Insensiblemente la noche caia sobre nosotros. El sepulturero acabó su trabajo y cesó en sus golpes. El guardian vino á rogarme que saliera. Pero yo me dí traza para conseguir que me dejára allí una hora más en el seno de la noche y de las sombras. Yo esperaba sumergirme en la tristeza de la nada, anticiparme en aquel lugar de silencio el descanso eterno por una contemplacion de la tierra mortuoria, donde duermen olvidadas tantas generaciones. Allí me quedé apoyado en una tumba, reposando la frente agobiada sobre el mármol de una ojiva, los ojos fijos en el cuadro de la muerte y en los vestiglos del Juicio Universal, iluminados por los últimos resplandores del crepúsculo, aguardando las tristezas mayores que debia traerme la oscuridad de la noche. Pero no; fresca brisa vino como á despertarme de mis sombríos ensueños; las flores de Mayo levantaron sus corolas, ántes agobiadas por el calor del dia; un aroma penetrante, embriagador, lleno de vida se esparció por los aires; las luciérnagas voladoras comenzaron á discurrir entre las sombras del claustro y las líneas de las tumbas como estrellas errantes, miéntras la luna llena salia por el horizonte nadando majestuosa en el éter, cubriendo con sus gasas la frente de las estatuas funerarias; y un riseñor, oculto en el espeso ramaje de los altos cipreses, entonaba su cancion de amor, como una serenata á los muertos y una plegaria á los cielos.
VENECIA.
La noche avanzaba sobre nosotros en el momento en que atravesábamos la campiña de Padua dirigiéndonos á Venecia. El cielo estaba nublado, y á intervalos, entre los nubarrones, lucian algunos pedazos serenos, de extraordinaria limpidez, en los cuales nadaban las primeras estrellas de la tarde. Pero en el borde del horizonte, hácia la extremidad Norte, del lado de las montañas, las nubes relampagueaban, miéntras en el otro borde, hácia la extremidad Sur, del lado del mar, franjas de púrpura formadas por los vapores del lago y los últimos destellos del dia daban tinte cobrizo á los objetos, fantásticas apariencias á la naturaleza, como si la region que íbamos á visitar quisiese satisfacer todos nuestros deseos y premiar todos nuestros amores por ella, revelándose entre los misterios del más sublime de los crepúsculos. Sin embargo, mi impaciencia era infinita. Observaba que la vegetacion se extinguia, que comenzaban canales desecados, llenos de lodo, sobre cuyos bordes crecian tristemente algunas plantas marinas; pero por más que sacaba de mi wagon la cabeza para mirar al punto final de nuestra carrera, no veia ni la soñada laguna ni la querida ciudad, como si huyeran á mi anhelo y se esquiváran á mi deseo. Tengo tal idea de la fragilidad de esa hermosa Venecia, combatida de contínuo por los vientos y las aguas, que temia pudiera desaparecer ántes de serme permitido verla, y se encerrára en la concha marina en que nació, como un milagro vivo de la historia humana.
Siempre recordaré el dia en que por vez primera vi la Alhambra. Corrí á buscarla, sin guía, sin ningun compañero, deseando un coloquio á solas, como todos los coloquios de amor, con la maga del Oriente perdida en nuestras montañas. Yo atravesé una puerta que no recuerdo, porque apénas la advertí. Yo vi á la izquierda una magnífica fuente del Renacimiento, que no respondia en nada ni á mi deseo ni á mi idea. Yo me perdí en las soberbias alamedas mecidas por el viento matinal, iluminadas por el espléndido sol de Granada, que, deslizando á duras penas sus rayos entre el follaje, formaba en el suelo como un arabesco de luz y de sombras. Yo vi aquella magnífica puerta judiciaria, inclinada sobre una cuesta, y en cuya arquitectura el árabe, sin perder su gracia, ha tomado toda la solemnidad del gótico. Yo entré creyendo encontrar en pos de aquella puerta el palacio. No estaba; sólo vi una plaza de armas y un altar de la Edad Media ante el cual ardia una lámpara. En torno mio se desplegaba larga fila de torreones; en medio de la gran plaza un palacio del siglo décimosexto, bellísimo, pero en pugna con todo cuanto yo soñaba; y á lo léjos, sobre una colina sembrada de laureles, dibujaba sus miradores, semejantes á blancos minaretes, el oriental Generalife. Yo buscaba la Alhambra, el palacio, la mágica gruta de estalactitas empapada en los fuertes colores asiáticos, donde se extinguieron, como odaliscas, en el placer, á fines del siglo décimoquinto, los que vinieron como leones á la conquista á principios del siglo octavo. Pero ninguna de las numerosas puertas á que llamé era la puerta de la Alhambra. Temia que un genio, una hechicera, de las que la magia de la Edad Media ha dejado en los bosques, bien diferentes por cierto de las hermosísimas diosas con que los pobló la clásica antigüedad, hubiera robado en aquella misma noche la Alhambra, contínuamente amenazada de muerte, para burlarse de mi anhelo. Nacemos y vivimos tan desgraciados, que nos parece mentira el cumplimiento de un deseo, mentira la realizacion de una esperanza, como si tristísima experiencia nos hubiera enseñado que solamente es en el mundo verdad el dolor.
Así, en aquel momento, yo dudaba de la proximidad de Venecia, ó temia que Venecia hubiera desaparecido para mí. Al fin nos paramos en Mestres, á las puertas de la gran laguna veneciana. El aire nos trasmitia el eco de sus campanas, que tocaban el Angellus, y que nos recordaban la emocion sublime de Byron, cuando una tarde creyó ver al conjuro de esos mismos ecos, por los bordes del horizonte, deslizándose sobre las aguas, como las estrellas del cielo, á la Madre del Verbo, calzada por la luna, y con la misteriosa blanca paloma sobre su frente en aquella hora sublime de la oracion y del amor. ¿Era verdad que iba á ver á Venecia? Cuántas veces, en las largas horas de las noches de invierno, para pasar la uniforme velada de los pueblos, mi madre, que amaba mucho las letras, me habia contado misteriosas historias venecianas á la usanza de principios de siglo: la decapitacion de Marino Faliero, el destierro del jóven Foscari, el heroísmo inmortal de Dandolo, la salvaje pasion de Otelo, el esplendor de sus banquetes inmortalizados por Pablo Veronés, los desposorios del Dux con las aguas de los mares en la góndola recamada de brocados y movida por remos de oro, la tristeza infinita del último de sus magistrados, cuando se desmayó al firmar el protocolo que entregaba su patria al austriaco, por un criminal error de Napoleon; todas estas sencillas narraciones, medio históricas, medio legendarias, en que siempre se dibujaban algunos espías ó algunos calabozos para inspirar el terror trágico; algunas sesiones del Consejo de los Diez para sostener el interes dramático; y alguna enseñanza moral para fortificar estas dos ideas á cuyo culto no renunciaré nunca: la libertad y la patria.
Despues, levantándome por una de esas transiciones tan naturales á otros recuerdos, veia en mi mente la Venecia histórica; aquellos nobles hijos de la antigua civilizacion, sacerdotes de sus últimos lares, cortejo fúnebre de sus últimos dias, que vencieron á la fatalidad, salvándose, en las inhabitables lagunas, de las irrupciones de Atila y sus feroces hunnos, para conservar en una ciudad misteriosa, única, anclada como hermosa nave á las puertas de Grecia, sus libertades clásicas, que los llevaron á luchar con las olas cuando la sociedad se perdia en los claustros; á extender el trabajo y el comercio como una redencion cuando en los terrores del siglo décimo los brazos más fuertes caian desmayados aguardando el fin del mundo como una necesidad y el juicio universal como un castigo; y por último, á reunir y atesorar en sus muelles, en sus canales; en sus palacios cincelados por todos los prodigios de la escultura; en sus monumentos públicos, singulares por la majestad y por la belleza, decorados por una fiesta contínua de colores y de matices; en sus trofeos de mármoles y bronces, los restos de tres civilizaciones perdidas en una serie de infinitos naufragios; siendo así Venecia asiática y griega, romana y bizantina, nunca germánica, la síntesis de tres edades mayores de la historia, la piedra preciosa del anillo nupcial con que se desposaron el Oriente, el mundo de los misterios, y Europa, la tierra de la nueva vida, de la nueva civilizacion.
Y como no es posible renunciar ni á la nacion ni á la raza á que pertenecemos, yo, español, sentia en aquel momento agolparse á mi memoria los recuerdos históricos de los servicios prestados á la civilizacion por Venecia y España, unidas en memorable cruzada marítima. Un dia la media luna llegó hasta Constantinopla. Los bizantinos, los griegos, cayeron unos en pos de otros bajo la cimitarra de los turcos, cuyo filo brillaba siniestramente sobre Venecia. Las islas iban á ser cautivas; sus hijos, remeros en las galeras del turco; el Mediterráneo, el mar de la civilizacion, un lago de los serrallos orientales. Pero las naves de Barcelona, de Valencia, de Cádiz, de las ciudades españolas, se unieron con las naves de Génova y de Venecia, y marcharon á detener el turco, y consiguieron aquella insigne victoria de Lepanto, en que las olas se ensangrentaron hasta enrojecerse, é hirvieron bajo el fuego de los cañones; pero en que el fatalismo retrocedió en su carrera devastadora ante la fuerza y la civilizacion de Occidente.
Pero sobre todo, iba á ver la ciudad, por la cual hemos tenido tantos dolores, tantas tristezas en su largo cautiverio de este siglo. ¡Cuántas veces se nos ha aparecido en sueños, rodeada de sus islas, como Niobe de sus hijas heridas, maldiciendo á los hombres que no la socorrian, y desesperando de la justicia de Dios que toleraba su opresion! ¡Cuántas veces hemos creido oir en los misteriosos ecos con que la resonancia de las playas repite el rumor de las olas del Mediterráneo, un largo lamento de Venecia! ¡Cuántas hemos creido que era posible verla en su dolor un dia arrojarse, como Ofelia, á sus lagunas, y desaparecer entre las aguas con su doble corona de mármol y de algas en la frente, y su melancólico último cántico en los labios! Venecia era para nosotros una Ciudad-Cristo suspendida á su infame suplicio por los cuatro grandes clavos del Cuadrilátero. Venecia habia perdido aquellas coronas de perlas, aquellas túnicas de terciopelo, aquellas naves de oro, aquellos leones de bronce con ojos de diamante, aquellos cocodrilos de esmeraldas y rubíes, aquellas infinitas preseas con que la ornaron los genios privilegiados de sus pintores, y sólo mostraba sus fragmentos ruinosos de mármol ennegrecido por la lluvia de sus lágrimas, como un mendigo enseña sus huesos cubiertos de rugosa piel á traves de los harapos. La historia de este martirio, el lamento de su pasada servidumbre, las infinitas elegías lloradas por tantos poetas, por tantos oradores ilustres sobre el calabozo de Venecia; todos estos recuerdos se entrechocaban en mi mente, aumentando la emocion producida en mi alma á la vista de aquellos misteriosos parajes ilustrados por el heroísmo y por el genio.