—No temas. Hablamos en frances y no nos entienden. Un amigo que acaba de departir con el cardenal Antonelli me ha dicho que habla detestablemente el frances. Y si el cardenal Antonelli habla detestablemente el frances, figuraos cómo lo hablará y cómo lo entenderá la gente menuda.

—Hablad, hablad, le dijo yo.

—Nada de extraño tiene que así Antonelli se exprese en el idioma de la revolucion, cuando se expresa igualmente mal en el idioma de la teología. En los maitines de Navidad, por 1859, cuenta el Padre Liverani haberle oido cantar erútus de potestate tenebrarum, poniendo el acento en la segunda sílaba, cuando debió cantar érutus de potestate tenebrarum, poniendo el acento en la primera sílaba.

El latin pronunciado por los franceses resulta á nuestros oidos una lengua casi ininteligible, y así es que no pude ménos de reírme al oir criticar en tan pésima pronunciacion aquella falta de gramática.

—Lo que Antonelli sabe profundamente es economía doméstica. Sonnino, su villa natal, se ha convertido en la metrópoli burocrática de los Estados Romanos. Aquello es un plantel de empleados. Giacomo Antonelli, secretario de Estado y prefecto de los santos palacios apostólicos, natural de Sonnino; el conde Fillippo Antonelli, consejero de Hacienda, natural de Sonnino; el conde Luigi Antonelli, conservador de Roma, natural de Sonnino. Podia escribirse una letanía de Antonellis. Como Diocleciano era césar, Diocleciano pontífice, Diocleciano tribuno, Diocleciano cónsul; Antonelli es administrador, Antonelli hacendista, Antonelli diplomático, Antonelli militar, Antonelli cardenal, Antonelli enemigo de la civilizacion moderna, Antonelli monopolizador del Espíritu Santo, Antonelli Papa del Papa.

Yo comprendí que la gárrula conversacion del frances me comprometia, y como empujado por grande oleada de gentes, apartéme de aquel sitio, cuando un rumor me advirtió que venía el Santo Padre. Pasó á mi lado, deteniéndose por algunos minutos ante mí el cardenal Antonelli, juntamente con la procesion de cardenales y obispos, que en parte precede al Papa y en parte rodea sus andas. Parecióme Antonelli alto, fuerte, cazador y no cardenal, montañes y no cortesano. Los ojos de ave nocturna, la nariz prominente, los labios gruesos, el color cetrino, la fisonomía ruda, el carácter atrevido, la complexion vigorosa, y los ademanes y el gesto, quizá por aprension mia, acusando el hombre acostumbrado de antiguo á mandar con imperio y á ser obedecido sin resistencia. Pero debo tambien decirlo: parecióme un hombre de gran vulgaridad.

Yo recordaba mis lecturas históricas; recordaba la serie de aquellos cardenales ilustres, de aquellos ministros pontificios, descritos en la admirable historia de los Papas durante los siglos décimosexto y décimoséptimo, por Ranke, obra que tantos elogios ha merecido á los católicos más ardientes. Recordaba Gallio de Como, que dirigiera con habilidad la política en dos pontificados consecutivos; Rusticucci, tan severo en su conciencia como en su vida; Santorio, tenaz en las ideas, puro en las costumbres, enérgico para sus parientes, inflexible con los extraños, superior en su elevada soledad á todas las pasiones humanas; Madruzz, el Caton del Sacro Colegio; Sirlet, tan sabio en todas las ciencias, y especialmente en las ciencias filológicas, que departia con los doctores y con los niños, que compraba á los pastorcitos sus haces de leña, con la condicion de enseñarles la doctrina cristiana; Cárlos Borromeo, un santo, cuya memoria jamas se borrará del Milanesado y de las montañas que avecinan al Lago Mayor; Torres, que concluyó la Liga contra los turcos, cuya victoria se llama la victoria de Lepanto; Belarmino, el primero de los controversistas y de los gramáticos; Maffei, el historiador de la conquista de las Indias portuguesas por el Cristianismo; Felipe de Neri, el fundador de la Órden de los preclaros oradores, que parecian llamados á restaurar la religion en la conciencia de Europa, cuando el gran constructor Sixto V regaba con el agua felice las colinas romanas, y las hacía florecer á un tiempo con bellos jardines y grandes monumentos; cuando Fontana erigia el obelisco ante San Pedro y lo remataba con la cruz de Cristo; cuando Patrizi armonizaba la teología católica con las tradiciones filosóficas, y Moisés con Hermes; cuando Torcuato Tasso emitia los últimos acentos de la Musa católica, y el Dominiquino y Guido Reni destellaban los últimos resplandores de la pintura; y al eco de la sublime música de Palestrina, el espíritu eclesiástico se reanimaba y revivia, como llamarada próxima á extinguirse.

Grün compara el cardenal Antonelli al prelado de Benevento, que Montesquieu juzgó con extrema dureza, y que, miéntras el papa Benedicto XIII rezaba ante la efigie de San Vicente Ferrer, corria de monasterio en monasterio, besaba las manos de los frailes, hacía extremas penitencias, despreciando todos los placeres y todas las pompas terrestres, dábase él á las ambiciones, á los lucros y á las locuras del mundo. El carácter del Papa es la contradiccion radical, radicalísima, con el carácter del cardenal de Sonnino, como el carácter de Benedicto XIII era la contradiccion radicalísima con el carácter del cardenal de Benevento.

Pío IX, á quien eligiera un milagro, juzgóse llamado por Dios á hechos milagrosos, extraordinarios; y desde el primer dia de su pontificado tuvo la ambicion del bien. Extremadamente sensible de alma, epiléptico de cuerpo, incapaz de exaltados odios, inocente en sus pasiones, puro en sus costumbres, de fantasía pronta, de lenguaje abundoso, de voz clarísima y sonora, fácil y hasta elocuente en sus improvisaciones, plácido en sus gestos, dulce y bondadoso en su mirada, místico hasta el éxtasis en sus oraciones y plegarias, majestuoso sobre el trono, artista al pié del ara, minuciosísimo en las ceremonias religiosas, amador de las humanas pompas, devoto á sus destinos históricos y á su elevado ministerio, cree, en sus más grandes equivocaciones y errores, que Dios le inspira, que le guía Dios, y que interpreta su pensamiento y expresa su voluntad sobre la faz de la tierra.

Él no enriquece á sus parientes, no atesora dinero, no pone tasa á la limosna, no niega audiencia por importuna que sea, no echa ningun cerrojo á su corazon siempre abierto, ni mordaza ninguna á sus labios, vibrando siempre, en toda ocasion, la idea que vaga por los espacios más recónditos de su conciencia. Conoce de los hombres más las apariencias que la naturaleza; de las ideas más la forma que el fondo; de su poder más el aparato que el prestigio; de su autoridad más el brillo que la fuerza, y acostumbrado á vivir en regiones donde parece un Dios, gústale oirse llamar todos los dias: santo, santo, santo, y aspirar el humo del incienso. Pero en esas alturas, cuando declara dogmas de fe, cuando reune concilios ecuménicos, cuando la Iglesia entera le llama superior á los errores humanos, cuando su pensamiento es divino como el Verbo, y sus labios sagrados como los oráculos; ¡ah! la nube que pasa, la electricidad de la atmósfera, los cambios bruscos de temperatura, en Roma frecuentísimos, influyen sobre sus nervios, sus nervios sobre su carácter, y su carácter le arrastra á ímpetus de mal humor, á genialidades bruscas, que desdicen de su bondad, y que prueban cómo ese demiurgos, ese sér sobrenatural, se halla sujeto, cual todos los mortales, á los errores y á las debilidades que nacen de los límites de nuestra naturaleza, y á las leyes que rigen todo el Universo.