Los domingos son dias de verdadero vértigo. Parece que se han vuelto los habitantes de la ciudad, todos sin excepcion alguna, dementes. Yo no he visto andar en ninguna parte tan de prisa. Yo no he oido un campaneo tan ruidoso. Yo no pienso volver á encontrarme en medio de un aquelarre tan continuado. Proporcionalmente, ninguna ciudad de Europa, ninguna, tiene el número de carruajes que Nápoles. Suelen dar las carretelas de lujo una vuelta al pié de las hermosas colinas de las afueras y entrar por el Pausilipo á Chiaja. Imposible concebir mayor riqueza ni mayor número de elegantísimos trenes. Á los muchos de la aristocracia napolitana se unen los muchos que gastan los viajeros riquísimos, habituados á visitar la ciudad y á permanecer en ella durante la primavera y el invierno. Pero el carruaje que tiene que ver y áun que oir es el carruaje del pueblo en domingo. Es la antigua calesa madrileña, todavía más ligera. Los caballos, bastante flacos de suyo, van enjaezados vistosamente. Cintas, lazos, flores, bandera tricolor, campanillas resonantes, cascabeles innumerables, arreos bordados de lanas ó sedas vistosísimas, hasta grandes pañuelos de gasa los envuelven. El cochero no es nunca uno solo. Van dos ó tres haciendo gestos, dando saltos como acróbatas por el circo. En el carruaje, en el pescante, en la trasera, caballeros sobre el jaco matalon, colgados del estribo, tendidos por el respaldo, en equilibrios inverosímiles, en posiciones atrevidas y peligrosas van más de veinte hacinados, y todos gritan, y todos se mueven cual si todos bailáran. Despues de haber visto pasar seguidos unos cuantos, repletos, henchidos, acompañados de aquel ruido infernal, teneis vértigos, de atronados los oidos, de mareada la cabeza, como si hubierais rodado, á manera de peonza, en vals infernal.

Guardaos bien de caer por gusto en aquellos carruajes. Aunque los hayais alquilado para vosotros solos, los que van de un punto á otro con alguna prisa, los cansados y fatigados, los que quieren correr en piés ajenos, como si la calesa fuera propiedad comun, la asaltarán, la poseerán como en pleno derecho, os acompañarán, pasando y repasando en ejercicios gimnásticos á vuestro lado, sin haceros ningun daño ni inferiros ningun agravio, ántes diciéndoos mil gentilezas, resueltos á ser vuestros compañeros, como si toda la vida os hubieran conocido. La subida al Vesubio es temible por estas gentes. Si no llevais guía, contad con sus dicterios, con sus emboscadas, con sus silbidos é injurias, imposibilitados de hallar quien os señale una senda, quien os saque de un mal paso. Siempre me acordaré del pobre inglés sin guía que encontré cerca del cráter. Parecia un Ecce-Homo. Pero si usais guías, ya podréis creeros un maniquí verdadero. Os entregan un jaco que no podeis ni arrear ni parar á vuestro arbitrio. Llegados á cierto sitio, cuatro ó cinco se apoderan de cada uno de vosotros. Éste os echa una cuerda á la cintura, el otro os coge el brazo derecho, el de más allá el izquierdo; empléanse en fingir que quitan piedras del camino, en tirar de vuestro cuerpo como de un fardo, en desriñonaros con apariencia de sosteneros, hasta que llegados á la cima, despues de haberos consentido escaso reposo, pintándoos los riesgos de morir como Plinio, os arrojan en carrera vertiginosa desde el cráter, por una ladera toda cubierta de cenizas, como alma que se lleva el demonio á los profundísimos infiernos.

Y cuenta que, despues de haberse establecido el régimen constitucional, despues de haber penetrado las ideas y con las ideas las costumbres modernas, han desaparecido aquellos tradicionales lazzaronis que vivian casi desnudos sobre la arena, al sol, sustentándose de la corta pesca y de la larga limosna. La idea de que el pueblo no sea trabajador en Nápoles paréceme una idea falsísima. Gritan, cantan, gesticulan, vociferan, disputan, pero trabajan y trabajan con afan. Lo que hay, en medio de tanta luz, al influjo de aquella hechicera naturaleza, educados por la hermosura de los varios paisajes, sostenidos por la atencion de sus conciudadanos, como hijos naturales de la griega Parthenope, muchos poetas sin cultura que improvisan versos espontáneos cual la flora de los bosques y las selvas, muchos oradores que hablan con inimitable elocuencia del sentimiento y de la pasion. Las fuerzas no se agotan en esta eterna primavera. La sensibilidad no se gasta jamas en esta vida de emociones. Son sobrios como los antiguos griegos. Un puñado de higos, unas rebanadas de melon, pepinos, tomates y pimientos crudos, mariscos salados, forman la base de su alimento. Ignoro si serán ciertas las observaciones de un escritor inglés, el cual se queja mucho de que la patata ha disminuido la inteligencia de los pueblos meridionales haciéndolos linfáticos. Yo recuerdo en mi familia una vieja criada que murió hace tiempo en nuestro hogar, á los noventa años, y que no quiso nunca comer patatas. Nuestro inglés le hubiera dado un premio, pues dice que esa fécula no es como los guisantes, como las habas, alimentos cargados de fósforo y aptos por ende al desarrollo de la vida cerebral, y que debe ser restaurado como en tiempo de Pitágoras, el cual encarecia las habas y las recomendaba como alimento casi religioso. Yo puedo decir que el pueblo de Nápoles tiene una gran sobriedad, y no es dado en ninguna manera ni al vino ni á los licores. Si un dia faltára la nieve ó el agua fresca, habria en Nápoles una verdadera revolucion. Parécense en esto á sus padres los antiguos griegos. Una de las más hermosas odas pindáricas tiene bellísima y lírica introduccion consagrada al agua.

Otra de las analogías que tiene el napolitano con el griego es la vida al aire libre. La perla no está unida á su concha, el espíritu á su organismo, la idea artística á su forma, como el napolitano á su ciudad. Apénas emigra. Necesita, para vivir, de aquella bahía, de aquellos muelles, de la sonrisa de aquel cielo, de la música de aquellos mares, hasta de las amenazas del Vesubio. El dia que volviese el volcan á encontrarse como se encontraba en tiempos de la República romana, extinto, creeria Nápoles que le faltaba algo para la vida, el sordo mugir en los oidos, la contínua erupcion en los ojos, la nube blanquecina de humo en los cielos, el reflejo de la gigantesca antorcha en las tranquilas aguas. Así la naturaleza y el hombre se abrazan y en sus abrazos se confunden. Mucha miseria hay en Nápoles y muchos pobres. Pero no causa la miseria en Nápoles el pesar que causa la miseria en Lóndres. Un pobre de Lóndres lleva raidas, remendadas, mugrientas las vestiduras desechadas por las altas clases; un pobre de Nápoles, si apénas lleva vestido, tampoco lo necesita, abrigado por aquel aire tibio, bruñido por aquel sol vivificador. Un pobre de Lóndres necesita bebidas espirituosas, carne abundante, carbon para calentar su vivienda. Un pobre de Nápoles vive de los frutos que da el campo, de los peces que guarda el mar, vida fácil y sóbria. Al uno le están cerrados todos los grandiosos espectáculos de la ciudad, el club aristocrático, el teatro, los saraos de la nobleza, las expansiones contínuas donde se entra por altas cantidades, miéntras que al otro nadie puede quitarle la fiesta por excelencia de su tierra, la vista de los Apeninos, la erupcion contínua del Vesubio, el collar de colinas volcánicas que rodea como un aderezo de diamantes negros su ciudad, la florida y espesísima vegetacion, el mar celeste, el cielo cargado con su rocío de estrellas, la música de la onda en la playa, las islas que sacan su cabeza entre los esmaltes y los celajes del divino Mediterráneo.

Otra cosa he notado en Lóndres y en Nápoles. No hay pueblo donde la libertad haya echado tantas raíces como en el pueblo inglés, y no hay pueblo donde las clases sociales sean tan diversas y estén por tan profundos abismos separadas. Cuando veis uno de aquellos conductores de ómnibus, asentado con tanta solemnidad sobre su pescante, os parece ver en la majestad del continente, en la gravedad del aire, el primero de los lores sobre su saco de lana, presidiendo aquella cámara alta, que sólo ha tenido su igual ó su semejante en el antiguo Senado Romano. Y sin embargo, si la fisiología, si la naturaleza no señalan diferencias entre los aristócratas y los plebeyos, ¡cuántas, cuán grandes señalan las leyes! En cambio el plebeyo napolitano es plebeyo en toda la extension de la palabra; plebeyo por su orígen, plebeyo por su naturaleza, plebeyo por sus costumbres; y sin embargo, impone su voluntad, su opinion á los aristócratas, con los cuales se confunde por una mezcla felicísima de ligereza, de gracia y de dignidad personal, nacida del sentimiento íntimo de que en aquella naturaleza un hombre, por poco que trabaje, se basta siempre á sí mismo.

¿Conocéis algun pueblo moderno que haya sostenido por sí solo un teatro? Aquella intuicion estética de los pueblos en el siglo décimoquinto y décimosexto que creaba por sí misma un teatro y le infundia sus ideas, sus sentimientos, no existe ya en Europa. El teatro español nació, como el teatro griego, en una carreta, que iba de feria en feria, de fiesta en fiesta, seguida del pueblo; carreta sagrada como la de Théspis, sobre la cual flotaba el númen del pueblo. Poco á poco, desde que murió Lope, desde que se apagaron las centellas sobrenaturales del genio de Calderon y del genio de Shakspeare, el teatro dejó de ser el Auto religioso, dejó de ser el drama popular, para pasar á ser engendro de leyes académicas, sabroso pasto de aristocracias literarias. Hasta la guerra de los clásicos y de los románticos, en que éstos fingian representar el espíritu del pueblo, aquel espíritu que engendró los poemas homéricos y el romancero, no conmovió al pueblo, no llegó jamas á pasar de los folletines, de las revistas, de los bastidores y de las butacas. Pero Nápoles tiene su teatro, su teatro donde se ha ejercido en todo tiempo, hasta en los tiempos más nefastos, acre censura sobre las costumbres, y á veces sobre la política.

Es verdad que este teatro no puede tener carácter alguno literario, como escrito y representado en el dialecto local. Dialectos han sido las lenguas neo-latinas, dialectos del latin. Pero un trabajo de seis siglos llevado á término por genios de primer órden, sin darles la perfeccion absoluta del latin, les ha dado gran sabor literario, les ha convertido en lenguas clásicas. Este pobre dialecto napolitano ¡ah! jamas podrá aspirar á tanto. El protagonista de su teatro será siempre el pobre polichinela, primo hermano del Pasquino de Roma. Pero en su modestia, en su humildad indicará que hay amor á la literatura, amor á la vida y á la accion dramática en el pueblo que lo sostiene, y que gusta de sus salpimentadas alusiones, algunas veces verdaderamente aristofanescas. Cuando yo asistí á sus representaciones criticaban amargamente esos patriotas, que toman á Roma en el café, de silla á silla, entre sorbo y sorbo de granita, pero nada hacen por Roma y por Italia, ni en los comicios electorales ni en los campos de batalla. Aparte la política, sólo sostenida por alusiones, el drama versaba sobre costumbres populares y relacion de estas costumbres con la pasion de las pasiones, con el amor. De todos modos, era de ver cómo aquel pueblo seguia anheloso, extático, su propia imágen reflejada en la escena.

Tanto allí como en el gran teatro de San Cárlos, uno de los mayores y más hermosos del mundo, noté la parte que toma aquel público en los espectáculos. Su temperamento nervioso estalla á cada instante en manifestaciones tumultuosas, así de censura como de aplauso. El público es allí un actor, un verdadero actor. Su voz, y si no su voz su acento, su murmullo, acompaña á los actores como las olas del Pireo acompañaban al coro de la tragedia griega. Al mismo á quien ha aplaudido arriba con delirio, lo silba dos notas ó dos versos más abajo, sin piedad, con verdadero encarnecimiento. Una actriz sentiríase allí desairada si no atruenan sus oidos tempestades de aplausos, si no amenazan aplastarla lluvias de flores. Durante la representacion entera, la curiosidad del pueblo está viva y atenta. Con su indiferencia no conteis, no. Es un pueblo que ama ó aborrece. El crepúsculo de la crítica daña á su franca naturaleza de artista. Por eso ha sentido tanto. Y como ha sentido tanto, por eso ha cantado á su vez tanto y tan bien. Creedlo, cuando alguna vez os lleguen hasta el corazon tal romanza de Bellini, tal preludio de Cimarosa, tal aire de Passiello, hay en esas cadencias algun eco de la cancion griega, que el marinero entona en la isla de Capri, en el promontorio de Sorrento, al pié del Vesubio; como en las serenatas de Schubert y de Mozart hay algo de la cancion andaluza, y en la cancion andaluza algo del acento de la sublime cantata árabe, acompañada por el viento del desierto.

Y sin embargo, en mis observaciones de la ciudad que los griegos llamaron sirena, algo hay que me disgusta: el exceso de alegría ruidosa en su conversacion, el exceso de movimiento en sus gestos, el exceso de vértigo en sus bailes, el exceso de acompañamiento de los más discordes instrumentos en sus canciones y en sus tarantelas. Y muchas veces fatigado me subia á la cartuja á ver el cielo y el Mediterráneo, y á pensar en cómo se pierden y se desvanecen necesariamente las variedades de pueblos y de razas en la inmensidad de lo infinito.