—Que está usted condenado á muerte.

—Y en garrote vil.

—Por revolucionario.

—Por liberal, por demócrata.

—Ya sabe usted, me dijo con misterio, las relaciones cordialísimas que hay entre el gobierno de los cardenales de Roma y el gobierno de los Borbones de España. Es de temer que estando usted condenado á muerte en España, esta policía romana le coja, le aprese, le lleve á Civita-Vecchia, y le entregue á la fragata militar anclada en el puerto. Y lo ahorcarán á usted.

—¡Qué idea tiene usted de este cristiano gobierno! le dije con extrañeza. Es bien imaginario ese peligro.

—Pero el peligro real, efectivo, es el que usted corre de dar con su cuerpo en la cárcel si no sale de Roma por el primer tren.

—¡La cárcel! Todavía la hubiera sufrido con resignacion en mi patria. La idea de que estaba entre los mios, la idea de que la merecia como conspirador, acaso dulcificáran mis dolores. Pero la cárcel aquí me aterra. ¿Á qué hora sale el primer tren?

—Á las diez.

—¿Qué hora es?