Poco despues de mediodía llegábamos al frente de Asis en hermosa tarde de Junio. No puedo describir mi entusiasmo y mi asombro. Hácia el norte, recostada sobre los peñascos, veíase la ciudad pontificia, sobre la cual se eleva fuerte castillo almenado y á cuyo oriente se extiende el gótico monasterio ostentando arcos tan fuertes y tan numerosos como los arcos de antiguos acueductos. Difícil es describir el efecto maravilloso que desde fuera, desde los alrededores, produce una de estas ciudades italianas ceñidas de verdor, cortadas á trechos por floridos jardines, ricas en monumentos, alzando sobre las hileras de sus tejados ó de sus azoteas, los botareles, las agujas, las torres, las rotondas, las pirámides, los campanarios, todos de piedras brillantísimas y preciosos mármoles, realzados y esmaltados por los reflejos de este cielo y los resplandores de esta luz, sólo comparables al cielo y á la luz de nuestra España. Parecen, más bien que realidad, imaginados cuadros; más bien que habitaciones de estos dias, habitaciones de otras edades estéticas: sus piedras cantan y murmuran con cantares y rumores inefables como un misterioso bosque; y por lo alto de los frisos y de las almenas y de las largas líneas y de las bordadas cresterías se pasean las sombras de los artistas y de los héroes y se ven subir en luminosos enjambres las ideas de otros siglos. Para sentir emociones como éstas hay que trasladarse á las orillas del Tajo y ver en la vega de Toledo, al pié del puente de Alcántara, las ruinas de la Galiana, los arcos romanos, los acueductos del artificio de Juanelo, el torreon medio derruido y los muros medio destrozados del castillo de San Servando, la crestería greco-romana del alcázar, la puerta del Sol con sus gruesas torres y sus ajimeces y sus alicatados mudejares; cuadros maravillosos, no tan admirables por su dibujo y por su color como por las ideas que evocan y los recuerdos que guardan, mostrando en breve espacio el sagrado panteon de toda nuestra historia.
Á pesar de lo mucho que Asis nos encantára al descubrirlo desde el ferro-carril, no dirigimos allá nuestros pasos; los encaminamos al monasterio de Santa María de los Ángeles, erigido en la llanura, en la vega, para abrigar la casa donde San Francisco tuviera sus primeras visiones y fundára su órden. Dos lugares he visto igualmente famosos como cuna de dos órdenes igualmente célebres. El uno es la iglesia de los Ángeles en Asis, cuna de los franciscanos; el otro es la iglesia de Montmartre en París, cuna de los jesuitas. Al ver el primero de estos lugares, la inteligencia se abre á la fe y el corazon á la esperanza, sintiendo vivamente la grandeza de aquellos hombres y participando de sus aspiraciones en la medida que puede participar el espíritu moderno; pero, al ver el segundo, se os oprime el pecho y se os nubla la inteligencia, como si cayerais en lo vacío. Y es porque en San Francisco nació una órden, que, si ha sido ya suprimida por nuestro tiempo, realizó verdaderos progresos respecto á los tiempos anteriores y contribuyó á la educacion del género humano, obra de libertad y de paz, miéntras que en Montmartre nació otra órden, que fué como una confabulacion permanente y empedernida contra todas nuestras libertades y contra todos nuestros progresos, obra de reaccion y de muerte. En la vega de Asis veis pasar ideas que han iluminado la conciencia humana y en las alturas de Montmartre sentís el roce frio en vuestras sienes de las aves nocturnas que habitan las tinieblas. Todos los progresos ¡ah! son igualmente grandes y todas las reacciones igualmente funestas en toda la redondez del planeta y en toda la sucesion de los siglos.
El monasterio de Santa María de los Ángeles tiene armoniosas proporciones. Lo ideó Vignola, y lo ideó con arreglo al gusto y al ideal de su tiempo. Los arcos romanos se suceden y sostienen sus sólidas bóvedas; la cruz latina constituye su planta; en el crucero se eleva una rotonda airosa, imitacion más ó ménos lejana de la rotonda de San Pedro; cuadros de la decadencia ornan sus altares; y la luz del dia penetra libremente por sus anchas ventanas y se refleja en sus blanquísimas paredes. El edificio peca de todo cuanto pecan los edificios de esta edad, nuestro Escorial tambien, por sobra de ciencia matemática y falta de inspiracion religiosa. Para mayor desgracia, los terremotos frecuentísimos en esta tierra volcánica lo han tristemente lastimado y las recomposiciones sucesivas no han sabido restaurarlo. Pero allí, en medio de la iglesia, bajo la rotonda, se eleva, conservado por la piedad, el humilde tugurio, más que casa choza de pobre argamasa, de piedras toscas, de estrechas puertas y ventanas, donde San Francisco meditó, ayunó, rezó, padeció, lloró hasta el extremo de ver al traves de sus lágrimas reproducida la tragedia del Calvario y á Cristo agonizando en lo alto de la Cruz, con sus llagas abiertas, sus ojos extintos, sus labios cárdenos al dolor y á la agonía. Hoy no tiene el esplendor de otros tiempos. Estos monumentos, miéntras pasan por la fe, brillan, y cuando la fe les falta, se oscurecen; como esos meteoros que son estrellas en los aires y toscos pedruscos al tocar al suelo. Pero confieso que me sobrecogí con religioso respeto, que me extasié como si estuviese fuera de mí mismo al tocar aquellas piedras, á traves de cuyo frio sentíase aún el calor del alma que las habia penetrado mil veces de pena con su oracion y sus sollozos. Confieso que me pareció ver una de esas zonas misteriosas que anuncian las trasformaciones del espíritu humano, especie de líneas ecuatoriales en los hemisferios del tiempo, especie de puntos que señalan el crecimiento de nuestro sér como los diversos terrenos señalan el crecimiento de nuestro planeta; grandes condensaciones de ideas abstractas, núcleos de la luz espiritual, fin de unas y principio de otras edades, santos dias del génesis social á que debemos nuestra difícil existencia y nuestras várias redenciones. No sé por qué, allí vinieron á mi memoria tantos y tantos redentores como han contribuido ántes y despues de San Francisco á nuestra emancipacion: el que nos sacó de la servidumbre de Egipto al traves de las aguas del mar Rojo y el que rompió las últimas cadenas del esclavo á las orillas del Misisipí; el que arrancó su fuego á los cielos para animar el hombre primitivo frio como sus dólmenes de piedra y el que talló las letras de imprenta con cristal y plomo para multiplicar las ideas en la inteligencia como se multiplican los mundos en los cielos; el que murió en ignominioso patíbulo por la igualdad y la fraternidad de todos, y el que padeció en los calabozos de la Inquisicion por agrandar el espacio á nuestros ojos; el que bebió la cicuta y en el fondo de su copa dejó la idea de la libertad de nuestra conciencia para darla á beber en comunion santísima á todas las generaciones, y el que, extendiendo sus brazos desde débil esquife al mar velado por misterios pavorosos como las grandes tempestades, completó la tierra y ensanchó el alma; coro unido á traves del tiempo y del espacio en una misma obra, cuyo fundamento arranca de las más recónditas profundidades del espíritu humano y cuya cima se pierde en el seno de Dios. Aquella casa, que despertará emociones vivísimas en todos cuantos amen las verdaderas grandezas de la historia, ha sido profanada por una obra de partido, por una obra de reaccionarias escuelas. En la parte que da á la puerta principal se ve una pintura neocatólica de Overbek. Engendróse al mismo tiempo que se engendraba la Santa Alianza, una doctrina filosófica, la cual tendia á llevar el arte más allá de Rafael, como tendia á llevar la ciencia más allá de Kant y de Descártes, la historia más allá de Vico y de Herder, la política más allá de las instituciones modernas, al seno de la Iglesia intolerante y de los castillos feudales. Tal escuela, no contenta con creer que podia restaurarse cuanto habia destruido la mágica lira de Ariosto, la inmortal sátira de Cervántes, la voz tempestuosa de Lutero, la sardónica risa de Voltaire, las llamaradas de elocuencia lanzadas desde lo alto de la tribuna por Mirabeau, creia tambien que estaba en el caso de ir á los siglos medios y resucitar los cuadros de escuelas anteriores al descubrimiento de la perspectiva, á la resurreccion de la naturaleza, al estudio de la forma humana, al despertar de la Grecia y de su inagotable inspiracion, á todas las espléndidas irradiaciones del Renacimiento. Para estos reaccionarios, el bello ideal se encontraba en los tiempos en que no se habian medido las proporciones, ni estudiado la anatomía, ni conocido nuestro cuerpo, entre las figuras escuálidas, todavía sobrecogidas por los terrores del infierno y apartadas de todo contacto con el Universo, hijas del vivo recuerdo de nuestra primera culpa, atormentadas por todos los torcedores del remordimiento. Si tal teoría fuese cierta, si solamente tuviéramos por estéticas las obras inspiradas en una fe vivísima, en una fe apartada de nosotros, en una fe ortodoxa, debiamos menospreciar esas mismas escuelas de Umbría y de Siena por donde ha pasado un soplo anticipadísimo del Renacimiento; esos mismos Cimabue y Giotto que han entrevisto el crepúsculo de los nuevos dias del espíritu; esos mismos Nicolás y Juan de Pisa que han estudiado la caza de Meleagro en los sarcófagos griegos; y debiamos irnos á los maestros mosaistas, á sus figuras colosales y rígidas, á sus ojos muertos, á sus rostros inexpresivos, á sus grupos arreglados litúrgicamente, á su ausencia de toda anatomía en el cuerpo y de toda perspectiva y de todo paisaje en los fondos, privándonos hasta de penetrar en las catacumbas, porque sus cuadros se hallan muy cerca del antiguo paganismo y han tomado la mayor parte de sus símbolos en los bajos relieves, así griegos como romanos, y han reproducido los antiguos sepulcros.
Para contestar á estos reaccionarios, sería preciso que se restaurase el poder temporal y se devolviera el dominio absoluto en la conciencia y en la política á los papas; que en cada marca se descubriese un castillo feudal con sus fosos y sus almenas, sus puentes levadizos abajo, y arriba sus horcas ocupadas por cuatro ó cinco villanos ahorcados, gran vista para sus señores y gran festin para los cuervos; que volviésemos á escribir y hablar el latin eclesiástico en vez de estas lenguas modernas cuyas primeras palabras han sido tambien el primer balbuceo de la política láica; que eleváramos para reemplazar nuestras fábricas y nuestras máquinas, un cordon de fortalezas y otro cordon de monasterios, y sustituyéramos al telégrafo el mensajero y al vapor el rocinante de los nobles ó el rocin de los plebeyos; que la retorta química donde se ha descompuesto el agua y el aire y se han encontrado elementos nuevos necesarios á la vida, se sustituyera con la cocina de los alquimistas y el espectro solar y el telescopio herscheliano con los horóscopos y la quiromancia; que pulverizáramos la Vénus de Milo, el Apolo del Belvedere, las Gracias de Siena y pusiéramos en su lugar las esculturas bizantinas de los siglos décimo y undécimo con sus cuerpos groseros como la barbarie y sus labios contraidos por el Dies iræ de la desesperacion y de la muerte; que volcáramos de nuevo el infierno con todos sus horrores sobre la tierra desgarrada y devolviéramos su viejo poderío al demonio de la Edad Media; que eleváramos en el trono de la autoridad un esqueleto inmenso con la guadaña por cetro y en las alturas del infinito el implacable semítico Dios de la cólera y de la venganza. La reaccion artística se ha verificado. Ha tenido su estética y ha tenido sus pintores en Alemania. El fresco de Overbek trazado sobre el exterior de la casita de San Francisco en la iglesia de la Porciúncula, es uno de sus más bellos monumentos y una de las más felices imitaciones de la Edad Media. Yo no puedo ver sin verdadero entusiasmo las obras de los artistas místicos de los siglos católicos, porque tienen las dos condiciones esenciales al arte, la inspiracion espontánea y la naturalidad completa. Pero yo no puedo ver sin repugnancia las figuras modernas que no han nacido de la cándida fe, sino del recalentado estudio. La escuela académica, con sus griegos y romanos de convencion, paréceme fria y mentida; pero la escuela pre-rafaelista, con sus santos de encargo, paréceme reaccionaria y absurda. Los pintores como Giotto, como Fra Angélico, que es la más alta expresion del misticismo artístico, han pensado y han sentido lo que han hecho; y sus ángeles y sus Vírgenes y sus Cristos traen visiblemente en los ojos y en los rostros un divino resplandor de los cielos. Pero estas figuras convencionales de Overbek no tienen ni siquiera un reflejo de sus inmortales modelos. Aquellos grandes artistas han descuidado los cuerpos como cosa poco apreciable en las edades olvidadas de la naturaleza; pero han reconcentrado la idea purísima y el puro espíritu en los rostros, de una expresion inimitable por el candor y la profundidad del sentimiento, absorto en las divinas contemplaciones y en los arrobados trasportes: Overbek, más sabio, más matemático, dibuja mejor que sus maestros los cuerpos, ciertamente; pero no acierta, ni de léjos, á pintar como ellos los rostros. Y es porque los pintores místicos sólo han debido convertir los ojos á sí mismos para encender en fe y caridad á sus santos, miéntras los pintores neo-católicos han fingido unas creencias y una inspiracion que realmente ni recogian por sus venas en la naturaleza y en la temperatura de este nuestro siglo, ni llevaban dentro de sí como una idea innata.
Hay tiempos de mucha fe, que son poco propicios al arte. Para persuadirse de ello, basta contemplar uno de esos Cristos bizantinos que han brotado de la religion más pura, que han sido adorados con el fervor más intenso, que han hecho los milagros más patentes, pero que hieren todo sentimiento estético por su monstruoso dibujo y su deforme rostro. Mas preguntadle á un creyente, y los proclamará obra perfecta de los ángeles del Empíreo. Los que al ver una estatua griega creian ver al demonio, son tan poco artistas como los que al ver un cuadro místico sólo se fijan en las incorrecciones de la forma y no sienten la ingenuidad de la fe. Ciertamente se puede aprender mucha religion en San Justino, San Basilio, San Cirilo y San Clemente; pero no se puede aprender mucha estética, si es verdad, como afirma Toulgoüt en su sábia obra de los Museos de Roma y Rio en su Historia del Arte Cristiano, que sostenian la tésis de la fealdad material de Cristo. Lo que sí puede asegurarse es que la práctica de esa tésis se encuentra en casi todas las obras anteriores al nacimiento de la pintura y de la escultura modernas. La crucifixion, que luégo ha sido la apoteósis más pura del dolor, que ha inspirado á Rafael su Camino del Calvario ó Pasmo de Sicilia; á Velazquez y á Murillo sus dos Cristos en la agonía; á Rubens y á Rembrandt sus Descendimientos; á Miguel Ángel su Soledad al pié de la Cruz con el Divino Hijo muerto en los brazos; esa tragedia, quizá la más reproducida de todos los Evangelios, no fué jamas pintada por los primeros pintores hasta fines del siglo séptimo, en que el Cánon de un Concilio celebrado en seiscientos noventa y dos, permitió asunto tan religioso á los buriles y á los pinceles. La maternidad misma de María, fuente inagotable de inspiraciones profundísimas, no aparece en los primeros tiempos. La Vírgen es una cándida jóven, sencillamente vestida, de pié siempre, la mano sobre el corazon, los ojos en el cielo, y sólo más tarde surge contemplando un cielo más bello y más extenso en las tiernas miradas de su Divino Hijo.
En el arte precisa buscar, no lo más religioso, sino lo más bello, y es lo más bello lo más inspirado, y es lo más inspirado lo más natural y espontáneo. El poder creador del genio se parece al poder creador del Cósmos, en que muestra la relacion misteriosa del espíritu con la naturaleza y la no ménos misteriosa de la naturaleza y del espíritu con Dios. Sin duda por esta razon, las obras espontáneas llevan el sello de la originalidad y de la vida, en tanto que las obras imitadas llevan el sello del artificio y de la decadencia. Sumergíos en el océano de la poesía nativa, recoged luégo el espíritu universal de vuestros tiempos, inspiraos en vuestra propia personalidad, y obtendréis la expresion bella de la idea, mereciendo el nombre de artistas. Cada siglo tiene su propia inspiracion. Y en el nuestro, así como ha crecido el Universo, ese teatro de la idea en sus más primitivas manifestaciones; y ha crecido la Historia, ese teatro de la libertad; y ha crecido la sociedad, ese teatro del derecho, debemos esperar que crezca el arte, donde llega, por intuiciones sobrehumanas, lo finito á compenetrarse de lo infinito, y el alma del hombre á enrojecerse en la sustancia de Dios. Cuando la antigua mitología llegó al mito de Psíquis, de la jóven misteriosa que deseando conocer el Amor, encendiera su lámpara, y solamente lográra verlo perderse entre los astros; en este mito, que desconcertaba la armonía del alma con la naturaleza, diríase perdido para siempre el arte, brotó la idea cristiana, y el alma, triste, desolada, llorosa, encontró á Dios. Pues en nuestro tiempo busca tambien la razon algo tan misterioso como el espíritu que, al comenzar nuestra era, se escapára de su seno y se perdiera en el cielo. Fiemos en que encontrará para el arte una zona más espléndida y una esfera más lata, donde se compenetren lo finito con lo infinito sin necesidad de restaurar ni los ídolos del Paganismo, ni los ídolos de la Edad Media.
Así, en el monasterio de Santa María de los Ángeles, ni las largas líneas de Vignola, ni los aparatosos cuadros de la escuela boloñesa, ni las secas pinturas de Overbek, ya quebrantadas y borrosas como la reaccion de que han sido símbolo, llegan á conmoveros como os conmueve la casita, la Porciúncula, pobre choza de la oracion, donde un verdadero penitente ha padecido y ha llorado. Despues de visitarla, despues de recoger la idea que se escapa de sus piedras, ya podeis dirigiros al monasterio de Asis y penetrar en sus góticas bóvedas y recibir en vuestra alma el presente de grandes y profundas emociones con la evocacion misteriosa de una sincera fe. Y penetrados de estas ideas, nos dirigimos al monasterio y al sepulcro de San Francisco.
III.
Allá, en las alturas, sobre dos series de marmóreos arcos sobrepuestos, se alza el monumento, cenobio, palacio, iglesia, castillo, resúmen de la vida en edades verdaderamente religiosas. Entre sus muros y sus ojivas descúbrense, todavía más arriba, la ceñuda fortaleza con sus almenas medio destruidas; á un lado las colinas formando como abreviada cordillera; á otro lado la ciudad con sus edificios agrupados en torno de várias originales iglesias; al pié un torrente, ahora seco, el cual debe arrastrar gruesos cantos rodados y debe venir en la estacion de las lluvias con ruidoso ímpetu. La severidad del paisaje, solemne, sobrio, majestuoso, verdadero cuadro de la escuela de Umbría, os prepara bien á la solemnidad de las religiosas emociones. Una puerta tosca, una cuesta agria, várias casas suspendidas entre las breñas, algunos olivos retorcidos cual si los azotára siempre el viento y con las raíces fuera de la pedregosa tierra, semejando á uno de esos dibujos con que Doré ha ilustrado la Divina Comedia, son los únicos objetos que veis al llegar á la entrada del monasterio, y, en verdad, os invitan todos al recogimiento y á la penitencia. Un claustro se abre á vuestra vista, un claustro prolongadísimo, de arcos airosos, de delgadas columnas. Ni un viviente, ni una sombra; algunas golondrinas juguetean por aquellas largas líneas; menuda lluvia primaveral da sedoso lustre á la hiedra pegada por las piedras, y airecillo suave agita las largas guirnaldas de zarzas que festonean los muros. El edificio es de un exterior austero, la puerta de un trabajo prolijo, las ventanas de un gusto puramente gótico, todos los objetos que os rodean, de un aspecto monástico; y, peregrino del arte como sois, vais comprendiendo hasta identificaros casi con ellos por la fuerza del pensamiento á los peregrinos religiosos, venidos de luengas tierras y anhelantes por aplicar los labios á la losa de un sepulcro donde se guardan torrentes de vida para las almas.
Hay tres iglesias sobrepuestas como los términos de una argumentacion escolástica; como las gradas de una escala mística, como las iniciaciones de las sectas, como los tres mundos, el de las sombras y de la muerte, el de la vida y de la prueba, el de la luz y de la gloria, siendo, en realidad, toda aquella aglomeracion de místicos edificios, una teología en piedra. Lo primero que hacemos es descender á la iglesia subterránea, especie de caverna que guarda la tumba del santo. Las sombras se palpan, y la escasa luz que os guia sólo sirve para aumentarlas. Creeis descender al centro de la tierra y despediros para siempre del aire y de la luz. Fria humedad os penetra hasta los huesos, y el humo de las lámparas y el olor del incienso os dan la idea de que entrais en esferas sobrenaturales como en alas de algun genio, porque todo cuanto os circunda se aleja de la realidad y se acerca á la region de los sueños. Por fin, á la dudosa luz mal reflejada en los mármoles, bajo lujoso templete, tras una verja dorada, veis el sepulcro de San Francisco. Excesiva devocion lo ha ceñido con adornos modernos y lo ha coronado con lujoso templete, ántes propio de jardin que de cenobio. Cuadrábale mucho más la caverna tosca, la soledad mística, la losa desnuda sobre la cual cayeran gotas filtradas por las peñas y lágrimas desprendidas de la fe. Es más poética que esta decoracion de nuestro tiempo, la creencia de la Edad Media. Para aquellos fieles, San Francisco no ha muerto; está de rodillas, en penitencia, en oracion, plegadas las manos, extáticos los ojos, allá en lugares inaccesibles hasta para las águilas, donde sólo pueden llegar las estrellas, intercediendo por nosotros los mortales, desarmando la cólera de Dios; y no subirá al Empíreo y no entrará en la gloria sino despues del Juicio, cuando, destruida la tierra, evaporados los mares, en cenizas los astros, en pavesas los soles, consumada la obra providencial, haya podido, ofreciendo el holocausto de sus dolores por nuestras culpas y llamando la inefable misericordia sobre nuestros huesos, rescatar el mayor número de almas para el cielo y gozar así en paz eternamente de su propia bienaventuranza.