LOS SUBTERRANEOS DE ROMA.


En Roma suspende y maravilla la ciudad que sobre la tierra se eleva; pero suspende y maravilla tambien la ciudad que en las entrañas de la tierra se esconde. Sobre aquellos muros mece el viento la hiedra y el jaramago; descubre la conciencia el ideal y la fe de otros siglos. Bajo aquellos muros, donde las sombras se espesan, donde la frialdad y la humedad de la noche se eternizan; por las cuevas y las grutas abiertas en las profundidades del suelo podrán correr ahora solamente los fuegos fatuos, producto de tantos huesos como allí amontonaron los tiempos; más han corrido en otros dias, solemnes para el espíritu humano, las ideas que vivificaron la conciencia de la humanidad y que esclarecieron y realzaron sus altares. Yo me dirigia con religioso respeto á los sitios consagrados por la veneracion de tantas generaciones; yo me dirigia con el espíritu henchido por multitud de ideas. Las campiñas romanas invitan á meditar sobre la fragililidad de los poderes más fuertes y sobre la inania de las mayores y más respetadas majestades terrestres.

De aquel pueblo, que llenaba el mundo, no se encuentra ni la sombra. De aquellas instituciones, que sostuvieron sobre sí el peso de tantos siglos, no se ven ni los restos. Algunos muros, algunos arcos, algunas columnas, inscripciones borrosas, sepulcros destrozados, mutiladas estatuas semejan los restos de un gran naufragio, los despojos de una inmensa tempestad. Yo comprendo allí, entre tantos destrozos, el misticismo que de algunas almas se apodera; el desprecio de este frágil mundo, en que todo se pierde, y se gasta, y se consume; la aspiracion al descanso de la muerte; la impaciencia generosa por la posesion de lo infinito en otro mundo ménos incierto y más duradero.

Yo mismo, que tengo las ideas de mi tiempo, que creo en la perennidad del Universo, que miro la muerte, no como el aniquilamiento, sino como la renovacion; yo mismo sentíame inclinado á ciertas melancólicas reflexiones, y me imaginaba oir, ya la trompeta del juicio sonando sobre los orbes desquiciados, ya las lamentaciones de los profetas gimiendo sobre las destrozadas ciudades.

Yo veia en los montes Apeninos, sembrados de ruinas, en las cordilleras de sepulcros diseminados por todas partes, en los arcos interrumpidos de los gigantescos acueductos, en las torres medio destrozadas como si las hubiera un rayo profundamente herido y desquiciado, en todos aquellos fragmentos de obras medio pulverizadas, algo de las grandes visiones apocalípticas, los restos de planetas esparcidos por las espaldas de los ángeles exterminadores en la soledad del espacio. La figura del tierno apóstol, que las artes plásticas han idealizado en las edades modernas; eternamente jóven como los dioses antiguos; elocuentísimo como los oradores helenos; semita que hablaba el lenguaje de Platon, y ponia el Verbo engendrado á la sombra del Pireo, entre los dogmas fundamentales del cristianismo; esta figura, que el Renacimiento ha realzado en sus cuadros y en sus estatuas, yo la veia allá, en Pátmos, entre el coro de las islas griegas, cuyos horizontes sonrien como la mirada de las sirenas; á la vista del azul Mediterráneo, henchido siempre de espíritu pagano y entonando en sus ondas, sembradas de corales, el antiguo himno clásico; yo veia esa figura ideal, mística como la oracion, dulce como la esperanza; yo la veia en el momento de recoger todas las iras de su raza proscripta, y trazar en el último apocalípsis el castigo de la prostituta Babilonia, miéntras los ángeles buenos y los ángeles malos combatian rudamente en los aires, y las piedras chocaban con las piedras en los planetas, y los muertos andaban buscando, roto el sudario y entreabierta la sepultura, sus carnes en las ruinas amontonadas, en el barro amasado con lágrimas y sangre, para presentarse al último juicio que ha de escuchar en el momento supremo de la boca de su Eterno Juez todo el Universo.

Íbamos á las Catacumbas, é íbamos entre montones de ruinas. La desolacion del paisaje no era, sin embargo, tan grande como la tristeza del alma. Desterrados, errantes, sin patria, nuestro pensamiento y nuestro corazon tenian tambien, guardaban tambien ruinas como aquel inmenso y volcánico suelo de las grandes desolaciones. Todo recordaba la muerte. Hubiéramos creido hallarnos en esferas, más que terrestres, infernales, si la naturaleza, con el rocío matinal que descendiera de los aires, con la verde hierba que se levantaba entre las junturas de las piedras, con las flores primaverales que coronaban la hierba, con las mariposas que se mecian sobre las flores, con las hojas tiernas recien brotadas de las yemas, con los nidos cincelados ya entre el follaje, no hubiera querido recordarnos en tibia mañana de Abril la perennidad de la vida y la eterna alegría de sus espléndidos festines.

¡Oh naturaleza! Inmóvil en medio del movimiento, una en medio de la variedad; empapada en el éter que la penetra por todos sus poros, y que forma como su atmósfera, como su espíritu; bajo la sucesion contínua de seres orgánicos que cambian y se trasforman, permanente é inmodificable; sujeta á la muerte y eterna; sujeta al límite é infinita; difundida en la inmensidad del espacio y concretada en seres orgánicos; desde los astros que irradian su luz por las esferas, á las flores que empapan con sus aromas los aires; desde los gases impalpables que se desvanecen, á las sólidas cordilleras que mezclan con sus ventisqueros, donde la nieve blanquea, sus volcanes, donde reluce el fuego central; desde la nebulosa que lleva en gérmen orbes infinitos, á los grandes y gigantescos mundos, ya cansados de bogar por los espacios; desde el grano de arena que la onda remueve, á las últimas estrellas de la Vía Láctea, cuyo resplandor tarda veinte mil siglos en llegar hasta nosotros, pobres desterrados adheridos á este pequeño planeta; en todo ese círculo, cuyo centro se halla, como dice la sabiduría moderna, en todas partes, y cuya circunferencia en ninguna, ¡ah! no sucede el aniquilamiento total ni de una sola molécula; no existe, no, la nada; sombra de nuestro pensamiento, aprension de nuestra poquedad, fantasma de nuestros sentidos, idea sin realidad, que las tristes limitaciones de nuestra lógica y la incurable imperfeccion de nuestro lenguaje nos ha obligado á poner en el eterno océano de la vida. Es verdad que algunos astros se han apagado en nuestro sistema solar, como faunas y flores enteras han desaparecido en nuestra corteza terrestre; pero ni se ha extinguido el calor de la vida universal, ni ha cesado el crecimiento y el progreso de más perfectos organismos. Entremos, pues, en estas cavernas de ruinas, con el pensamiento puesto en la idea de lo infinito y el corazon puesto en la esperanza de la inmortalidad.

La más visitada de las catacumbas es la catacumba de San Sebastian; y la más digna de estudio detenido es la catacumba de San Calixto. Á unas cuatro millas hácia el Oriente de Roma, entre la Vía Apia y la Vía Ardeatina, bajo montones de escombros donde se encuentran toda clase de restos despedazados, junto á bosquecillos de cipreses que aumentan la tristeza y la solemnidad del paisaje, enciérrase la más vasta y la más bella de las necrópolis cristianas, refugio de los perseguidos, vivero de los mártires, descanso de los muertos, templo de los vivos, asamblea de aquellos audaces innovadores, que traian una nueva luz á la historia y un nuevo ideal á la vida. Yo aconsejo á todos cuantos me leyeren que no vayan á contemplar estos sitios, sagrados por tantos conceptos, sin llevarse los libros, y sobre todo los planos, del célebre arqueólogo católico Rossi. Así como el explorador de los bosques de América, de la tierra del porvenir, penetra, de su cortante hacha armado, en aquellas selvas inexploradas, y derriba los árboles, y ahuyenta los reptiles, y arranca las enredaderas, y crea habitacion á la familia, espacio al trabajo, este arqueólogo, explorador de un mundo subterráneo, se sumerge en las sombras, en el asilo de las aves nocturnas, bajo vacilantes bóvedas, entre laberintos de grutas, expuesto á ser aplastado por un desplome de las frágiles paredes, á perderse para siempre en cualquier recodo de aquellas ciudades de tumbas, en aquel infierno de palpables tinieblas, confundiendo su esqueleto con los muertos que ha intentado arrancar al silencio de triste é ingratísimo olvido.

¡Cuántas veces la esponjosa toba llovia su menuda lluvia de arena sobre la frente de aquel hombre! ¡Cuántas veces un alud de piedras, de ladrillos, rodaba hasta sus plantas y le envolvia en espesas nubes de polvo, que embargaban toda respiracion á sus fatigados pulmones! ¡Cuántas veces perdia el derrotero en aquel inmenso laberinto, el norte en aquel océano de tinieblas, y se imaginaba haber perdido tambien toda salida, y haber topado con segura muerte por sed, por hambre! Pero á la incierta luz de mortecina lámpara, minero audaz del espíritu humano, buzo de los abismos del tiempo, leia la inscripcion trazada quince siglos ántes por uno de aquellos sectarios, que acababan de recoger en el Circo Máximo los despojos humanos, y confiarlos á la tierra, entre oraciones, cuyos ecos áun se oyen allí; entre lágrimas, cuyos vapores todavía no se han desvanecido en aquella atmósfera bendita.