Verdad tambien que la Iglesia obra sus mayores milagros, hace sus mayores maravillas cuando se ve circuida de mayores asechanzas y peligros. Nadie se cansará jamas de admirarla durante el siglo XVI. En la persona de Julio II restaura los Papas autoritarios y guerreros de la Edad Media, tan dispuestos á someter las almas con su palabra como las fortalezas con su espada. En el pontificado de Leon X despierta la antigüedad; dobla la historia; enseña la genealogía clásica de las ideas cristianas; sorprende el secreto de la belleza plástica en los monumentos antiguos; evoca las estatuas que vibran el cántico heleno en sus labios; resucita el alma de Platon sobre el sensualismo aristotélico; restaura la divina lengua hablada en los rostros; anima los bronces y los mármoles con sus inspiraciones; abre los cielos del arte; engendra en su seno los titanes de Miguel Ángel, y las vírgenes de Rafael que vienen á hermosear el planeta; devuelve á la naturaleza exhausta y macerada su vida y alegría; funda el Renacimiento, que compite con las edades más bellas de la humanidad, é inspira esas legiones de artistas, que quitan sus espinas á la realidad y reconcilian al hombre por la magia del genio, con la cual arrojan áurea gasa de ilusiones sobre el Universo, hasta con los acerbos dolores y las amargas tristezas de la vida.
Católico era el mago maravilloso que volvió á llenar de seres fantásticos y hermosísimos, como en los dias de los dioses, la naturaleza y el espíritu, animados por los cánticos de su poema; católico el pensador eminente que trazó las leyes de las revoluciones y de las reacciones, que mostró el abismo insondable de odios y de crímenes encerrado en la perversion del sentimiento humano; católico el dulce poeta español que devolviera su voz á los bosques, su melodía á las auras y á los arroyos, su incienso á las flores, sus églogas vivientes á los campos; católico el jóven pintor, único en los anales humanos, que supo evocar la hermosura griega y redimir de la penitencia y de la flagelacion en sus cuadros, trasfigurándolo y embelleciéndolo, el organismo humano; católico el arquitecto, el escultor, el dibujante milagroso que coronó con la rotonda de San Pedro las sienes del Renacimiento; católica la música inmortal, que parecia haber encontrado en los abismos de las edades pasadas los acentos de David, los trenos de Jeremías; católico todo cuanto hay en el siglo décimosexto de verdaderamente bello y artístico.
Y la fuerza del catolicismo es tan grande que produce en el siglo décimoséptimo una verdadera reaccion. Los jesuitas se disciplinan como ejército, y se entregan á someter almas al Pontificado; los soldados católicos inundan toda Alemania, pidiendo, como dice un grande escritor, las tierras de los vivos para los muertos; Guillermo de Orange cae al plomo de exaltado católico por el crímen de haber fundado la república holandesa; Cárlos Borromeo establece piadosa liga en los cantones de la Suiza católica para contrastar la Suiza protestante; Cárlos y Jacobo de Estuardo creen haber llegado á desterrar el protestantismo de Inglaterra; la revocacion del Edicto de Nántes lleva á Francia la larga serie de reacciones contra el humanitario tratado de Westfalia; al imperio español se le caen de las manos los pinceles de Velazquez y de la mente los sueños fantásticos de Calderon, hundiéndose en abismos más profundos y más oscuros que sus tumbas del Escorial, cayendo en los hechizos de Cárlos II; Roma se soprepone á todas las ciudades europeas con sus construcciones religiosas, con sus epopeyas como las epopeyas del Tasso, que celebran un sepulcro, y un sepulcro en manos de los infieles; y cualquiera diria que vuelve el mundo, que vuelve el espíritu á los templos y á los altares de la Edad Media.
Pero ninguna de estas reacciones pudo restaurar el pontificado. Tras de aquella reaccion vino el espíritu filosófico del siglo XVIII, que negó hasta las excelencias del cristianismo, que se ensañó hasta en los grandes cadáveres de la historia. Y el espíritu de este siglo produjo la enciclopedia, que llevó las ideas filosóficas al sentido comun del género humano. Y estas ideas filosóficas, no sólo descendieron al sentido de las muchedumbres, sino que se elevaron á los tronos de los reyes. Los jesuitas, que habian sido, como los templarios, soldados de la Iglesia, ejército permanente del catolicismo, fueron disueltos por los reyes de Europa y por los pontífices de Roma. La nueva filosofía se apoderó de Austria, que habia sido como el eje de toda la reaccion europea, y de España, que habia sostenido el catolicismo en todas las crísis humanas, y le habia dado un Nuevo Mundo en compensacion del antiguo. ¿Qué más? La idea filosófica sube hasta el trono de San Pedro, se extiende por él como nueva savia por viejo tronco. Las ideas filosóficas llenan las conciencias, las conciencias engendran nuevas instituciones, las instituciones cambian la sociedad; el derecho, que parecia vincularse en familias aparte, en castas privilegiadas, se difunde entre todos los hombres; las democracias reemplazan á las aristocracias, la revolucion á la inmovilidad; y los Papas, que en vano habian suplicado de rodillas á los emperadores de Alemania detuvieran la revolucion regalista, huyen de Roma, y pactan concordatos con la revolucion francesa y ungen la frente del soldado de fortuna erigido en césar. El pontificado se representa, pues, en el mundo como una de esas instituciones, ántes grandiosas, despues desorganizadas por las fuerzas vivas de la sociedad. Y cuando uno de estos organismos se descompone y deshace, no puede recomponerlo ningun nuevo elemento social, ninguno. Lo han destruido las fuerzas mismas que lo engendráran. Lo ha devorado el espíritu mismo que lo produjera. El mundo pierde en él su confianza y su fe por una de esas íntimas convicciones que ni se combaten ni se contrastan; como que vienen á ser trabajo del pensamiento reflexionando sobre sí mismo. Cuatro siglos, desde la muerte de Marco Aurelio, empleó el espíritu humano en descomponer el mundo antiguo. ¿Quién lo ha recompuesto? Cuando vinieron los bárbaros se encontraron solamente con el gran cadáver. El alma habia huido á otra institucion. Y la institucion, heredera del antiguo espíritu, es en el mundo moderno el pontificado. Al pontificado se debe la altísima autoridad, primera fuerza de cohesion empleada en reunir las sociedades modernas. Al pontificado toda nuestra más antigua disciplina social. Mas desde el siglo décimotercio el pontificado cae en la triste irremediable decadencia, que lo han traido á los extremos presentes. Hoy el pacto de Carlo-Magno se ha roto. La donacion de Pipino se ha desvanecido. El dogma de la infalibilidad ha aumentado los enemigos de Roma. Interna lucha desgarra la Iglesia, que no produce cismas por faltarle fuerzas hasta para sostenerlos. Y Europa aprende en tan grande descomposicion como mueren y por qué mueren las instituciones más arraigadas, más poderosas, cuando cumplen el ministerio para que los engendrára la sociedad, la cual vive de contínuo produciendo y devorando organismos.
Mas Pío IX ha creido que le tocaba á él restaurarlo, restaurar el pontificado. Pues qué, ¿no le han dado vida nueva, sangre nueva muchos papas? ¿No lo han restaurado, hasta cierto punto, Julio II por la fuerza, Leon X por el arte, Sixto V por la tradicion y la disciplina? ¿Y no podria él restaurarlo tambien ¡él! elegido y exaltado por un milagro? Pero ¿qué camino escoger? Habia dos igualmente abiertos á su pensamiento, á su vista. Ó bien tomaba el uno, ó bien el otro; ambos sembrados de escollos. El uno iba á la idea predicada por Rosmini, á la reanimacion del antiguo espíritu evangélico en la Iglesia; y al resultado presentido por Gioberti, á la primacía intelectual y moral de Italia por medio del pontificado sobre todas las naciones. El otro camino iba al jesuitismo. El Papa creyó, y creyó con razon, que el primer camino se le habia cerrado despues de sus desgracias de 1848. El Papa creyó que solamente le quedaba el camino de oposicion radical á las sociedades modernas y de restablecimiento inmediato de las ideas antiguas. Por eso elevó á símbolo de la fe en nuestro tiempo todo aquello que nuestro tiempo ha desechado y destruido. Por eso continuó proclamando un dogma de fe sin asistencia del Concilio. Por eso acabó arrojando en medio de la Iglesia atribulada el principio de su propia infabilidad, es decir, el gérmen de cuasi-divinidad para él, y de eterna servidumbre para los creyentes.
Así, negar á Dios, desconocer su ley, desoir su voz en la conciencia, desacatar su moral en el mundo, ponerlo fuera del Universo y fuera de la historia, es error tan grande para nuestra córte romana como negar al Papa, como desconocer su infalibilidad, como desoir la voz de los oráculos eclesiásticos, hasta en aquellos puntos que no tocan á la fe. Aquellas apoteósis, aquellas divinaciones, á que los antiguos elevaban sus césares henchidos de orgullo, parécense mucho á las blasfemias dichas por un escritor católico que ha sostenido la siguiente tésis: tres seres hay adorables para el verdadero creyente, Dios en el cielo, Cristo en la hostia y el Papa en el Vaticano. Á estos extremos lleva el dogma de la infalibilidad.
Jamas nos cansarémos de repetir que los dogmas en nuestro tiempo promulgados y el espíritu que á ellos ha presidido, convierten al catolicismo de religion en secta, y al Papa, por consiguiente, en jefe de sectarios. Aquel antiguo sentido humano, por cuya virtud se asimilaba toda la filosofía y toda la historia, halo perdido últimamente. En presencia de nuestra filosofía, en presencia de nuestra revolucion, sólo ha sabido, ó retroceder ó maldecir. Y es propiedad de las ideas casi extintas, de los sistemas en decadencia, cerrarse á todas las emanaciones del espíritu humano, á todos los progresos de la sociedad; á ideas, á progresos, que en tiempos mejores los nutrieran y los acrecentáran. El catolicismo se asimiló á filósofos paganos como Aristóteles y á filósofos musulmanes como Averroes. En esta fuerza de asimilacion estribaba su progreso. Y el mahometismo, que no tuvo fuerzas para esas asimilaciones, que tradujo á Aristóteles y engendró á Averroes, sin poder apropiarlos á sus dogmas fatalistas y monoteistas, poco á poco quedó siendo el credo de una sola familia humana, la religion de una raza, el alma de imperios militares, tan rápidamente engendrados como muertos. No protegerá Dios aquellas religiones, aquellas doctrinas, capaces de perder en su madurez el sentido humano, el sentido universal que tuvieran en su juventud. Cada movimiento del tiempo se creerá á sí mismo divino; cada revelacion de la conciencia se creerá á sí misma sobrenatural. Y no levantándose á mirar espíritu y naturaleza en su conjunto, perderá con el conocimiento de la vida el sentido de la historia. Cada secta se encierra en sí y hace más que ignorar la historia de sus opuestas; hace más que esto, las calumnia, las deshonra, las maldice, creyendo realizar un bien, y bien eterno. Imaginad lo que será la historia del cristianismo contada por un judío. Imaginad la historia del judaismo moderno qué será contada por un feroz inquisidor. El católico apénas comprende el desarrollo de los pueblos protestantes. El protestante llama Antecristo al Papa. Leed á un griego ortodoxo, y él os demostrará que ese bizantinismo, tenido por nosotros como el extremo de la decadencia moral, hubiera salvado al mundo con su metafísica, si el mundo no cayera en poder de los leguleyos, es decir, de los canonistas romanos. ¡Cómo ciega el espíritu de secta! Nosotros nos detenemos extasiados ante la Vénus de Milo. Su hermosura severísima; su majestuoso continente; la pureza y armonía de aquellas líneas; la gracia y serenidad de aquel rostro; la perfecta posesion de sí mismo, que indica aquel espíritu, asomado á los inmóviles ojos, dueños por completo de todos sus pensamientos y de todas sus pasiones; la serenidad de aquel perfecto tipo, bello ideal de las artes plásticas, nos extasían hasta el punto de absorbernos en misteriosa adoracion, miéntras que á un cristiano de los primeros tiempos, exaltado por su recien nacida fe, parecíale fealdad tanta belleza y vislumbraba en ella la siniestra y deforme efigie del demonio. No hay cosa en el mundo como el sol, que vivifique como el aire, que perfume como las flores, que regale como los frutos, que recree como los rumores y los aromas del campo, que absorba como las olas del mar, que eleve como las estrellas del cielo; y, sin embargo, el misticismo ha llegado hasta engendrar en el hombre desamor, ódio al Universo.
¿Qué mucho, si encerrado cada individuo en su egoismo, cada secta en su tradicion, cada tradicion en su dogma, cada dogma en su Iglesia, cada Iglesia en su intolerancia y cada género de intolerancia en su crueldad, no llega jamas á comprenderse cómo el espíritu humano rebosa en todas las obras humanas, vário, multiforme, contradictorio á veces, sin perder nunca su fundamental unidad? Y los que miran la vida por un lado, el tiempo por una edad, la ciencia por un solo sistema, el arte por una sola escuela, el ideal por una religion, la sociedad por un partido, la historia por una fase, la humanidad por un pueblo, jamas comprenderán el espíritu humano, que como no puede separarse aquí, en este planeta, de su primer organismo, del cuerpo en que se encarna, tampoco puede separarse, ni del hogar, ni del templo, ni del arte, ni de la ciencia, ni de la sociedad, que serán momentos de su vida, organismos de su sér, revelaciones inmanentes y perpétuas de su esencia, grados de su desarrollo, lo que se quiera; pero en cuya totalidad estamos virtualmente cada uno de nosotros, y en cuyo desarrollo está el desarrollo de nuestra propia vida. Hemos sido con los que fueron; serémos en los que vendrán. No creamos, pues, á una sola Iglesia depositaria de la verdad absoluta, ni á un solo pueblo representante del espíritu humano.
Ved por qué yo arguyo de sectarios á los católicos, porque no comprenden sino una parte de la vida, nuestra vida histórica. Cuentan solamente con lo que fuimos, no cuentan con lo que somos, no cuentan con lo que serémos. Cuando la fisiología revela cada dia un secreto de este organismo humano, abreviado Universo; cuando la química llega á tener la fuerza de descomposicion y recomposicion de la naturaleza; cuando la astronomía nos comunica directamente con lo infinito; cuando prodigiosos descubrimientos nos entregan el rayo para que lo vibremos en nuestras manos, cual lo vibraban los antiguos dioses; cuando la tierra en que vivimos nos ha contado su ancianidad por medio de sus evoluciones geológicas, y el cielo que nos envuelve ha revelado en el espectro solar la fundamental unidad del Cósmos: en este crecimiento de la naturaleza humana y del espíritu humano, junto á un derecho que nos dice á todas horas la igualdad fundamental de los hombres en la sociedad, y junto á una ciencia que nos dice la igualdad fundamental de los seres en el Cósmos, ¿creeis puede satisfacernos una religion cuyos dos últimos dogmas, en vez de espiritualizar la vida, de idealizar la fe, nos enseña el privilegio y la excepcion de dos criaturas humanas; privilegio y excepcion incomprensibles para la inteligencia, é inverosímiles en la universalidad de la naturaleza?
Así la sociedad, la ciencia, la vida andan por un camino; y por otro completamente opuesto el catolicismo. La córte pontificia sólo se alimenta de la tradicion. La ciencia católica es la arqueología. En Roma, en la Roma pontificia, se oye por todas partes un rumor elegíaco. Sobre las ruinas materiales álzanse la ortiga, el jaramago; sobre el jaramago y la ortiga las ruinas morales. El Viérnes Santo parece el dia eterno de esta ciudad singular, el dia en que el corazon está desolado, el santuario desierto, los cirios extintos, las aras desnudas, los altares velados, y el cántico de Jeremías resonando á la contínua por aquellos templos henchidos de evaporaciones de lágrimas. Yo recuerdo que aquel dia, despues de haber asistido por la mañana á la Capilla Sixtina, fuí por la tarde á la Vía Apia, á la vía de los antiguos sepulcros. Un momento me detuve á contemplar la entrada de las catacumbas y á recoger las benditas inspiraciones de sus cenizas. Parecíame que las almas de los mártires renacian al conjuro de mi evocacion y me acompañaban por aquel camino de tristezas y desolaciones. Alguna vez involuntariamente volvíanse los ojos á la ciudad, donde se dibujaban sobre las formidables ruinas paganas las aéreas rotondas católicas. Roma á la espalda, la cordillera sabina al frente, el desierto en derredor, los acueductos interrumpidos por todas direcciones, el camino de los siglos bajo las plantas, el cielo de las contínuas plegarias sobre la cabeza, cuatro leguas de sepulcros abiertos á la contemplacion; el pastor ó el fraile interrumpiendo con su pintoresca presencia ó su religioso saludo el viaje, os hacen creer que descendeis realmente á la region de las sombras, á los abismos de la historia. Esperais el dantesco guía que ha de conduciros. Á la derecha las catacumbas de San Sebastian, donde duermen los mártires, y á la izquierda el Circo Máximo, donde los mártires fueron inmolados. Unos pasos más adelante el sepulcro de Cecilia Metella, que recuerda los últimos dias de la República, sepulcro formidable, especie de fortaleza sobre la cual han levantado nuevas fortalezas otros tiempos, como nuevas leyes se han erigido sobre aquellas leyes y nuevas instituciones sobre aquellas instituciones. Las piedras agrupadas en ese monumento, bruñidas por el ardiente sol del Lacio, han resistido á la corriente de los siglos, á las pasiones de los hombres, como la República á todos los movimientos políticos de la historia. Á un lado y á otro piedras desprendidas de grandiosos monumentos, bajos relieves hermosísimos, restos de templos, restos de tumbas, cadáveres de pasadas civilizaciones, como si aquel campo fuera el campo de batalla, donde en lejanos tiempos peleáran, no ejércitos de hombres, sino ejércitos de mundos y planetas. Andais un tanto y veis el sepulcro de Séneca. La tiranía no quiso oir las quejas de su víctima, y el arte se ha burlado de la tiranía dejando en el bajo-relieve una protesta que los siglos repiten, contra la crueldad de los tiranos. Yo, que acababa de hollar el polvo de las catacumbas, no pude ménos de poner mi mano sobre las piedras de aquel sepulcro. ¿Cuántas ideas de los antiguos estoicos y cuántas ideas de los primitivos cristianos formarán la urdimbre de nuestra fe, de nuestra moral? ¿Qué arma habrá engendrado la ley á cuyo imperio me hallo sometido? ¿Qué apóstol ó qué mártir habrá levantado el altar de mis creencias? Inútil empeño. No le pregunteis á la nube de dónde se ha evaporado, ni al rayo de dónde se ha encendido, ni á las moléculas que recorren vuestro organismo dónde se han formado; el Universo es el laboratorio de la vida, y la conciencia universal es el laboratorio de la idea. Así, unos las engendran, otras las expresan, éstos las predican, aquéllos mueren por ellas; y los mismos que las contrarían y las combaten, las sirven sin quererlo, hasta que pasan á ser el sentido comun de la sociedad.