Pero salgamos del patio y vamos á ver la galería de nuevo, contemplando, no las tumbas, las pinturas. Los italianos son esencialmente artistas, y no comprenden que un arte pueda vivir solitario y aislado. Emplean para sus monumentos la escultura, la pintura; los llenan de versos y de inscripciones para que tengan pensamiento, y luégo de música para que tengan voz. El Cementerio de Pisa ha sido fabricado en el siglo décimotercio, no lo olvidemos. Para comprenderlo bien, precisa comprender el siglo de su nacimiento, porque la arquitectura no pierde nunca, y ménos en los monumentos religiosos, su carácter simbólico.

El siglo décimotercio comienza siendo el siglo del catolicismo y concluye siendo el siglo de la herejía. El espíritu humano se exalta con la fe en los comienzos y abraza la razon en las postrimerías de este siglo. Lo abre Inocencio III, que mira la conciencia humana extendida á sus plantas, Europa postrada de hinojos en sus altares; y lo cierra Bonifacio VIII, que siente sobre su mejilla el bofeton de los laicos, y muere de rabia en su impotencia. Lo abre Fernando III en Castilla, que merece ser contado en el número de los santos; y lo cierra Alfonso X, que merece ser contado en el número de los filósofos. Pedro II de Aragon nace bajo la advocacion de la Iglesia, crece en su seno, vive para dar la batalla de las Navas contra los infieles, y muere en la batalla de Muret por los herejes. Y estos cambios bruscos son una ley general del siglo. Jaime I de Aragon en la primera mitad del siglo recaba tierras y tierras para la Iglesia, y Pedro II arranca feudos al Papa. Los santos que dirigian las cruzadas y sus ejércitos obran luégo milagros ante los muros de Gerona contra los soldados del Papa. Las guerras por el sepulcro de Cristo se suspenden. La ciencia árabe domina á las ciencias teológicas. La duda se desliza en la razon, la ironía en la literatura, el sentimiento de la naturaleza en el arte. La conciencia humana ha pasado del período de la fe al período de la razon.

¿Comprendeis ahora por qué el Cementerio de Pisa ha sido tan tolerante? En cuanto se miran sus galerías y sus pinturas, se ven como dos hemisferios del tiempo. Los arcos han sido animados por una idea; los muros por otra. Allí está el gótico, y aquí el anuncio lejano del Renacimiento. No podrá nunca escribirse la historia de las artes sin saludar como uno de los sitios de su nacimiento este Cementerio. No se podrá entrar en el Cementerio sin evocar las edades en que se construyó. Y no se podrán evocar estas edades sin traer á la memoria el nombre de Nicolas de Pisa. Nacido en el seno de los tiempos místicos, muere en el seno de los nuevos tiempos. Entre su cuna y su sepultura hay dos mundos. El espíritu humano ha cambiado de fase miéntras ha vivido ese hombre, que contó setenta y un años. Pero él ha sentido ese cambio, él ha anunciado el ocaso del misticismo. Sus padres, sus maestros, le han hecho arrodillarse, plegar las manos ante las estatuas bizantinas, encorvadas bajo los terrores del Juicio Universal; y él, más tarde, ha ido á postrarse ante las figuras griegas, radiantes de hermosura, erguidas como aquella civilizacion esencialmente humana, amamantadas á los fecundos pechos de la Libertad. Nicolas nació el año siete del siglo décimotercio, y murió el año setenta y ocho. Si yo quisiera expresar en un solo símbolo esta edad, escogeria una de sus figuras, y veríase en ella que el pensamiento místico áun corre por sus frentes, pero que las formas griegas se extienden por su cuerpo como una nueva planta brotando en tierra empapada por rocío reciente. Juan de Pisa, el arquitecto del Cementerio, escultor tambien, mira con los ojos de Nicolas de Pisa. Comparad las obras de estos dos genios con los gigantescos mosaicos y con las extrañas pinturas que á dos pasos se encuentran, en el seno de la Catedral, obras traidas de Bizancio, ó hechas por bizantinos artistas. Las vírgenes, los santos, los ángeles de Bizancio tienen una expresion de terror sublime, pero tambien la frialdad, la rigidez de la muerte; las vírgenes, los santos, las estatuas de Nicolas y de Juan de Pisa ya aspiran á la serenidad y á la perfeccion griegas. Es el mundo de la naturaleza, que se abre al soplo del nuevo espíritu. Es la belleza humana, que deja el sudario de la belleza monástica en el fondo oscuro de los claustros. Esas piedras son trofeos de las batallas del espíritu, ó mejor dicho, trofeos de sus victorias.

Miéntras Nicolas y Juan modelaban las piedras para tallar estatuas, para construir cementerios, un pastorcillo, guardador de escaso ganado, dibujaba en el barro, en el polvo ó en la arena, extrañas figuras. Este pastor toscano debia ser el padre de la pintura, debia ser el Giotto. Su gloria llena todo el siglo décimocuarto. Este hombre extraordinario es, respecto á la pintura, lo que Nicolas de Pisa respecto á la escultura. En su genio estaban ya los primeros delineamientos del genio de Rafael. Son los brazos de sus santos áun rígidos, los cuerpos angulosos y puntiagudos, los piés deformes, como si no pudieran todavía fijarse en la tierra; pero las cabezas están llenas de benevolencia, las caras llenas de gracia, de esa gracia á que jamas llegaron los artistas bizantinos en su desesperacion; de esa gracia hija de la serenidad del espíritu y hermana gemela de la esperanza. Vese allí que si los cuerpos dibujados por el Giotto pertenecen aún á la tierra de su tiempo, las cabezas tocan ya en el cielo de los tiempos nuevos. Aquellos rostros están acariciados por la brisa matinal, inundados por la luz de la aurora. El artista se ha sumergido en el seno de la naturaleza, encontrando en ella la inspiracion inmortal. Su pincel es una nueva eflorescencia del espíritu humano. Mirad en ese muro de la izquierda su Job. Se está borrando como el recuerdo de aquellos dias; se está deshaciendo como la fe que lo animó: descúbrese á traves de una niebla, lejano, muy lejano, herido por la humedad y el viento marítimo, que lo arrancan á pedazos de la pared, afeada, manchada por las restauraciones posteriores; podeis verlo á la manera que se ven figuras fantásticas, en las nubes recamadas por el sol del ocaso; todavía podeis verlo como un penitente que se queja de Dios, sin atreverse á maldecirlo, rodeado de sus amigos infieles, entre el diablo, terrorífico, dantesco, y el ángel de la derecha, dulce y bello, nadando ya en luminosos horizontes. No sé por qué, mas aquel fresco desgastado me pareció el símbolo que, sin pensarlo y sin quererlo, habia trazado el Giotto ó cualquier otro contemporáneo suyo del estado crítico y extraordinario en que se encontraba su siglo, entre el demonio del feudalismo, que pugnaba por vivir, y el ángel del Renacimiento, que salia entónces de su larva.

No sé por qué este Cementerio me parece por todas partes el Cementerio de la Edad Media. Un discípulo de Fra Angellico, de aquel místico en cuya retina se pintaban los ángeles y los querubines, de cuyas manos jamas una Vírgen ni un Cristo salió sino entre oraciones y lágrimas; un discípulo de ese fraile sublime, que pintaba de rodillas, ha dejado una graciosa figura en los inmensos frescos arrojados por su mano sobre casi toda la galería occidental del Cementerio; una figura que sólo podria nacer en tiempos más sensuales, y que representa la curiosidad infinita por los secretos de la naturaleza. Noé está desnudo y embriagado en el suelo. Una muchacha se cubre el rostro con las manos; pero á traves de los dedos entreabiertos se goza en contemplar la desnudez. Fra Angellico hubiera maldecido á su discípulo Gozzolli. Pero ésa es la nueva edad, la edad del renacimiento de la naturaleza, maldecida hasta entónces; la edad del despertar de los sentidos, hasta entónces embotados; la edad en que el fauno va á hollar de nuevo con su pié hendido los campos, y á coronarse de nuevo con guirnaldas de hiedra los cuernos; la edad en que las ninfas van á entregarse desnudas sobre un lecho de rosas á toda la orgiástica alegría de vivir; la edad en que los arroyos van á entonar un himno de nuevas églogas; y entre el delirio priapesco de todos los goces y el despertamiento de todas las antiguas divinidades, va á salir un nuevo Prometeo, pero sin cadenas, que con su mano rasgue los mares y descubra un nuevo mundo, con su pié impulse la tierra y la obligue á rodar por los espacios infinitos, y coja las estrellas con su telescopio, como el cazador las aves con su trampa, y las fuerce á dejarse pesar en su mano, y á murmurar en su oido los secretos del cielo.

Sí, aquel Cementerio es el testamento de la Edad Media. Creo ver en sus muros la despedida última y el adios últimos de estos tiempos que precedieron á los nuestros, como el cáos á la luz. La Edad Media, al morir, en todas las literaturas reproduce la Danza de los muertos. Ese tétrico poema no podia faltar en el Cementerio de Pisa y en el cielo inmortal de sus pinturas del siglo décimocuarto y el siglo décimoquinto. Orcagna, el grande Orcagna, lo ha pintado ahí. Miradlo, y acordaos de los otros monumentos que acabais de ver, y encontraréis toda la genealogía del arte. La tumba donde reposa la primera Beatriz casi es la cuna del pensamiento nuevo. En ella ha estudiado Nicolas de Pisa. En las obras de Nicolas de Pisa ha estudiado su hijo Juan de Pisa, arquitecto y escultor del Cementerio. En las obras de Juan ha estudiado Andres de Pisa, en las obras de Andres ha estudiado Orcagna. En pos de Orcagna vendrá Guiberthi, que esculpirá las puertas del baptisterio de Florencia, las puertas triunfales del Renacimiento, llamadas por Miguel Ángel las puertas del Paraíso. Y en esas puertas se detendrán los grandes artistas á estudiar el dibujo. Y el arte será despues de esta larga y gloriosísima creacion, y tendrá esta sublime genealogía: los mosaitas de Venecia, los mosaitas de Pisa, Cimabue, Nicolas de Pisa, el Giotto, Juan de Pisa, Orcagna, Guiberthi, Massacio, Leonardo de Vinci, Miguel Ángel, Rafael. Inmortal espíritu del hombre, nunca fuiste tan grande como despues de haber encontrado nuevamente la forma humana, la hermosura plástica, á costa de extraordinarios esfuerzos, tras ocho siglos de maceracion, de ayuno, de penitencia. El fresco de Orcagna es el fresco de la muerte. El dibujo es todavía incorrecto, los cuerpos de las figuras todavía desproporcionados; la perspectiva todavía está ausente; pero los rostros tienen expresion sublime, y un alma que irradia pensamientos se asoma por los ojos é ilumina las frentes. Á la izquierda una cabalgata de caballeros y señoras en trajes de gala se detiene ante tres reyes; recien muerto é hinchado el uno, descompuesto y comido por gusanos el otro, esqueleto ya descarnado el tercero. No puede manifestarse bien el escalofrío que da ver aquellos tres despojos de la muerte en medio de la turba de caballeros vestidos ricamente con terciopelo y armiño, de las damas con su lujoso tocado, de los perros y los halcones de caza, de todos los signos de la vida entregada al combate y al placer. En el centro los viejos, los enfermos, los moribundos, llaman á gritos la muerte con versos que el pintor ha trazado para aumentar la expresion: ¡O morte! medicina d’ogni pena. Pero la muerte no los escucha; se aparta de los que la desean para herir á los que la olvidan; para entrar con su tajante guadaña en ameno bosque, á cuya sombra reposan dos amantes, contemplándose extasiados y oyendo la guzla del trovador que canta las delicias de la pasion, rodeados de flores y de amorcillos. Allá, en una alta montaña, los penitentes ruegan por todos; pero abajo, en enorme confusion, reyes, nobles, pajes, obispos, espiran; y sus almas son, ya recogidas por los ángeles, ya por los demonios de horrible rostro y alas de murciélago. Se nota que concluyen las edades monásticas. Las almas escogidas principalmente por los demonios son las almas de los frailes. Y junto á este fresco se hallan, como contemplándolo, el Juicio Final y el Infierno.

Áun despues de haber visto la Capilla Sixtina conmueve la cólera de Jesus, la tierna piedad de María intercesora, el dolor de los réprobos, el éxtasis de los bienaventurados; Salomon, que al salir de su tumba y sacudir el polvo secular de sus párpados, no sabe si le tocan en suerte las alturas celestes ó los abismos infernales; el genio vengador que arrastra por los cabellos hácia las tinieblas eternas un fraile, el cual se habia escondido entre los bienaventurados, y el genio misericordioso que lleva hácia la bienaventuranza un jóven mundano, ya perdido entre los malditos; la mujer que se retuerce los brazos de desesperacion á la boca de la insondable eternidad, y el viejo que se arroja hácia Jesus para recordar sus propias obras y pedir la divina gracia; el Ángel de la Guarda en el centro del cuadro, triste, herido por un dolor infinito, mirando con sus grandes y profundos ojos, llenos de una tempestad de ideas, caer como una catarata de hiel en los infiernos, en los mares de plomo derretido, las almas que habia querido vanamente proteger en el mundo contra el vicio con sus alas, y que vanamente habia querido salvar de la justa cólera divina con sus oraciones en la hora suprema del juicio; terrible epopeya de horrores y desolacion, que parece, en verdad, sobre aquellas tumbas, en aquel asilo de la muerte, representado por aquellas figuras demacradas, rígidas, frias, el dia último del Universo.

Y sin embargo, en las figuras de todos estos cuadros descúbrese que los tiempos místicos han pasado y que los tiempos del Renacimiento no han venido todavía. En ninguno de ellos, en ninguno de los infinitos personajes pintados en esas paredes, hay ni el idealismo de Fra Angellico ni el naturalismo de Buonarroti. La historia humana es una lucha entre el pensamiento y la realidad. En esos cuadros vemos que la idea se evapora, mas la naturaleza no viene todavía. El espíritu místico se apaga, pero no le sustituye aquella adoracion del organismo humano que hizo tan grandes pintores y tan grandes escultores á los artistas del Renacimiento. Miguel Ángel se alzaba sobre un cadáver con el apetito de la hiena, y lo recogia y lo estudiaba hasta grabar en la mente cada uno de sus huesos. El estudio del desnudo era su estudio preferente, como si quisiese volver al hombre á la inocencia del Eden. Pero la anatomía se hallaba prohibida en la Edad Media. Esos pobres artistas de los siglos décimocuarto y décimoquinto no han podido estudiar nuestro cuerpo. Sus figuras están encerradas dentro de sus vestidos como dentro de un saco ó como dentro de un sudario. El hombre tiene todavía demasiado presente su culpa y se asusta de su propio cuerpo, de esa eterna sombra del pecado. Mas á pesar de hallarse en tal desfallecimiento, descúbrese bien que aguarda una nueva idea. Las figuras del Cementerio de Pisa son figuras de crepúsculo, seres que se levantan inciertos en los límites de dos épocas. Despues de todo, si miramos la historia humana, verémos así á todos los hombres; todos condenados á enterrar la mitad de las ideas aprendidas y la mitad de las caras aspiraciones de la existencia; todos arrastrados por la corriente interminable de los hechos, sin saber adónde; todos forzados al trabajo de la renovacion, sin saber por qué; todos dejando las vestiduras del alma, la inocencia de la niñez, la pasion de la juventud, la fe de la cuna, en las encrucijadas del camino; todos cayendo rendidos de cansancio y de fatiga sobre un monton de secas ilusiones, para que sus herederos los aparten con el pié, los arrojen á un hoyo y continúen repitiendo los mismos hercúleos trabajos sin fin, y representando la misma tragedia sin desenlace.

¿Creeis que la muerte es un desenlace? Yo no lo he creido nunca. Entónces el Universo ha sido creado para la destruccion. Dios es un niño que ha levantado los mundos, como un castillo de cartas, por el placer de derribarlos. El vegetal se come la tierra, el buey y la oveja al vegetal, nosotros al buey y á la oveja; seres invisibles, que llamamos la muerte ó la nada, se nos comen á nosotros; en la escala de la vida unas criaturas no sirven más que para roer á las otras criaturas; y el Universo es un inmenso pólipo con un estómago inmenso, ó si quereis una imágen más clásica, un catafalco sobre el cual arde el sol con una antorcha funeraria, y está levantada, como una estatua eterna, la fatalidad. Nacen unos pacientes porque tienen mucha linfa, otros héroes porque tienen mucha sangre, otros pensadores porque tienen mucha bílis, otros poetas porque tienen muy agitados los nervios; pero todos mueren de sus propias cualidades, y todos viven lo que duran sus entrañas, su corazon, su cerebro, su espina dorsal, para recostarse definitivamente todos en la nada. Lo que creemos virtudes ó vicios son tendencias del organismo; lo que creemos fe, algunas gotas de sangre ménos en las venas ó algunas cóleras más en el hígado, ó algunos átomos de fósforo en los huesos; y lo que creemos inmortalidad, una ilusion; sólo hay de real, de seguro, la muerte; y la historia humana es una procesion de sombras que pasan como los murciélagos entre el dia y la noche, para caer todas, unas tras otras, en ese abismo oscuro, vacío, insondable, que se llama la nada, atmósfera única del Universo.

¡Oh! No, no. Yo no puedo creer esto. Las maldades humanas jamas lograrán oscurecer en mi alma las verdades divinas. Yo, como distingo el bien del mal, distingo la muerte de la inmortalidad. Yo creo en Dios y en una vision de Dios sobre otro mundo mejor. Yo me dejo aquí mi cuerpo, como una armadura que me fatiga, para continuar mi infinita ascension á las altas cimas bañadas por la luz eterna. Es verdad que hay muerte, pero tambien es verdad que hay alma; contra la realidad, que me quiere envolver en su capa de plomo, tengo el fuego del pensamiento; y contra el fatalismo, que quiere apresarme en sus cadenas, tengo la potencia de la libertad. La historia es una resurreccion. Los bárbaros habian enterrado las antiguas estatuas griegas, y hélas ahí vivas en un Cementerio, engendrando generaciones inmortales de artistas con besos de sus frios labios de mármol. Italia estaba muerta como Julietta; cada generacion arrojaba una paletada de tierra sobre su cadáver y ponia una flor sobre su corona mortuoria, é Italia ha resucitado. Hoy los tiranos cantan el Dies iræ sobre los campos donde están separados los miembros de Polonia. Pero ya veréis la humanidad venir, recoger los huesos que mondan con sus acerados picos los buitres del Neva, y renacer Polonia como una estatua de la fe, con la cruz en los brazos, sobre sus antiguos altares. Yo he sentido siempre la inmortalidad en los cementerios. Yo la siento más todavía en este Cementerio de Pisa, henchido de tanta vida, poblado de tantos seres inmortales que destilan inspiracion, y por consecuencia inmortalidad, como los troncos de las seculares encinas, cuando los pueblan las abejas, destilan miel.