La verdad es que la historia, en su moderna universalidad, ha destruido muchos odios. Los romanos y bárbaros, que peleaban como enemigos eternos, con furor, en el fin de las edades antiguas, eran hermanos, hijos de una misma raza. Y esos profetas de Jerusalen, esos incansables lectores del porvenir, esos invencibles enemigos de los tiranos, lo mismo que esas sibilas misteriosas, vagando por las arenas de la Libia, por las ruinas de Persia, por los mares de Jonia, por las grutas de Cúmas, apareciendo en las cimas del Archipiélago griego y en el cabo Miseno como almas sin cuerpo para decir ideas sin forma; los filósofos que desde la gran Grecia han pasado el Pireo y desde el Pireo han corrido á Alejandría, sembrando entre el Oriente y el Occidente una estela de ideas que ha sido un semillero de mundos, lo mismo que los sublimes y oscuros misioneros no comprendidos de la Roma imperial, que han pasado de las catacumbas á los circos, dejando con la sangre de sus venas el reguero inmortal que ha fecundado la fe; todos, durante muchos siglos enemigos, todos mútuamente desconocidos, todos apartados por abismos y por odios, todos se han unido en lo infinito, y han formado nuestro espíritu, y encendido nuestra conciencia religiosa.
¡Qué sublimes son esas sibilas de la Sixtina! El pensamiento y la mirada vuelan de una en otra sin acertar á fijarse. Paréceme que son las madres de las ideas, las formas de las cosas eternas. Cualquiera diria que tienen atravesado entre sus dedos el hilo de la vida universal, y que están tejiendo la trama de la naturaleza. Son la Pérsica, la Eritrea, la Délfica, la Líbica, la de Cúmas. Si buscais sus genealogías, encontraréis el Dante, encontraréis Platon, encontraréis Isaías, encontraréis Esquilo; son de esa raza. Si buscais sus parientes por el mundo moderno, los tendréis en algunos personajes de Shakspeare, en algunos pensamientos de Calderon, en algunas escenas de Corneille. Son de ese temple.
Leed todos los tratados de lo sublime, y á duras penas acertaréis á comprender ese concepto. Es difícil de explicar un escalofrío que sólo se siente dos ó tres veces en la vida; una idea que sólo tiene media docena de ejemplos en la historia. Pero levantad los ojos á la bóveda de la Sixtina: ahí está lo sublime, ahí la desproporcion entre nuestro débil sér y las fuerzas infinitas de una idea que nos agobia, que nos anonada bajo su inconmensurable grandeza. Eso es lo sublime; un goce en una pena.
Tú, Pérsica, en la vejez que te agobia, se conoce cómo el mundo en su cuna te ha confiado sus secretos y te ha dicho sus vagidos, y cómo ántes de morir te inclinas, abrumada por el trabajo y por los años, á escribir un poema cíclico en las hojas de tu libro de bronce. Tú, Líbica, vienes corriendo, como si la arena del desierto encendido te quemára los piés, á traernos una idea recogida en el espacio donde todas las ideas se han tranformado como larvas misteriosas. Tú, Eritrea, eres jóven como Grecia, bella como una de las sirenas de tu archipiélago, cantora como la tierra de los poetas, ondulante como los mares de que nacieron los dioses, y amiga de la luz, atizas la inmortal lámpara que está á tu lado, y á cuyo resplandor vendrá como una mariposa la conciencia humana. Tú, Délfica, eres vírgen como Ifigenia inmolada por los reyes; tú llevas el beso de Apolo en los labios, la sombra del laurel en la frente, la inmortalidad del genio en el pecho alzado, como para entonar un cántico armonioso, que se oirá hasta el fin de los siglos. Tú, Sibila de Cúmas, dejas tu caverna, y allí donde las montañas se cincelan más escultóricamente, donde los aires se cargan de aroma, donde el mar Tirreno más se embellece, en el golfo de Bayas, mirando la griega Parténope hermosísima y ébria como una bacante reclinada sobre su mullido cojin de pámpanos, modulas dulcemente la melodía de la esperanza. ¿Sois de carne, sois mujeres, habeis sentido la voluptuosidad, el amor, ó sois los arquetipos de las cosas, las ideales del arte, las sombras de esas musas que todos los poetas invocan y que ninguno ha visto sino á traves de sueños irrealizables, las formas várias de la eterna Eva, que ya se llama Safo, ya Beatrice, ya Laura, ya Victoria Colonna, ya Eloisa, y que está de pié en la cuna y en el sepulcro de todas las edades, sonriéndonos con la esperanza, despertándonos al deseo, y huyendo á nuestros brazos como una ilusion que se desvanece en lo infinito?
Este techo de la Capilla Sixtina inspirará eternamente ensueños poéticos. Uno de los mayores literatos de Europa dice que ha empleado treinta años en estudiarlo. Cuando Miguel Ángel acababa de pintarlo, no podia mirar hácia abajo sin que inmediatamente se le oscurecieran los ojos. Tenía necesidad de llevar alzada la cabeza siempre y mirar hácia arriba. El objeto de su vista se encontraba en el cielo. Hácia allá, hácia el cielo tambien se dirigia su alma, henchida de inspiraciones infinitas, y por lo mismo de infinitos dolores.
Y este hombre, con una sensibilidad tan viva, con un carácter tan áspero, con un pensamiento tan extraordinario y tempestuoso, ha vivido en el tiempo de los cambios más bruscos, de los contrastes más fuertes, en que el espíritu humano pasa de tristes desmayos á vida exuberante, de sombríos eclipses á súbitas iluminaciones, de la penitencia á la orgía, del sensualismo á la fe; inclinándose ya de un lado ya de otro, como si estuviera ébrio.
Imaginaos un cuerpo trasladado súbitamente de la zona tórrida al polo, del abismo al cielo, de la cima de una montaña al abismo, de la mar tempestuosa á un lecho mullido; y quizas no tendréis idea de los saltos que ha dado el alma de Miguel Ángel por las contradicciones de su tiempo. El Luzbel de la Biblia, pasando de la naturaleza angélica á la naturaleza diabólica, y el Luzbel de Orígenes, volviendo de la naturaleza diabólica á la naturaleza angélica, podrian dar una idea lejana de las trasformaciones súbitas por que pasaron aquel siglo y aquel hombre empapado en los torrentes de su siglo.
No es una division arbitraria ésta de las edades. La historia es como el calendario del espíritu; en cien años varían las ideas radicalmente, cambian de esencia y de aspecto las sociedades. En cien años se renuevan los átomos de un pueblo con la renovacion de las generaciones. Cada siglo es una grande personalidad cincelada por los siglos anteriores. La espada es muchas veces un cincel que obedece á una conciencia, á un espíritu desconocido. Todos los siglos tienen una fisonomía y una idea. Pero el siglo que llena Miguel Ángel con su larga vida es el más contradictorio de todos los siglos. Si á cada minuto amaneciera y anocheciera, acaso tendríamos en la naturaleza una imágen del tiempo de Miguel Ángel, es decir, del tiempo en que acaba la Edad Media y empieza la Edad Moderna.
Cae Constantinopla, pero la hereda Venecia engrandecida y en todo su apogeo, nave empavesada que arroja un cable en el Adriático para tener unida Europa al Oriente. Renacen los antiguos dioses, revelando en sus cuerpos de mármol todos los secretos del arte, y arden las obras de los artistas en hogueras atizadas por un pueblo de monjes sobre la plaza de Florencia. El Perugino conserva todavía los penitentes macerados en los claustros, y el Hércules Farnesio se eleva en el suelo romano para mostrar toda la pujanza de la vida antigua. Escribe su sensual obra Ariosto, en que los héroes danzan como en brillante carnaval, y sueñan los platónicos de Florencia con las ideas puras, con las esencias misteriosas, con el cielo oculto tras del sepulcro, y el Dios oculto tras del mundo. Invoca Savonarola, ese Francisco de Asís de la política, los santos y los ángeles; recomienda el ayuno y la penitencia, restaura la imitacion de Jesucristo; é invoca Maquiavelo el demonio, llama á los traidores, recomienda el dolo, el crímen, el asesinato, restaura la imitacion de los césares. Toma el pueblo florentino por jefe al Crucificado, miéntras el pueblo romano toma á César Borgia, hermoso como el vicio, pero infame, traidor, manchado con la sangre de su hermano y de su cuñado, que salta á su frente y á la frente del Papa, perdido en neronianas cenas, reproduciendo los delitos eróticos de Heliogábalo unidos á las matanzas y á los envenenamientos de Tiberio. Parece que los partidos se van como sombras, y vienen los franceses por el Norte á sostener á los güelfos, y los españoles por el Mediodía á sostener á los gibelinos. Parece que el poder político de los papas y el poder político de los emperadores se acaba, y el Pontificado renace más fuerte con Julio II, y el Imperio renace más brillante con Cárlos V. Vuelve á restaurarse la autoridad espiritual de la Edad Media por las artes y los artistas, que sostienen sobre sus alas el Vaticano, convertido por Leon X en Olimpo, cuando se oye la voz de Lutero, que hiela súbitamente la sangre en las venas de Roma. Por todas partes se sublevan los plebeyos para salvar las repúblicas ó renovarlas, y por todas partes se restauran las monarquías. Las artes que Miguel Ángel queria unir á la libertad son el anillo funesto, el brillante talisman con que los tiranos adormecen á los pueblos. Los patriotas buscan un Bruto, y encuentran apénas un Lorencino.
Por eso Miguel Ángel no ha querido concluir su busto del defensor de la república romana en la indigna Florencia, entregada á los Médicis. Es aquella edad el Filipos de los municipios que van cayendo en el polvo con su propio puñal en el pecho. La desgracia de Queronea se repite cien veces, y mueren cien Aténas sobre la tierra italiana empapada de sangre. Ancona entrega sus fortalezas para que la liberten de las amenazas de los turcos, y cae bajo la tiranía de los frailes. Los papas se convierten todos en gibelinos, desmintiendo su historia. La España, que ha arrojado á los judíos y á los moriscos por servir á Roma, saquea á Roma. Las siete mil revoluciones que ha habido en Italia desde el siglo décimo al décimosexto; los catorce millones de cadáveres caidos en los campos de batalla, producen el cáos.—¿Comprendeis ahora por qué el Moisés de Miguel Ángel mira su tiempo con tanto desden?—¿Comprendeis por qué en la Sixtina se queja con tan desgarradores lamentos su colosal Jeremías?