Despues de las altas cimas gusta ver los profundos abismos; despues del Vaticano el Gueto. Denomínase Gueto al barrio que habitan los judíos en Roma. Una poblacion dentro de otra poblacion es cosa para maravillar á otros, no á los españoles. Cerca de cuatrocientos años hace que expulsamos nuestros judíos, reservándonos el derecho de quemar á todos cuantos los imitáran ó siguieran, á los judaizantes; y áun quedan por nuestras ciudades, señalados y distinguidos, los barrios donde no entraba tocino, la judería. Recordad Toledo. Por San Juan de los Reyes, en las colinas que avecina la puerta del Cambron y el puente de San Martin; así la mudejar iglesia del Tránsito con sus ajimeces, sus alicatados, sus bóvedas de cedro incrustadas en oro y en marfil, sus salmos escritos por las paredes en caractéres hebráicos, sin ningun género de signos masoréticos; como la iglesia de Santa María la Blanca con sus columnas ochavadas, sus chapiteles sirios, sus arcos de herradura, una y otra seculares sinagogas, enseñan que allí habitaron los hijos de Israel, los tenaces adoradores del puro Dios semita, los perseguidos de los godos que en Guadalete vengáran sus afrentas, los comerciantes riquísimos, los trabajadores incansables, los que esparcieron las ideas de las escuelas árabes de Córdoba, de Sevilla, de Toledo, por el Mediodía de Francia y por todas las regiones de Italia; los que demostraron á Don Alfonso VI no haber tenido parte alguna en la muerte del Salvador; los que colaboraron en las obras de Don Alonso el Sabio; los acuchillados por la espada de Enrique de Trastamara; los escupidos y abofeteados por la elocuencia de San Vicente Ferrer; los expulsados por la piedad de Doña Isabel la Católica; los judíos toledanos.
Raza verdaderamente extraña esta raza. Nosotros hemos devorado jerarquías innumerables de dioses. Las divinidades de los fenicios, de los griegos, de los romanos, unidas á las divinidades aborígenes, han caido en los abismos de nuestra conciencia, y de nuestra conciencia se han evaporado. Hoy mismo la gran teología católica, que fuera como la esencia de nuestro espíritu, se desvanece y se disipa. Nuestra alma es cambiante por lo mismo que es progresiva. En los pueblos occidentales, aquellos que piensan, ni creen ni rezan; aquellos que creen y rezan, no piensan. Pasamos la segunda mitad de la vida destruyendo con el raciocinio las creencias inspiradas por la educacion y por la fe de la primera mitad. No somos, no, raza religiosa. Y esos judíos hablan como hablaba Abraham, cantan los mismos salmos que cantaba David, guardan la idea de Dios recogida como el maná de las almas en el desierto, obedecen la ley descendida del Sinaí, resisten al cautiverio de Babilonia, á los halagos inmortales de Alejandro, al cetro incontrastable de Roma, á la dispersion impuesta por Tito, á las maldiciones de los papas, á los rescriptos de los reyes, á la cólera de los pueblos, al fuego de la Inquisicion, á la intolerancia de todas las sectas; y entre las corrientes de las ideas que sin punto de reposo se mueven y trasforman, ellos, cual si estuviesen fuera del tiempo, reedifican en su pensamiento el templo derruido, donde conservan inalterables la antigua fe y sus consoladoras esperanzas.
Guiado de un doble sentimiento de compasion y de curiosidad, fuí á visitar el barrio de los judíos en Roma. La limpieza no es grande en la Ciudad Eterna. Montones de inmundicia os cierran á cada encrucijada el paso. Los claros rios, que en gigantescos acueductos vienen, y por fuentes monumentales se derraman, así en las cimas de las colinas como en las profundidades de los valles, no limpian, no lavan, como si bajo tierra se perdieran. El Tíber es verdaderamente el rio de las cloacas. Sus amarillentas aguas le dan aspecto de gigantesco vómito de hiel. La Ciudad Eterna es una ciudad sucia. Se necesita, á decir verdad, taparse mucho las narices para aspirar aquellos aromas espirituales que embriagaban el alma piadosísima de Luis Veuillot. Y en esta ciudad pasma, por su inmundicia, el barrio de los judíos. Húndense los piés en aquella mullida alfombra de excrementos, que parecen lechos de cerdos ó de hipopótamos. Niños medio desnudos, devorados por costras de porquería, que semejan costras de cancerosa lepra, juguetean en todas direcciones. Algunas viejas, de tez rugosa y amarilla, pelo cano, ojos vidriosos, aspecto macilento, sonrisa siniestra, guardan las puertas de las viviendas, que parecen sucias ratoneras. Cada uno de aquellos antros exhala insufrible hedor. Con la raza judía se confunden allí familias gitanas caidas de la misma grandeza y encorvadas bajo la misma maldicion. Algunas de sus pobres mujeres, que la Inquisicion hubiera quemado por untarse y volar, sobre todo en sábado, os detienen para convidaros, en dialecto ininteligible, gutural, á ver lo por venir en sus combinaciones de cartas. Sobre sucias piedras juegan muchos grupos á juegos que tienen algun parecido con nuestro mus, con nuestra peregila, con todas las combinaciones de cartas usadas en el Mediodía de España. Cuando hallan alguna dificultad, trampas ó trabacuentas, arman algazara que se difunde por todo el barrio. Éste rechina los dientes, aquél crispa los puños, el de más allá profiere palabras amenazadoras, todos manotean como si estuvieran á punto de romper en campal batalla. Los niños se mezclan al ruido y gritan en torno del corro. Las mujeres se asoman por los tragaluces, y participan del ardor general y se mezclan en la general disputa, guiándose, no por la razon y la verdad, sino por el sentimiento, que les dice ser mejor derecho el de sus más próximos parientes. Oidles y guardaos bien de mezclaros en sus contiendas, porque correis peligro de veros asaltados, heridos, magullados por la ira de todos aquellos furiosos. En el Gueto debeis limitaros á observar las sucias piedras, las inmundas calles, las feas madrigueras, los amarillentos y miserables habitadores, los harapos que penden de las ventanas, y la espesa atmósfera de pestilentes vapores que envuelve aquel infierno, donde se purga por los representantes de tenacísima raza la virtud más querida de los papas, la creencia en principios increibles.
Y la condicion de esta tribu ha mejorado mucho en el presente pontificado. Las férreas cadenas que los separaban del resto de la poblacion y los tenian como prisioneros, han caido, merced á la generosidad de Pío IX. Ya no tienen necesidad de sepultarse desde el anochecer en sus pocilgas, y pueden andar á su arbitrio toda la ciudad. Aquel tributo de sangre, que repartido entre todos tocaba á cincuenta céntimos anuales por cabeza, no se paga desde 1848. El privilegio mismo de vivir en toda la ciudad es un privilegio que no aprovechan, á causa de serles difícil hallar alojamientos tan baratos como los alojamientos de su barrio, cuyos alquileres han sido tasados misericordiosamente por antiguos rescriptos pontificios.
Pero ¡cuánto han padecido los judíos! Hacíalos ya Tácito objeto de sus aceradas invectivas, y Luciano de sus graciosas burlas. Castigábanlos muchas veces los emperadores echándolos como pasto á las fieras del circo. Confundíanlos en las persecuciones cristianas, á ellos, que abominaban de las novedades traidas por el cristianismo á sus creencias. Cebábanse en sus personas los bárbaros recien convertidos á la fe cristiana. Aislábanlos del mundo los papas..... Y sin embargo, hay naciones donde la persecucion ha sido más implacable aún contra tal raza que en la misma Roma; naciones donde sólo han quedado de ella recuerdos en la historia. Admiremos su fe. Por uno que de esa fe reniega, innumerables la sostienen. Hasta los más profundos de sus pensadores creen que el género humano se ha extraviado por haber admitido con el cristianismo las ideas de la metafísica griega en el dogma teológico de la unidad de Dios y en el severo y sublime decálogo de Moisés. Ellos creen que el pueblo judío renunciará á su primacía de pueblo sacerdote, de pueblo levita, el dia que sus hermanos, los sectarios del cristianismo, renuncien á las ideas antropomórficas de Grecia. Y la humanidad, unida en el mismo espíritu, del cual se derivará un solo derecho, podrá purificar su conciencia en el humano principio de la unidad divina, y su voluntad en los severos preceptos del Decálogo. Estas ideas no circularán por la mente de aquellos pobres judíos del Gueto, á quienes recelosa autoridad ha sumido en espesísima ignorancia, pero el cimiento de sólida fe queda en sus almas.
No puedo comprender cómo algunos escritores religiosos se extrañan de la inmovilidad judía. Pues qué, ¿en Roma no participa toda la vida de esa misma inmovilidad? ¿Hay region alguna en la tierra donde esté la historia tan viva? Todavía se oye la ninfa Egeria en la caverna de Numa; todavía las sombras de los Tribunos andan errantes por las cimas del Aventino. Cuando descendeis á las catacumbas, os imaginais asistir á las perseguidas agapas cristianas; y cuando volveis de la Vía Apia, despues de haber visitado aquellos sepulcros, creeis volver de un romano entierro. La desolacion que los errores patricios sembráran en las majestuosas campiñas exhala hoy mismo vapores de muerte. Los Césares-Pontífices áun habitan los jardines de Neron. La antigua arquitectura romana áun se impone al espíritu católico. Tiene su aristocracia aquella debilidad contraida en los tiempos del Imperio, cuando los dictadores perpétuos que sucedieron á César le quitaron las armas para quitarle con ellas toda dignidad. Su clero cierra los ojos á la voz de la razon, se resiste al progreso, se opone á las reformas, de la misma suerte que los sacerdotes paganos, cuando agitaban su tirso de oro y se ceñian su corona de verbena sobre las legiones invasoras de los godos, y á pesar de la proclamacion del cristianismo como religion del Imperio por el Senado de Teodosio. Y si examinais con detenimiento el bajo pueblo, veréis las señales de lo antiguo, no solamente en su perfil griego y en su musculatura verdaderamente romana, sino en su mezcla de indolencia y de soberbia, como pueblo habituado á que le mantenga el patrono y lo diviertan todos los demas pueblos de la tierra.
La tenacidad de los judíos está en su conciencia, en su religion. Y contra esta tenacidad, ¡cuántos y cuán crueles combates! ¡Qué porfiada enemiga! En Roma hay contra ellos la misma repugnancia que en Mallorca contra los chuetas. En este tiempo de tolerancia religiosa, de instituciones democráticas, hemos visto expulsados de público baile mallorquin dos ciudadanos por pertenecer á la raza de los chuetas, es decir, por descender de los judíos. El catolicismo de estas gentes, llevado á la más extrema exaltacion, no les ha exentado de su culpa original. Hay pueblos en la isla que tienen á gloria no haber consentido jamas en su recinto un chueta. Y algunos de estos chuetas firmaron el año cincuenta y cuatro exposiciones contra la libertad religiosa, cuando todavía está caliente casi el quemadero donde ardieran los huesos de sus padres. ¿Tendrá algo que ver con la raza maldita de Mallorca el rito catalan observado en una de las cuatro sinagogas hoy existentes en el Gueto? No pude de esto enterarme. Yo jamas he visto amor patrio como el amor de los judíos españoles. Tantas injusticias no han sido parte á inspirarles desvío á esta madre España, convertida para ellos en madrastra. Conocí en Florencia un matrimonio judío que viajaba por Europa y venía de Damasco. La mujer era hermosísimo tipo oriental. Su pálida tez, entonada por la lumbre de ojos negros y profundas, circuidos de larguísimas y umbrosas pestañas, resaltaba entre los rizos de largos cabellos, como la seda de finos y relucientes. Era su nariz griega, como la nariz de la Vénus de Milo, y sus labios rojos como el encendido carmin de la flor del granado. Llamóme la atencion tanta belleza, como á ella le llamó la atencion el idioma patrio que hablaba yo con varios españoles y americanos. Inmediatamente dirigióse á su marido y le dijo algunas palabras en español. La lengua nacional, hablada en tierra extraña, vibrando en los oidos del emigrado, transporta, enajena, como la más armoniosa música. No pude contenerme y le dije:—Señora, ¿es usted española? Entónces me refirió que era judía, que naciera en Liorna, que se casára con un griego, que habitaba Damasco, que aprendió el español en su sinagoga patria, y que lo hablaba con sus correligionarios de Oriente, entre los cuales muchos lo han conservado como piadoso recuerdo de su orígen, como glorioso timbre de su estirpe. Los afectos más vivos siempre son los afectos más contrariados. Mi amor patrio, con ser tan intenso, parecióme tibio al compararlo con el amor á España de esa raza, que perseguida como manada de fieras, injuriada por toda clase de afrentas, desarraigada del suelo nacional, en la dispersion, en el destierro de cuatro siglos, áun vuelve los ojos con amor á las tierras donde el sol se pone, y áun habla la lengua de sus perseguidores, á la manera que los antiguos israelitas entonaban los cánticos de sus profetas, en las orillas del Eufrates bajo los llorosos sauces de Babilonia.
Al pensar esto, al sentir esto, vi como en vision magnética el movimiento político que habia de romper la cadena de las tradiciones antiguas en mi patria, y juré, si alguna vez obtenia la confianza de mis conciudadanos para el magisterio altísimo de legislador, combatir sin descanso hasta alcanzar que no fuéramos en el mundo moderno monstruosa excepcion por nuestra intolerancia, y abriéramos las puertas de la patria á todas las ideas como á todas las sectas, y consagráramos aquel derecho, sin el cual todos los demas derechos son como si no fueran, el derecho de abrir la conciencia á la luz, y adorar en público como en secreto el Dios que vive en la conciencia.
¡Y cuánto no influyó en el cumplimiento de esta promesa dada por mi corazon y mi inteligencia el recuerdo de aquella pálida y tristísima tribu judía del Gueto, consumida en la ignorancia y en la miseria! Y así como al entrar en los Estados Pontificios no pude ménos de comparar sus prohibitivas aduanas con el libre comercio de la república Suiza, al recorrer el barrio inmundo de los judíos en Roma, no pude ménos de recordar la libertad religiosa de Ginebra, el ámplio derecho de que allí gozan todos los cultos, las plegarias dirigidas por los hijos de Israel en la lengua republicana de los antiguos profetas para que Dios conserve á Suiza en sus libres instituciones, donde brillan las conciencias como las estrellas en la inmensidad de los cielos.
Verdaderamente es de admirar que la raza judía se haya conservado en la córte de los jefes del catolicismo, cuando las naciones católicas ó han perseguido á los judíos, ó los han atormentado, ó los han proscripto. Pero si esto prueba de un lado la tolerancia de los Papas, tambien prueba de otro lado la tenacidad de los judíos. Se han conservado, es verdad; pero se han conservado en la miseria. La prohibicion de adquirir bienes inmuebles los condenaba eternamente al comercio. Y el comercio es infructuoso sin el ahorro; y el ahorro improductivo si no se trasforma en propiedad. Así que el judío romano ha logrado reunir algunas monedas, corre en busca de leyes más suaves que las leyes de su pocilga. Por esto en los abismos del Gueto sólo quedan los judíos miserables, los judíos hambrientos, que comercian con chismes viejos, y que apénas ganan para mantener su incierta vida y encender alguna que otra vez su oscuro y triste hogar.