—¡Renovarlo! me dijo. ¿Y cómo vais á crear una religion nueva? ¿De dónde sacaréis los apóstoles que prediquen, los mártires que mueran, las ideas necesarias, los sacrificios indispensables á una transformacion religiosa? El árbol de la fe se riega con sangre. La humanidad en nuestro tiempo tiene vocacion al trabajo; no tiene vocacion al martirio, como la tenía en la época del Redentor. Derramará hasta extenuarse todo el sudor que pueda destilar sobre las máquinas del trabajo; no derramará ¡ay! ni una gota de sangre ante las aras de la fe. Los pueblos me parecen hoy atletas llenos de energía física, pero faltos de alma.

—No obráran las maravillas que obran si no sintieran dentro de sí el vapor de grandes ideas. Han subido á los cielos y les han arrancado el rayo, porque tenian estatura moral bastante á tocar con su frente en las nubes. Las épocas de decadencia ni crean, ni inventan, ni trabajan. El desaliento y la decrepitud se sienten á una en todas las esferas de la actividad y en todas las manifestaciones de la vida.

—Pero creo haberos oido decir que los pueblos no creen si no tienen ideal.

—Es verdad. Mas creo que el ideal no debe brotar sólo del sentimiento, sólo de la fantasía, sino de la razon. Vuestro ideal es todo entero para la imaginacion. Y en las épocas reflexivas, los ideales que sólo son hijos de la fantasía y sólo á la fantasía se enderezan, mueren como en la estacion de los frutos mueren las flores.

—Vosotros no creeis en el milagro.

—No hablemos de nuestras opiniones individuales, porque entónces nuestros debates serán disputas, contestéle yo. Hablemos de algo más alto, hablemos de la crísis que atraviesa el espíritu humano en nuestro tiempo. Vuestras ideas propias valen ménos en comparacion del alma infinita de la humanidad, que las gotas destiladas de ese remo en comparacion de los caudales del mar.

—Pues bien; me rectifico, y digo: nuestro siglo no cree en el milagro.

—Teneis razon. Su conocimiento de las leyes naturales hale llevado á proclamar que estas leyes no se interrumpen ni por un minuto. Mas hé aquí la base de mi tésis: no forjeis, ni mantengais un ideal religioso en oposicion absoluta con la ciencia. Las más inferiores de nuestras facultades, la sensibilidad, la fantasía, se conmoverán al tañido de las campanas, á la vista de las sagradas imágenes, al eco del órgano que eleva un himno á los cielos, á la aparicion de esas basílicas milagrosas, como la basílica de San Márcos, tachonada de mosaicos, donde el color agota sus matices, y poblada de obras donde el arte agota sus inspiraciones, monumentos en cuyas bóvedas se ven vagar las plegarias de diez siglos, y en cuyos pavimentos dormir los huesos de innumerables generaciones; pero por poeta que seais, por conmovido que esteis, en cuanto la razon penetre en tantas armonías y ensueños, los desvanecerá con sus glaciales pero incontestables afirmaciones, dejándoos en lucha perpétua entre la sensibilidad y el entendimiento, lucha que conviene terminar, si hemos de ser soberanos de la naturaleza, sólo sometida á la verdad y á la ciencia.

—Esa lucha ¡oh! esa lucha será terminada por la fe.

—Pero la fe no puede contrariar verdades probadas ó evidentes. Los dioses antiguos sonreian en la cima de las colinas sembradas de mirtos y de templos, á las orillas de mares que parecian dormirse bajo su amparo, entre coros de poetas que divulgaban sus nombres, sobre pueblos artistas y creyentes; pero un dia la ciencia demostró que aquellas divinidades repugnaban á la razon, y á pesar de tener en su defensa pueblos heroicos, invencibles, como el pueblo romano, murieron todas juntas al soplo de una idea.