EL CEMENTERIO DE PISA.
Jamas creí que hubiera en el mundo una ciudad tan muerta como Toledo. Pero no habia visto á Pisa. La diferencia entre estas dos magníficas poblaciones, sin embargo, es grande. En Toledo, junto á edificios maravillosamente conservados, como la Catedral, hay edificios casi destruidos, como San Juan de los Reyes y el Palacio de Cárlos V. Las ruinas, en su desolacion, justifican la soledad. Pero en Pisa todos los monumentos se hallan de pié, todos cuidadosamente conservados, algunos enlucidos y resucitados por restauraciones modernas, los más pintados de vivísimos colores. Y sin embargo, la soledad es indescriptible. Diríais que aquellos palacios aguardan sus habitantes y se hallan preparados á recibirlos; pero que los habitantes no vienen. Yo me paré el dia mismo de mi llegada, por el mes de Mayo, en el puente central del Lungarno, á las dos de la tarde; y puedo asegurar que estaba solo, completamente solo, casi tentado á creer la inmensa ciudad destinada únicamente á mi persona. Magnífico sitio para un egoista. Era triste, tristísimo, ver aquellas dos largas hileras de edificios preciosos, de casas elegantísimas; aquellos varios puentes, aquellas magníficas aceras, aquella limpieza exquisita, el rio en el fondo, el cielo sonriente; por uno de los extremos copudos árboles mecidos al soplo de las frescas brisas marinas; y nadie, absolutamente nadie, más que yo, en aquella hora y en aquel delicioso sitio, para contemplar tanta hermosura. Tentado estuve á gritar, seguro de que solamente me responderia el eco. Un extranjero apostó á que, dando la vuelta á caballo por los muros de Pisa, no encontraria un alma, y ganó la apuesta. Los rusos y los ingleses, á quienes la frialdad del Norte ha roto los pulmones, se refugian, para vivir algunos dias, en Pisa, donde se hallan abrigados, por las montañas, de los vientos del Norte, y por la soledad, de las grandes emociones. Así, de vez en cuando, encontrais jóvenes muy bellas, con ese color arrebatado y ese brillo en los ojos propios de la tísis, acompañadas de algunas personas de su familia, tristes, sombrías, que parecen seguir un duelo y llorar ya el golpe irremediable de la muerte. Todas estas particularidades conspiran de contínuo á la tristeza general de la ciudad llamada con razon Pisa morta.
Y sin embargo, hubo un tiempo en que sus libertades asombraron á Italia, su comercio al mundo; un tiempo en que el mar llevaba hasta sus puertas los tributos de Córcega y Cerdeña; en que sus naves trasportaban los cruzados al Asia y traian del Asia el oro, la púrpura, el marfil; un tiempo en que sus guerreros auxiliaban á los emperadores de Alemania contra los papas de Roma, y á los condes de Barcelona contra los moros de Mallorca; en que los piratas temian su poder, los sarracenos temblaban hasta en las costas de África al brillo de sus lanzas, y en que las columnas y los mármoles aportados por Pisa de lejanas expediciones formaban como el trofeo de la primer victoria de las artes. Entónces los últimos maestros mosaitas de Constantinopla llenaban con piedras brillantísimas de mosaicos los arcos de sus monumentos; entónces los primeros pintores que adivinaron las artes del dibujo, animaban sus muros y sus claustros con místicas figuras; entónces los judíos la colmaban de riquezas, guarecidos á la sombra de sus tolerantes leyes; entónces Nicolas y Juan de Pisa, inspirados genios de la Edad Media, desbastaban el mármol y producian esas blancas figuras que parecen los primeros ensueños de una nueva edad de inspiraciones; y despertábanse los penitentes místicos al resplandor de la nueva idea ántes que apareciese, como esas aves que anuncian desde el fondo de las tinieblas la venida del dia. Su libertad engendró su comercio, el comercio su riqueza, la riqueza el arte y la ciencia. Las máquinas de Buschetto levantaban en el siglo undécimo pesos enormes, cuya gravedad sólo podria vencer la mecánica moderna. Las ligeras naves, con sus graciosas velas latinas, traian en el siglo décimo las telas de seda crujientes, que podrian llamarse, por su color, por su brillo y por su orígen, radiosas apariciones de la antigua India, en medio de las tinieblas de la Edad Media. Las serpientes de bronce del Egipto se enroscaban á sus columnas de granito, y los hipogrifos de Grecia tendian sus alas junto á las rotondas bizantinas. Miles de trabajadores llenaban sus muelles, cuando los principios de libertad llenaban sus códigos. La República murió. Y Pisa es un cadáver. Por eso sin duda su primer monumento es un cementerio. En el zénit de su esplendor, Pisa presintió su porvenir y se fabricó el edificio que más debia convenir á su triste futura historia; se fabricó el Campo Santo. Con el alma entristecida por las sombras de la muerte, en medio de aquella ciudad solitaria, donde sólo se oia la vibracion de las brisas marinas, dirigíme á visitar este magnífico monumento, que me tenía reservadas tantas emociones y tantas enseñanzas. El sitio donde se halla el Campo Santo es el sitio más desierto de esta ciudad. En vano los montes de Pisa levantan sus cúspides azules en el éter de un espléndido cielo; en vano la vegetacion de la primavera, cargada de flores, de mariposas, de nidos, cubre con su lujo hasta las desnudas piedras de los altos torreones de las murallas; en vano ese magnífico baptisterio, al Campo Santo muy próximo, y que parece la alta rotonda de un templo subterráneo, dibuja sus calados botareles; en vano la blanca torre inclinada, semejante á una columna gigantesca, lanza allí cerca los agudos sonidos de sus campanas; y la Catedral, ornada de infinitas joyas, entona las salmodias de sus cantos; todo en vano quiere despertar la idea de la vida: las ortigas, que brotan por doquier en aquel inmenso desierto, os recuerdan y os inspiran la triste idea de la muerte.
El Campo Santo es un edificio grande, severo, de altos muros, de estrechas puertas; un ataud de mármol para todo un pueblo. Los faraones de Egipto, los césares de Roma, los sátrapas de Oriente, han levantado pirámides, fortalezas, montañas, para enterrarse, para ocultar los gusanos que roian su púrpura y sus huesos; pero ninguno de esos monumentos soberbios, donde los déspotas perpetúan en la muerte el soberbio aislamiento de su vida, puede compararse en gracia y en hermosura con este cementerio de ciudadanos que se abrazan y se confunden allá en la eternidad, y cuyos huesos frios y mondados por la afilada guadaña, irradian el mismo calor, el mismo entusiasmo, que en vida irradiaban sus libres corazones. El exterior es sencillísimo. Parece un ataud inmenso tallado en una sola piedra. Las perspectivas de la muerte dan extraordinaria solemnidad á todos los objetos de la vida. Siempre que el hombre ha querido expresar la muerte, ha expresado la inmortalidad. En vano ha pintado su último trance como el dolor de los dolores; en vano su último asilo como la sombra de las sombras; allá, en el fondo del sepulcro vacío, en el seno del abismo insondable, se extiende siempre la luz misteriosa de una nueva vida. Sabemos todos que el hombre, este resúmen de la Creacion, este mineral sujeto á las leyes de la gravedad y á los límites de la extension; este vegetal que necesita del aire y del agua y de la luz; este animal que nace y se nutre á la manera de los demas mamíferos; este microcosmo, cuya cabeza esférica reproduce la esfera de los cielos, y cuyos ojos centellantes reflejan la luz de las estrellas; este ángel que se levanta más allá de los tiempos y de los espacios á contemplar en su pureza las ideas arquetípicas, de las cuales son sombras las cosas; el gran músico de los mundos, el gran sacerdote y el gran poeta entre todos los seres; el que saca de los hechos particulares las leyes universales, y de la tosca materia la esencia impalpable del espíritu; el que anota en su mente el cántico universal de las esferas; el que logra dar con su pensamiento como la conciencia de sí misma á la naturaleza, no podria enterrarse todo entero bajo unas cuantas paletadas de arcilla, sin soterrar consigo al mismo tiempo toda la creacion.
Y sin embargo, no hay monumento que exprese la nada como este paralelógramo, irregular á la manera del eterno contrasentido de la muerte. Todos llevamos un oscuro abismo bajo nuestras plantas, que absorbe, como el desierto las gotas de la lluvia, los instantes de nuestra vida. Todos habitamos un cementerio. Esa desnudez del exterior del Campo Santo, esa monotonía, esa uniformidad, son la desnudez, la monotonía, la uniformidad de la muerte. Cuando la puerta se abre, creeis que se abre la puerta de la eternidad. El frio de aquellas bóvedas como que os petrifica; el silencio de aquel lugar como que os priva del habla. Yo estaba enteramente solo como un muerto abandonado á su ataud. Yo, errante, sin patria, sin hogar, me preguntaba si aquel viaje no era el símbolo de mi último viaje; si aquella entrada de un momento en el Cementerio no era la pintura anticipada del dia en que los hombres tendrán á bien recogerme y lanzarme á un hoyo para que no envenene con mis pútridos miasmas el aire que ellos respiren. El sepulturero, de pié á la puerta, me invitaba á entrar. Las ideas más tristes batallaban en mi cerebro, y se dejaban caer como gotas corrosivas sobre mi corazon. El ruido de un azadon que cavaba las huecas sepulturas, y el ruido de las llaves que el sepulturero agitaba, se mezclaron siniestramente en mi oido. Pero entré, entré pensando que la muerte es tan natural como la vida, que el ataud es la cuna de la eternidad. Y la gran puerta se cerró á mis espaldas.
Si, como yo creo y como yo espero, al pasar de la vida á la muerte pasamos de este á otro mundo mejor, dificulto mucho que pueda ofrecerme tanta novedad el brusco cambio como el interior del Cementerio de Pisa. Yo contemplaba extasiado las altas bóvedas cubiertas de maderas preciosas; los largos muros realzados por todas las combinaciones posibles del color; las ventanas ojivales de una desmesurada altura, con sus ligeras columnillas y los elegantes rosetones del remate; los cipreses, los rosales, la hiedra, la madreselva, que á traves de las ojivas mecian blandamente en el patio central sus ramajes poblados de vida y de poéticos rumores; los toscos sepulcros de los tiempos monásticos guarecidos por la cruz, junto á los bellos sepulcros de los tiempos clásicos poblados de ninfas y de faunos; el vaso báquico de mármol de Páros, donde brillan los sacerdotes de la embriaguez de la vida, al lado de la Madre Dolorosa con su Hijo entre los brazos, embriagándose con las lágrimas de la agonía y con la contemplacion de la muerte; los trofeos de las cruzadas unidos á los ex-votos de los romanos; los frisos de los templos de la gran Grecia mezclados con los arquitrabes de los altares del siglo décimo; los bustos de los tribunos de Roma, como Bruto bajo las blancas alas de los ángeles de mármol nacidos del cincel cristiano; las estatuas yacentes que se extienden sobre las losas como rindiéndose al eterno sueño, y las estatuas erguidas que sobre su pedestal de huesos humanos se lanzan, coronadas por una idea, como á entrar vencedoras en la inmortalidad; las vírgenes, los santos, los patriarcas, los doctores, los serafines, los querubines, los coros de bienaventurados, los demonios, los gnomos, los vestiglos, nadando en la atmósfera multicolor de los gigantescos frescos que cubren todas las paredes; cáos indescifrable en aquellas cuatro galerías góticas; cáos sobre el cual se deslizaba en aquel momento el sonido de la campana, que parecia la trompeta del ángel y el ruido del azadon, que parecia la respuesta de los muertos, abriendo al llamamiento sus tumbas; cáos donde todos los siglos, todas las civilizaciones, todas las artes se hallan en desórden sobre los fragmentos de un mundo en ruinas; imágen del Valle de Josafat á la hora suprema del Juicio Universal.
Y sin embargo, nada más regular que aquel cáos en cuanto volveis de vuestra primera sensacion. Cuatro muros, cuatro galerías, cuatro series de ventanas ojivales; un patio en el centro; al frente de la puerta principal una capilla, y al medio de la pequeña galería de la derecha una iglesia; en la tierra del gran patio, la vegetacion que brota hojas y flores con prodigiosa fecundidad; á los extremos cuatro grandes, copudos y verdinegros cipreses, que parecen alzarse allí para elevar al cielo las oraciones de sus hermanas, las plantas agradecidas, á la Providencia por el nutritivo alimento que les procuran los muertos. Hay pocos edificios góticos en Italia, muy pocos. Esta arquitectura de la Edad Media no ha podido desarraigar el eterno paganismo encerrado en la tierra de las artes. Parece que cuando los arquitectos se proponian levantar la católica ojiva, que concluye en punta, como el Universo en la unidad de Dios, las diosas gemian desde el fondo de los arroyos ó desde la corteza de los árboles para obligarles á continuar las antiguas columnas coronadas de guirnalda, como sus sienes inmortales. Parece que esta arquitectura gótica es la arquitectura del pensamiento y no la arquitectura de la imaginacion; es el espíritu interior más que el genio plástico. Por consiguiente, no puede ser la arquitectura de Italia. El Cementerio de Pisa es gótico. Pero ¡cómo se han hermanado todas las artes en su seno! Importábales poco á los italianos que un sepulcro representase las fábulas paganas combatidas por el cristianismo. Con tal que fuese hermoso, lo ponian en su Cementerio y lo llenaban de huesos cristianos. La madre de la condesa Matilde, de esta mujer católica por excelencia, de esta amiga de los Papas, de esta heroína ortodoxa, descansa en su sarcófago, donde se halla esculpida Fedra. Diana besa la frente de Endimion dormido en uno de los mármoles del Cementerio. Los bustos paganos se elevan junto á las imágenes de los santos. Las lámparas que la religion atiza iluminan el rostro de Bruto. Junto al sarcófago donde el caballero de la Edad Media pliega sus manos y dobla sus rodillas, se elevan Augusto, Agripa, el fundador de aquel Panteon donde se refugiaron por última vez los antiguos dioses. Una bacante duerme el sueño de la embriaguez con la copa vacía al lado, bajo el fresco que representa las maceraciones del cenobita, junto al sepulcro en que pende la corona de rosas blancas consagradas á la inocencia y en que abre sus alas, como para ocultar un nido, el Ángel de la Guarda. El Buen Pastor, encerrado en las catacumbas de los mártires y esculpido sobre un sepulcro que los primeros cristianos han regado con sus lágrimas, conduce sus ovejas al redil de la Iglesia; y á pocos pasos hay bajo-relieve cuyos tritones fueron del cortejo de Neptuno en las profundidades del Océano, cuando la naturaleza no habia sido despojada de sus dioses. Meleagro caza no léjos del altar donde Enrique VII ora. Sobre un chapitel María, llena de misticismo, y casi á sus piés las figuras etruscas empapadas en la realidad de la vida. El escultor Della Robia tiene allí una madonna en tierra cocida que se asemeja á las vírgenes bizantinas; y sobre una columna en piedra de Egipto brilla á su lado una cabeza de Aquíles. Andrea de Pisa ha esculpido los Evangelistas y los Profetas con toda la rigidez católica, en medio de las bacanales, por otros bajo-relieves representadas, con toda la voluptuosidad griega. Aquí un emperador de Alemania sentado en su silla sagrada; allá un hipogrifo árabe; acullá una Vénus simbolizando el amor en los dominios de la muerte. ¡Oh! Estos hombres sabian por intuicion artística, sobrenatural, que todas las generaciones, todas las edades se reconcilian en el seno de la muerte. Estos hombres sabian que los combatientes caidos á la luz del sol, odiándose y maldiciéndose bajo banderas enemigas en los campos de batalla, se unen allá en las regiones de las sombras. Estos hombres sabian que pueden los míseros humanos expulsarse de la vida, pero no pueden expulsarse de la muerte. Aunque aniquileis á un enemigo, aunque le quemeis dando al viento las cenizas, ¡oh! sus átomos están ahí en el laboratorio de la vida universal, en el inmenso seno de la naturaleza; y tal vez mañana los absorberán vuestros hijos y los llevarán sobre su corazon. Mas los odios de los hombres son tales que no quieren ni la paz de la muerte. Y sin embargo, contemplando el Cementerio de Pisa, yo pensaba, ante aquellos muertos de todas las generaciones y aquellos monumentos de todas las edades, que así como tenemos en nuestro cuerpo breves partículas de todos los seres, y en nuestra conciencia ideas de todas las generaciones, tenemos en nuestra vida parte de todos los siglos; y que nada hay tan estúpido y antihumano como separarnos de los demas hombres por sus creencias, cuando hijos de todos los tiempos, individuos de toda la humanidad, por esos altares que nos parecen más llenos de supersticiones, por el dólmen celta, por el ara de los dioses lares, por las pirámides egipcias, por las esfinges babilónicas, ha pasado el espíritu de la humanidad ántes de llegar á su presente plenitud, como pasan los grandes rios por lechos de hielo, y de piedra, y de fango, ántes de espaciarse en la inmensidad del Océano.
Éste es el verdadero Cementerio de un pueblo, éste es el verdadero panteon de la Edad Media. En aquellos dias interesaba más la muerte que la vida. El Campo Santo era la ciudad eterna; el infierno y el purgatorio la epopeya; el jubileo la grande asociacion de las razas, y la cruzada la grande guerra. La Edad Media gravita entera al rededor de un sepulcro. Los más fuertes ó los más ricos entre los pisanos han tallado su barca, han tejido su vela, y se han marchado por los mares de Oriente á Constantinopla y á Siria, para desde allí partirse á Jerusalen; y despues de mil combates, despues de peligrosísimas correrías, cargados con el peso de la enorme armadura y la cruz al pecho, descubrir entre los espejismos del desierto, bajo el cielo reverberante, sobre colinas caldeadas, envuelto en las ráfagas de un viento que parece como voraz incendio, el sepulcro de Cristo; y morir á su lado, y envolverse eternamente en la tierra santificada por las lágrimas del Huerto y por la sangre del Calvario. Los ciudadanos que se quedaban en las riberas de Italia querian tambien participar de este bien, dormir en el seno de la tierra prometida, mezclar sus cenizas con las cenizas de los profetas. Y la igualdad republicana no podia consentir privilegios en la muerte. El gran comercio de la ciudad cumplió el deseo de los ciudadanos. Las escuadras vinieron hasta el puerto cargadas de tierra de Jerusalen. En esta tierra se envuelven todavía los huesos de los pisanos. Esta tierra era voracísima. En veinticuatro horas consumia los restos confiados á su seno como si fuera una tierra de fuego. La mayor parte de las sales que obraban este prodigio se han evaporado en alas de los siglos; pero áun consume, segun el erudito Valery, en cuarenta y ocho horas un cadáver. Yo la contemplaba extasiado. Un manto de aterciopelada verdura, sobre el cual parecia haber caido una lluvia de rosas, la ornaba; la zarzamora extendia sus espinosas ramas por todas partes; y nubes de mariposas blancas y puras fingian á mis ojos las almas de los niños, bañándose en aquellos aromas y bebiendo el dulce jugo de aquellas plantas que extendian los festones y las guirnaldas de la vida sobre la morada de los muertos. ¡Tierra, tierra santísima de Jerusalen, que mis piés huellan, tú has brotado la idea de Dios y la has tenido guardada largo tiempo en tu seno, para que la edad moderna reposára á su sombra; tú has recogido los huesos de aquellos profetas que encendieron la fe en la conciencia humana; de tu barro se halla amasada la cuna inmortal de nuestra civilizacion; y aquel Mártir divino que se sacrificó en tus montañas por salvar al mundo de la servidumbre y del yugo infame del destino, te ha hecho tan fecunda y tan sagrada como las semillas del martirio! Tierra de Jerusalen; filósofo ó cristiano, judío ó católico, hombre de lo pasado ú hombre de lo por venir, cualquiera que te huelle, ha de sentirse profundamente conmovido, porque tú entras, tierra inmortal, por grandes cantidades, en la levadura de nuestra vida.