—Las nueve y media.

—¿Para dónde sale?

—Para el Mediodía.

—No estoy apercibido ni preparado; pero no importa.

Llamé á mis compañeros de viaje, un propietario mejicano y dos jóvenes españoles que estudiaban en el colegio de Bolonia, y que recorrian durante las vacaciones de Pascuas Italia, encarguéles mi equipaje, partíme en uno de aquellos cochecillos que no corren, sino vuelan, á la estacion; tomé un billete, y me empaqueté en mi wagon con la guía del viajero en una mano y el periódico de Roma en la otra.

Al partir el tren bordeamos la Vía Apia y descubrimos el sepulcro de Cecilia Metella. Estos grandes monumentos me inspiraron tristes reflexiones. Un desterrado, un condenado á muerte por el crímen de profesar ciertas ideas políticas, ¿no es una ruina más entre tantas ruinas, no es una sombra más entre tantas sombras, no es un muerto más entre tantos muertos? Ninguna inquietud debia engendrar en este poder inmenso, cuyo nombre invocan millones de seres todos los dias al pié de los altares en toda la redondez del planeta. Me arrojan, no sólo de mi patria, sino de aquella ciudad que parece tener el eterno derecho de asilo. Á un cadáver no se le niegan en el mundo, no, cuatro pasos de tierra, y se le niegan á un vivo. Para distraerme de estas melancólicas reflexiones convertí los ojos al periódico, y encontré la siguiente noticia: «El Papa ha ofrecido Roma al Rey de Hannover, destronado y proscripto, porque Roma es un asilo, un refugio eterno para todos los desgraciados.» Una sardónica sonrisa corrió por mis labios, y mi saliva tomó toda la amargura de la hiel. Con estos tristes pensamientos dejé la ciudad de las eternas tristezas.

¡Qué contraste entre la campiña de Nápoles y la campiña de Roma! Ésta es la unidad y aquélla la variedad; ésta lo sublime y aquélla lo bello; ésta la majestad y aquélla la gracia; en Roma se oye el cántico unísono de un lamento parecido al uniforme salmo de los profetas bíblicos, y en Nápoles el coro de las antiguas divinidades griegas. Pero si el contraste entre campiña y campiña es grande, es mayor aún el contraste entre ciudad y ciudad. Digan lo que quieran todos los enemigos jurados de la Roma pontificia, parecióme, en comparacion de Nápoles, una ciudad austera, austerísima. Por lo ménos reinan en Roma la tristeza y el silencio. Sus habitantes visten colores oscuros. Sus rostros tienen cierta solemne tristeza, como cuadra á una raza reina y destronada. Los innumerables conventos, la muchedumbre de frailes, las capillas que por todas partes se levantan, las imágenes que ornan las esquinas, denotan que el pueblo romano es un pueblo sometido á la teocracia; miéntras que los gritos de las calles de Nápoles, las vociferaciones contínuas, la infinidad de corrillos, la alegría universal, los bailes en un lado, los conciertos al aire libre en otro, la inmensa concurrencia á los aguaduchos y á los cafés, denotan que estais en ciudad civil, donde la vida es como contínua fiesta. Ya no hay la multitud de estampas religiosas que en otro tiempo. Á la imágen del Señor han sustituido la imágen de Garibaldi. Adorar es la necesidad de Nápoles, adorar fervientemente, y sea cualquiera el objeto de sus adoraciones; adorar á gritos, á manotadas, en medio de la algazara y del estrépito, con la exaltacion propia de los temperamentos nerviosos, y con el fanatismo que acompaña á las pasiones meridionales encendidas por el calor intensísimo del clima. Hay algo del Vesubio, algo de sus ardores, algo de sus erupciones, algo tambien de sus veleidades en la movible y ardiente naturaleza de los napolitanos, de estos griegos degenerados, que viven con la sonrisa en los labios, al borde siempre de la muerte; amenazados por el volcan de rigores iguales á los rigores que enterraron á Herculano y Pompeya.

Muchas veces, cuando yo discurria por las calles de las grandes poblaciones del Norte y observaba su recogimiento y su silencio, pensaba lo que sería una poblacion como Lóndres, como París, situada en las regiones meridionales de Europa. ¡Qué mar embravecido, tanta gente bajo nuestro cielo! ¡Qué rumor se levantaria de las calles! Una ciudad del Mediodía es una selva del trópico. En su seno late vida tal y tanta, que en vano buscariais entre las brumas de Lóndres y de París. Yo nunca he oido desde las alturas de Montmartre ó del cementerio de Lachaise, al anochecer, los rumores que he oido desde las alturas del Retiro á la misma hora. Cualquiera diria que Madrid es una ciudad mayor que París. Pues en comparacion de Valencia, en comparacion de Sevilla, Madrid es una ciudad silenciosa. ¡Qué noches las noches de Sevilla! ¡Los niños juegan y gritan, los mozos cantan y puntean la guitarra, las familias acomodadas oyen el piano al fresco del patio, entre macetas de aromáticas plantas y surtidores de murmuradoras aguas! ¡Qué dias los dias de fiesta en Valencia, sobre todo por la estacion de verano! ¡Las campanas al vuelo, las músicas discurriendo por las calles, los tamboriles y las dulzainas dando el compas á las danzas, el morterete que estalla en estruendos semejantes á cañonazos; la traca, una hilera interminable de petardos por los suelos, y los cohetes voladores á manojos por los aires!

Pues bien, yo os digo que Sevilla y Valencia son ciudades silenciosas en comparacion de Nápoles. Bien es verdad que Nápoles tiene seiscientos mil habitantes. Mas no consiste la diferencia en la mayor poblacion, no. Nuestro temperamento meridional está refrenado por nuestra gravedad española. Hay hasta en los pueblos más meridionales de España algo del recogimiento y de la silenciosa religiosidad árabe. Ni los andaluces ni los valencianos manotean, accionan, gritan como las gentes de Nápoles. Son nuestros campesinos, en medio de sus fiestas y de sus bromas, graves como españoles; son los napolitanos locuaces como griegos. ¡Qué baraunda de ciudad! Cuánto más se apropiaba al estado de mi ánimo Roma con todas sus grandes sublimidades; el Miserere de Pallestrina; los paseos por la Vía Apia bordada de sepulcros; las contemplaciones contínuas de las campiñas desoladas; la meditacion filosófica sobre las piedras desnudas, entre las ruinas del Coliseo, bajo los brazos de la Cruz.

Aquellos que gusten del estruendo, corran, corran á Nápoles. Las aceras están llenas de trastos, de tiendas y de talleres ambulantes, de gentes durmiendo que parecen, por lo inertes, muertas. Mil organillos, arpas, violines, os atruenan los oidos. Nubes de titiriteros, funámbulos, prestidigitadores con sus correspondientes coros de extáticos curiosos, embarazan á cada instante el paso. Los trabajadores cantan ó disputan á voces. Los ociosos, cuando no tienen con quien hablar, hablan solos y á gritos. Los cocheros ó carreteros que pasan, vociferan como energúmenos, chasquean el látigo en todas direcciones, levantan huracanes de polvo y de ruido. Cada mula lleva centenares de cascabeles y de campanillas. Los carruajes crujen como si de intento los construyeran crujientes. Los vendedores de periódicos, y en general todos los vendedores ambulantes, vocean de la más descompasada manera. Cada mercader, á la puerta de su tienda, al frente de su puesto, os hace pomposo programa oral de sus ricas mercancías, y se proponen todos que las tomeis por fuerza. El vendedor de escapularios, sin pararse en vuestra religion ni en vuestro orígen, os arroja su amuleto al cuello, miéntras el limpia-botas, importándole poco que esté vuestro calzado sucio ó luciente, lo embadurna con su betun, bien ó mal de vuestro grado. El ramilletero, que lleva manojos de rosas y de flores de azahar, os adorna el sombrero, los ojales, los bolsillos, sin pediros ni vénia ni permiso. El horchatero sale con su vaso rebosante á la acera y os lo arrima á los labios. Aún no habeis logrado libertaros de sus importunidades, cuando viene otro importuno con su fruta de sarten calentita y chorreando aceite, á pediros que comais por fuerza. Los niños, acostumbrados á la mendicidad, aunque su gordura y su placidez indiquen el mayor bienestar, se os agarran á las rodillas y no os dejan dar un paso como no les deis una moneda. El pescador se acerca con traje color de alga, descalzo, arremangado el pantalon, cubierta la cabeza de su gorro catalan, la camisa azul desabrochada, abriendo las ostras, los mariscos, y presentándolos cual si le hubierais dado ese encargo. El cicerone se echa á andar delante de vosotros y desplega su elocuencia esmaltada de innumerables palabras de todas las lenguas, y llena de anacronismos y despropósitos históricos y artísticos. Si le rechazáis, si le decís que son inútiles sus servicios, apercibíos á oir las infinitas sirtes donde correis peligro de perder la bolsa ó la vida por no haber escuchado sus consejos ni atendido á su pasmosa ciencia. No creais que os eximís de todos estos importunos yendo en coche. Yo no he visto jamas gente más lista para saltar á los carruajes, colgarse á las portezuelas, seguir como agarrados á la trasera, al pescante, á cualquier parte, por más que intenteis desviarlos. Pues no digo nada si teneis aire de viajero recien llegado, y se empeñan los cocheros de plaza en que habeis de adoptar su vehículo. En medio segundo os veis rodeados de coches que andan en torno vuestro como culebras, áun á riesgo de aplastaros, y cuyos automedontes, hablando todos á un tiempo en coro desconcertado é infernal, os ofrecen llevaros al Pausilipo, á Bayas, á Puzzoli, á Castellamare, á Sorrento, á Cúmas, al fin del mundo.