—Pero con aquellas divinidades murieron las sociedades que personificaban.

—No murieron, se trasformaron. ¿Murió el derecho romano? ¿Murió aquella literatura clásica, modelo todavía en nuestras escuelas? ¿Murieron aquellas artes plásticas que copiamos y repetimos? ¿Murieron ni siquiera aquellas lenguas á cuyas sábias combinaciones debemos toda nuestra nomenclatura científica? Lo único que pereció fué lo único que se creia imperecedero, el Dios ó los dioses de aquel mundo.

—¡Y cuántas lágrimas, cuánta sangre costó fundar la nueva creencia! me contestó el sacerdote. El mundo se encenagó en las orgías. Aquella Roma tan fuerte dejó caer la espada del combate para empuñar la copa del festin. Las venas de la humanidad se hincharon con el canceroso vino de todas las concupiscencias. Fué preciso para curar tanto mal, nada ménos que la irrupcion de los bárbaros y el destronamiento de Roma.

—Ved adónde os lleva la implacable lógica de vuestras deducciones: á llorar la muerte del paganismo, vos, sacerdote católico. Seguramente en ningun lugar de la tierra se apena tanto el ánimo del artista, al sentir la desaparicion de aquellos hermosos seres, imaginados por los poetas, y en el mármol encarnados por los escultores, como aquí, en su patria, al rumor de las olas del Adriático, bajo este cielo que todavía refleja sus miradas. Pero si al estado químico-físico del planeta corresponden los organismos, al estado moral del espíritu corresponden las religiones. El mundo sigue su vida independiente de nuestras concepciones abstractas de esa vida. Y Dios existe independientemente de la relacion que con su sér incomunicable establezca nuestro espíritu. Hoy no comprendemos el mundo como lo comprendian nuestros padres. Para ellos estaba inmóvil, para nosotros se mueve. Para ellos el sol rodaba en torno de nuestra tierra, para nosotros la tierra rueda en torno del sol. ¿Ha cambiado la naturaleza porque cambie nuestra concepcion de la naturaleza? Pues tampoco cambia Dios porque cambie nuestra concepcion de Dios. Lo bueno, lo verdadero, lo hermoso, existen por sí, é independientemente de todos los juicios que acerca de ellos se formen. Para acercarnos al ideal, no hay sino aprender la verdad en la ciencia como en la conciencia, y realizar con desinteres absoluto en toda la vida el bien. Las religiones han servido para educar progresivamente á la humanidad. Sus esperanzas infinitas, sus terrores saludables, despertaron al hombre del seno de la naturaleza en que dormia para alzarle á una vida interior mucho más pura y mucho más elevada. El frágil espíritu humano obtuvo así la idea de lo infinito, y sintió así el soplo de lo divino como creándole de nuevo y en cierto sentido redimiéndole. Pero no hay que dudarlo; si la religion de la naturaleza fué un progreso respecto al fetichismo, y la religion del espíritu un progreso respecto á la religion de la naturaleza, ¿por qué, por qué imaginar, por qué creer que se ha parado ó que ha retrocedido esta permanente revelacion?

—¿Imaginais que puede llegar más allá alguna revelacion? Dios, por un acto de su voluntad, por un soplo de su aliento, crea el mundo sin mal, y sobre el mundo al hombre sin pecado; la culpa cae del espíritu hecho libre sobre la naturaleza hecha su esclava, deslustra la creacion y rebaja á la humanidad; nacen los hijos de los hombres sujetos al pecado, y el pecado al castigo que crea generaciones de generaciones enfermas, cuyos cuerpos se pierden tristemente en el placer, cuyas almas se desvanecen como sombras de sombras en los abismos; hasta que el mismo Dios conocido sólo de un pueblo, desciende así á rescatar las culpas de todos los hombres, como á revelarse á todos los hombres; y desde entónces los aires están llenos de ángeles custodios, los altares de santos próvidos, la naturaleza regenerada por la pureza de la Vírgen Madre, el espíritu iluminado por el Verbo divino, y las esperanzas de la inmortalidad resplandeciendo más allá del sepulcro, para fortalecernos con la energía de una vida llamada á dilatarse en la eternidad.

—Líbreme Dios de contradecir ningun dogma. Los respeto profundamente todos. Mas yo niego que pueda sostenerlos una autoridad externa, fuerte, coercitiva en estos tiempos de razon y de libertad. Es necesario que la fe brote espontáneamente de las almas. Es necesario que impulse á la conciencia, y la conciencia á la voluntad. Así la idea se encarnará en el espíritu, y el espíritu se encarnará en la vida, y la vida será verdaderamente religiosa, y la religion norma é ideal viviente.

—¿Y no veis realizado esto en ninguna parte?

—No. Veo, al contrario, que miéntras la civilizacion más se inclina á la libertad, se inclinan más las sectas religiosas á la autoridad. Veo que miéntras las ideas de igualdad democrática más profundamente se arraigan en la esfera social, más en la esfera dogmática se pretende divinizar absurdos privilegios, opuestos á cuanto hay de fundamental en nuestra naturaleza. Veo, bien al reves de los tiempos cristianos en que Dios se humillaba hasta revestir la naturaleza del hombre, los hombres, llamándose infalibles, que aspiran á exaltarse hasta revestir la naturaleza de Dios. Lo veo invadido todo por el egoismo y el sentido utilitario, cuando tanto necesitamos de que el lado ideal de nuestra naturaleza, el que á los cielos mira, se despierte y se avive. Las ideas religiosas, que debian ser puramente espirituales, van volviéndose fuerzas mecánicas; y los sacerdotes, que debian tener en sus manos y reflejar sobre nuestras frentes la luz de lo ideal, simples funcionarios del Estado. Veo todo esto con dolor, porque yo quisiera que en la aridez y desolacion de nuestra vida pudiéramos libar algunas gotas de rocío celeste que refrigerase la sequedad de nuestros labios, abrasados de sed por lo infinito.

—Mas la creencia necesita una definicion que la contenga y la formule; la definicion, una autoridad que la imponga y la divulgue; la autoridad, una personificacion que la represente. La fe no sería sino el dogma; el dogma no se mantendria sin la definicion; la definicion, sin la Iglesia; la Iglesia, sin el Papa; el Papa, sin el Espíritu divino, que debe comunicarle su propia infalibilidad.

—¿Creeis que Dios ha escogido una persona aparte, privilegiada, para comunicarle la verdad? Yo soy más creyente. Yo creo que así como ha extendido la luz por todos los orbes, ha extendido la razon por todos los espíritus. Yo creo que así como nos ha dado la propia vista para el mundo externo, y la propia vista no puede ser por ninguna autoridad, ni reemplazada ni sustituida, nos ha dado la conciencia para comunicarnos con el mundo interior, y la conciencia no puede ser tampoco por ninguna autoridad sustituida ni reemplazada. Yo creo que todos vemos la luz, que todos la confesamos; y los tenebrosos de alma son tan raros y tan excepcionales, como los ciegos de nacimiento. Los seres se bañan en la vida universal; los planetas y los soles, en el éter; las almas, en Dios. Creo más: creo que la revelacion es eterna, inmanente, progresiva, de todos los siglos; teniendo por sus órganos á los filósofos, á los poetas, que han revelado una verdad, y á los mártires que por la verdad han muerto. Sólo así la historia se ilumina, la vida se eleva á lo infinito, la conciencia se enrojece en la absoluta verdad, como el hierro en el fuego. Sólo así nos sentimos unos en todas las generaciones y nos elevamos á la comprehension de todas las ideas; sólo así traemos á nuestra alma el espíritu humano, y en el espíritu humano diluimos nuestra alma. Sólo así nos elevamos á Dios, y Dios se comunica íntimamente con nosotros. Sólo así podemos ser habitantes verdaderos del Universo, verdaderos hijos de Dios, y unos é idénticos en toda la sucesion de los siglos con el desarrollo progresivo del humano espíritu.