Yo, para distraerme, empecé á fingirme allá en la mente una fiesta del Anfiteatro. No era la inmensa mole este inmenso cadáver. Aquí se levantaba una estatua, allá un trofeo, acullá un monolito traido del Asia ó de Egipto. El pueblo-rey entraba por los vomitorios despues de haberse bañado y perfumado en las inmensas termas, subiendo hasta la cima para desde allí repartirse en las respectivas graderías que de antemano le estaban señaladas. Á un lado se veia la puerta sanitaria por donde vienen los combatientes; á otro la puerta mortuoria por donde sacan á los muertos. Los gritos de la muchedumbre, los agudos sonidos de las trompetas se mezclan con el aullar y el rugir de las fieras. Miéntras llegan los senadores y el césar, algunos empleados de baja esfera municipal reparten entre el pueblo garbanzos tostados, que llevan, como nuestros feriantes, en esportillas. El suelo reluce con polvos de oro, de carmin, de minio, para disimular el color de la sangre, miéntras templan la luz grandes toldos de oriental púrpura, que entonan todo el espectáculo con sus encendidos reflejos.
Los senadores van ocupando las gradas más bajas. Tras de ellos colócanse los caballeros. Más arriba los padres de familia que han dado al Imperio cierto número de hijos. En las gradas superiores, el pueblo. Y por último, coronándolo todo, las matronas romanas, vestidas de ligeras gasas, cargadas de riquísimas joyas, embalsamando los aires con esencias que vierten de pomos de oro, y enardeciendo los corazones con sus palabras de amor y sus voluptuosas miradas.
Miéntras los espectadores aguardan al césar, que debe dar la señal del comienzo de la fiesta, entréganse á toda suerte de murmuraciones. Mira aquel gloton. Ayer se le quemaron los jardines de Pompeyo, y es tan rico, que no sabía fuesen suyos. Lolia Paulina lleva sobre el cuerpo en esmeraldas sesenta millones de sextercios, pequeña suma en comparacion de las infinitas robadas por su abuelo á las opresas provincias. Aquel que acompaña siempre al césar hurtó en cierta cena de Claudio una copa de oro. Estos calaveras saludan al orador Régulo, porque temen el veneno destilado de su viperina lengua. Él tiene honores, miéntras generales que han vencido á los bárbaros y han muerto en defensa de Roma están hace diez años insepultos. El médico Eudemio llega; no tardarán ciertamente en aparecer sus pupilas de corrupcion y de amancebamientos. Mira aquella niña; tiene ocho años y no es vírgen. Su ilustre madre, con pertenecer á una de las familias romanas más nobles, se ha borrado de la lista de las matronas y se ha inscrito en la lista de las prostitutas.
Pero viene el césar y el pueblo lo aclama, siempre agradecido á las fiestas, y sobre todo á las matanzas. Los sacerdotes y las vestales consagran sacrificios á los dioses protectores de Roma. La sangre corre, las entrañas de las víctimas se consumen y se disipan prontamente en el fuego sagrado, suenan los coros y la música, vocifera nuevamente la muchedumbre; á una seña imperiosa aparecen los gladiadores, que saludan á todos con la sonrisa en los labios, como si les aguardára festin sabrosísimo, en vez de la implacable muerte.
Divídense estos infelices en várias categorías. Los esedarios guian carros pintados de verde. Los mirmillones se ocultan tras redondos escudos de hierro, por uno de cuyos lados muestran afiladísimos cuchillos. Los requiarios tiran al aire y recogen con grande habilidad sus tridentes. El traje de éstos vistosísimo es: túnica roja, borceguíes celestes, casco dorado que remata un luciente pez. Los ecuestres recorren con gran agilidad en sus caballos el circo. La luz se refleja en los petos de acero y en los collares y en los brazaletes. Sus túnicas son multicolores y recuerdan los trajes orientales. Los bestiarios vienen los últimos, todos escogidos entre los más hermosos; todos desnudos, todos imitando en sus actitudes artísticas posiciones de clásicas estatuas; todos saludados con mayor frenesí por el pueblo, porque son los más fuertes y los más expuestos y los más valientes.
Han nacido en las montañas, en los desiertos, entre las caricias de la naturaleza, respirando el aire puro de los campos y la sagrada libertad. La guerra, y solamente la guerra, ha podido arrancarlos á su patria. Ya en Roma, los han cebado para que tuvieran sangre, sí, sangre que ofrecer en holocausto á la majestad del pueblo romano. Allá en la ergástula, quizá muchos de los que ahora van á herirse ó matarse entre sí han contraido estrechísimas amistades. Quizá muchos son hermanos por la naturaleza, hermanos por el sentimiento, y habrán de herirse, habrán de inmolarse, cuando, unidos en los mismos afectos, podrian hundir las espadas en las entrañas del césar, y vengar á su gente y á su raza.
Pero ya se acechan, ya se buscan, ya se amenazan, ya se enredan y se empeñan bárbaramente en cruentísima pelea. Si alguno, movido de miedo por sí, ó de compasion por su contrario, retrocede, el maestro del circo le clava un boton de hierro candente en las desnudas carnes. La roja sangre cae y humea por todas partes. Uno se ha resbalado en ella. El pueblo grita creyéndole muerto, y le silba cuando se levanta vivo. Éste se desmaya despues de esfuerzos gigantescos para sostenerse de pié. Aquél cae desplomado de una sola herida sobre su escudo. El otro se retuerce en dolores infinitos, y tiene el estertor de una agonía epiléptica. Dos se han herido mortalmente entre sí; pero al caer, soltando sus espadas, se han abrazado para sostenerse y auxiliarse en la muerte. Miembros mutilados, tripas rotas, sollozos de agonía, estertores de moribundos, rostros contraidos de muertos, últimos suspiros mezclados con quejidos, gritos de rabia y desesperacion; todo esto es grandioso espectáculo para el pueblo romano, que grita, palmotea, se embriaga, se enfurece, sigue con nerviosa atencion el combate, saltándole los ojos de las órbitas como para ver más la matanza, abriendo las narices y el pecho para recoger los vapores de la sangre.
La cólera, sí, la cólera flotaba como única pasion sobre toda aquella carnicería. La escultura antigua, generalmente de una severidad tan olímpica, nos ha dejado la imágen viva de esta cólera en la escultura del gladiador combatiendo. Dilátanse sus ojos, sobre los cuales como que extienden tempestuosa nube las fruncidas cejas. Sus miembros robustísimos adquieren una infinita tension. La cabeza se avanza hácia adelante, inclinada sobre el pecho, á fin de parar los golpes. Su cuerpo está en actitud de lanzarse á la pelea, sostenido sólo por el pié derecho. El brazo izquierdo amenaza; en tanto que el puño derecho, fuertemente contraido, se apercibe á dar un golpe mortal. Aquella estatua es la imágen viva del ódio. Y el ódio contínuo ha engendrado en torno de Roma espesísima nube de cólera, de maldiciones, que tuvieron su satisfaccion terrible en la noche apocalíptica de las venganzas eternas, en la noche de las victorias de Alarico y de las orgías de los bárbaros, los hijos de los esclavos y de los gladiadores.
¿Quién, quién puede extrañar los castigos de Roma? Toda su fuerza, toda su majestad, toda su grandeza han sido destruidas por una idea. Allá en las catacumbas se ocultan oscuros sectarios, que quieren oponer al sensualismo antiguo el espíritu, á la religion pagana y al Imperio dogmas que Roma no podia admitir sin perecer. Esos sectarios huyen de la luz del dia y se encierran temerosos en las catacumbas. Allí pintan el Buen Pastor que les guía á la eternidad, la paloma que les anuncia el término del gran diluvio de lágrimas en que se ahoga nuestra vida. Allí entonan himnos á un tribuno oscuro, pobre, débil, que no ha sabido matar como los conquistadores, sino morir humildemente en ignominiosa cruz. De allí han salido estos confesores de la nueva fe, para sellarla con su sangre sobre las arenas de este mismo circo. El anciano, el jóven, la tierna doncella han oido sin estremecerse el maullar del tigre asiático, el rugir del leon africano. Las fieras hambrientas han salido de las grandes jaulas que todavía en los cimientos del circo se ven, y han clavado sus garras y sus dientes sobre los cuerpos indefensos de los mártires. Miéntras se repartian las panteras, las hienas, los tigres, los leones sus restos palpitantes; miéntras bebian con furor insaciable la sangre, los romanos aclamaban al césar creyendo que con aquellos miembros devoraban las fieras una supersticion, y con aquella sangre se bebian las fieras una idea. Y los césares han muerto, y los pretorianos se han dispersado, y las piedras del Coliseo han caido, y una nueva idea ha reemplazado á las antiguas ideas, que, convirtiéndose de perseguida en perseguidora, ha intentado á su vez destruir nuevas sectas, ahogar nuevas creencias, no pudiendo llegar con sus excomuniones, ni con su inquisicion, ni con sus tormentos, al disco inmortal del espíritu humano, que brilla eternamente entre las ruinas y entre los dioses, entre los pueblos que mueren y los pueblos que empiezan, entre las creencias y los dogmas, como el sol perenne entre los coros de los mundos.