¡Qué exceso de cultura en la vida y de originalidad primitiva en la naturaleza! Aquí están sobrepuestas cuatro ó cinco civilizaciones distintas; desde la pelágica hasta la cristiana; y el suelo volcánico en sus estremecimientos, en sus convulsiones, en sus vapores, parece pertenecer á los tiempos en que todavía era el planeta materia incandescente, henchida de intensísimo calor y de tonante electricidad. Yo me figuro estar en las cavernas donde las ideas arquetípicas, las ideas madres, como Goethe las llama, tejen los hilos de la vida, ó donde los gigantes fabulosos en yunques colosales forjan las inconmovibles bases graníticas de la tierra. Esto es eternamente pagano. El agua bendita, cayendo quince siglos sobre los campos, no los ha bautizado todavía. Los dioses no quieren irse. En vano la vieja sibila de Cúmas, con la vista gastada de mirar á lo porvenir, con la túnica rasgada por las tormentas, desde el elevado promontorio donde se consume, ha dicho á los chicuelos de Nápoles cuando la apedrean, y le preguntan:—¿qué quieres?—Quiero morir.—En vano las sirenas se han reunido en torno del Cabo Miseno para quejarse de la muerte del dios Pan. Aquí están todas las divinidades, lo mismo Céres coronada de espigas, y Baco ceñido de pámpanos, y Minerva con sus ramas de olivo, y Sileno apoyado en su cipres, que Neptuno arrancando con el agudo tridente el espumoso caballo á la tierra, y Vulcano enrojeciendo el hierro en el fondo caliginoso de sus fraguas eternas. No se han ido, no. Están ahí, en el suelo, en los córtes escultóricos de los cabos, en los intercolumnios de las colinas, en los relieves de las costas, en la luz vivísima que no consiente ningun misterio, que todo lo recama de áureas aristas, para celebrar las nupcias eternas del espíritu con la naturaleza, como en el antiguo paganismo.

Estas tierras tan bellas, tan graciosas, atraen eternamente á todas las razas; son las tierras de la comunicacion perpétua entre todos los hombres. Quédense para los agrestes montañeses conservar tras los desfiladeros de sus cordilleras, en el seno de las cavernas, velados de impenetrables bosques, sobre picachos sólo accesibles á las águilas, teniendo por defensa el risco, el pedrusco desprendido al menor esfuerzo de la altura al valle; quédense para ellos las guerras por la independencia, el culto fiero á las antiguas leyes y á los antiguos usos: que aquí, entre estas ondas sonoras, donde al reflejarse el sol finge de luz esplendorosa lagos y rios, cada una de cuyas gotas es una estrella; donde el fósforo, de matiz blanquecino como los rayos de la luna, deja en las tranquilas noches fajas lucientes, parecidas á las fajas de la vía láctea en el cielo; aquí donde las playas seducen como el seno de casta vírgen; donde cada árbol exhala nubes de aroma, y cada giro del aire repite suspiros de amor; sobre la hierba ó sobre las algas, entre las flores del campo y las conchas de la arena, á la sombra, ya del mirto, ya del olivo, ya de la vela crujiente, vendrán los dioses de todos los templos, los pilotos de todas las razas, los conquistadores de todos los pueblos á vivir, aunque sea un momento, ébrios de orgullo y de placer, en brazos de esta seductora y voluptuosa naturaleza.

Lo mismo sucede entre nosotros. El cántabro verá estrellarse cien veces en su escudo de cuero la invasion romana; el asthur, sin tener la cultura de Bruto ó de Caton, sin aspirar á que Plutarco cuente y Lucano cante sus hazañas, preferirá la muerte á la servidumbre; el navarro desde las altas montañas, conjurará todas las conquistas y hará morder el polvo en su constancia á los soldados de Carlo-Magno; el vasco guardará, á traves de tantas revoluciones y de tantos siglos, leyes y usos que tienen caractéres patriarcales, antigua lengua que tiene puro carácter primitivo, al paso que las playas del Mediodía, serenas y risueñas, accesibles á todos los pueblos, abordables á todas las naves; con sus ondas celestes y sus espumas argentinas y sus áureas arenas y sus colinas graciosas y sus olivos y sus mirtos y sus laureles; teñidas por aquella luz deslumbradora, cuyos reflejos dan á las cordilleras toques metálicos, y á los orientes y á los ocasos de su sol arreboles indescriptibles, y á las estrellas y á las estelas de sus noches seductor centelleo; de contínuo embalsamadas por los aromas de flores que embriagan, como otros tantos misteriosos pebeteros; verán venir á su seno gentes de todas las regiones, naves de todos los puertos, y tendrán que abrirse y entregarse de grado ó por fuerza, ya al hierro, ya al halago.

Así es que en la historia de la península ibérica, como en la historia de la península itálica, los pueblos del Norte fundarán la nacionalidad y la ilustrarán los pueblos del Mediodía. Las montañas del Norte serán las regiones históricas, las regiones, si es permitido hablar así, conservadoras; y las playas del Mediodía serán las regiones comunicativas, las regiones, si es permitido hablar así, humanitarias. Las unas darán al pueblo su carácter peculiar y propio, las otras comunicarán este pueblo autóctono con los demas pueblos de la tierra. El alobrogo se sostendrá en el Norte de Italia, fuerte y rudo, para realizar el sueño de quince siglos, la independencia y la unidad italiana, como el montañes de Covadonga, de San Juan de la Peña, del riscoso Sobrarbe descenderá al llano con el ímpetu de sus rios á formar la nacionalidad ibérica. Y así como por Rosas, por Sagunto, por Dénia, por Tarragona, por Calpe, por Algeciras, por Cádiz, vienen los griegos, los fenicios, los cartagineses, los romanos, los árabes, por las playas meridionales de Italia van casi todos los invasores, desde los que fundaron la Magna Grecia en el estrecho de Mesina y en el golfo de Tarento, hasta los que fundaron la monarquía española en las faldas del Etna y del Vesubio.

Así en Nápoles todo cuanto hay de vida moderna recuerda España, nuestra España, hasta el punto de creeros en Barcelona, en Valencia, en Madrid mismo, cuando veis las celosías y los balcones y las casas pintadas de mil matices y los monumentos al gusto de Alfonso V y de Cárlos III, en tanto que toda la vida antigua os recuerda más, mucho más que la Italia civilizada por el arma de Roma, la Italia civilizada por la palabra de Grecia. Parthenope es griega, completa, absolutamente griega. Allí jamas se romperá, jamas, la eterna armonía entre el alma del hombre y el Universo que la rodea, verdadero secreto de la excelencia de la vida helénica no repetida en la historia. Parece que nadais en el éter cantado por Eurípides y henchido con los coros de las musas y las melodías de Apolo; que las aguas han llevado sobre su luciente superficie las áureas naves, donde iban las procesiones ó teorías griegas celebradas en el Banquete de Platon; que las islas guardan en sus frentes de mármol, como la antigua Cytheres, el beso de la diosa recien nacida en las blandas espumas de las ondas; que aquellas costas dibujadas como á compas y aquellas montañas en proporciones armónicas con todo cuanto las rodea, tienen el ritmo y la geometría de Euclídes y de Pitágoras; que el Mediterráneo se tranquiliza, se adormece allí, no sólo para repetir los matices todos del luminoso cielo, sino para juguetear con las ninfas, con las sirenas, con las divinidades, cuyas sienes coronadas de algas, de perlas, de corales, se ven á cada instante en el culebreo de los rayos del sol por las jaspeadas arenas, dentro de las trasparentes orillas marinas; que el hombre se encuentra sobre aquella tierra, bajo aquel cielo, como el dios antiguo sobre el ara de su altar y bajo la techumbre de su templo; que la naturaleza es clara, trasparente, de relieve, como aquella antigua conciencia clásica, como aquella lengua helénica, la más distinta, la más precisa, la más armoniosa y rica de las lenguas humanas; que todo convida allí á entregarse á la vida universal, todo á los cantares en coros, á las danzas por muchedumbres, á las carreras délficas, á los juegos píthicos, á los ejercicios atléticos y gimnásticos, á la vida griega, serena como su arte, regida por la geometría y por la música, consagrada á hacer de cada cuerpo una perfecta escultura, de cada alma un cielo trasparente; vida en paz completa y eterna con la naturaleza, que se cincela, se pule, se esculpe, se pinta á sí misma, para someterse al espíritu y á la idea y á las fuerzas del hombre.

Yo no las he visto, pero he oido alabar y encarecer á cuantos las han visto, las bellezas del trópico. Yo tenía un amigo, viajero incansable, que á la contínua me hablaba de Cuba, de Haiti, del Brasil, y sobre todo de la isla de Java, de ese manojo de volcanes. Debe ser bello, terriblemente bello todo eso. Nuestros árboles parecerán femeniles ramilletes al lado de esos árboles gigantes que se hunden allá en la inmensidad de los cielos. Nuestros rios deben ser arroyos en comparacion de esos rios de la India y del Perú. Nuestra flora, raquítica, miserable, parangonada con la flora tropical, rebosante de savia y de aromas. Yo me he fingido mil veces en la mente, leyendo las relaciones de los grandes viajeros, esa isla de Java con sus fundamentos de granito, con sus montañas de basalto, con sus haces de volcanes; cubierto el suelo de madréporas y pólipos; cortado el paso por selvas, primitivas é inexplorables; desaguando de las raíces de sus montañas de fuego rios hirvientes en la inmensidad del Océano; los dias todos con tempestades, cuyos relámpagos son incendios, cuyos truenos desquiciamientos del cielo, cuyas lluvias electricidad; las noches iluminadas, no sólo por las estrellas y constelaciones, sino por las grandes aladas luciérnagas que en todas direcciones vuelan como nubes de animados aerolitos; los cocoteros saliendo de las aguas, á veces de las ondas, y elevándose á las alturas cargados de frutos, junto á las palmas resonantes; los bambúes al pié de los plátanos, árboles gigantescos, por cuyos troncos fluye el ámbar líquido; las hojas y las ramas de la vegetacion lujuriosísima entrelazándose hasta formar tinieblas perpétuas por donde vagan tigres negros de ojos verdes y murciélagos monstruosos con alas inmensas; el campo cubierto de plantaciones de tabacos, de té, de café, de especias, que con sus jugos, con sus esencias, con su humo nos embriagan; el aire embalsamado de aromas que perturban; la tierra entera, produciendo y devorando seres en contínua y desordenada exaltacion, como si aquella extraña naturaleza fuese la demencia, el delirio, el frenesí de la vida.

Bella debe ser, bellísima; pero con toda su hermosura vence y anonada al hombre. Qué diferencia de los mares serenos, cuyas olas parece que esculpen las islas; de las costas armoniosísimas que se abren sin recelo á los vientos y á las aguas; de los olmos, graciosas columnas, entre las cuales se mantienen las parras con sus flexibles sarmientos y sus recortados pámpanos; de la flora artística de las orillas del Mediterráneo, flora llena de bálsamos, el jazmin entrelazado con la pasionaria, la verbena al pié del mirto, en el hondo valle el olivo, el granado, la higuera, el limonero, la viña; al borde del torrente la adelfa; en la montaña la salvia, el tomillo, el romero, la manzanilla, el árnica, todas llenas de remedios y de consuelos; sobre las flores las mariposas en su inocente jugueteo, la abeja en su trabajo, y por los aires dulces, suaves, templados al sol en los inviernos, templados á las brisas en los veranos, el coro eterno de nuestras pintadas, nerviosas é inocentes avecillas. El género humano amará eternamente esta naturaleza graciosa, bellísima, que le sostiene con su calor suave, que le alimenta con sus sabrosos frutos, que le regala con sus aromas, que le refresca con sus brisas, que le bruñe y le sana con su sol, que le recrea con los cambiantes de sus mares, y el tono rosado de sus altas montañas, y los cuadros de sus horizontes, y la arquitectura de sus cordilleras; naturaleza en la cual vive como el fauno en su gruta de hiedra y se baña como el silencio en la linfa de sus fuentes.

Nosotros nos sentimos todos parte integrante del universo. Conocemos el estrecho parentesco que existe entre la naturaleza y el alma. Los minerales nos dan la base de nuestro esqueleto. El hierro penetra en las venas, colora y enciende la sangre. Con sólo mirar el cuerpo humano se ven sus relaciones y sus armonías con las plantas. La relacion es mayor en las esferas superiores de la vida. Todas las especies animadas tienen afinidades físicas, químicas, fisiológicas con este cuerpo humano, que las resume, las corona y las completa. Por todas partes nos sentimos unidos con el universo, y en relacion, así con la estrella lejana, perdida en los abismos del cielo, como con la humilde florecilla hollada por nuestros piés. Somos unos con todos los seres. ¿Y no reconocerémos el estrecho lazo que nos liga á nuestra propia especie? ¿Será más fácil y más grato sentirse unos con el mineral, con el vegetal, con los animales inferiores que con el resto de los humanos, en cuyas frentes centellea el espíritu? Y si nos reconocemos unidos á los demas hombres por identidad fundamental de la naturaleza, ¿cómo explicarémos, cómo, la guerra y la esclavitud? ¿Cómo la sed de corromper, de esclavizar, de combatir, de exterminar, que aqueja á tantos seres humanos, en detrimento, en ódio á aquellos que son de todo en todo sus iguales? Y en esta sonriente tierra de Nápoles nos recuerda la historia el orgullo de unos, la tiranía engendrada por este orgullo; y de otros la esclavitud, la degradacion, la miseria moral y material. Pues qué, ¿no veo á mi espalda el golfo de Bayas, donde Neron en su crueldad asesinó á su madre, donde Calígula en su demencia llamó á la luna á compartir su lecho, y veo á mi frente el cono del Vesubio, donde Espartaco citó á los gladiadores para que, en vez de volver las espadas contra sus propios corazones, las esgrimieran en el corazon de sus tiranos?

Pero entreguémonos á la contemplacion de este bellísimo cuadro, de la campiña, de la ciudad. Parece que lo estoy viendo ahora mismo. Son los últimos dias del mes de Abril. Las hojas verdes y tiernas cubren las ramas. Los cielos sonrien y sonrien los mares. En el Este, dibujando sus crestas coronadas de nieve en claro cielo esmaltado de azul, los montes Apeninos, que á los toques del éter se pierden, se desvanecen; adelantándose hácia las playas, al Nordeste, la pirámide truncada que forma el Vesubio, y en cuyas laderas compuestas de lavas, de riscos casi metálicos, de oscuras cristalizaciones, la luz se rompe en matices violáceos, celestes, lilas, que son verdaderamente mágicos; desde el Vesubio al cabo Campanella, sobre colinas bellísimas, al borde del mar, entre bosques de olivos y limoneros, de robles y de higueras, de laureles y mirtos, Castellamare, Sorrento, blancas como palomas; hácia la curva central de este grande anfiteatro, primero las ruinas solitarias de Pompeya, los barrios luégo henchidos de vivientes, como Portici, como Torre del Greco, rodeados todos de maravillosas quintas y de floridos jardines por leguas de leguas; más hácia el Oeste Nápoles, entre aquellos muelles del comercio, donde las naves se agrupan á centenares, las barcas á miles, y este otro muelle de la contemplacion, del arte, llamado Chiaja, y lleno de alamedas, de estatuas maravillosas, de templos marmóreos, bordado de larga fila de palacios grandemente pintorescos por sus azoteas y sus balcones; tras todos estos palacios, quintas, villas, ciudades, un collar de pequeños conos volcánicos, que forman como graciosas ondulaciones, como series de colinas sobre cuya cúspide brillan iglesias, monasterios, castillos, monumentos de diversas clases, y á cuyos piés se extienden florestas contínuas en armoniosa gradería; hácia el Oeste la gruta de Pausilipo remata por la tumba de Virgilio, genio que reposa en aquella region como en su nido; más al Oeste aún el cabo Miseno, cantado por los poetas, eternamente querido de los artistas; todo el conjunto inundado de aquellos arreboles que dan aspecto fantástico, así á las nieves de los Apeninos como á las humaredas del Vesubio, y entonando por aquel mar de un celeste casi indescriptible, segun lo claro y lo bello, en el cual se bañan las islas de córtes verdaderamente arquitectónicos, y que parecen alzarse allí como sirenas para velar, para arrullar, para hermosear á la diosa de las sirenas, á la divina Parthenope.

FIN.