Yo no puedo preservarme de un gran sentimiento de veneracion hácia esta ciudad, única en el mundo. Babilonia, Tiro, Jerusalen, Aténas, Alejandría, han reinado en la historia antigua, en cierto período de tiempo y en limitado espacio, realizando cada una su idea, despues de lo cual han desaparecido en el polvo de sus ruinas, sin dejar más que los recuerdos de su vida en la historia, ó los huesos de un cadáver en la tierra. París, Lóndres, Nueva-York, reinarán en la historia moderna. Pero esta Roma, que los antiguos llamaron la Ciudad Eterna, abraza los dos hemisferios del tiempo, el mundo antiguo y el mundo cristiano.
¡Qué serie de emociones reserva Roma al viajero! Por muy católico que seais, por muy vivas que en vuestra alma estén las ideas aprendidas en la primera educacion; á la vista de las estatuas del mundo antiguo, de estos faunos que sonrien con una sonrisa inmortal, de estas diosas por cuyas carnes de mármol parece que circula el calor de la vida y la sangre de una eterna juventud; delante del coro de las divinidades griegas en su inmóvil reposo, en su olímpica serenidad, en su armonía perfecta entre la forma y la idea resplandeciente de hermosura que irradian sus ojos, que se desprende de sus labios casi vibrantes aún con el himno de la poesía clásica; delante de estos muertos de piedra, más vivos y más inteligentes que los hombres de carne que hoy los guardan, sentís dolor infinito por la muerte de la religion del arte, y os dan tentaciones de pedir que se levanten de nuevo los antiguos templos y continúen los interrumpidos sacrificios para oir los cánticos de los coros, las páginas elocuentísimas de Platon ó los acentos de libertad de Demóstenes, en medio de aquel mundo y bajo el númen de aquellos genios, que derramaron de sus copas de ámbar sobre la tierra el licor de una eterna alegría. Goethe sintió esta profunda emocion clásica en el Museo del Vaticano, residencia de los pontífices católicos, por un milagro del arte convertida en olimpo de los dioses paganos.
Así os sucede con el mundo cristiano. Las grandes basílicas, á pesar de su colosal majestad, os dejan frios. Aquellos monumentos de mármol, de bronce, relucientes de oro y de pedrería, inundados de luz, riquísimos de mosaicos y de bajos relieves, os deslumbran, pero no os conmueven. La frialdad del mármol llega hasta el alma. Pero cuando entrais, por ejemplo, en las catacumbas de San Clemente; cuando veis la tierra húmeda donde estuvo guardada cuatro siglos la semilla de la idea cristiana; cuando, al resplandor de una antorcha, descubrís en el subterráneo la inscripcion trazada por el mártir, la pintura al fresco que parece, todavía teñida de sangre, los símbolos de la esperanza en medio de los terrores de la persecucion, creeis oir el himno de los catecúmenos entonado bajo los festines mismos de los césares, á la puerta del circo donde rugian las fieras que iban á devorarlos; y el sentimiento de amor inspirado por todos los grandes sacrificios viene á sobrecogeros con su misticismo sublime, inspirándoos deseos de quedaros allí á contemplar de rodillas los misterios de la eternidad y á dormir el sueño de la muerte en el sepulcro de los primeros cristianos, sepulcro iluminado por la fe.
¡Pero cómo se borran estas emociones así que veis la córte pontificia! No puedo resistir á la tentacion de recordar un cuento del más gracioso de los escritores italianos, de Boccacio. «Érase un cristiano viejo, florentino, muy dado á ganar almas para el cielo, mérito á que libraba su eterna bienandanza, cuando dió con un no recuerdo si moro, si judío, y puso empeño en abrir los ojos de su alma á la eterna luz; pero con tal traza, que en breves dias habia logrado tenerle ya punto ménos que convertido; cuando se le ocurrió al infiel, llevado de su naciente celo, la idea de ir á Roma; idea que desconcertó á su misionero, porque temió que las liviandades de aquella córte serian bastantes á reducir á cenizas la portentosa obra; mas ¡cuál no fué su extrañeza, cuando vió volver al catecúmeno hecho de hieles contra su antigua religion y de miel para la nueva, exclamando: ¡Padre mio! me convierto; porque si á pesar de las liviandades del clero de este siglo la Iglesia existe, crece y se fortifica, es sin duda porque, depositaria de la verdad, merece la directa proteccion del Cielo!»
Yo no acusaré á la córte que rodea á Pío IX de liviana. Jamas acostumbro á acusar sin pruebas, y siempre me inclino á creer el bien y á no injuriar á la naturaleza humana. Yo creo á Pío IX un respetable anciano perfectamente moral. Yo supongo que el ejemplo de su moralidad trasciende á toda su córte. Pero yo digo que ni él ni cuantos le rodean comprenden el espíritu de este siglo razonador, independiente, libre, quizá demasiado positivista, que desea un culto espiritual y desinteresado para oponerlo al desenfreno del mercantilismo, y que no encontrará nunca la satisfaccion de este deseo en el pomposo y vano lujo con que la córte de Roma adorna las ceremonias religiosas convirtiéndolas en el culto de los sentidos. ¿Por qué lado peca nuestro siglo? Por el lado industrial, por el lado mercantil. Las maravillas de la industria le han hecho olvidar las maravillas de las ideas que se ocultan en el cielo del alma. Esta tendencia sobrado exclusiva de su carácter puede traer una de esas reacciones idealistas que equilibran la naturaleza humana, como la accion demasiado sensual del imperio romano sobre la conciencia trajo la reaccion demasiado espiritualista del cristianismo, que convirtió un mundo de epicúreos en otro mundo de monjes. Podia muy bien la antigua religion del espíritu aprovechar un momento de crísis en la conciencia para reivindicar alguna parte del influjo moral que ha perdido. Pero con ese sistema de lujo desenfrenado, de comparsas churriguerescas, de cortesanos vestidos caprichosamente, de pajes cargados de oro, de cardenales con púrpura y armiño, de obispos con mitras orientales, de suizos arlequinados, de guardias nobles que llevan el manto de terciopelo negro sobre los hombros y la espada de plata sobre el vientre, de domésticos cubiertos con túnicas de todos los colores del íris, de lacayos cuyos plumajes desafian á todos los pintados loros del trópico, de soldados de uniformes como el célebre del general Boom en la Gran Duquesa de Gerolstein; con todo ese lujo oriental, la córte de Roma se aparta de Cristo y se acerca á Heliogábalo.
Es el Domingo de Ramos. La gran Basílica de San Pedro va á presenciar la bendicion de las palmas. Dentro de ella el pueblo está relegado al término último, como si no hubiese recibido con el bautismo el sello de la igualdad cristiana. Del altar mayor á la gran puerta se extienden dos filas de soldados para impedir á la muchedumbre que se acerque al Papa. Aunque la concurrencia es numerosísima, apénas se advierte en aquellos dilatados espacios. Baste decir que en San Pedro caben sesenta mil almas. Las voces de mando militar resuenan fuertemente en el templo, donde sólo deberia resonar la voz de la oracion. Los fusiles, al descansar, producen grande estrépito en el pavimento de mármol. Los asistentes son extranjeros. El ciudadano romano casi ha desaparecido en la inundacion de extrañas gentes llamadas por el Papa en su socorro. Á la hora prefijada, la procesion que trae á Pío IX comienza. Es imposible que nadie pueda dar una idea de las diversas gentes que le acompañan, y de los diversos trajes que estas gentes visten. Se necesitaria una endiablada nomenclatura, como las nomenclaturas de Bizancio. Por fin, despues de un ejército de cortesanos, aparece el Papa llevado en andas como los santos de nuestras procesiones, sentado en silla dorada, con manto de terciopelo carmesí y mitra blanca, el báculo de oro en la mano izquierda, y la derecha ocupada en lanzar bendiciones á los que las piden de rodillas. San Pedro parece un teatro. Las tribunas, alzadas en gradería bajo los grandes arcos que sostienen la maravillosa rotonda de Miguel Ángel, se hallan ocupadas por las damas. La disposicion de estas tribunas religiosas me parece idéntica á la disposicion de la platea central en la Grande Ópera de París. Los caballeros, vestidos de rigorosa etiqueta, ocupan el pié de las tribunas.
Durante la misa, unos hablan, otros pasean, y todos dirigen alternativamente sus anteojos de teatro, ya á las damas que ocupan las tribunas, ya á los cardenales que ocupan el ábside de San Pedro. Los guardias nobles, vestidos como nuestros caballeros de la córte de Felipe IV, con calzon corto, media de seda, ropilla de terciopelo, las mangas acuchilladas y adornadas por grandes elipses de raso, la capa á la espalda, el espadin con puño de acero delante, la gorra negra bajo el brazo y la golilla blanca al cuello, se mezclan á la conversacion general y al general paseo. Solamente los suizos se hallan allí inmóviles. Me dan compasion al considerar que han sido bastante enfermos del alma para dejar sus montañas y su libertad por servir ¡pobres mercenarios! á un soberano extranjero. El traje que llevan fué dibujado por Rafael. El gran pintor no se mostró en este traje gran colorista. Es una mezcla de retazos de paño negro, encarnado y amarillo; un casco adornado con plumero blanco les cubre la cabeza, y una elegante alabarda es su arma. Parecen maniquíes vestidos de arlequin.
Despues que se ha concluido la funcion, es de ver la plaza de San Pedro. Inmensa multitud la ocupa; coches lujosísimos la atraviesan en todas direcciones; las músicas militares entonan marciales marchas; la decoracion es maravillosa: en el centro el obelisco, mudo trofeo de las victorias del pueblo romano sobre el Egipto; á su lado dos fuentes que lanzan á los aires dos rios en grandes surtidores; á la derecha é izquierda los intercolumnios abiertos en colosales semicírculos, dejando entrever la graciosa vegetacion meridional de los próximos jardines, y rematados por magnífica diadema de estatuas; sobre una altura el Vaticano, palacio donde guardan testimonio de su genio los primeros artistas del mundo; y en el fondo, al terminarse elegante gradería, la iglesia de San Pedro, coronada por la rotonda de Miguel Ángel, que se dibujaba admirablemente, como un templo aéreo ascendiendo á lo infinito, entre los arreboles de este cielo arrebatador, que extiende sobre todo, como una mágica gasa de incomparable hermosura, su áureo manto de luz.
Pero no olvidaré hacer una observacion que me inspiró la fiesta. Esta ciudad no puede, á pesar de tantos esplendores, permanecer encantada siempre con el filtro del misticismo, ni presa siempre en las redes del arte. Cuando la religion tenía en sus manos la ciencia, el arte, la política, era natural una sociedad como ésta, dirigida por castas sacerdotales. Pero desde que todas las funciones sociales se han convertido en laicas, el gobierno teocrático es imposible. Noté, pues, que los coros de la Capilla Sixtina han decaido mucho. Las sublimes inspiraciones de Palestrina á duras penas encuentran dignos intérpretes. Tal decadencia se explica por la dificultad que hay en nuestro siglo de encontrar cantores con las condiciones exigidas por la córte romana. Es sabido que no permitiendo el ritual coro de mujeres en San Pedro, se apela para tener tiples á reducir á ciertos varones desde su infancia á la condicion de aquellos infelices que guardan los serrallos de Oriente. Alejandro Dumas refiere con mucha gracia en sus viajes, que vió á la puerta de una barbería romana este rótulo ó anuncio: «Aquí se perfeccionan muchachos.» Yo no he visto cosa semejante. Pero sé que los coros de tiples decaen, porque ya no hay familias tan despiadadas que por lucro se atrevan á inmolar á sus hijos. Pues bien; no podeis exigir tampoco que para existir una autoridad religiosa y moral en el mundo, haya una ciudad sin prensa, sin tribuna, sin los derechos primordiales constitutivos de la virilidad de los pueblos.
Con sólo entrar en Roma se observa que su estado es un estado violento. Á tres mil suben los emigrados en una ciudad de doscientas mil almas. Cuatrocientos son hoy los presos por causas políticas. Y un sacerdote muy ilustrado, muy amigo del Papa, y hasta entusiasta por su poder temporal, me ha asegurado que hay más de setenta mil garibaldinos en Roma. Todo indica un gran terror. Así, las puertas de la ciudad se hallan defendidas por barricadas. Á las nueve de la noche quedais encerrados dentro de sus muros, hoy que las ciudades derriban sus puertas para dejar entrar con la luz y el aire las ideas de todas las ciencias, los productos de todas las zonas, los representantes de todas las razas.