Y el espíritu rebosa en Europa, y el Oriente surge cual mágico encanto para contenerlo, y los monjes predican, y los pueblos se mueven, sintiendo nueva vida despertarse en su seno, y se llenan de cruzados los caminos, y las muchedumbres no saben ni de dónde vienen ni adónde van; pero saben que algun misterio las envuelve y las sostiene, y creen que cada ciudad es Jerusalen, que cada monumento es el sepulcro, que cada estepa es el desierto; hasta que una gran parte de la ignorancia antigua se desvanece, y una gran parte de la igualdad moderna viene por la comun lucha y las penas comunes, reveladoras de la identidad y de la unidad de la naturaleza en cada hombre y en todos los hombres, que se van siervos de la teocracia, del feudalismo, y vuelven apercibidos á penetrar libres en los municipios; se van de Europa creyentes, y vuelven del desierto con la duda de Job en el alma, dispuestos á entrar en otra fase más progresiva y más humana de la civilizacion. El Papa ha creido conservar la fe agitando á Europa, y al agitarla ha despertado en Europa la razon.

El comercio es una fuerza nueva de civilizacion y cultura. Como toda fuerza social, engendra organismos políticos. Al comercio se une el trabajo. Al comercio y al trabajo, el comienzo de emancipacion de los pecheros. Nacen los consulados en Italia, los municipios en España, los comunes en Francia. El Papa siente que esta evocacion de la naturaleza desvanecerá el hechizo de la fe religiosa; que estas invasiones de la democracia destruirán las aristocracias teocráticas. Como el Universo, deja de ser fuente de mal para convertirse en fuente de vida; el trabajo deja de ser maldito para convertirse en continuador de la creacion; el comercio acaba con el aislamiento de cada hombre, de cada pueblo, que engendraba la penitencia, la oracion, y comunica entre sí á católicos é infieles; el sayal, el cilicio, el saco, se truecan en gasas, en brocados, en crujientes sedas; esta aparicion de la naturaleza con todos sus hechizos en medio del mundo, presa de todos los terrores religiosos, parécele á la Iglesia obra del Antecristo, y lanza sus rayos contra la transfiguracion de la conciencia y de la vida.

Pero Abelardo ha pensado. Y el pensamiento se hace verbo en la historia. Y el verbo se hace hombre. Y el hombre donde se encarnó el pensamiento de Abelardo fué Arnaldo de Brescia, monje y soldado, tribuno y asceta, filósofo y místico, predicador elocuentísimo y consumado político, radiosa aparicion de la democracia ante los altares teocráticos, capaz de suspender por un momento la autoridad política de los Papas en Roma, como para demostrar que nada podrán las excomuniones contra la razon que se emancipa, contra la herejía que toma carta de naturaleza, contra el trabajo que redime, contra el comercio que liga á los pueblos y aisla á la Iglesia. El Papa triunfa en definitiva, pero la idea de Arnaldo queda en el suelo de Europa. Ella retoñará.

La herida está abierta en el corazon de la Iglesia. Piérdese el prestigio de las cruzadas; luchan entre sí los ejércitos cristianos, miéntras la cimitarra cautiva de nuevo el Santo Sepulcro y la verdadera cruz; van los cruzados á Jerusalen, y se detienen en el camino para depredar, saquear las ciudades cristianas, como Palermo y Constantinopla; quiere Federico II renovar las hazañas del rey Godofredo, y en Tierra Santa, léjos de recibir las bendiciones, recibe los anatemas del Papa: la herejía domina, los territorios en donde brotára la cultura moderna, el Langüedoc, La Provenza, y engendra una guerra nacional; pelean los reyes de Aragon, que poco ántes dejaban sus dominios á la Iglesia, en favor de los albigenses; una democracia desenfrenada, semidemagógica, compuesta de mendigos que se declaran enemigos de toda jerarquía y de toda propiedad, entra con los franciscanos en la Iglesia que, cercada de dolores, en aquella insurreccion de los reyes contra su poder, en aquellas invasiones contínuas de la herejía, apela á la inquisicion y enciende las hogueras para difundir, como con los franciscanos el terror sobre los aristócratas y sobre los reyes, con los dominicos el terror sobre los herejes y sobre los pueblos.

De todos estos movimientos del espíritu humano, ¿cómo ha salido el Papa? Era jefe de la cristiandad, y es jefe de un partido, jefe de los güelfos. Era legislador por sus cánones, y tiene que ver mezclada la legislacion eclesiástica con la legislacion imperial y romana. Era maestro por los conventos, y compartirá el magisterio con los reyes. Las Universidades se llamarán pontificias y reales para educar una clase, la clase de los jurisconsultos, que trasladará la diadema del derecho divino de la frente de los Pontífices á la frente de los reyes. Transigirá la Iglesia con la escolástica; pero en la escolástica habrá más de Aristóteles, más de Averroes, más de los filósofos griegos y de los comentadores árabes, que de los padres y los apologistas cristianos.

Al acabar el siglo décimotercio comienza realmente la decadencia del Pontificado. Y no consiste esta decadencia, como escritores superficiales han supuesto, en el carácter de los Papas; consiste en el cambio de las ideas y de los sentimientos. Inocencio III, que representa la mayor pujanza de la Iglesia, es ántes de los Papas de decadencia, como Marco Aurelio ántes de Commodo, un gran carácter que sostiene y eleva por su propia fuerza altísima institucion, herida de muerte. Ni valor, ni inteligencia, ni virtud bastan á robustecer instituciones que se debilitan, á salvar instituciones que perecen. ¿Pudo Probo sostener con sus virtudes el Imperio romano, ya en la agonía? Pocos hombres habrá en la historia de la elevacion de miras y de la fuerza de carácter que ostenta Bonifacio VIII. No le gana en valor San Leon, en actividad San Gregorio, en ideas atrevidas Hildebrando, en carácter Inocencio III. Él asedia en Roma la familia feudal y gibelina de los Colonnas, que durante siglos se opone al Pontificado y sirve á todos los enemigos del Pontificado; la persigue á sangre y fuego por los campos y por los montes; la acorrala en Palestrina; y allí la castiga con castigos cruentos, sin dejar una piedra en su madriguera, en la ciudad que guardaba recuerdos más preciosos de lo antiguo y obras de arte más bellas del genio moderno, ciudad cuya destruccion llorarán eternamente de consuno las musas latinas y las cristianas musas. Pero Bonifacio VIII no se detiene ante ningun respeto humano. Reivindica Polonia, Hungría; manda sobre Italia sin curarse ni del Emperador ni del Imperio; promulga jubileos que enriquecen con legiones innumerables de peregrinos la Ciudad Eterna; excomulga y depone magistraturas civiles, como si el cesarismo hubiera renacido bajo la tiara; desafia á Francia, conspira contra Alemania; pero sus enemigos se congregan en bandas armadas, lo buscan, lo encuentran, violan su ciudad, asaltan su palacio, matan sus servidores, se acercan á él, que los aguarda en el trono, con la serenidad y la inmovilidad de un Dios fiado en su omnipotencia, la tiara en la cabeza, el manto en los hombros, el báculo en las manos; y le imprimen, con el feudal guantelete de hierro, horrible bofeton en la mejilla, despues de cuya afrenta réstale sólo al Papa huir, esconderse, entregarse á otra familia señorial, á los Orsinos; y entre epilépticos sacudimientos y feroces maldiciones, morir siniestra muerte, al frenético dolor que le causáran su rabia y su impotencia. La vida y la muerte de Bonifacio VIII corroboran el dicho agudísimo y exacto del pueblo romano: «alcanzó la tiara como un zorro, dominó como un leon, murió como un perro.»

Pero su pontificado señalará eternamente la decadencia de la teocracia, que fué tutora de Europa. Divídense los partidarios del Papa, los güelfos, en blancos y negros; los teólogos, en escotistas y thomistas, en nominalistas y realistas; los Papas mismos en Papas de Avignon y Papas de Roma; las naciones católicas en naciones cismáticas; las ciencias en sectas y herejías; los concilios en asambleas revolucionarias; los poetas en satíricos que turban la paz del alma con sus dudas y persiguen la fe con su finísima ironía, obligando á la conciencia humana á buscar en otras ideas más vivas que las ideas católicas su indispensable alimento. La Órden de los templarios, que naciera en los tiempos felices del Pontificado, que luchára por la Iglesia en Oriente sin descanso, soberana de Chypre, defensora de Jerusalen, sumisa á los Papas, es disuelta por el gran esclavo de Avignon, por el Pontífice frances, sometido á los reyes de Francia, y sus bienes confiscados, y sus fortalezas derruidas ú ocupadas por tropas reales, y sus caballeros quemados á fuego lento en los claustros y en los campos, testigos del poder y de la gloria de tan ilustre ejército. Hasta el gran poema inspirado en la teología, templo viviente del espíritu católico, consagrado, no á los combates pasajeros de los héroes, sino al viaje de las almas á la eternidad, al reino insondable de los muertos, allá en sus últimos círculos de fuego inextinguible y de perdurables penas, en lo más profundo de su infierno, casi en la boca de Satanás, pone á los Papas por enemigos de la grandeza y de la independencia de Italia.

¡Qué espectáculos! El hijo de pobre lavandera y oscuro tabernero, Rienzi, por interpretar las inscripciones romanas, por traer á la memoria con verdadera elocuencia los recuerdos antiguos, se ve aclamado y divinizado entre muchedumbres que le llevan homenajes de patricios, de cardenales, de reyes, de emperadores, de Papas, y personifica por algunos dias el genio de la Ciudad Eterna, hasta que su cabeza, llena de vértigos, cae rodando desde las cimas del Capitolio al mostrador de un carnicero. Y el mundo ve que mascaradas de tribunos llenan los palacios pontificios; que sangrientos cismas desgarran las naciones; que genios como Petrarca se vuelven con dolor á la antigüedad pagana para pedirle su inspiracion y su valor; que hay un Pontífice en Francia, otro en Italia, otro en Aragon sobre la triste Peñíscola; que el emperador Segismundo se arroga la facultad eclesiástica de convocar la Iglesia universal; que la jefatura del mundo católico pasa de un Papa simoniaco á un pirata, de un pirata á un loco, de un loco á un epicúreo, cual sucede en la decadencia de los Imperios; que los Concilios sólo aciertan á encender los ánimos, á subvertir los pueblos, á desencadenar las guerras; que las hogueras consumen á genios henchidos de fe como Juan Hus y Jerónimo de Praga; que se desentierra á Wiclef para arrojarlo á un rio por haber pedido la pureza del cristianismo; que los soldados de la igualdad, precedidos primero de un general ciego, llamados al redoble de tambores hechos de pieles humanas, derraman el incendio, la matanza, tan sólo por comulgar como los sacerdotes en las dos especies de pan y de vino; que la reconciliacion de la Iglesia latina y la Iglesia griega, obra de un momento, se rompe en otro momento; que los reyes se sobreponen á los obispos, y la Iglesia se declara superior al Papa; que el diablo huye de las leyendas, y la naturaleza recobra sus derechos, y la antigüedad su prestigio, y la conciencia su voz, miéntras el mundo pierde la antigua fe, y los césares-pontífices su dominacion sobre la humana conciencia.

Por fin, este movimiento del espíritu humano llega á tener su idea concreta en la Reforma. Así como el cristianismo no ha sido aparicion súbita y milagrosa, obra de un momento, idea de un hombre, singular inspiracion, sino resultado de toda la antigüedad, tampoco ha sido la Reforma el ímpetu ó la corazonada de un fraile; el grito de un rebelde alzado en armas espirituales contra la Iglesia; la intuicion de una sola alma en parte movida por pasiones de su pecho, y en parte por odios históricos de su raza, sino el corolario preciso de las dudas sembradas por los poetas, de las ideas esparcidas por los filósofos, de la política impuesta por los reyes, de las pretensiones aducidas en los concilios, de todo el impulso que al espíritu humano habian dado las fuerzas vivas de la sociedad y los progresos incontrastables que á cada paso nos testifica la historia.

Cada hombre aspira á ser sacerdote de sí mismo; cada generacion á interpretar como idea que se mueve y se trasforma el dogma tenido ántes por definitivo é inmóvil; la revelacion pasa á iluminar todas las frentes, á ser el patrimonio de todas las almas; el libro cae en las manos del pueblo; desaparece la casta sacerdotal é invaden las democracias el santuario; las órdenes monásticas dedicadas á la maceracion, las reliquias, el exorcismo y la indulgencia dejan paso al dogma severo que apaga el purgatorio, exalta el infierno, y atribuye la salud del hombre á la Divina gracia. Desde este dia, el predominio del Pontificado en Europa ha verdaderamente desaparecido, ese predominio que tanto contribuyó á nuestra educacion y á nuestra cultura. Es verdad que el protestantismo será repulsivo á la naturaleza de nuestra raza y al carácter de nuestra historia; que si pierde el Papa la mitad de Europa, nace á sus plantas para recibir su bautismo y dilatar su nombre toda la América, descubierta y conquistada por los héroes, eternamente católicos, que acababan en España su cruzada contra los moros y emprendian allende el Atlántico su cruzada contra los indios, yéndose en esquifes para volver, trayendo inmensos continentes, arrojándolos como un holocausto ante las aras de la Iglesia.