Emilio Castelar.


LLEGADA A ROMA.


Estamos en Civita-Vecchia. Cuando el bote se aproxima rápidamente á tierra, el corazon os salta en el pecho de entusiasmo. Los edificios que os rodean os hablan de la antigüedad. Por poco aficionados á los estudios clásicos que seais, sentís tentaciones de recitar los versos que Virgilio puso en boca de los compañeros de Enéas. La vista de Italia deja en vuestro pensamiento una estela más profunda que la quilla de la barca en el mar. Cuando atracais, os falta tiempo para saltar en tierra. Si nuestro siglo no estuviera reñido con la manifestacion aparatosa de los grandes sentimientos, postraríame de hinojos sobre el suelo para besarlo. Italiam, Italiam; primus conclamat Achates. Pero habíame olvidado en mi entusiasmo de que esta Italia es la Italia pontificia. Un aduanero os detiene y os pide el precio de la entrada como en vil teatro. Una nube de mendigos, en cuyos rostros estatuarios ha impreso la miseria sus tristes huellas, se reparten á gritos vuestro equipaje como rico botin. La policía sale á reclamaros los pasaportes, en toda la Europa civilizada ya abolidos. Allí os los visan exigiéndoos otra gabela, á pesar de venir visados con gabela de la nunciatura de París ó del consulado de Marsella. En seguida el equipaje entra en sórdido almacen, oscuro ademas como un calabozo de la Inquisicion; oscuridad incompresible en esta tierra del cielo espléndido y de la luz deslumbradora, que dan á los ojos con un festin de colores una embriaguez de poesía. Por efectos usados ó adscritos á vuestro uso, os exigen derechos de aduanas. Cuando, pagados estos derechos, ya os contais libres, veis todos los bultos arrojados á un carreton, del cual tiran varios jóvenes haraposos, sin camisa, que os gritan: Á la aduana. ¿Pero otra vez? La tasa, el arancel prohibitivo, la incomunicación con el mundo, ¿serán tambien de derecho divino? ¿El Papa necesitará, para ejercer su autoridad sobre las conciencias, apoyarse fuertemente en los errores económicos de la prohibicion y en los errores políticos del absolutismo?

Yo comparaba esta entrada en los Estados Pontificios con mi entrada en los Cantones Suizos. Sentimientos no ménos sublimes ciertamente os poseen al contemplar aquellos montes por pirámides de eternas nieves terminados; aquellos bosques verde-oscuros, á cuyos piés se extienden praderas de un verde-claro, tachonadas por toda suerte de flores; aquellos lagos azules perezosamente dormidos al pié de colinas graciosísimas, puestas en sus bordes como para contrastar con los nevados picos hundidos en la profundidad de los cielos; aquellos rios impetuosos, cuyas claras aguas se despeñan con solemne rumor; aquellas blancas aldeas habitadas por una fortísima raza, que ha logrado realizar el mayor bien posible en las sociedades humanas: la alianza de la democracia con la libertad. Nadie os perturba en la contemplacion de estas grandezas. Ningun aduanero os registra el equipaje; ningun esbirro os pregunta vuestro nombre. La libertad ha abierto al universo aquellas montañas que parecen muros impenetrables. Pero en las playas romanas, en estas playas que os llaman como sirenas, el absolutismo ha puesto una nube de alcabaleros y de espías para cerrarlas, cuando las ha abierto naturaleza, como todos los vientos, á todas las ideas.

Nada más incómodo que el registro de los equipajes, nada más minucioso. Caen los aduaneros sobre los libros con recelo inquisitorial. Y despues que lo han removido todo y lo han ojeado todo, entregan cada bulto á un empleado que lo conduce á la estacion, pidiéndoos de nuevo derechos, cuyo importe monta tanto como la primera contribucion de la primer aduana. ¿Hay paciencia para sufrir una administracion como ésta? ¿Es posible que, en medio de Europa, exista un territorio privilegiado y en él una porcion, la más augusta por sus glorias de la familia humana, en perpétua ruinosa tutela? El Espíritu Santo, que derrama sobre la cátedra de San Pedro torrentes de verdades religiosas, ¿no querrá por misericordia concederle ni un átomo siquiera de las verdades políticas y económicas que son la honra y la riqueza de los pueblos modernos? Así es que el ánimo se aparta del lado económico y administrativo de aquella tierra, para fijarse en el lado pintoresco. El cielo es de espléndido azul-claro; el mar como el cielo; el aire tibio y aromático; las guijas de la costa parecen doradas y bruñidas por la luz; en los árboles asoman las tiernas hojas que Abril hace brotar con sus primaverales besos; y entre corros de alegres chiquillos medio desnudos, pasan de vez en cuando algunos frailes, los cuales, con su túnica blanca y su manto de parda estameña, me parecen evocaciones de otras edades, ruinas vivientes, paseándose, como los fuegos fatuos por los cementerios, sobre las ruinas de piedra.

Suena la hora de partir á Roma. El tren silba. Civita-Vecchia es el puerto de los Estados Romanos. Pero ni un carro, ni un fardo, ni un trabajador, ni un barril; nada que indique la existencia del comercio, como no sea el aduanero puesto allí para impedirlo. Mucho habia oido hablar de la tristeza del campo romano, pero nunca creí que llegase á tanto. Es la desolacion de las desolaciones. Parece que la muerte se ha tragado hasta las ruinas. Los buitres y los cuervos se han comido hasta los huesos de este gran cadáver. Once estaciones hay entre el mar y la Ciudad Eterna. En ninguna de ellas se ve un pueblo. Los empleados pronuncian nombres sonoros como Rio Fiume ó Magliana; nombres que se pierden, vanos ecos, en la inmensidad del desierto. Extraña mucho, muchísimo, ver que un tren se para en la soledad, sin que nadie baje ni suba, sin que nadie mire, sin que se cargue ni se descargue un bulto. Á veces alguna cabaña circular, terminada por una cruz de palo, es todo cuanto se decora con el pomposo nombre de estacion. Diríais que son tumbas de salvajes. El tren marcha proporcionalmente como una carreta. Esta lentitud os permite descubrir el inmenso horizonte; el campo desolado, pantanoso; algunas yeguadas que corren, ó búfalos que se paran como para contemplaros; ó rarísimos pastores á caballo en jacos matalones; ó un carro sobre el cual anda tendida alguna familia devorada por la fiebre, y que parece resto de razas nómadas, muriendo sobre aquel desierto, donde yacen tantas antiguas majestades caidas y enterradas.

Los errores económicos trascienden á muchos siglos, á muchas civilizaciones. Los campos romanos, en los primeros tiempos de la República, cuando los cultivaba Cincinato, podian llamarse los Campos Elíseos en el mundo; un semillero de riquezas, un lugar de felicidad y de abundancia. El vino, el trigo, el aceite, la miel, la leche, eran por el trabajo agrícola producidos de tal manera, que Roma se bastaba á sí misma. Pero, poco á poco, las grandes familias se fueron apoderando de aquellos campos ántes repartidos entre muchos y por muchos trabajados. Á fin de evitarse jornales, convirtieron las tierras de labor en tierras de pasto. Un esclavo les bastaba para guardar el ganado. Los riegos se suspendieron. Los canales se cegaron. Perdiéronse las acequias. Las aguas se estancaron en los lugares bajos. Aquellas aguas, que cuando corrian para el riego llevaban en sus corrientes la vida, comenzaron con emanaciones pútridas á esparcir la muerte. Conquistado el mundo conocido, el pueblo romano ya no tenía la ocupacion de la guerra, y habia olvidado la ocupacion del trabajo. De aquí el cesarismo para que lo alimentára y lo divirtiera. Del cesarismo, la muerte moral que está en la tiranía, como la muerte material en las lagunas pontinas. Con razon decia Plinio: Latifundia Italiam perdidere.

Por fin, al caer la tarde, cuando las sombras se desprendian sobre Roma, llegamos á la Ciudad Eterna; á la que nos ha dado la jurisprudencia con sus pretores, los municipios con sus procónsules, la libertad con sus tribunos, la autoridad con sus césares, la religion con sus pontífices; piedra miliaria donde están escritos los anales del género humano; tumba de la antigüedad; arco de triunfo por el cual entraron las edades modernas de la vida; templo á que han venido por espacio de quince siglos las generaciones católicas á recibir la luz de su espíritu; academia en que todavía aprenden los artistas, delante de cincuenta mil estatuas y de millones de columnas, los secretos de la forma plástica; campo de batalla donde yacen enterrados los dioses todos de las teogonías antiguas, al panteon traidos en los carros de triunfo; desde cualquier lado que se la mire, la ciudad más augusta y más colosal de cuantas han vivido sobre la tierra; la que todavía dirige la conciencia de una parte del género humano con el prestigio de sus recuerdos, con los misterios que se levantan de sus gigantescas ruinas.