Sin duda es Nápoles hoy la primera entre las ciudades de Italia por su numerosa poblacion, por sus grandes dimensiones, y una de las primeras entre las ciudades de Europa. Cuando se la mira desde alguna altura, cuando apénas se advierte el espacio que la separa de los pueblos circunvecinos, la creeis por su extension una ciudad como Lóndres. Los ojos se engañan tanto, que comparado el recuerdo de París mirado desde el Panteon y la vista de Nápoles mirada desde el Pausilipo, Nápoles parecíame mayor, mucho mayor, que París, por una de esas ilusiones ópticas á que tanto contribuyen la luz y el cielo del Mediodía.
Siempre recordaré mi llegada á la hermosísima capital de las antiguas Dos Sicilias. En la emigracion el menor contratiempo os apesadumbra y os irrita. El disgusto se convierte en pena, la pena se acrecienta con la nostalgia. Os parece que todo el género humano debe aborreceros, puesto que os aborrece vuestra patria; que toda sociedad debe rechazaros, puesto que os rechaza la sociedad donde habeis nacido. Cuando veis un ciudadano que habla de los asuntos de su nacion en medio de los suyos; un padre ó un hijo que entran en el hogar y departen con su familia, os creeis el más desgraciado de los mortales y os imaginais que vuestros huesos van á quedar solitarios y olvidados en extraña tierra. Sobre todo, si el gobierno, si la policía de la nacion, donde esperais asilo, os molestan, lo sentís doblemente y os preguntais á vosotros mismos reconviniéndoos con acritud: «si de todas maneras habia de ser perseguido, ¿por qué, por qué abandoné la patria?»
Yo me encontraba en Roma completamente consagrado á la meditacion y al estudio. Para mí en aquella ciudad sólo eran las ruinas interesantes y las obras de arte que entre las ruinas se levantan. Evité toda sociedad casi por completo, y consumí el tiempo en los museos, en las iglesias, en las catacumbas, en el mundo de lo pasado. Cada dia encontraba algo nuevo de puro viejo, y enlazaba estos descubrimientos con mis leyes históricas, á la manera que el naturalista corrobora sus clasificaciones y sus series con el descubrimiento, ya de nuevos, ya de repetidos ejemplares. Hallábame tranquilo en la ciudad donde todo gran dolor puede tener refugio por lo mismo que puede tener consuelo. La desolacion de su campiña se armonizaba con la desolacion de mi alma. El olvido que el espectáculo de tantas ruinas procuraba al corazon lacerado, no podia encontrarse, no se encontraba realmente en ninguna otra ciudad del mundo.
Cuántas veces pensé desasirme de los lazos que pudieran atar mi vida á París, el centro de mi destierro, y quedarme allí en muda contemplacion de los monumentos, en comercio con las artes, en estudio incesante de la historia. Es verdad que mis ideas filosóficas y mis ideas políticas no podian ser aceptas al gobierno á la sazon imperante; mas ¿qué podia contra este gobierno un desgraciado, sin patria, sin hogar, sin familia, sin relaciones en aquella sociedad, decidido á oponer á los propios dolores el olvido, y consagrado á estudiar las instituciones muertas, enterradas en la tumba de aquella necrópolis tan triste como mi propio corazon?
Asaltado me hallaba por estos pensamientos una mañana de primavera, cuando entra en mi modesta habitacion, despavorido, un camarero de la fonda de Minerva, y á boca de jarro y sin darme los buenos dias me dirige esta pregunta:
—¿Por qué me ha ocultado usted su valer?
—¿Mi valer? Nada tenía que ocultar, porque nada valgo en el mundo.
—¿Su importancia?
—No importo nada.