¡Dia de Pascua en Roma! Despues de haber asistido á la misa católica, á las bendiciones pontificias, preguntéme á mí mismo si en realidad algo ha resucitado en estos últimos tiempos sobre aquella tierra, sobre la tierra de la resurreccion en el siglo décimosexto, sobre la tierra del Renacimiento. Aquí está Galatea, allá Psíquis, acullá las musas danzando en torno del antiguo Parnaso, en una parte las escuelas de Aténas más vivientes y más bellas que lo fueran jamas en la misma realidad; en otra parte las sibilas alzadas á las cimas de lo sublime para promulgar los oráculos; en un museo Diana, con la media luna sobre la frente, el arco entre las manos, seguida de sus ninfas, y saludada por las selvas; en otro museo la aurora abriendo las puertas eternales al dia; por doquier, en los arcos triunfales y en las serenas estatuas, renaciente, resucitada la plástica antigüedad en toda su serena perfeccion.
Pero la Edad Media no ha resucitado. Por más que se haya sostenido la supremacía política de la Santa Sede; el predominio del clero sobre las demas clases sociales; la direccion de la política europea en los papas; el carácter religioso y feudal del antiguo patrimonio de San Pedro, la inquisicion para la conciencia, la censura para el pensamiento, la mezcla de la autoridad temporal y la autoridad espiritual en una sola persona; el anatema inapelable sobre el Estado independiente, sobre la escuela láica, sobre el matrimonio civil, sobre la libertad religiosa y de imprenta; la Edad Media no ha resucitado, no ha podido resucitar en Roma ¡Oh pontífices! Los dioses que quisisteis aniquilar se han levantado, sino en el cielo de la religion, en otro cielo hermosísimo, en el cielo del arte; miéntras el espíritu de la Edad Media, que intentais de resucitar, se hunde cada dia más en lo pasado. Renace todo cuanto maldecisteis, muere todo cuanto vivificasteis. ¿No dice esto nada al Papa infalible, al Dios del Vaticano?
Mas no seré yo quien peque de exclusivo é intolerante. El siglo décimoctavo, en su obra de destruccion, pudo, mirando la vida por uno solo de sus aspectos, creer en la necesidad de destruir toda la Edad Media. El siglo décimonono, en su trabajo de reconstruccion, de reconciliacion, no puede, no, decir que diez siglos, mil años, han sido inútiles al progreso humano, y no han dejado nada en el fondo de nuestra civilizacion y cultura. Aquella tendencia espiritualista, aquella tendencia idealista de los siglos medios debe renacer en nuestro siglo, sin su carácter exclusivo, reconciliándose con la naturaleza y con la ciencia. Necesitamos, para que esta nuestra civilizacion sea perfecta, encender en su cima la clara luz y el fuego purificador de verdadero idealismo. Los milagros se repiten todos los dias en las ciencias naturales, en las ciencias exactas, en las ciencias físicas, en todo aquello que tiene por objeto lo natural y lo sensible. Sabemos observar, sabemos calcular como ningun otro siglo. ¿Pero sabemos con igual perfeccion sentir, sabemos pensar? Conocemos el sol, estamos seguros de que su volúmen es un millon cuatrocientas mil veces mayor que el volúmen de la tierra; y que andando sesenta kilómetros por hora, tardariamos doscientos setenta años en llegar á su ardiente superficie; y que puesto el grande astro en el platillo de una balanza, habria necesidad de poner para su equilibrio trescientos cincuenta mil globos terráqueos en el otro platillo; sabemos todo esto del sol, que á tan larga distancia se halla de nosotros; y apénas sabemos nada de la conciencia, de ese sol interior, que en nosotros mismos llevamos y tenemos eternamente.
Estas maravillas de las ciencias físicas no se interrumpen. Ora descubrimos en la Vía Láctea fenómenos que casi escapan al dominio de nuestra dinámica; ora sabemos los cambios que en veinte años ha tenido la nebulosa de Orion. Conocemos el curso de las edades en el planeta; la aparicion de las primeras especies; el despertamiento de los infusorios en los bancos marinos formados durante la época oceánica; las causas de la milagrosa vegetacion, reveladas por los terrenos carboníferos. Miéntras la astronomía nos relaciona con el Universo y la geología evoca recuerdos del mundo histórico, la química revela secretos de la vida. Priestley descubre el oxígeno. Lavoissier descompone el aire y halla en su seno el gas que favorece y el gas que contraría nuestra existencia. El encuentro de virtudes, ocultas ántes, en los minerales impulsa la agricultura, como el encuentro de un gran número de alcalóides, ántes desconocidos, da nuevos recursos á la medicina. La electricidad viene á colaborar en estos prodigios. Desde los misterios de Cagliostro vamos á las claras experiencias de Galvani, que presta movimiento con sus centellas eléctricas á miembros de animales muertos; desde las experiencias rudimentarias de Galvani al conocimiento de la electricidad y de sus leyes, merced á haber puesto Volta maquinalmente un pedazo de periódico humedecido en sus labios entre las planchas de zinc y las planchas de cobre, descubriendo su maravillosa pila, hasta que, perfeccionados todos estos descubrimientos, encontrada la gran fuente de electricidad por los progresos conseguidos en la pila de Volta, Morse, un hombre perteneciente á la raza de Franklin, el primero á quien la naturaleza creyera digno de recibir en sus manos el rayo, ántes reservado á los dioses; Morse inventa el telégrafo, y pone el flúido electro-magnético, alma de las pavorosas tempestades, bajo la mano del hombre.
Al pensamiento humano, á pesar de su infinita intensidad, le faltan fuerzas para seguir todos los adelantos seguidos por el vapor, y el magnetismo, y la electricidad, y el descubrimiento de nuevos gases, y la composicion de sustancias químicas, y las exploraciones de los telescopios en el cielo, y las exploraciones de los viajeros en la tierra, y la ascension á la atmósfera, y el descenso, así á los abismos de las minas como á los abismos de los mares, y las clasificaciones de las especies muertas como de las especies vivientes, y el progreso de la fisiología que estudia nuestro cuerpo, y el progreso de la cosmología que estudia el Universo.
Pero ¿puede gloriarse de igual grandeza moral, de igual grandeza espiritual? ¿No peca, sin duda alguna, por exceso de materialismo como el antiguo mundo clásico? ¿No peca por olvidarse del alma que lleva dentro de sí mismo y del Dios que anima el Universo? Es necesario, indispensable, elevar á los ojos de esta civilizacion materialista un grande ideal. Yo conozco cuánto se oponen á ello las vocaciones exclusivas. Así como hay oidos que no perciben las armonías de la música, ojos que no ven las bellezas de los cuadros, hay almas que no sienten necesidad de la religion. Pero las sociedades humanas ¡ah! no pueden ser exclusivas, las sociedades humanas contendrán siempre como el derecho, como el arte, como la ciencia, como el trabajo, ese otro término de la misteriosa serie de su vida, la religion. Pero á medida que los progresos materiales son mayores, el espíritu religioso, como la inspiracion artística, deben tender más vivamente al idealismo. Y el Dios del Vaticano, especie de ídolo material, vestido de brocados, coronado de diamantes, envuelto en nubes de incienso, embriagado por palabras que saben á las antiguas apoteósis cesaristas, no responde á las necesidades de nuestra época, ni apaga con sus ideas teocráticas la sed inextinguible de nuestro espíritu. En Roma, á la sombra de tantos templos, entre aquel laberinto de altares, á la vista de las innumerables cúpulas por donde han subido como por su escala misteriosa innumerables oraciones al cielo; sobre las ruinas amontonadas en aquellos campos sacratísimos por los devastadores siglos; el pensamiento deja rodar en desórden al viento de todas las ideas los dioses muertos, y se eleva á considerar el Dios vivo, uno, absoluto, eterno; sér, esencia, verdad, bien, hermosura; el Dios de la naturaleza y del espíritu, que se alza sobre todos los cambios, sobre todas las trasformaciones de la historia, y comunica á nuestra alma la esperanza inefable en la inmortalidad.
Esta grande idea crece con el crecimiento de las conciencias, y se purifica con su purificacion. Las revelaciones no han concluido, no, por más que algunos crean agotada su fuente. Los tiempos de la razon ahora comienzan, y no sabemos cuánta luz y cuánto calor la razon tendrá en su seno. El Zeus indio, nacido al pié de aquellas altas montañas, perfumado por el aroma de aquellas espesas selvas, no se detuvo en su cuna de palmas, sino que yendo de gente en gente, trasfigurándose de nacion en nacion, llegó á la cima del olimpo griego. Y un dia, en los pueblos educados por su sagrado númen, brotó la revelacion de la unidad de la conciencia humana, complemento necesario á la unidad de la naturaleza divina, que se revelára entre los relámpagos del Sinaí. Y estas dos ideas altísimas fueron creciendo, espiritualizándose en los diálogos de la Academia, al influjo mágico de la elocuencia platónica, como una infusion de la divinidad por las venas del hombre. Y cuando el pensamiento, extendiéndose, dilatándose, bajó de la metafísica á la moral, y de la moral pasó al derecho, fué necesario universalizarlo en la mente de las muchedumbres, dárselo en comunion á los pueblos para que tanto trabajo no se perdiera, para que tantas revelaciones no quedáran como ideas sin realidad y sin forma en las vagas abstracciones de las escuelas ¡Ah! La idea en su generalidad, en su pura abstraccion, parece espíritu sin cuerpo: no agita los ánimos, no alarma los intereses. Pero la idea, predicada al aire libre, dicha en los oidos de los pueblos, rompe con el sentido general de su tiempo y provoca las iras de la supersticion y de la ignorancia. Por eso el Redentor es necesario, el Redentor que ha nacido para divulgar la idea, que la lleva viva en el corazon, que la modula como plegaria incesante en sus elocuentísimos labios, que la reparte entre los pueblos, que enciende las iras de los viejos ídolos y de las inmóviles castas, que da su vida en afrentoso suplicio por los débiles, por los humildes, por los oprimidos, por los desheredados del mundo. Y la religion del Redentor se encarna en una Iglesia, que al pronto cree ser órgano de un solo pueblo, de una sola casta; pero luégo se abre á la invasion de todas las razas, al influjo de todas las ideas, por medio de un genio, que tiene la virtud de los innovadores, la elevacion de los filósofos, la elocuencia de los apóstoles, el heroísmo de los mártires. Y la revelacion no se interrumpe. Unos le llevan el espíritu judío y semita; otros el espíritu heleno-latino; otros el espíritu alejandrino. Las cuatro misteriosas ciudades, que tenian en sus manos la trama de la civilizacion europea, Jerusalen, Roma, Aténas, Alejandría, hablaron, y sus palabras fueron recogidas, y elevadas al cielo por el divino Verbo. Y no se interrumpió la serie infinita de las revelaciones; porque vino la revelacion del arte en el Renacimiento, la revelacion de la ciencia en la filosofía, la revelacion del derecho en las grandes revoluciones, cuya electricidad ha creado de nuevo al hombre y traido en lenguas de fuego un espíritu divino sobre su conciencia. ¡Ay de las sectas, de las magistraturas, de las iglesias que creen su ideal exclusivo, su doctrina estrecha, su sentido egoista, el espíritu y la doctrina y el sentido de la humanidad, de ese sér inmortal, cuya conciencia es como el espacio donde todos los grandes principios se contienen; cuya idea es como la luz que todos los mundos esclarece; cuyo espíritu es como el aire que todo lo vivifica! Las ruinas son esqueletos amontonados por los siglos. La idea se levanta de unos altares, y corre á otros altares sin detenerse, renaciendo á cada instante de sus cenizas, trasformándose en una serie de trasformaciones infinitas, como contínua renovacion de la tierra y contínuo holocausto que envia eterna nube de incienso hácia los cielos.