PARTHENOPE.


Una ciudad meridional no puede tener para nosotros, españoles, y españoles del Mediodía, la novedad que tiene para franceses, para alemanes, sobre todo para franceses y alemanes del Norte. Nosotros poseemos ciudades que en claridad de cielo, en abundancia de luz, en hermosura de contornos y campiñas, en ingenio de sus ciudadanos, en belleza de sus mujeres, en arte de sus monumentos y en aires aromatizados y bien olientes, compiten con las más hermosas y más ricas ciudades italianas. ¿Quién puede olvidar aquella Valencia, ceñida de torres árabes y góticas; muellemente reclinada á orillas del claro rio que por todos sus alrededores derrama abundancia; circuida de la huerta feracísima que entrelaza con las ramas de sus brillantes moreras las ramas de sus oscuros granados, y que al pié de la gallarda palma, dulcemente mecida por las brisas marinas, ostenta inacabables naranjales, deleitando la vista con los matices de su dorado fruto y el olfato con los aromas de su blanca flora? ¿Quién dejará de admirar la oriental Córdoba, con su aljama, única en Europa, donde se oyen los ecos de la poesía árabe, al pié de aquella Sierra Morena, esmaltada por selvas de rosales? No hay en la tierra otra Sevilla, cuando la primavera acaricia, su abundante suelo. Es de ver la ciudad en Abril, levantando sobre inmenso océano de claro verdor sus agujas, sus botareles, sus ajimeces, sus ojivas, sus cresterías, bajo el cielo resplandeciente de luz, y entre los giros del aire cargado con los ecos de las orientales canciones y las esencias del embriagador azahar. No se cansa la vista de mirar y admirar á Cádiz; sus blancos edificios, esmaltados por verdes balcones y ventanas-perlas y cristalinos cierros, donde flotan cortinas de todos colores; rematados por azoteas llenas de caprichosas torres y de floridas macetas; erigidos entre escollos donde las olas se quiebran en cataratas de espuma; rodeados por bandadas de naves, que ya dejan en los claros aires nubes de vapor, ya se gallardean con sus henchidas velas y sus pintorescas banderolas; asentados dentro de aquella sólida y oscurísima muralla, en torno de la cual aparece á un lado la bahía con sus blancas poblaciones, sus caños, cortados por pirámides de sal resplandecientes á la esplendentísima luz, sus lejanas cordilleras envueltas en vapores, ya violados, ya rosáceos, segun las horas del dia y los arreboles del ambiente, miéntras del otro lado el mar azul se dilata, retratando en sus claras aguas todos los matices del cielo y componiendo con sus vientos, su oleaje, sus brisas, sus corrientes, sus tempestades y sus tormentas, contínuo himno á lo infinito.

Yo de mí sé decir que en medio de las ciudades más rientes de Italia he recordado siempre nuestra sin par Granada: la sierra con su cima de cristal; los apagados volcanes con sus pirámides de frias lavas; la ancha vega, toda cubierta de copudos árboles, alfombrada de verde grama, y limitada allá léjos por las celestes montañas de Loja; el blanco Albaicin en lo profundo, rodeado de áloes y de nopales, como si aguardára todavía á los hijos del Asia y del África, y todavía repitiera la cancion melancólica inspirada por los desiertos; el monte sacro rematado de pinos; la confluencia del Darro y del Genil, que vienen lamiendo los cármenes entre selvas de almendros, de avellanos y de gigantescos cáctus; en el centro la Alhambra, con sus torres doradas por la luz y por los siglos; sobre aquel cerrillo poblado de bosques y de jardines, á cuyos piés duerme Granada, y en cuya cima se dibujan con toda la poesía del Oriente los minaretes y los ajimeces y las bermejas torres, el Generalife, escondido en grutas de sonantes cascadas, de olientes jazmines, de melancólicos cipreses, de graciosas florestas, cuyos susurros, cuyos aromas, convidan de consuno á la vida árabe, toda consagrada, despues de las zambras y las guerras, al sueño, á la poesía y al amor.

Nosotros tenemos adelfas para coronar á los poetas; bosques de mirtos dignos de ser habitados por los antiguos dioses; palmerales bajo cuyas anchas palmas parece vagar el genio del Asia; costas de áureas arenas y de celestes aguas; promontorios y cabos que el sol poniente dora con esmaltes dignos de las riberas de Grecia; el aroma del azahar y del jazmin en los aires, higos tan dulces como los higos de Aténas, en nuestras higueras; pasas tan azucaradas como las pasas de Corinto, en nuestras cepas; dias calurosos henchidos por el canto unísono del coro de cigarras que ensalzaron los antiguos poetas; noches tranquilas y luminosas como las noches de Oriente; serenatas en cuyas largas y tristes cadencias se oye resonar aún el acento inmortal de las canciones árabes con todo su intenso amor y toda su profunda melancolía.

Á pesar de esto, áun extraña, aún maravilla la campiña de Nápoles. Conoceréis algo más agreste, más abrupto, más sublime en la tierra; no conoceréis nada tan clásico, tan digno de la égloga antigua, tan propio para que el ánimo repose y la naturaleza tome los tintes y las inspiraciones de nuestra alma. Así como la escultura es el arte pagano por excelencia, el arte que armoniza la idea y la forma en suave reposo, la Campania es la tierra de las églogas, la tierra de las geórgicas, la tierra por excelencia pastoril, donde los montes repiten el eco inmortal de las dulcísimas zampoñas de Virgilio, y los animales y las plantas se trasforman á los ojos del pensamiento con las metamórfosis cantadas por Ovidio.

Dios mio, ¡qué riqueza de colores, de matices, de tonos! ¡Qué gradaciones desde el azul claro de la bahía hasta el violeta y amatista oscuro del Vesubio! Como la cordillera del Oriente, tachonada á intervalos de ventisqueros, que relucen cual diamantes entre turquesas y esmeraldas, contrasta con el matiz rosa claro, tomado al anochecer por los montes del Ocaso, por el cabo Miseno y por los contornos de la isla de Nisida, semejantes á promontorios de bruñidos jaspes. Mirad ese horizonte puro, purísimo, por el cual se desvanecen las columnas de blanco humo que despide el volcan; ese mar tan sensible á los cambios del horizonte, que puede llamarse su repeticion ó su espejo, ese suelo, que, donde lo permite la vegetacion, lujuriosa, viciosísima, enseña las lavas negras y lucientes como el azabache. Yo en ninguna parte he visto la luz quebrarse en refracciones tan várias ni dar á los contrastes apariencias de oposicion tan brusca. Por lo que respecta á la luz, diríase á esta tierra gigantesco prisma de múltiples colores. Por lo que respecta al contraste, enseñadme en ningun otro punto montañas más abruptas descendiendo en playas más suaves, bosques más agrestes junto á jardines más cultivados, ciudades más pobladas y ruinas más solitarias, suelo más amenazado de muerte por las bocas volcánicas, por las solfataras ardientes, por los terremotos repentinos, por las erupciones violentas, ni vida más múltiple, más alegre, que se espacie así en el cántico, en la danza, en los juegos, en los placeres; refinamientos de civilizacion mezclados á delicias del campo; recuerdos antiguos vagando sobre el indolente olvido moderno; la columna de fuego que el volcan agita como gigantesca antorcha frente á los picachos rematados de diamantinas nieves.

Aquí veo las hayas y los robledales virgilianos; las cabras, irguiéndose á clavar el agudo diente en los arbustos; las ovejas con el vellon cargado de lana y las ubres cargadas de leche, rodeadas, seguidas de tiernos y baladores recentales; por las laderas, las zarzas, con cuyas moras se teñian las cejas y las mejillas los rabadanes para entonar sus bucólicos versos; en la orilla del torrente, las cañas con que formára el dios Pan sus canoros caramillos; de erguido olmo en erguido olmo, los festones de las parras, entre cuyo follaje se posa la paloma y arrulla la tórtola; en el fondo, los floridos cantuesos; en las colinas, el tomillo y el espliego; á la entrada de la caverna, por el tronco de la encina que sobre ella se avanza, el panal destilando miel y rodeado de zumbadoras abejas, cuyo aguijon trae los jugos de las flores; dentro de la caverna, el sileno, ébrio de vida y de vino, con su guirnalda en las sienes y su ánfora en las manos; por las corrientes de los arroyos, la blanca náyade que teje coronas; por las majadas y los oteros, el pastorcillo, juntando la amapola con el narciso y la blanca azucena con la madreselva, para ofrecérselas á su amada; en el ancho mar, rizado por los soplos de la brisa y herido por los cambiantes de la luz, la sirena antigua que palpita de amor en las ondas y canta eternamente con seductora cadencia la inmortal epopeya de la naturaleza.

Junto á tales églogas, ¡qué terribles tragedias ofrece esta atormentada tierra! Hicieron los antiguos bien llamándola sirena que atrae, sirena que mata. Con frecuencia erupciones terribles destruyen, abrasan, entierran aldeas y ciudades enteras. El terremoto sacude con estremecimientos espantosos toda aquella region. Los edificios se balancean como las naves al oleaje del vendaval, y vienen columnas, trombas de acres vapores, lluvias, diluvios de cenizas, granizadas de brasas, tempestades de lavas. El mar hierve, el cielo reverbera fuego siniestro, como si las benéficas pluviosas nubes hubiéranse tornado ardientes hornos. Respira el volcan como ciclópea titánica fragua, ó relampaguean, truenan sus erupciones como legion de tempestades. Por doquier bancos de lavas candentes, océanos de negras cenizas, torbellinos y espirales de piedras, rocas fundidas, mugidos espantables de la montaña, estremecimientos dolorosísimos del valle, vapores sulfurosos, exhalaciones de ácido carbónico, nubes grises ruidosísimas atravesadas por reflejos siniestros y henchidas de menudos enrojecidos aerolitos, franjas de escorias por el suelo y manantiales de aguas hirvientes, el infierno confundido con el paraíso en la tierra, como la pena con la alegría en el alma, como el error con la verdad en la mente, copia fiel de las tragedias de nuestra existencia y los contrastes de nuestro sér. La encendida montaña es un gigante laboratorio de donde sale con igual fuerza la muerte y la vida, como la naturaleza es un conjunto de fuerzas que componen, descomponen y recomponen. De sus estremecimientos, de sus convulsiones puede quejarse el antiguo habitante de Pompeya y Estabia, incrustado en las frias seculares lavas; el moderno campesino de Resina y de Torre de Greco, que en trágica noche ve desaparecer bajo bituminosas encendidas materias sus viñas henchidas del dulce lácrima, tan celebrado en el mundo; pero el químico, el físico, encuentran en sus fecundas exhalaciones, sodas, potasio y diversas sales marinas, testimonio de su comunicacion con el Mediterráneo; depósitos de cloruro de hierro con todos los colores de las piedras preciosas y de las flores silvestres; manantiales de ácido clorhídrico y ácido sulfúrico; sustancias amoniacas y agujas de azufre tendidas en largos manojos sobre las oscuras escorias; depósitos de aguas termales que curan muchas de las enfermedades, y exhalacion contínua del gas ázoe y del carbónico, tan funestos para la vida y tan preciosos para la ciencia.

Imposible formarse una idea, sin haberlo visto, del contraste profundísimo entre la serenidad riente del campo y el siniestro aspecto del volcan. Cuando los sentidos yerran por aquellas florestas y aquellas playas; cuando pasan de la colina al valle, del valle al bosque, de los bosques donde se entrelazan el olivo con el limonero al mar celeste, donde se rizan tantas velas latinas que parecen bandadas de blancas aves, creen ver y oir en la realidad los pastores de Virgilio, los marineros de Teócrito, cantando los unos entre redes y vergas, y los otros entre apriscos y praderas, dobles versos que han de repetir las auras y las brisas; pero si luégo se convierten al volcan y le ven relampaguear, llover fuego, y le oyen mugir, tronar, creen que sus cimas dibujan entre nubes de humo las legiones que ya pisaron aquellas altas cimas, las legiones del eterno víctima, del eterno paria, de Espartaco, el tracio defensor de los esclavos, cuya sombra ensangrentada y trágica vaga sobre todas estas églogas como la infame esclavitud sobre todas las bellezas y todas las armonías del antiguo mundo.