Los sepulcros, sobre todo aquellos sepulcros de edades apartadísimas, podrán guardar huesos frios; pero guardan tambien ideas vivas. En la milla quinta de la Vía Apia, regina viarum, no léjos de antiguo túmulo circular, rematado por torrecillas de la Edad Media, se extienden las fosas de Cluilio, donde la tradicion, despues confirmada por Dionisio de Halicarnaso, pone el campo de batalla entre Alba y Roma, la tumba, por consiguiente, de los Horacios y de los Curiacios. Pueblos primitivos del Lacio, al ver tantas ruinas, que parecen como vuestros esqueletos, no puedo ménos de recordar los bellísimos dias de las ferias latinas, cuando os congregabais sobre las montañas de Albano para ofrecer sacrificios, y de allí ibais á la selva albanea para escuchar los cantares de los faunos; y de la selva á la gruta de Tívoli para interrogar á la fatídica Sibila; y miéntras, vuestras mujeres celebraban en primavera, cuando el cielo sonrie y la naturaleza resucita, las fiestas palilias en honor al Dios de los apriscos, ceñidas de follajes, coronadas de guirnaldas, bebiendo entre cánticos religiosos la leche áun caliente en copas recien talladas de las seculares encinas; vosotros sólo os acordabais de la naturaleza que os rodeaba, como si más allá de la naturaleza no hubiera otra vida ni otros seres.

Mas acaso las creencias que han sustituido á vuestras creencias no se acuerdan bastante de que existe la naturaleza vivida, inmortal. Hoy la nave griega, trayendo mercancías é ideas, no ancla en vuestros puertos; los dioses rientes y cantores no corren por vuestras campiñas; el desierto se ha tragado hogares y templos; las batallas han esparcido hasta los mudos é inmóviles habitantes de las tumbas.

El Viérnes Santo, consagrado á la muerte; la Vía Apia, camino de sepulcros; Roma, la gran necrópolis; todo, todo me habla contínuamente de los muertos, y todo me convida á pensar en este gran misterio. Nos imaginamos en la naturaleza monarcas absolutos, y vivimos bajo leyes que no conocemos apénas. ¿Por qué esta interrupcion de la muerte? ¿Por qué esta oscura piedra del sepulcro rodada de abismos insondables al borde oscuro de otros insondables abismos? Consolémonos. La dinámica natural no se interrumpe. Cuando nosotros dejamos el cadáver en la tumba y nos volvemos doloridos á pensar en la muerte de aquel sér, la corrupcion del cadáver es nueva forma de existencia, nueva funcion de vida, nuevo gérmen de seres. ¿Falta de jugos nutritivos en el estómago, falta de sangre en las venas, falta de oxígeno destruirán al hombre que se proclama dueño de la inmortalidad? Cada organismo humano es un pequeño universo en medio de la totalidad del universo material y moral. Por la nutricion, por la respiracion, por el cambio contínuo de moléculas, absorbemos la vida de la naturaleza; como por la síntesis, por la generalizacion, dilatamos nuestra alma concreta é individual en el espíritu humano. Como la luz y el calor se identifican en el Universo; como el tono grave y el tono agudo se combinan en la armonía; como las exhalaciones carbónicas de la respiracion animal y las exhalaciones oxígenas de la respiracion vegetal en la atmósfera, combínanse la vida y la muerte en nuestro sér. De estos contrasentidos resultan los mayores goces de la vida. El deseo no satisfecho es una pena. El amor es deseo no satisfecho, deseo inextinguible, y el amor es una felicidad. En el momento en que el deseo se acabára, acabárase tambien el amor. Y el deseo satisfecho deja de ser deseo. Hay, pues, que conservar el deseo para conservar el amor; hay que conservar la pena para conservar la felicidad. Hay que conservar la muerte para conservar la vida. La muerte es una resurreccion.

Comprendo cuán sublime es el simbolismo de la Iglesia al celebrar la Pascua de Resurreccion. Dia de universal regocijo este dia. Cae en la estacion de las resurrecciones. El calor vivificante renace y abriga á la aterida tierra. Las nieves se derriten y envian sus claras aguas á los rios. El campo se cubre de verdura, la verdura de flores, las flores de mariposas. Los almendros, los manzanos, los limoneros y naranjos semejan otros tantos ramilletes. Las aves se entregan á sus cánticos y á sus amores. Hínchanse las yemas de savia, y las larvas se trasforman en pintados insectos. Sale de su agujero la hormiga, y la abeja de su panal. Las torres, que durante tres dias estuvieron mudas, echan al vuelo sus campanas. Vístense los campesinos de fiesta. La Vírgen-Madre, ántes llorosísima, se ciñe de guirnaldas para salir al encuentro del hijo de sus entrañas. En la procesion de la mañana de Pascua, por nuestros campos y nuestras aldeas todos á una entonábamos el cántico de la resurreccion: aleluya, aleluya. Parecíanos ver el Crucificado erguirse sobre su lecho de mármol, rasgar el sudario, quebrar la losa, volver á la vida, resplandeciendo de alegría. Las amapolas eran más rojas, las flores del almendro más sonrosadas, el aroma del azahar más penetrante, el cántico de las aves más sonoro en este dia á nuestros sentidos perfumados por la miel de santo misticismo. Yo declaro que veia la naturaleza más hermosa. No me extraña esta interior vision del mundo externo. Me han asegurado piadosos viajeros haber oido, atravesando las cordilleras de los Andes, palabras místicas á esas aves que remedan las articulaciones de la voz humana. Convertimos el Universo en verbo de nuestro pensamiento, y sus rumores en eco de las palabras murmuradas por la conciencia á nuestro oido. ¡Santa alegría de la mañana de Pascua, bendita, bendita seas!

Comprendo que el doctor de la epopeya alemana, despues de haber sentido todos los dolores y miserias de la humanidad; despues de haber tocado todos los desengaños de la ciencia; al ver su frente coronada de dudas y su corazon coronado de espinas, pensase en apurar el tósigo, y sólo apartára la funesta copa de los labios al eco de las campanas que anunciaban la resurreccion; de las aleluyas que anunciaban la Pascua; de los cánticos sagrados cuya virtud puede reconciliar á la desesperacion con la naturaleza y con la vida.

El dia de Pascua en Roma seguí yo todas las ceremonias religiosas. Escuché al amanecer el alegre repique de sus innumerables campanas; fuí á la basílica de San Pedro; atravesé la gran columnata del Bernino; oí el rumor de las dos fuentes que envian á las alturas sus aguas en surtidores, verdaderos arroyos; contemplé el obelisco de Calígula traido á Italia por la mayor nave de toda la antigüedad; subí la majestuosa escalinata que conduce al templo, y penetré en su interior con el espíritu regocijado por el recuerdo de mis antiguos afectos é ilusiones en el dia de Pascua. No me asaltó la comezon de crítica que suele asaltar á todos los visitantes de la basílica Vaticana. Como en ella se han empleado tan fabulosas riquezas, como han contribuido á ella los primeros arquitectos del mundo, no hay quien resista la tentacion de criticarla. Irrealizable idea, dicen unos, la idea de Bramante, que propuso una cúpula mayor aún que esta cúpula. Grande lástima, exclaman otros, no se realizára el pensamiento de Rafael, la cruz griega, que permitiera ver la rotonda desde la entrada en el templo. Variedad, riqueza le quitó Miguel Ángel, observan algunos, oponiéndose al plan de San Galo, porque tendia en sus pirámides y sus cúpulas al gótico, abominado en la pagana Roma; miéntras todos observan que la ilusion óptica contraría el efecto de la iglesia; que su grandeza no puede comprenderse á la primera ojeada; que la inmensidad de sus dimensiones daña á la hermosura artística; que el fondo se ve desde la puerta envuelto en una especie de engañoso vapor; que se necesita andar los doscientos pasos en torno de las colosales pilastras, sustentáculos de la inmensa linterna, para conocer en virtud del análisis toda la magnitud de esta iglesia única; que la riqueza de mármoles y bronces pasma, pero no extasía; que las violentas estatuas señalan época ya de triste decadencia, y época de triste decadencia tambien señala el altar mayor con sus columnas salomónicas, y la santa sede romana con los colosos en bronce dorado, representando cuatro Padres de la Iglesia, cuyos mantos henchidos deben estar por huracanes, segun se agitan, y el Espíritu Santo resaltando en trasparentes cristales de color amarillo, que parece paloma caida en gigantesca fuente de bien batidos huevos.

No busquemos en la iglesia vaticana el misticismo que se exhala de nuestras catedrales góticas: la piedad retratada en el rostro de las estatuas y de las efigies que nacieran de espíritus puramente católicos; el misterio de aquellos rayos de luz cernidos por los vidrios de colores y quebrados en las agudas ojivas, no; el genio clásico, el espíritu clásico alzó el templo romano en ideas apartadas del ferviente espíritu católico, en ideas paganas; y la grandeza de los arcos semejantes á los antiguos arcos triunfales; y la elevacion de las áureas bóvedas; y las dimensiones de la maravillosa rotonda; y la riqueza de los mármoles cuyos matices tiran desde el blanco perla al ópalo, desde el ópalo al rosa, desde el rosa al lila, desde el lila al amatista; y el relumbrar de los bronces brillantes como el oro nativo; y la riqueza de los mosaicos que en piedra representan con vivísimos colores los más preciados cuadros; y los altares en su lujo, y las estatuas en sus gigantes nichos, y los ángeles abriendo por doquier las alas, y los papas tendidos sobre sepulcros de tan diversas formas y de tan contrarios siglos, forman realmente, si no un templo católico, uno de los monumentos mayores que sobrelleva la tierra.

El Papa bajó á la Basílica. El aparato que le rodeaba el Domingo de Ramos habíase agrandado en el Domingo de Pascua. El número de obispos y arzobispos era mucho mayor. Llevaba Pío IX una capa blanca, recamada de riquísima pedrería, y coronaba su cabeza con la tiara de oro, en la cual iban sobrepuestas tres coronas de brillantes. Conducido á su sede, entonó la misa mayor con voz melodiosa; y despues de la misa, adoró las santas reliquias con extraordinario arrobamiento. Cumplida esta práctica, subiéronle á la ventana mayor de San Pedro, mostráronle á la gran plaza, henchida de gentes. Sus brazos se abrieron como si quisiera abrazarnos á todos, su voz tomó extraordinaria intensidad, y Roma y el orbe entero fueron bendecidos por su palabra y por sus manos. Yo, en medio de las exclamaciones de aquella muchedumbre, del sonoro repique de las campanas, del estampido de los cañones, del himno exhalado por tantas músicas, de la alegría pintada en tantos semblantes, pensaba cómo realmente aquella bendicion podia dirigirse al orbe entero; cómo alcanzaba desde las regiones boreales hasta las regiones del trópico, y cómo entraba en todos los pueblos, hasta en aquellos que más emancipados se creen de la Iglesia católica: en Inglaterra, por los irlandeses; en Rusia, por los polacos; en la América sajona, por los Estados del Sur; en Alemania, por los bávaros; en todo el mundo por las antiguas colonias portuguesas y españolas, que han sembrado de iglesias el África, el Asia, la América, y han enseñado el símbolo de Nicea, así á los indios del viejo como á los indios del nuevo continente.

Si con todas estas ceremonias quieren mostrar que Roma conserva su predominio antiguo sobre el mundo, á maravilla lo consiguen. Ninguna ciudad tiene este poder. Ninguna envia sus bendiciones desde los palacios de París hasta las cabañas de Patagonia. Ninguna muestra su primer magistrado bendecido en todas las lenguas, adorado en todas las regiones, puesto á la altura de verdadero Dios. Ninguna puede decir que sus leyes son el código moral de una parte considerable del mundo; que su rey reina en las conciencias de pueblos diseminados por todo el orbe. Los obispos son verdaderos prefectos encargados de sostener la superioridad moral de Roma sobre todas las naciones. Tributarios somos, tributarios como las antiguas provincias romanas, tributarios del césar espiritual que nos bendice ó nos maldice á su grado, desde su inmenso santuario del Vaticano. Ántes oponíanle las várias Iglesias, las várias nacionalidades, sosteniendo la rica variedad de la vida bajo la unidad pontificia, algun freno. Hoy no tiene freno alguno. Hoy, declarada la infalibilidad, el Papa es toda la Iglesia. En vano los obispos reunidos en Fulda advirtieron el enorme riesgo que corria la unidad del catolicismo; en vano el Prelado de Orleans, tan entusiasta del Papa, calificó de peligrosa novedad los nuevos dogmas; en vano el elocuentísimo Strossmayer, que tan enérgicamente protestára contra la ruptura del concordato austriaco, hizo vibrar su gran palabra en los oidos del episcopado para separarle de vergonzosa abdicacion; en vano Döellinger apeló á toda su ciencia en demostracion de que diez y ocho siglos no vieron apuntar tamaña monstruosidad, sino por los concilios de Letran, verdaderas antecámaras del rey de Roma; en vano el Padre Gratry probó que el Papa Honorio habia sido condenado en el sexto concilio ecuménico por tender á la herejía de los que negaban las dos naturalezas en la persona de Cristo; en vano el cardenal Schwarzenbeg recordó que tras las pretensiones de Bonifacio VIII al dominio absoluto de la conciencia y del mundo, vinieron disentimientos, guerras religiosas, cismas, servidumbre para el Pontificado; todo en vano: una Asamblea cohibida por servil reglamento, impulsada por contínuas proclamas del Papa, puesta bajo el influjo de invasor jesuitismo, incapacitada de tener la unanimidad moral indispensable en la proclamacion de los dogmas, pues ciento cuarenta obispos, los más elocuentes, los más autorizados, los de mejores diócesis, se oponian; una Asamblea en tales condiciones llegó, entre grandes protestas, despues del retraimiento de los conciliares más célebres y más ilustres, en tarde tempestuosa, que semejaba prematura noche, á la divinizacion de Pío IX, superior desde entónces ¡él solo en la tierra! como Dios extraviado por nuestras bajas regiones, superior á los errores y á las debilidades propias de nuestra limitada y fragilísima naturaleza.

La antigüedad tenía tambien sus apoteósis. El hombre, que habia llegado á césar, no se contentaba con ser césar, y aspiraba á Dios. El Senado se reunia y decretaba la divinidad á sus tiranos. Cónsules, sacerdotes, vestales, corrian en torno del césar, le coronaban, le ponian sobre un altar, le trenzaban guirnaldas, le degollaban víctimas, le ofrecian cánticos sagrados y olorosa mirra, celebraban su nacimiento y su inmortalidad con innumerables fiestas. Pero la igualdad de la vida, la igualdad de la muerte, la implacable igualdad que nos muestra á todos, hijos de la tierra, sujetos á idénticas leyes, decian que esas apoteósis, léjos de elevar á un hombre sobre el nivel de los demas hombres, le empequeñecian hasta ponerlo muy por bajo de nuestra naturaleza. El dolor y el esfuerzo, la pena y el error, están en la condicionalidad, en las limitaciones humanas. Y por consiguiente, los hombres-dioses caen pronto, muy pronto, como cayeron los Faraones y los Nabucodonosores. Casualmente las edades de las apoteósis fueron las edades mortales al paganismo. Despues de haber entrado los hombres en el cielo, salieron los dioses. Los pueblos dejaron de ir al templo de Délfos, donde se veian las cimas del Parnaso, donde se escuchaban los rumores de la fuente Castalia, donde hablaba la Pitonisa en versos que contenian los secretos del porvenir, donde se celebraban los juegos píthicos y las asambleas anfictiónicas, donde Apolo derramaba luz sobre la frente, é inspiracion sobre el alma de la madre Grecia. Inútilmente un sabio, filósofo, orador, poeta, guerrero, héroe y artista, Juliano, quiso restaurarlo, idealizarlo, rejuveneciendo el viejo dogma con la nueva metafísica; los sacrificios se interrumpieron, las aras se destrozaron, el paganismo se extinguió, porque habiendo comenzado por la divinizacion de las fuerzas naturales que rigen el Universo, concluyó por la divinizacion de los césares y de los pontífices.