El Coliseo tiene todos los caractéres de la arquitectura romana. Podeis aprenderla mejor en ese grande ejemplar perdonado milagrosamente por la inundacion de los siglos, que en las páginas de Vitrubio, quizas rehechas é interpoladas por los eruditos del Renacimiento. Mirad esa argamasa que parece forjada como la materia granítica en las incandescentes entrañas del planeta. Mirad las bóvedas desconocidas de los griegos y admirablemente edificadas en esta tierra del imperio y de la fuerza. Mirad los arcos que el mundo helénico nunca construyó, y que parecen á mis ojos las puertas triunfales por donde penetra en la historia con un nuevo espíritu una nueva vida. Mirad cómo el romano ha puesto un plinto para que descanse la columna dórica que el griego arrancaba del seno mismo de la tierra como el tronco de un árbol. Mirad esos tres órdenes separados siempre en la arquitectura griega y reunidos aquí en escala ascendente, primero el más sencillo y más sobrio, el dórico, en la base; despues el más elegante y más ligero, el jónico, en el medio; y luégo el más florido, el más ornado, el corintio, coronando la cima, como la diadema de todo el monumento. El espíritu del pueblo constructor brilla por todas partes en esa fábrica. Ha reunido el romano los tres órdenes de arquitectura en sus edificios, como ha reunido los dioses griegos en el panteon. Su cultura es el gran epílogo de la cultura antigua. Roma tomó á Grecia su metafísica y su religion, á Sabinia sus mujeres, á España sus espadas, al Oriente sus bóvedas y á Etruria sus arcos. Así puede decirse que Grecia es la flor y Roma el fruto de toda la antigua historia. Monumentos como el Coliseo no son más en el fondo que huesos milagrosamente conservados del inmenso organismo que componia la Ciudad Eterna.
¡Y pensar que este edificio, capaz de vencer á veinte siglos con todas sus catástrofes, se fabricó en tres años escasos! Levantáronlo, como ya hemos dicho, aquellos emperadores de la familia flavia, bajo cuya dominacion pudo consagrarse Tácito á maldecir el despotismo y llorar la república. Tito, á quien la adulacion universal llamara delicia del género humano, incendió Jerusalen; sobre las piedras calcinadas inmoló millon y medio de judíos, destinando el resto á degollarse entre sí como gladiadores en las ciudades de Siria, á ser trofeos de la entrada triunfal del vencedor por la Vía Sacra, y á levantar en las espaldas, amoratadas por el látigo, las moles de este Anfiteatro, para morir entre las quijadas y las garras de las fieras hambrientas.
Tito, despues de haber amado á Berenice como Antonio á Cleopatra; despues de haberse oido llamar Mesías por sus propias víctimas, y Dios por aquellos egipcios á quienes les nacian dioses en las huertas; despues de haber consagrado á la sombra de las pirámides nuevos bueyes al dios Apis; despues de haberse formado una córte de sátrapas en Oriente, y corrido un dia entero los molestos honores del triunfo bajo los arcos de la Ciudad Eterna, demolió la áurea casa de Neron; trocó en estatua de Sol la estatua del César adorado por la plebe; desecó el lago que se extendia entre el monte Celio y el monte Esquilino; arrancó los bosques y taló las praderas de las poéticas orillas, y en el fondo levantó el anfiteatro mayor que han visto los siglos, consagrando su inauguracion en cien dias de increibles fiestas, en que hubo combates de gamos, de elefantes, de tigres, de leones, de hombres; combates gigantescos que salpicaron con sangre hirviente el rostro del César y el rostro de su pueblo. Nueve mil alimañas murieron durante aquella orgía de sangre sobre la arena. La historia, que ha conservado el número de fieras muertas, no ha conservado el número de personas, sin duda porque á los césares les interesaban ménos los esclavos que las bestias.
Tito buscó en el trono algo con que apagar la sed insaciable de su ambicion, y no pudo encontrarlo. Ya no era dado desear más despues de tener bajo su mano el mundo; sobre sus espaldas, el manto de los césares; en torno de su autoridad, sumisas, como rebaños, las razas; silencioso y subyugado el planeta. Mas en el punto de llegar al logro de sus ambiciones, el corazon de Tito se quebró en pedazos, ó por no tener cosa alguna que desear, ó por deseos vagos, infinitos, que en nubes de ensueños fantásticos se disipaban, disipando con ellos toda su existencia. Lo cierto es que, al pisar el trono, una inmensa tristeza se apoderó de él; una especie de tísis interior le enflaqueció el ánimo; su aliento estaba cargado de suspiros, su corazon de dolores, sus ojos de lágrimas, su vida de ilusiones, su sueño de pesadillas, su pasado de remordimientos, su porvenir de miedo, hasta que un dia, errante por la envenenada campiña de Roma, en pos de un sitio donde adormecer su hastío, espiró, mirando el cielo con los ojos enardecidos por la fiebre de infinitos y no satisfechos deseos. Cuando yo recordaba la vida y la muerte de Tito, parecíame el Circo la aglomeracion de montañas sobrepuestas por las ambiciones desapoderadas de un césar para poseer el cielo como poseia la tierra, sin lograr otra cosa que tener bajo sus plantas el hervidero de todos los crímenes, y sobre sus sienes las maldiciones de todos los hombres.
Embargado por estos recuerdos y estas ideas, habia yo recorrido todo el monumento. Lo registré, lo estudié como puede estudiar el naturalista una montaña; entré por todos los vomitorios, las puertas que abrian paso al pueblo con tal desahogo, que, sin atropellarse, ingresaban y salian rápidamente cien mil espectadores. Subí á sus gradas más altas, desde las cuales pude contemplar el campo romano, y á mi frente las lejanas lagunas; á mi derecha los arcos de Tito y Constantino, la pirámide de Sextio y la basílica de San Pablo; á mi izquierda las catacumbas de San Sebastian, la Vía Apia con sus dos hileras de sepulcros; á mi espalda el Palatino, el Foro, la Vía Sacra, el arco de Septimio Severo, el Capitolio; por do quier los lugares en que circulan como rica savia las ideas, los lugares llenos de recuerdos, los lugares, verdadero ocaso del espíritu antiguo, verdadero oriente del espíritu moderno.
Estaba tan absorto, que la noche vino sobre mí como si hubiera venido de improviso. Las campanas de Roma tocaban á la oracion; los buhos y otras aves nocturnas ensayaban sus primeros gritos; oíase el agudo y monótono cántico del sapo y la rana en las apartadas lagunas, al par que el Miserere de una procesion al entrar en la próxima iglesia; mezcla de voces del espíritu con voces de la naturaleza, que sumergian aún mi conciencia en meditaciones más silenciosas y más vagas, como si el alma se escapára de mi sér para implantarse, á la manera de las plantas parietarias, en el polvo de las inmortales ruinas.
La luna llena se levantó en el horizonte sereno, tranquilo, y vino á dar con su melancólica luz nuevos toques de poesía á los arcos, á las columnas, á las bóvedas, á las piedras esparcidas, á la desolacion de aquel lugar, á la cruz erigida en su centro como una eterna venganza que han tomado los gladiadores, obligando al pueblo romano á bendecir, á adorar lo más abyecto, el infame patíbulo de los esclavos, transformado en el lábaro de la civilizacion moderna.
Al resplandor de la luna que surgia, al eco de las campanas, que espiraba entre las dudosas sombras, parecíame ver despertarse del polvo las almas de las generaciones muertas, y venir en vuelo tan callado como el vuelo de los murciélagos, á recorrer, á visitar aquellos sitios, consagrados por sus recuerdos, y queridos hasta en las regiones de las tumbas. Yo hubiera deseado detener las sombras y contarles ¡ay! lo que pasa en nuestro mundo. Si sois almas de tribunos, de senadores, de césares, sabed que todo cuanto vosotros adorabais ha muerto, y que ya los siglos han gastado hasta las gradas de los altares, herederos de vuestros altares, á fuerza de besarlas. Todos aquellos dioses que vosotros creiais inmortales, han muerto, y las ideas que los animaban ruedan por los abismos de la historia como hojas secas desprendidas de las renovaciones contínuas del humano espíritu. Ya las nereidas no palpitan suavemente en la espuma de las ondas; ya las ninfas de marmórea blancura no suspiran, no, en el susurrante arroyuelo. El dios Pan ha dejado caer su caramillo, que llenaba de melodías los bosques. Á la embriaguez de las bacantes han sucedido la maceracion, la penitencia, el horror á la naturaleza. Un nazareno, un hijo de los judíos, de los esclavos, de aquella raza que levantó con la cadena al pié y el látigo en el rostro las moles del Coliseo, ha vencido y ha enterrado los dioses que inspiraron á Horacio y á Virgilio, que sostuvieron á Escipion en las llanuras de Cartago, y á Mario en los Campos pútridos, que engendraron el arte y sometieron á su poder la victoria. En vano Tácito miró con menosprecio á los sectarios de ese jóven oscuro, pobre carpintero de Judea; en vano Apuleyo lo ridiculizó en sus apólogos y sus fábulas. Ni siquiera la inmortal risa de Luciano pudo cosa alguna contra el aliento que exhalaban aquellos labios, contra las ideas que exhalaba aquella conciencia. Los dioses han muerto, y sobre sus cadáveres ha caido muerta Roma. El Foro es un campo en que las vacas se apacientan. El Coliseo es un monton de ruinas, donde adoran los romanos el patíbulo de sus antiguos esclavos. La Vía Sacra se ha hundido. En el Capitolio celebran sus ceremonias los nazarenos. Éstos, que vosotros creiais perturbadores de la paz pública, tienen altares y sacrificios donde ántes los tenian los dioses de Camilo y de Caton. Pueblos bárbaros venidos del Norte ahogaron los oráculos, interrumpieron las ceremonias sagradas, entregando, como si fuera su despojo, la conciencia humana á turbas de cenobitas escapadas de las cloacas y de las catacumbas. Y cuando la nueva creencia se habia apoderado de todas las almas, cuando habia puesto sus altares en lugar de los antiguos altares, como si el espíritu humano estuviera condenado á tejer y destejer perpértuamente la misma trama de ideas, nuevos combatientes, nuevos tribunos, nuevos apóstoles, nuevos mártires, surgieron á matar la fe que sus predecesores engendráran. Y pasa por nuevas fases la conciencia humana, por nuevas angustias nuestro corazon, por nuevos estremecimientos de dolor esta ensangrentada tierra.
Yo creí oir agudos gemidos sin número á medida que mis labios murmuraban estas incoherentes ideas sin forma. Sería el eco del viento en los cipreses y en los pinos. Sería el rumor último de la campiña al entregarse en brazos de la noche. Sería el eco de la gran ciudad, de su oracion, de sus lamentaciones. Pero asemejóse á un quejido de profundísimos dolores.
Sunt lacrimæ rerum.....