundas nos acompañó un guía laico, mucho más instruido y mucho ménos presuroso, cuyas noticias parecian más bien aprendidas en experiencia propia que en ajenas recitaciones. La oscuridad era grande, completo el silencio. Pareciamos descendidos de las tempestades superiores de la vida á las espesas sombras de la muerte. Nos internábamos, y nos internábamos mucho. Si la luz que nos guiaba se hubiera extinguido, ¡cómo saliéramos nosotros del abismo! Y sin embargo, ¡qué reposo! ¡Qué especie de tranquilidad en aquella region de la muerte! Los fugitivos que allí se escondieron dominaron al mundo. Las ideas que allí se plantáran cubrieron con su benéfica sombra, por espacio de muchos siglos, los altares, los templos; alimentaron con su calor las conciencias; sostuvieron el corazon humano con sus esperanzas.

¡Quién, al ver las dos sociedades, no hubiera dicho que la subterránea estaba destinada á desaparecer, y la superior, la que al aire y á la luz se esperezaba en el placer y en el vicio, destinada, por su falso brillo, por su poder aparente, por la fuerza que fingia, por los cortesanos que la cercaban, á durar siglos de siglos! Arriba los césares, el Senado ceñido de laureles, el ejército, en cuyas armaduras relumbraba el sol de las batallas; los sacerdotes, que eran oráculo de lo pasado y nuncios de lo porvenir; los cortesanos en legiones innumerables, los esclavos en la ergástula, los gladiadores en el circo, los arcos de triunfo, los monumentos colosales, los obeliscos, testigos de tantos siglos y despojos de tantas batallas; miéntras que abajo sólo habia sectarios oscuros, débiles, soñando con una redencion moral en medio del envenenamiento de las costumbres, teniendo por toda fuerza sus oraciones, por toda victoria sus martirios. Arriba los templos eran magníficos, rodeados de prados y jardines, donde cantaban en pajareras várias aves innumerables; precedidos de vestíbulos de mármol; ornados de maravillosas estatuas, debidas al cincel que trasmitiera á las inertes frias piedras todo el calor, toda la vida del alma; convertidos en museos de antigüedades por la conservacion de las espadas que esgrimieran los primeros héroes, y de los trofeos que encontráran, así en las ciudades como en los campos, los primeros conquistadores; miéntras que abajo, en las sombras, junto á estos milagros del arte, junto á estas maravillas de la historia, el sombrío templo cristiano, abierto como las madrigueras de las alimañas salvajes, ornado sólo por algunas humildes figuras, que simbolizan el dolor, amenazado por la crueldad del despotismo, avivada y recrudecida en las embriagueces de la orgía.

¡Quién hubiera dicho que habian de triunfar estos humildes sectarios! Asombra ver cómo se burlaban de ellos los más aplaudidos escritores de la antigüedad. Luciano ha dejado entre sus inmortales escritos la carta burlesca sobre un mártir cristiano llamado Peregrino. Este desdichado se figuraba que era inmortal, y que, por ende, habia de vivir perpétuamente. Despreciaba, en consecuencia de esta fe, los tormentos y pedia la muerte. Como el sofista crucificado habia persuadido á los suyos de que todos los hombres deben tenerse por hermanos, ponian sus bienes en comun, y, víctimas de la ignorancia, caian en manos de los más codiciosos ó de los más hábiles. Coronaban todas sus insensateces con la magna insensatez de morir en las llamas. De tan acerba manera juzgaba á los renovadores del mundo un escritor de talento, un filósofo de elevadas ideas, un satírico de primer órden. Y eso que sentia el hielo de la muerte discurrir por las venas de la antigüedad. Y eso que los dioses del pagano culto y los filósofos de la griega ciencia merecian todas sus despiadadas burlas. Y eso que debia sentir en el fondo de su alma conturbada la necesidad de la renovacion.

Pues aquellos fanáticos en creencias, supersticiosos por temperamento, recluidos en tinieblas, creyentes en el sofista crucificado; los predicadores insensatos, los sectarios apasionados, los débiles, los pobres, los ignorantes, eran, despues de todo, los llamados á despertar, esparciendo la llama viva del espiritualismo sobre su frente, al mundo ébrio y corrupto, que emponzoñaba con sus orgías y con sus vicios, no solamente la conciencia humana, sino la misma naturaleza material.