¿Es verdad que tenemos aquí en la frente una luz pálida, trémula, casi imperceptible, como la luz de la luciérnaga, una luz que se llama la idea? ¿Es verdad que en esta luz podemos abrasar al mundo material, disiparlo, ofrecérselo al espíritu como el humo de un sacrificio? Indudable. La naturaleza aparece á nuestros ojos mil veces, cual una imágen multiforme de la conciencia. La luz no es más que el velo de oro tras el cual se oculta el pensamiento infinito que agrupa en escalas de música armoniosa los planetas y sus soles. El universo, ese universo que nos abruma con su grandeza, es el poema de nuestras ideas, el apocalípsis misterioso que hemos escrito con palabras de estrellas, con líneas de constelaciones en esa inmensidad, de cuya existencia real no estamos seguros, en esa inmensidad sin orillas y sin fondo que se llama espacio. Dejadme, dejadme, pues, soñar; que así como á los piés del hombre han caido muertos los dioses paganos, los dioses inmortales, creados y destruidos por el espíritu, los dioses inmortales, cuyos esqueletos amontonados descubro en esta inmensa necrópolis de la campiña romana, así pueden caer en ruinas los mundos, y quedar entre sus cenizas frias, como un rescoldo, el calor de nuestro espíritu.
Cuando protestaba yo con estas orgullosas reflexiones contra las miserias humanas, sin darme de ello casi cuenta, habia llegado solo, absorto, frente á frente del Coliseo Romano. La primera impresion que me produjo fué de asombro. Si yo no naciera á las orillas del mar, y no me connaturalizára con su infinita superficie desde niño, tal impresion me hubiera causado, viéndolo por vez primera en edad madura. Mi memoria un tanto viva y cambiante me trasladó súbita á mi cátedra de latin, donde traduciamos los epigramas de Marcial, y me trajo á los labios estos dos versos, que suelen repetir los eruditos itinerarios publicados por los arqueólogos romanos:
Barbara Piramidum sileant miracula Memphis
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Omnis Cæsareo cedat labor Amphiteatro.
Eran éstos los jardines de Neron. Por aquí andaba vestido de púrpura, calzado de borceguíes celestes, la sien coronada de laureles, los ojos fijos en el cielo, las manos en la cítara, henchidos los labios de antiguos versos griegos, y el corazon de pasiones contrarias, como un demonio que se esforzára por ser Dios, y se acogiera momentáneamente al cielo del arte, para tornar á caer en los abismos. Él era cónsul, tribuno, dictador, césar, pontífice máximo; todos le bendecian, todos le adoraban; y no le estimaba ¡oh dolor! su propia conciencia. La posteridad no ha sido para él tan despiadada como para los demas césares, porque Neron fué siempre un tirano con remordimiento. ¡Ha habido tantos en quienes se borró por completo la conciencia! ¡Ha habido tantos que, al matar, al quemar, al destruir ciudades enteras, han creido obrar meritoriamente á los ojos de Dios! Hoy mismo un césar del Norte, por coger entre sus garras el cetro de Alemania, se ha cebado en la infeliz Francia, y al eco de las bombas, al estridor de las ruinas y del incendio, al gemido de los moribundos, ha invocado el nombre de Dios como cómplice de sus crímenes. ¡Ah! Neron mataba á su madre; pero sentia en las orillas del mar los dolores de Oréstes y los ronquidos de las Euménides. Neron oprimia al género humano; pero en su última hora proclamaba muy alto que debia haber sido artista, y no césar. ¡La religion pagana conservará más viva la conciencia y su jurisdiccion sobre la vida que el pietismo protestante!
He mentado á Neron, porque su nombre está unido al nombre del Coliseo. En el sitio que hoy ocupa, se extendia el estanque de los jardines neronianos; y al frente del estanque elevábase una estatua colosal, magnífica, del divino emperador, con los atributos de Apolo, el dios de la armonía y de la luz, que llevaba en sus manos la cítara, á cuyos acordes danzaban las musas, y en sus sienes el verde laurel de Dafne. La familia de Vespasiano, en ódio al hijo de Agripina, habia soterrado su áurea casa, llena de obras inmortales; arrancado tambien el Coloso, y construido en su lugar el Anfiteatro; pero no pudo arrancar ni el nombre ni el recuerdo de la apolina estatua de Neron; y ese nombre degenerado, corrompido, Coliseo, lleva todavía este colosal monumento.
No parece, á la verdad, obra de los hombres, sino obra de la naturaleza. Esas gigantescas proporciones, esas moles inmensas no han podido ser creadas por nuestras fuerzas, sino por las fuerzas del gran arquitecto, del grande artista que ha levantado las eternas pirámides de los Alpes, y que ha cincelado el maravilloso cono del Vesubio, por las fuerzas del fuego creador, cuyas reverberaciones guarda todavía en sus cristales el granito. Sólo cuando se ven las armonías de sus arcos, la igualdad de sus columnas, el ritmo de aquella arquitectura que asciende á los cielos como un cántico, nótase que el pensamiento humano ha distribuido las enormes moles del Anfiteatro, y las ha sellado con el sello divino de sus leyes.
Hoy es en parte una ruina. Cuando estaba todo de pié, dos gradas lo sostenian como fuertes zócalos. Cuatro cuerpos sobrepuestos lo formaban. Ochenta airosos arcos, que eran otras ochenta puertas, circundaban todo el primer cuerpo. Á los lados de los arcos alzábanse medias columnas empotradas en la pared y pertenecientes al severo órden dórico. Sobre este primer cuerpo se extendia una cornisa, y sobre la cornisa otros ochenta arcos, á cuyos lados se elevaban medias columnas del más gracioso y más ligero órden jónico. Otra cornisa, idéntica á la anterior, remataba este segundo cuerpo y servia de base al tercero, cortado en arcos tambien, ornado tambien de columnas, pero del florido y rico órden corintio. Remataba todo el monumento un airoso atrio, semejante á cincelada diadema, ligero, ornado de pilastras y abierto por ventanas, á traves de las cuales parece que brilla con más esplendor el cielo. Este inmenso edificio, tiene cincuenta y dos metros de altura. Para definirlo en pocas palabras, yo le llamaria una montaña circular, levantada, esculpida, cincelada por el trabajo del hombre. El lado que mira al Nordeste es el que mejor se conserva. Sólo en sus muros puede estudiarse la sucesion de los arcos, la armoniosa escala formada por las columnas, el órden y la gracia de las cornisas, la severa majestad del primer cuerpo y la ligereza del ático que lo corona todo y que da á mole tan grandiosa el primor y la ligereza de una joya.
En estos monumentos resplandecen las ideas y los caractéres de la arquitectura romana. La gracia, la belleza griega, se han reemplazado con la grandeza, y con la grandeza colosal. Es el Coliseo monumento digno de un pueblo-rey, de un pueblo conquistador, de un pueblo titánico, de un pueblo que cuenta ejércitos de esclavos, ejércitos de trabajadores, sobre cuyas espaldas solamente hubieran podido ascender las inmensas moles á tan vertiginosas alturas. El pueblo que ha fabricado el Coliseo acaba de ver el Oriente y sus monstruosos edificios, sobre los cuales ha querido tender los órdenes del arte griego como una guirnalda. La arquitectura romana ya no es aquella hermosa arquitectura de Aténas y de Corinto, que ha tomado por tipo el bellísimo organismo de la mujer griega, de esa diosa, de esa musa de todas las artes. Flota sobre los monumentos romanos algo ménos bello, pero más grandioso, el océano invisible de un espíritu universal, asimilador, que tiene de Grecia la armonía, de Asia la magnitud, rebosando realmente en la tierra y en la historia, sin tocar á un ideal, que irá más tarde á perderse entre los misterios y los arreboles del cielo, medio luz, medio sombra. Luégo los edificios romanos, inspirados en ese espíritu colosal, tenderán necesariamente á fines útiles, prácticos, inmediatos, como toda su cultura. El dios Eros, el dios del amor griego, ha sido reemplazado en Roma con el dios Sterquilinius, con el dios del estiércol, de esa sustancia que abriga y fecunda los campos, como la metafísica helénica ha sido reemplazada con la moral y el derecho, con principios y ciencias que tocan más inmediatamente á la sociedad y á la vida.