—Usted es un hombre célebre.

—¡Yo célebre! ¡Bah! ¿Tiene usted ganas de mofarse de mí? le pregunté.

—He impedido que la policía llegára hasta su cuarto.

—¡La policía!

—Sí, la policía se hubiera ya encarado con usted si yo no le digo que le comunicaria á usted sus órdenes.

—¿Qué órdenes?

—La órden de dejar inmediatamente Roma.

—¿Por qué causa?

—Han dado muchas.

—Pero ¿no puedo saber cuáles?