Hay tanta diferencia entre Rafael y Julio Romano como entre Virgilio y Ovidio, como entre Garcilaso y Góngora. Aquella idealidad que el pintor melodioso por excelencia traia de las catedrales de la Edad Media para unirla con las formas perfectas de la antigüedad clásica resucitada, se pierde, se extingue en sus discípulos, los cuales, en cuanto los ojos del maestro y su sonrisa dulcísima se apagaron, caen precipitados en profunda oscuridad y no vuelven á entrever la conjuncion del espíritu moderno con el espíritu antiguo, verdadero secreto de la grandeza del Renacimiento. Julio es un pagano, pero un pagano por cuyo cuerpo corren las chispas de nuestra electricidad y por cuya alma atraviesan nuestros dolores y nuestras inquietudes. Poco ó nada sabe ya en Mantua de la pintura rafaeliana, de aquella inspiracion religiosa unida á la belleza griega, de aquel espiritualismo encendido sobre las aras de mármol penthélico; su genio fogoso, inarmónico, violento se lanza á los piés de los antiguos dioses griegos y se contagia con su sensualismo acrisolado y purificado en la mente platónica y cristiana de Rafael. Evocando los cuadros de la primitiva escuela de Siena y de Umbría para ponerlos junto á los frescos del palacio de Mantua ó de la casa del Té, se nota que el espíritu humano ha andado tanto y se ha trasformado tanto como pudiera andar y trasformarse de las Pirámides de Egipto al Parthenon de Grecia. Julio Romano me parece uno de esos pensadores alejandrinos que, deseando resucitar á los antiguos dioses griegos á fin de conservar la sabiduría de Aténas y la fuerza de Roma, sin las cuales no se concibe la existencia del mundo, los hincha, los agranda, los agiganta desmedidamente con ideas orientales, platónicas, hasta cristianas, especie de filtros inútiles, bien pronto convertidos en corrosivos venenos, porque merced á ellos pierden los dioses la serenidad celeste, la dulce sonrisa, el tranquilo gozo, la perfecta hermosura con que juntaban en dulces desposorios y entre guirnaldas de flores la tierra con el cielo.
Para conocerlo es necesario estudiarlo en el Palacio del Té, en Mantua, en aquella su obra maestra, que es respecto á Julio Romano como la capilla Sixtina respecto á Miguel Ángel, como las estancias del Vaticano respecto á Rafael, como la sacristía de Siena respecto á Pinturrichio. Pocas veces se verá un palacio ideado, delineado, construido, pintado por un solo artista. Es una gran quinta, ó, como nosotros decimos, un sitio real de los Duques de Mantua cerca de la ciudad. Los dos principales salones, pintados al fresco por Julio Romano y sus discípulos, vienen á ser el salon de Psíquis y el salon de los Gigantes; aquél por la gracia, y éste por el atrevimiento; aquél por la armonía y éste por la hipérbole; aquél por la clásica expresion de dulzura, y éste por la exagerada expresion de violencia; como si quisiera representar el lado femenino junto al lado viril del arte.
Nadie puede olvidar á Psíquis, la pobre perseguida de Vénus, la hermosísima doncella que goza en la oscuridad, acostada sobre un lecho de flores, las caricias del amor suspenso á su pensamiento y á sus labios, cuando deseosa de verlo, de contemplarlo, enciende su lámpara y le sorprende en el sueño extasiada, y le admira extática y le ama con más pasion y le desea eternamente á su lado, en su lecho, hasta que una gota de aceite hirviendo cae sobre las espaldas del enamorado despertándole; y al verse conocido, examinado, él, que es un misterio, él, que gusta de las sombras, él, que presta á todos su ceguera, huye y se desvanece en los aires sin dejar más que un resplandor, un aroma, un recuerdo, como para atormentar eternamente á la pobre jóven, fiel imágen del alma humana enamorada de lo infinito, cuya inmensidad siente dentro y fuera de sí, en su idea y en la Naturaleza, pero sin poder jamas ni verla ni alcanzarla.
Mirad esas paredes. Aquí Psíquis está en el baño, y rosados amorcillos derraman sobre el agua y sobre su cuerpo olorosas esencias; allá Mercurio prepara el banquete nupcial, y las Gracias, dignas por su hermosura y por su felicidad del florido y risueño Albano esparcen flores sobre la mesa de los festines, miéntras las bacantes, henchidas de vida y de placer, danzan furiosas, entonando canciones al viejo Sileno, sostenido en su embriaguez por los sátiros; acullá, entre ramajes, guirnaldas, pámpanos, lucen los vasos y los jarros de plata y oro; en un costado se apoya el perezoso Baco, cual si acabára de llegar á Occidente desde la lejana India, con los tachonados tigres asiáticos á sus plantas; y sobre todos resalta la doncella enamorada, la prometida al amor, circuida de ninfas que la acompañan tanto en felicidad como en hermosura, mirando entre el celaje la cuadriga del sol cuyos caballos despiden la luz de sus crines, y respirando el aire renovado por el balsámico soplo del céfiro; cuadros deslumbradores que han visto el cielo de Grecia, los laures y las encinas de Dodona, las cumbres del Hibla y del Himeto, la ola del mar de la Jonia quebrándose en el coro de las islas griegas, el sol que ha engendrado las cigarras y las abejas de la Atica, la vida y la alegría de los antiguos dioses.
La última estancia es la estancia de los Gigantes. Á no dudarlo, Julio Romano se ha inspirado en genio semejante al suyo, en el genio de Ovidio, grandioso tambien y tambien audaz, pero señalando con el desequilibrio de sus pasiones y la violencia de sus ideas, y los contrastes de su estilo, el comienzo de irremediable decaimiento en las romanas letras, cuya perfeccion representará eternamente otro genio semejante á Rafael de Urbino, el inmortal Virgilio. Pues bien; Ovidio en el canto tercero del primer libro de sus Metamorfoseos presenta el cielo inseguro, los dioses recelosos, como amenazados por los gigantes que, para escalar sus alturas y abrirse paso entre el éter, apilan montañas sobre montañas, las cuales ya tocaban con sus cumbres en las divinas moradas cuando Júpiter fulmina sus rayos y abate el Olimpo, y hiere á Osa y á Pelion, y aplasta á los rebeldes, de cuya sangre humeante animó la madre tierra los hombres, despiadada raza, como sus sanguinarios padres, ébria de ódios y hambrienta de matanzas. ¡Con qué grandeza colosal y extraña originalidad reproduce Julio Romano estas fábulas! Es la epopeya de las ruinas: restos como de un naufragio y de un incendio al mismo tiempo; catástrofe del universo como si se abriera la tierra y se desplomáran los cielos; ciudades enteras desarraigadas de sus bases y convirtiéndose en cenizas; columnas rotas en mil pedazos como las armas de un abandonado campo de batalla; rocas que se precipitan por todas partes, semejando las gotas de un diluvio de moles; gigantes de cuerpos colosales, de actitudes increibles, con sus ojos lucientes como hornos, con sus bocas abiertas como abismos, con sus brazos de la robustez de los troncos, y sus piernas de la dureza del hierro, unos todavía de pié, otros huyendo, heridos éstos por el rayo, aplastados aquéllos por los montes, miéntras allá en las alturas todo es terror y ódio, porque el trono de Júpiter relampaguea y el cielo entero se abrasa en imponente tempestad y los grandes dioses huyen á regiones serenas y Neptuno detiene á sus delfines y Apolo á sus caballos para que no los precipiten á la pelea y Vénus pide proteccion á la cólera de Marte y Pomona tiembla como el arbusto sacudido por el viento y las ninfas huyendo de la tormenta se refugian en el seno de Páris y Juno enciende la ira divina y Eolo sopla huracanes y la guerra abrasa así el tiempo como la eternidad y así los cielos como la tierra, aterrando á los dioses y á los titanes, todos envueltos en sus torbellinos de destruccion y de muerte.
VI.
Mantua es una ciudad acuática, palúdica. El Mincio, que baja del lado de Garda y desemboca en el Po, al llegar á estos terrenos se pára, se estanca, se dilata en pesadas y mefíticas lagunas, las cuales carecen ciertamente del colorido mágico y de la helénica alegría que tienen las lagunas de San Márcos en el espléndido Adriático. Yo las recorrí todas, aunque ligeramente, con mis Geórgicas en la mano. Es verdad que algunas se han formado muy posteriormente á la época del poeta; pero el rio fluye aún por donde lo vieron sus ojos, y una parte de las aguas duerme donde dormian cuando él estaba en la cuna.
Propter aquam, tardis ingens ubi flexibus errat
Mincius, et tenera prætexit arundine ripas.
Yo vi la laguna de Sopra, laguna de arriba, artificialmente formada; paseé dos ó tres veces por el dique de los molinos que conduce á la ciudadela; me asomé al puente de San Giorgio para contemplar lo mismo la laguna del centro que la de abajo: y no obstante descubrir por do quier muros y contramuros, fuertes y contrafuertes, lunetas y castillos, fosos y puentes levadizos, convencíme de que Mantua es en nuestro tiempo, como en tiempo de Virgilio, una poblacion esencialmente agrícola. Por todas las lagunas vi barcas de frutos cargadas y por todas las calles carros cargadísimos. Lo que más trajo á mi memoria la edad antigua, fué singular espectáculo que hirió mi atencion y cautivó mi ánimo. Trascurria el tiempo de la vendimia. En carreta, verdadero lagar ambulante formado de apretadas tablas, amontonábanse las recien cortadas uvas. Dos ó tres mancebos, arremangadas las mangas de la camisa y arremangados los pantalones, pisaban los racimos como al compas de un baile, produciendo rojo rio de mosto que caia de la carreta en preparada cuba. Al pié, sentada sobre un barril, hermosa jóven de tez morena y ojos negros cantaba cancion melodiosa para acompañar la danza de los pisadores. Varios niños con las manos cargadas de mostosos racimos y las sienes ceñidas de improvisadas guirnaldas danzaban tambien entre las ruedas. Y los tardos bueyes lucian, á guisa de plumeros, en el testuz, manojos de sarmientos, cuyos pámpanos, verdes unos y carmesíes otros, formaban el más bello contraste en aquel viviente bucólico cuadro que no hubiera menospreciado Virgilio.