Desde el anochecer, en cada esquina encontrais dos guardas armados de fusiles, como si estuvierais en una plaza sitiada. Los pasaportes se registran con una minuciosidad indecible. Un Estado que apénas tiene seiscientas mil almas, sostiene veinte mil hombres de ejército.

Estos veinte mil hombres son de diversas naciones y hablan diversas lenguas. La mayor parte no entienden el italiano. Así, no hay entre ellos los lazos de la sangre y del habla, aunque haya los lazos de la religion y de las ideas políticas. Esto es un gravísimo inconveniente para mandar las maniobras. Aunque se haya convenido usar el frances, como lengua más universalmente conocida, los soldados en su mayor parte no lo entienden. Luégo, para vivir en Roma bien (no habiendo en ella nacido), se necesita una grande elevacion de espíritu, capaz de comprender todo cuanto dicen sus monumentos, sus artes, sus ruinas. Los que no saben oir esa voz elocuentísima que despierta tantas inspiraciones, se fastidian en esta ciudad académica y monástica. Y no digo esto á humo de pajas. He notado una alta elegancia, una distincion de maneras en el ejército pontificio, que inútilmente buscariais en los demas ejércitos de Europa. Se conoce bien que si una gran parte es ejército mercenario, atento á las pagas, ligado por su enganche, la mayor parte se compone de jóvenes exaltados por un culto caballeresco á las viejas instituciones, románticos en su fantasía y en su vida, caidos muchos de sus ilusiones, desengañados otros, extraños todos, pidiendo al ejercicio de las armas y al ruido de los campos el alimento á su misticismo, que otra generacion, más religiosa y más tranquila, pediria al silencio del claustro y á las maceraciones de la penitencia. Estos soldados han venido de los cuatro puntos del horizonte, pues á todas las razas cristianas pertenecen y hablan todas las lenguas, en demostracion de que Roma guarda bajo los pontífices el carácter de universalidad que le dieron los césares. Pero esta ventaja moral es la desventaja material de su ejército. Como la idea del individualismo, que los germanos trajeron á la historia moderna, se halla tan arraigada, las diferencias de raza, de nacionalidad, de carácter, brotan por todas las filas y ocasionan innumerables conflictos. Como los oficiales hablan una lengua y los soldados otra, apénas pueden establecerse entre ellos esas relaciones del corazon, más necesarias que las relaciones de la disciplina en los momentos de peligro. Como los mismos soldados no se entienden materialmente entre sí, no hay unidad en este cuerpo. Y saltan con mayor rapidez tales inconvenientes, cuando se ven los obstáculos con que luchan los jefes para mandar las maniobras. La Roma católica tomó el latin pagano para que todos sus miembros tuvieran con un solo espíritu una sola lengua. La diversidad de pronunciacion ocasionó que, áun hablando todos latin, no se entendieran los monjes de las várias naciones entre sí, como en demostracion de cuán superior es siempre la naturaleza á la ley. La Roma política de nuestro tiempo, en su angustia, ha escogido la elegante y flexible lengua de Voltaire para hablar á sus soldados, esa lengua mortal á todos los ídolos, á todas las idolatrías. La aristocracia del ejército la entiende, pero no la entiende la muchedumbre. Así los soldados se hallan disgustadísimos; primero por los largos ejercicios á que les obliga la dificultad de las maniobras, y despues por las contínuas guardias á que les obliga el terror creciente de la córte.

En proporcion, aquellas naciones que por su historia debieran dar más soldados, dan ménos. España se suicidó por salvar el catolicismo. Los huesos de sus hijos blanquean desde el siglo décimoquinto en todos los campos de batalla donde ha sido necesario defender esta religion. Dimos por ella toda la sangre de nuestras venas y todo el aire vital de nuestro espíritu. Pues bien; sólo hay treinta y ocho soldados españoles en el ejército pontificio. En cambio Holanda, que salvó con sus Oranges la reforma y que inició la libertad de pensar en el mundo moderno, ha enviado gran número de voluntarios. Esto prueba que miéntras la libertad de cultos ha mantenido viva la fe en los católicos de los países protestantes, la intolerancia ha extinguido la fe en los países donde parecia más viva y más exaltada.

Pero, dejando aparte estas reflexiones y viniendo á otras más políticas, yo no comprendo qué se propone el Papa con este ejército numerosísimo, tan desproporcionado á sus medios, á sus recursos, á sus Estados. La sombra del Imperio frances le protege. El dia que esta sombra se desvaneciera, por muy valiente que el ejército pontificio fuese, no podria resistir á cien mil soldados italianos. Miéntras la proteccion de Francia dure, el ejército pontificio es inútil; y el dia que falte la proteccion de Francia, el ejército pontificio es insuficiente. Sólo sirve para una cosa este ejército; para consumir los recursos que pródigamente, á manos llenas, envian todas las naciones católicas al Pontífice. Pero estos recursos provienen hoy de una exaltacion de los ánimos que no puede ser duradera. El dia que Italia, convencida de su impotencia para luchar con Napoleon, ó para promover el conflicto franco-prusiano con motivo de la cuestion de Roma, la rodee de un profundo olvido, el celo de los fieles disminuirá, con el celo disminuirán los recursos, con los recursos disminuirá el ejército, y una sublevacion interior no sólo será posible, sino tambien fácil, porque hay aquí guardado mucho amor á la libertad.

Estoy maravilladísimo de los rasgos de inteligencia y de fuerza que guarda en su fisonomía esta raza romana, y que revelan toda la indómita fiereza de aquel antiguo carácter conquistador del mundo. Las mujeres, altas, majestuosas, de anchos hombros, de torneados brazos; el color moreno mate, los labios gruesos, la nariz aguileña; negros y brillantes los ojos, en cuyo torno se dibujan largas pestañas y artísticas cejas; ancha la frente como sus estatuas, abovedada la cabeza como las Madonas del divino Rafael; oscuro y rizado el cabello, que cae en largos bucles sobre las escultóricas espaldas; tienen tal aire de matronas romanas, que áun pueden ciertamente mandar á Coriolano morir por la patria, y á Cayo Graco morir por el pueblo. Los jóvenes romanos han heredado la hermosura de sus madres combinada con todos los rasgos de la fuerza varonil. Se ve que el silencio impuesto por la Inquisicion y la obediencia impuesta por el despotismo, no han sido bastantes á extinguir el espíritu de este gran pueblo. Todavía parece que cae de sus labios la fórmula del derecho antiguo: civis romanus sum.

Y cuenta que para descubrir esto se necesita quitar la capa de inmundicia bajo la cual fallece Roma. Junto al lujo oriental de los cardenales, los harapos de un pueblo hambriento; junto á las carrozas doradas, nubes de mendigos descalzos; en torno de los soberbios palacios de mármol, una horrible greca donde están confundidos toda suerte de mal olientes excrementos. Y sin embargo, esta ciudad es la capital de Italia. Cuando al caer la tarde, en las horas sagradas de la poesía, bajo un cielo clarísimo, iluminado por los últimos rayos del sol poniente, que da á los edificios algo de fantástico, mirais desde las alturas del Pincio esta ciudad con sus once obeliscos egipcios, sus trescientas cúpulas, sus bosques de columnas, sus miriadas de estatuas, y descubrís las Siete Colinas, donde han nacido los senadores, los cónsules, los tribunos, el derecho político y civil de la antigüedad, que todavía es la base de vuestro derecho; y contemplais al frente San Pedro, y sobre las majestuosas líneas de la gran Basílica la rotonda adivinada por Bramante y concluida por Miguel Ángel; no léjos de San Pedro, el titánico mausoleo de Adriano, sobre el cual abre sus alas el serafin de bronce; allá, á la izquierda, el mundo de la historia, los muros donde se grabaron mil victorias; la Vía Sacra, por do entraban los triunfadores; el Foro, en que se congregaba el pueblo; los arcos bajo los cuales han pasado veinte siglos sin desgastarlos; las termas regaladas, en cuyos dibujos todavía se han ceñido su corona las artes modernas; el Coliseo, que es una montaña esculpida por gigantescos cinceles; el Quirinal, donde se alzan las mayores estatuas salvadas de las catástrofes de Grecia; el Capitolio, cabeza, cerebro de la tierra; y á la vista de tantas maravillas, al recuerdo de tantas grandezas, á la contemplacion de tantos monumentos engarzados en bosques de cipreses, que parecen una corona fúnebre sobre la ciudad, colocada por un genio invisible; cuando las campanas que tocan á la oracion os envian sus tañidos melancólicos, que os parecen la voz de los mártires saliendo de las catacumbas, y las sombras de la noche colgándose tristemente de las ruinas, como que dibujan las almas de los héroes, el corazon, por tantas emociones henchido, proclama á Roma, no solamente la capital de Italia, sino la eterna capital del mundo.

Se necesita ser de Italia, sentir la sangre meridional en las venas, haberse educado en el recuerdo de esta gloriosa historia, bajo las pintadas alas de la poesía clásica, para comprender todo el prestigio que Roma ejerce sobre los italianos. Los que han querido constituir Italia en monarquía, y luégo le han negado á Italia su capitalidad natural, han hecho un cuerpo sin cabeza. Se concibe que si Italia fuera una federacion republicana, la cuestion de capital pasára á la categoría de una cuestion secundaria. Se concibe más: se concibe que siendo un Estado junto á otros Estados republicanos, aunque las leyes fueran análogas á las del resto de Italia, conservára Roma, por respeto á sus pontífices, costumbres monásticas, religiosas, como las conserva Friburgo, á pesar de hallarse enclavada entre dos cantones tan protestantes y tan liberales como el canton de Vaud y el canton de Berna. Pero constituida Italia en monarquía por el temor natural de todos los potentados europeos á la República, Roma es de Italia, é Italia de Roma, que se hallan tan ligadas como los satélites á sus planetas, y los planetas al sol. Y en esta ciudad, hoy compuesta de iglesias, de conventos, donde no se ve ni una huella de la vida política y civil, donde por toda autoridad láica se descubren unos cuantos senadores en carrozas pintarrachadas, seguidos por unos cuantos lacayos colorados, inmunda parodia de los antiguos senadores; en esta Roma teocrática, monástica, de rodillas eternamente sobre sus ruinas de mármol, se ha de levantar la tribuna en el Foro, ha de hablar la prensa, ha de resonar la antigua elocuencia, se han de discutir todos los problemas, han de brotar todas las escuelas, porque no podeis arrojar el espíritu político de las sagradas regiones donde el espíritu político tuvo su nacimiento.

Miéntras no suceda esto, Roma es una ciudad muerta. Yo he seguido con cierta curiosidad arqueológica las ceremonias de Semana Santa. Unas me han parecido, por lo lujosas, orientales; otras me han parecido, por lo refinadas, bizantinas; otras, por lo baladíes, pueriles; todas absolutamente extrañas á nuestro siglo, y bajo el aspecto religioso, inferiores á la majestuosa solemnidad del culto en España. Ningun español ó americano, acostumbrado á la severidad de nuestras ciudades en Semana Santa, á esa severidad que no consiente ni una puerta abierta en las tiendas, ni un coche en las calles, comprenderá que el Juéves y Viérnes Santo se trabaje en esta ciudad como todos los dias, se hallen abiertos todos los establecimientos, y se vea más gente en las salchicherías contemplando los jamones adornados de flores y de laureles, que en las iglesias visitando los sagrarios. Nadie comprenderá que los doce pobres á quienes el Papa sirve la comida en conmemoracion de la cena del Salvador, se rian como si estuvieran en el teatro, y se arrojen á la cara anises y confites como si estuvieran reunidos para una francachela ó una comida de campo. Nadie creerá que el Juéves por la tarde, á las cinco, entre un cardenal penitenciario en la gran Basílica, se siente á la izquierda del sepulcro de San Pedro, y perdone los pecados con sólo manejar una caña y tocar con ella la cabeza de los penitentes como si estuviera pescando en seco. Yo he visto damas muy piadosas reirse de todas estas puerilidades.

Pero hay una ceremonia y un momento sublime: el Miserere en San Pedro. La música es de una inspiracion inagotable, de un efecto sorprendente. Roma vió en el siglo XVI que el protestantismo la aventajaba en música, cuando tanto aventajaba ella al protestantismo en pintura, en escultura y en arquitectura. Naturalmente, buscó un músico para contrastar esta inferioridad, y le encontró sublime, encontró á Palestrina, ese Miguel Ángel del arte lírico. El Papa prohibió que su Miserere fuera copiado, para que sólo resonase en la iglesia cuyas bóvedas gigantes se hallan completamente en armonía con las sublimes notas. Un dia escuchaba fuera de sí el Miserere un niño sublime. Este niño, que debia ser el Rafael de la música, lo aprendió de memoria y lo divulgó por el mundo. Llamábase el niño Mozart. El genio germánico vino, como siempre, á robar sus secretos al genio latino en la guerra eterna de ambas razas. No hay pluma capaz de describir la solemnidad del Miserere. La noche avanza. La Basílica está á oscuras, sus altares desnudos. Por las ventanas de las bóvedas que frisan con el cielo penetra la incierta y pálida luz del crepúsculo, como si viniese á aumentar las sombras. La última vela del tenebrario se ha ocultado tras del altar. Os creeriais dentro de un túmulo inmenso, á traves de cuyas tablas entrára el resplandor lejano de lámparas funerarias. La música del Miserere no tiene instrumentacion. Es un coro sublime, combinado de una manera admirable. Ya se oye como el rumor lejano de una tempestad ó como la vibracion del viento sobre las ruinas y en los cipreses de las tumbas; ya como un lamento que se levantára del fondo de la tierra ó como un plañido que enviáran los ángeles del cielo, todo envuelto en sollozos, en una lluvia de lágrimas. Como las estatuas de blanco mármol son de tal manera gigantescas y brillan tanto, que las primeras sombras no pueden completamente ocultarlas, parecen evocaciones de otras edades, que, al levantarse de su sepulcro y desceñirse su negro sudario, entonan ese cántico de dolor y de horrible desesperacion. La Basílica toda se conmueve, vibra cual si los acentos de terror salieran de cada una de sus piedras. Esta lamentacion, larga, sublime; esta ola de hiel evaporada en los giros del aire, os hiere profundamente el corazon, porque es su tristeza infinita, es la voz de Roma quejándose á los cielos desde su lecho de cenizas, como si bajo sus cilicios se retorciera agonizante. Llorar así, lamentarse como los antiguos profetas bajo los sauces del Eufrates ó sobre las piedras esparcidas del templo; llorar en cadencias sublimes conviene á una ciudad como ésta, cuyo eterno dolor no ha ofendido todavía á su eterna hermosura. Así es la ciudad esclava. David sólo podria ser su poeta. Lo sublime es la nota de su cántico. Roma, Roma, eres grande, eres inmortal hasta en tu desesperacion y en tu abandono. Tendrás eternamente en el corazon humano un altar, aunque se pierda la fe, que ha sido tu prestigio, como se perdieron las conquistas, que habian sido tu fuerza. Nadie podrá robarte el dón de la inmortalidad, que te confiáran tus dioses, que te han sostenido tus pontífices, y que te confirmarán eternamente tus artistas.

Abril 12 de 1868.