La catástrofe de las catástrofes se aproximaba despues que Miguel Ángel habia concluido la bóveda de la Capilla; se aproximaba el saco de Roma por los españoles y los alemanes al mando del condestable Borbon. El hambre se cebaba en los españoles, desposeidos de sus pagas; la furia religiosa en los alemanes, enemigos del Papa. El general de éstos llevaba al cuello una cadena para colgar la cabeza del Sumo Sacerdote católico el dia que entrára en la ciudad que él llamaba sacrílega Babilonia. El Condestable deseaba dar una terrible leccion á Clemente VII, enemigo de su nuevo amo el emperador Cárlos V. Roma, restaurada por ochenta años de trabajos artísticos, revestida de mármoles, pintada por Rafael y sus discípulos, cubierta de estatuas que surgian como por encanto de las ruinas, enriquecida por Leon X con todas las preseas del Renacimiento; hartada por los pueblos que iban como peregrinos á besar sus sandalias de bronce, á orar en sus religiosos sepulcros, en sus admirables templos; llena de palacios construidos por una aristocracia poderosa, reconquistaba su antigua grandeza y brillaba entre los tributos del espíritu con la misma gloria con que brilló en otro tiempo entre los despojos del mundo. Esta riqueza tentaba así á los españoles como á los alemanes, todos guerreros de profesion, y por consiguiente amigos todos del saqueo, que era entónces la gran cosecha de la espada.
Así en vano se pactó una tregua. Aquellos veinticinco mil hombres, italianos aventureros, españoles por profesion soldados, alemanes protestantes, se dirigian á Roma como el hambre voraz de las legiones de Atila, de esos cuervos lanzados por el polo sobre el cadáver de la Roma antigua. Era una mañana de Mayo de 1527. El Condestable pide paso para Nápoles; el Papa lo niega. Á esta negativa sucede el asalto. Los españoles vacilan, pero su generalísimo el Condestable arrima con sus propias manos la escala terrible al muro de la Ciudad Santa. Un arcabuzazo lo mata. Él, en la agonía, se cubre el cuerpo con una capa española para que no lo conozcan sus soldados y no desmayen un punto en la empresa. Los españoles entran por los muros que avecinan á San Pedro, los alemanes por la puerta del Santo Espíritu, los italianos por la puerta de San Pancracio, como tres torrentes que van á confundirse en el mismo lecho. El Papa apénas tiene tiempo de ir del Vaticano á San Angelo entre una lluvia de balas, y Pablo Jovio le arroja su muceta violácea para que las albas vestiduras pontificales no sirvan de blanco á los arcabuces enemigos. Parecia que se levantaban sobre la ciudad Genserico y Alarico, los godos y los vándalos. Aquí la pelea cuerpo á cuerpo; allá el incendio; en todas partes la matanza y el saqueo. Los unos cortaban los dedos de los vencidos para arrancarles los anillos; los otros violaban sobre el altar las vírgenes consagradas al Señor. Algunos abrian heridas en los vientres de las romanas para saciar de aquella original y sangrienta manera sus inmundos apetitos. Muchas doncellas se arrojaban avergonzadas en brazos de sus padres y de sus hermanos, pidiéndoles á gritos la muerte para libertarse de tanta vergüenza. La noche exacerbaba la sangrienta bacanal. Al resplandor de las antorchas los saqueadores descolgaban los cuadros; arrojaban en los sacos las alhajas; profanaban los santuarios buscando sus ricas pedrerías; celebraban la victoria bebiendo vino en los cálices; abofeteaban y escupian á los cardenales; remataban sus cascos guerreros con las mitras; envolvian á sus cantineras en el manto de las Vírgenes; pronunciaban sermones ridículos, alzándose erguidos sobre montañas de muertos y heridos, muchos de los cuales áun palpitaban; hacian procesiones fantásticas, colgando cabezas al cuello, y poniendo orejas cortadas á los burros en las caras acribilladas de los sacerdotes, y echando á los piés de las imágenes corazones y entrañas humeantes; carnaval espantoso, cuyo horror aumentaban la granizada de los mosquetes, el crujido de las ruinas, el chisporroteo del incendio, el suspiro de los voluptuosos, la carcajada de los ébrios, las maldiciones de los vencedores, las súplicas de los vencidos, el siniestro alentar de los fugitivos, el estertor de los moribundos y el silencio de los muertos, desnudos sobre las piedras ahumadas y sangrientas, como si aquella noche fuera la última noche de Roma, como si aquellas negras horas fueran las siniestras horas de los ángeles exterminadores del mundo.
La desolacion de Roma no tiene igual. Clemente VII comió en su prision carne de caballo y de asno. Los cadáveres se vengaron de sus inmoladores sembrando la peste. Cuando todavía no estaba Roma repuesta de este siniestro terror, que llenó casi toda la segunda mitad del siglo, entraba por sus puertas Miguel Ángel á concluir su trabajo, á llenar con otra obra maestra la Capilla Sixtina, á dejar sobre el muro del centro el Juicio Universal. Todo le inspiraba esta gran tragedia; la muerte de la libertad en su patria, la nueva ruina de Roma, los triunfos de la reforma sobre una parte del género humano, los triunfos del tiempo sobre su vida, de la vejez sobre sus fuerzas, del dolor sobre su alma. Cuando estaba trazando su gigante obra, mil veces creyó morir. Como cayera del andamio, abriéndose una herida en la pierna, se encerró en su casa resuelto á no salir sino para el sepulcro. Uno de sus amigos, médico, fué á verle; llamó, y como no le contestára, asaltó la casa como un ladron, y logró arrancarlo á su melancolía.
La suerte de Italia es una de las heridas que lleva en el corazon, y por consiguiente una de las inspiraciones de su conciencia. La lectura del Dante le anima y le sostiene, esa lectura apocalíptica. Posee un ejemplar de ancho márgen, y en él dibuja las visiones esculturales inspiradas por las visiones poéticas. Al traves de tres siglos el poema del Dante aviva el Juicio Universal de Miguel Ángel, como el poema de Homero avivó las tragedias de Esquilo. El cuerpo humano, el organismo, ántes de él desconocido y poco estudiado, es el principal elemento de sus inspiraciones plásticas.
No ve en el Universo sino el hombre. Su antropomorfismo no es armonioso como el griego; es un antropomorfismo gigantesco. Sus hombres han crecido tanto como las ideas. De aquí cierto menosprecio por la hermosura en su serenidad inmortal, y cierto desenfreno por lo sublime. Cuando jóven, cambiaba sus figuras por cadáveres. Doce años vivió estudiando, analizando los muertos. Una vez se inficionó de la podredumbre, y estuvo á punto de morir en este trabajo de arrancar lo sublime al esqueleto arrojado como cosa inútil en el mundo.
Sus profundos estudios en la forma humana se ven ahí, en ese cuadro, en ese poema. Todos los dolores han sacudido esos cuerpos crispados, agitadísimos. Y todos los cuerpos están desnudos. Miguel Ángel se atreve á tanto en la Capilla Sixtina, cuando comenzaba la reaccion contra el Renacimiento, cuando la hipocresía iba á recoger el sudario de la Edad Media para amortajar de nuevo á la Naturaleza. No puede imaginarse el escándalo que este atrevimiento produjo en aquel mundo ya alejado de los semipaganos dias de Leon X. El Aretino, que no vacilaba en mostrar al desnudo todas las inmundicias morales, se indigna contra aquella casta desnudez del arte. Biagio, maestro de ceremonias de Paulo III, conjura al pintor de parte del Pontífice para que encubra sus figuras, y no muestre tan real y tan completamente la naturaleza humana.—Decidle al Papa, le responde Miguel Ángel, que en cuanto corrija Su Santidad el mundo, será cosa de pocos minutos corregir las pinturas. Y en castigo pinta á su interlocutor con orejas de asno en lo más profundo del Infierno. Biagio corre á quejarse á Paulo III de la afrenta infligida á su respetable persona.—Me ha puesto en el cuadro, dice, llorando como un niño, trémulo como un viejo. Pido á Vuestra Santidad que me saque de allí.—Pero ¿dónde te ha puesto?—En el Infierno, Señor, en el Infierno, exclama compungido.—Si estuvieras en el Purgatorio, le contesta el Papa, te sacára; pero yo no tengo poder alguno en el Infierno.
Es imposible resumir cuanto se ha dicho sobre este fresco. La escuela académica reinante en el siglo pasado, y tan parecida al clasicismo híbrido y enojoso de muchos críticos literarios que se asustan de toda grandeza porque aplasta su irremediable pequeñez, lo ha tratado como un mamarracho. Escritor hay que llama á esta grande obra una coleccion de ranas. Trescientas figuras desnudas, medio vestidas algunas más tarde por Volterra, á quien le valió esa profanacion artística el nombre de Braghetone; trescientas figuras desnudas se elevan en un cuadro mural de cincuenta piés de alto y cuarenta de ancho. Al pronto cuesta gran trabajo comprenderlo. Se necesita mirarlo con la misma atencion con que se necesita oir una sinfonía de Beethoven. El profano al arte concluirá al cabo de algun tiempo indudablemente por sentir y admirar, y absorberse en la contemplacion profunda de aquella maravilla del genio. El artista no debe imitarlo, porque hay ciertas personalidades en la historia, hay ciertos estilos en la literatura y en el arte, cuya individualidad es tan poderosa, cuya estatura es tan alta, cuyo centro de gravedad tan lejano de la esfera de gravitacion general, que seguirlos produce vértigos, é imitarlos expone á peligrosas caidas. Entrad en San Pedro despues de haber visitado las figuras de Miguel Ángel, y encontraréis en la estatuaria colosal, violenta, hinchada, de mal gusto, los estragos que en las medianías ha hecho la imitacion del genio único y cuasi sobrehumano de Miguel Ángel, que debe permanecer para asombro de los siglos como el Dante, como Shakspeare, como Calderon, allá en su inaccesible soledad.
La Naturaleza no entra para nada en el cuadro; Miguel Ángel solamente la ha tomado el aire y la luz. No se ven los mundos rodando como pavesas por los espacios, ni el sol tiñéndose de color sanguíneo, ni los montes desgajándose, ni el mar airado evaporándose en las trompas de una tempestad infinita, no; en el aire azul, en el aire pasa la terrible escena ocupada sólo por cuerpos humanos y por nubes celestes, y sobre unas y sobre otros la cólera de Dios.
Sí, todo parece airado, todo espantoso en aquel cuadro, como si nadie se salvára; de tal manera domina el terror á los demas sentimientos. En primer término la barca de Caronte sobre un rio plomizo, y á la izquierda el resplandor siniestro del Purgatorio. Encima los muertos que se despiertan al són de la trompeta, rompen las losas de sus tumbas, rasgan sus sudarios, sacuden el polvo de sus esqueletos casi desnudos y el sueño de sus ojos casi vacíos. De la esfera de los muertos se levantan muchos que ya han cobrado el movimiento, y que lo ejercen con violencia para dirigirse, agitados por la incertidumbre, á escuchar el fallo inapelable, llevando sobre las espaldas el peso más ó ménos grave de sus obras. Entre aquellos veloces caminantes hay unos que ya se desesperan, hay otros que ruegan, hay algunos que confian, hay varios que mútuamente se sostienen y se socorren. Á la derecha de Cristo brilla un grupo de mujeres ya salvas, que todas entonan un coro, y entre las cuales hay una sublime, una madre que acaba de oir la sentencia de su hija, y la estrecha extática en sus brazos, deteniéndola, asegurándola en la salud eterna, cual si no diera crédito á su dicha. Junto á las mujeres pasan grupos de ángeles que parecen recibir, segun lo tristes, en sus caras una lluvia de lágrimas, arrastrada por el viento. Bajo los ángeles, los bienaventurados, muchos de los cuales se reconocen, despues de tantos siglos, y se abrazan sobre las cimas de la ciudad eterna. En el centro, Jesus irritado, que maldice, que condena, que castiga, sin escuchar los ruegos de su madre, separándose de los condenados, y sin querer ni siquiera mirarlos, por no iluminar con sus ojos el eterno suplicio. Adan está á su lado en su vejez sublime para resumir la humanidad como Cristo resume el cielo. Pero donde se muestra el genio de Miguel Ángel en toda su grandeza, es en aquella inmensa catarata de condenados, que caen heridos por la terrible sentencia, tristes unos como hojas secas, desesperados otros y retorciéndose cual si contra su eterna suerte pudieran rebelarse, ya mordiéndose los puños, ya arrancándose el cabello, ya aterrados á la vista de las llamas que los aguardan, ya presa de un delirio; todos en los más atroces dolores físicos y morales; titanes llenos de vida y de carne y de sangre, como para ofrecer abundante pasto á los tormentos; titanes que roncan y maldicen y denuestan y escupen horrores de sus bocas, y luchan con las serpientes enroscadas en sus cuerpos, y buscan en el aire una nube donde reposar, y caen produciendo un escalofrío terrible, como si oyerais el primer contacto de sus carnes con el plomo derretido en las llamas eternas.
No se puede sostener mucho tiempo la atencion concentrada en lo sublime. Cuando se siente de véras una idea grande, os sacude los nervios y os surca el cerebro como una chispa eléctrica. Yo sentia latir fuertemente las sienes, como si fueran á reventar las venas hinchadas por el torrente de pensamientos gigantescos desprendidos de aquella Capilla que abraza, desde la Creacion hasta el Juicio Universal, toda la vida humana. Necesitaba aire, y salí á respirarlo al campo romano, sobre cuyas ruinas tendia á la sazon admirablemente Abril su verdor alegre como una esperanza. Pero cuando volví la cabeza, en el azul de los cielos se dibujaba todavía una obra magnífica, sobre la cual extiende tambien sus alas el alma de Miguel Ángel; se dibujaba la rotonda de San Pedro, que parecia, dorada por los últimos rayos del sol poniente, un templo elevándose á lo infinito, para decir á Dios que la eternidad prometida á Roma por los dioses antiguos habia sido realizada en la Edad Antigua por sus tribunos y por sus héroes, fortalecida en la Edad Media por sus pontífices y sus doctores, y salvada en la Edad Moderna por el genio, que levantó allí aquella cúpula como la cima de la historia, como la corona del espíritu, como la tiara del mundo.