Lo más admirable de aquellas figuras colosales que nunca os cansais de admirar, es que no solamente son decoraciones de una sala, adornos de una capilla, sino hombres, sí, hombres que han padecido nuestros dolores; que se han clavado las espinas de la tierra; que tienen la frente surcada por las arrugas de la duda y el corazon traspasado por el frio del desengaño; que han asistido á los combates donde mueren los pueblos y á las tragedias donde se consumen tantas generaciones; que ven caer sobre sus cabezas la niebla de la muerte y quisieran preparar con sus manos una nueva sociedad; que tienen los ojos gastados, casi ciegos, de mirar contínuamente el movible y cambiante espejismo de los tiempos, y las carnes quemadas por el fuego de las ideas; que llevan sobre sus crispados nervios el peso de sus almas grandiosas, y sobre sus almas el peso, todavía más grave, de sus aspiraciones irrealizables, de sus ensueños imposibles, de sus luchas sin victorias, de sus deseos por lo infinito sin ninguna satisfaccion sobre la tierra.
Yo quisiera definir estas figuras. Por lo que más en ellas se acerca á la humanidad, por la forma, por el organismo, son verdaderamente sobrehumanas. Todos esos seres gigantescos y extraordinarios que las várias cosmogonías han creido ver salir de la primera feracidad del planeta recien creado en la expansion de su vida, habian de tener esa colosal estatura. Pero por lo que hay en ellas de espiritual, de permanente, todas son humanas, todas hijas de esos dos elementos de nuestra vida, que tantas grandezas han producido: la aspiracion á lo infinito y el dolor de la realidad, contra la cual se estrella el alma, al querer esparcirse en lo invisible, en lo inmenso, en lo misterioso, volviendo á caer sobre su reducido lecho de barro con un horrible estremecimiento y un prolongado gemido.
Pero donde veo el espíritu humanitario, reconciliador, universal, del siglo décimosexto, es en esas sibilas del paganismo alzadas al nivel de los profetas, puestas ahí á su lado, repitiendo la misma idea, anunciando la misma verdad, como dos coros apartados, cuyas voces y cuyos cánticos se encuentran confundidos en el cielo.
No de otra suerte, en el laboratorio de los aires, se confunden la electricidad venida de diferentes montañas, los vapores exhalados por lejanos mares.
¡Cuán apartados nos hallamos de aquellos primeros iconoclastas, que destrozaban las bellas estatuas de los dioses, creyéndolas efigies del demonio! ¡Cuán léjos de aquel espíritu estrecho que condenaba la antigua historia, por creerla podrida! Las sibilas son los oráculos del paganismo. Cuando el dia espira, cuando las pléyades salen del mar, cuando las olas recamadas de fosforescentes resplandores mueren tranquilas en la arena; bajo el árbol lleno de misterios, sobre la piedra dorada por los siglos; vestidas con una túnica tan blanca como las nubes benéficas, coronadas de verbena; el ara encendida delante, el ídolo alzado á su espalda, el pueblo inmóvil á su alrededor, las cítaras de las vírgenes sonando en sus oidos, los ojos en el cielo y la mano en el corazon, delirante el alma, agitados los nervios; las sibilas dicen sus oráculos secretos en versos misteriosos, recogidos sobre hojas fugaces, confiados á veces á merced del viento, y descubren así los misterios del porvenir, y arrancan así por fuerza el feto del hecho venidero á las entrañas de las edades futuras, todavía dormidas en el abismo de la eternidad.
San Agustin ha leido los libros misteriosos de estas mujeres. En su entusiasmo, hace lo que Miguel Ángel ha hecho; las coloca en la ciudad de Dios. Ellas han predicho la venida de Cristo. Pertinent ad civitatem Dei, exclama. Son aquellas mismas que delante del César, segun una leyenda piadosa, se arrancaron la corona de la frente y descendieron mudas del marmóreo altar, porque habia nacido el esperado por las naciones y se habian cumplido las promesas de los siglos. Virgilio mereció que San Jerónimo, despues de haber saludado la cuna de Cristo en Belen, saludára su sepulcro en el Pausilipo.
Mereció más; mereció que San Agustin lo citára entre los testigos de mayor excepcion á favor del Cristianismo, entre los genios que han ahuyentado sus dudas y han fortalecido su fe.
«No creeria tan fácilmente esto, si ántes no lo hubiera anunciado un poeta nobilísimo en lengua romana.» Mereció más; que el mayor poeta de la Edad Media exclamára, invocándolo:
Per te poeta fuí, per te cristiano.
Y todo por haber repetido Virgilio el oráculo de la sibila de Cúmas: la venida de un niño misterioso, por cuya presencia se cambiaria el órden de los siglos y perderia la naturaleza sus males, el leon su fiereza, la serpiente su veneno, los campos sus espinas, el trabajo su fatiga; y sin necesidad de ser por el sudor regados, henchiríanse de vida los campos, producirian las vides sus racimos, los trigos sus espigas, los árboles sus frutas, coronándose de lirios las colinas, tiñéndose de los matices del íris los vellones de los corderos, embotándose el aguijon de las abejas, que depositarian espontáneamente su miel en los labios, como las vacas destilarian su leche en los odres; y el Universo, á manera de un árbol mecido por una brisa celeste, entonaria un cántico sublime que pusiera en olvido la música de Lino, la flauta de Pan y las melodías de Orfeo, por ser el himno incomunicable de la nueva edad de justicia.