Una de las operaciones más atendidas y más atendibles de la mente humana, es la asociacion de ideas. Por ella enlazamos tiempos apartados, unimos pensamientos discordes, traemos al seno de la felicidad recuerdos de la desgracia, como á las tinieblas de la desgracia puntos luminosos de la felicidad; y evocamos en lo presente los lejanos horizontes de lo pasado, pudiendo, ya que no con el cuerpo y sus sentidos, con el alma sus ideas, á semejanza de Dios, estar á un mismo tiempo en todas partes. Me encuentro en la Montaña de Asis, con la ciudad pontificia y municipal á mis plantas, los restos de algunos castillos señoriales á mis espaldas; el cielo claro y severo, algo semejante al cielo de nuestro Aragon, sobre la frente; en torno, formando un círculo inmenso del color azul más subido, del color llamado de Prusia, las riscosas y ceñudas cordilleras y montañas de la Umbría, que semejan olas encrespadas; y en el dilatado campo, de contrastes vivísimos, porque las claras moreras y los oscuros olivos, los rubios trigos maduros para la siega y los verdes recien nacidos maizales se juntan á cada paso en esta variada inmensidad, como naves bogando por lo infinito, la blanca rotonda romana de la Porciúncula, templo donde San Francisco de Asis se retiraba á sus meditaciones, y más cerca, á mi derecha, bajo la mano casi, los interminables claustros, las sobrepuestas iglesias, los góticos pórticos, las agujas y ojivas del monasterio, donde yace el sepulcro de ese santo en cuyas aras seis siglos han rezado y cuya personalidad histórica se agranda y se trasforma, como la personalidad de su modelo Jesucristo, en el pensamiento racionalista, en la conciencia progresiva, en el espíritu democrático y liberal de nuestro siglo.
Y aquí, en tal momento, á presencia de este espectáculo, no puedo desechar el recuerdo de Elda, del pueblo donde pasaron mis primeros años. Sus montañas no tienen ciertamente ni esta altura ni este color; sus huertas y sus campos no se dilatan y espacian de esta suerte; mas aquella vegetacion meridional, elevando las palmas sobre los viñedos y los olivares, iguala y áun aventaja en hermosura á esta rica vegetacion de la Umbría. Y lo que ménos puede compararse ciertamente, es lo que más provoca el recuerdo: la rotonda blanca de la Porciúncula con la verde rotonda de nuestra iglesia, el gótico monasterio franciscano de este dilatado valle con el vulgar monasterio franciscano de nuestro estrecho valle. Pero ¿qué quereis? Para mí en Asis está la poesía de la inteligencia, y en Elda la poesía del corazon; la humanidad y la historia surgen aquí á la manera de templo inacabable lleno de un espíritu misterioso, cuya profundidad no puede sondearse; y allí, entre las ramas de débiles arbustos, se esconde todavía el nido formado por blancas lanas enredadas en las zarzas ó por secas hierbecillas, donde se guardan en reducidos límites los recuerdos de hogar y familia que lluvias de lágrimas no han podido anegar completamente ni destruir el tiempo con sus diarias catástrofes.
En mi infancia, cuando nos acercábamos al dos de Agosto, y la siega y hasta la trilla se habian acabado, y comenzaban á pintar las uvas tomando claro color violeta las negras y las blancas trasparencia de ámbar; en aquellas tardes calurosísimas henchidas por el chirrido de las cigarras; en aquellos crepúsculos serenos henchidos por el unísono vibrar del cántico de los grillos, celebrábase una ceremonia religiosa, una peregrinacion mística, una especie de jubileo que nunca olvidaré. El convento de nuestro valle estaba á la sazon desierto. La revolucion habia expulsado á los frailes. Los fuertes seculares cipreses de su pórtico se perdian y secaban. Las flores de su ántes cultivado jardin se sustituian con legumbres ó heno. Las tablas de sus ventanas, medio caidas, meneábanse tristemente á impulsos del viento. Las piedras de sus paredes y muros, medio sacadas de quicio, amenazaban con una completa ruina. Las campanas habian sido arrancadas á las altas torres, siempre silenciosas; el culto interrumpido en los altares casi desnudos, y las puertas del santuario cerrádose como si fueran las puertas de un sepulcro. Algunas veces, cuando íbamos á coger brevas á una higuera cercana, asomábamos los ojos por várias rendijas y hendiduras hechas en la puerta, y á la escasa luz de solitaria lámpara, conservada por la piedad de oscuro guardian, resto viviente y animado de tanta ruina, pero triste como la cicuta y la ortiga, á la escasa luz de solitaria lámpara, decia, semejante á los ojos de siniestra lechuza en la oscuridad, veiamos algunos reflejos del dorado que se descascarillaba en las columnas, alguna sombra de los abandonados santos parecida á sobrenaturales fantasmas.
Solamente, en el dos de Agosto, las puertas se abrian, los pavimentos se regaban, componíanse los altares como para una fiesta, las velas brillaban sobre el ara tras las flores, y en la capilla mayor, una tosca, pero mística escultura en madera que representaba á San Francisco recibiendo de Cristo aparecido en los aires los estigmas de las cinco llagas, juntaba en el templo á los creyentes, despertaba la fe y la esperanza, atraia las oraciones del fondo de las almas á la inmensidad de los cielos como atraen los rayos del sol á las alturas los vapores de las bajas aguas y las bajas tierras. Nosotros, los muchachos de la familia, saliamos acompañados de nuestras madres y de nuestras tias á ganar el jubileo con aquella piedad meridional tan risueña, tan expansiva, tan humana, que da al cumplimiento de los deberes religiosos y á las ceremonias del culto católico, aspecto de fiesta. Desde el pueblo al convento se dilata extensa campiña, verdadero jardin. Las olivas engordaban ya; las almendras se abrian empapadas en aromática goma; negreaban las uvas; doblábanse los granados al peso de las granadas; sobre las plantas del maíz surgian los amarillentos sedosos espigones, y sobre la aterciopelada alfalfa las moradas flores; los campos de anís blanqueaban como si les hubiera caido una nevada; cimbreábanse los cáñamos y los linos; las puertas de las chozas lucian matizados ramilletes de don-diegos y áureos girasoles; en los secos pedregosos torrentes vibraban las sonoras cañas y florecian las rosadas adelfas. Nuestros ojos no se entristecian no se nublaban, hasta que llegábamos delante del cementerio, donde descansaba nuestra abuela y una tierna niña de la familia, y descubriamos las cabezas y plegábamos las manos y murmurábamos algunas oraciones, por cuya virtud nos parecia, ora que columbrábamos sus almas en el cielo, ora que las sentiamos venir á rozar con sus angélicas alas nuestras sienes y á depositar un mudo beso en nuestras serenas frentes. Luégo seguiamos en la peregrinacion, llegábamos al seráfico monasterio cercano al camposanto y rezábamos con todo recogimiento las oraciones de rúbrica prescritas por los ritos, á cuantos anhelan ganar el jubileo de la Porciúncula en el dia de la Vírgen de los Ángeles.
Al volver, la noche bajaba sobre el valle, las luciérnagas lucian en el follaje, las primeras estrellas en el cielo; y la campana que suena en las alturas para conjurar las tempestades del aire y contar los muertos de la tierra, anunciaba el Ave-María saludando á la Madre del Verbo é infundiendo con sus sagrados acentos religiosas emociones en nuestro pecho. ¡Cuántas veces, al entrar en casa, las manos llenas de flores y de frutos recogidos al paso, los labios perfumados aún por las plegarias, las rodillas empolvadas en el pavimento del templo, despues de haber oido contar varios pasos de la historia de San Francisco, hubiéramos dado algunos años de esta vida, que ya desciende tristemente de su zenit y que entónces nos parecia eterna, por visitar Santa María de los Ángeles, por ver la casita de las prácticas piadosas, la cuna que recuerda Nazaret, el sepulcro del santo en Asis, lugar bendito y querido, el más sagrado en nuestro culto despues del sepulcro de Cristo! Al cabo de treinta años, nuestro deseo se cumple; el cielo nos concede la satisfaccion de ver estos lugares; pero ¡ay! sin las creencias de otro tiempo en el alma. La vida ha pasado de la infancia á la madurez; las facultades intelectuales han pasado del sentimiento á la razon. Creemos con arraigada creencia que el hombre, este compuesto de alma y cuerpo, no sólo tiene que cumplir fines materiales y fines temporales; no sólo tiene que obedecer leyes mecánicas y dinámicas, sino que debe cumplir tambien fines morales, fines eternos, y debe obedecer á leyes cuya existencia implica necesariamente y cuya observancia exige la profesion de estos cuatro principios capitales de toda doctrina religiosa y espiritualista: Dios y su providencia, el alma inmortal y su responsabilidad. Pero no creemos que estas ideas sean como el patrimonio de una exclusiva asociacion y que para inspirarlas y difundirlas hayan sido indispensables milagros que contradicen las leyes naturales del Universo y las leyes científicas de la historia, ni condensaciones del espíritu divino en una sola persona, la cual constituya castas representativas de Dios y de su revelacion como privilegiados del cielo sobre la faz de la tierra. Creemos, al contrario, que Dios nos ha dado desde el principio de los tiempos, para conocer el bien y el mal, la conciencia; para conocer la verdad y el error, la razon; que así como físicamente llevamos en nosotros átomos de todo el Universo, moralmente llevamos en nosotros los jugos de todas las revelaciones sucesivas y nuestro espíritu es el resultado de las ideas de todos los siglos, con cuyos esfuerzos y con cuyas luces y con cuyos martirios hemos logrado los bienes mayores de nuestra existencia y el inapreciable de la redentora emancipacion. Por consiguiente, toda la parte legendaria, fantástica, mitológica, que siglos de guerra, que razas primitivas, que duras épocas de hierro pedian y necesitaban para cumplir sus primordiales deberes, no lo necesitan nuestros tiempos, conocedores del bien por la pura razon, amándolo por los imperativos mandamientos de la conciencia y no por la fuerza coercitiva de instituciones mil veces trasformadas en la historia y hoy caidas en irremediable decadencia.
Y no decimos más. Nuestra filosofía histórica, sin excluir la fe en principios absolutos, nos permite remontarnos á los tiempos pasados, imbuirnos en sus creencias, vivir en ellos como si fueran presentes, juzgarlos con arreglo á su propio ideal y no con arreglo á posteriores sistemas. Nosotros no imitarémos á los furiosos iconoclastas, que para traer los tiempos del espiritualismo, demolian las bellas estatuas de los antiguos dioses; y tampoco á los frios clásicos, que para rehabilitar la naturaleza nada sentian sino la barbarie de la Edad Media bajo las bóvedas de las catedrales góticas. En nuestra doctrina filosófica no cabe el engaño de Goethe, que en Asis se extasiaba ante un templo pagano de la decadencia, y no tenía ni una mirada, ni una palabra, para el monasterio de San Francisco. No caerémos nosotros en el error de proponer como perfectos modelos hoy los pintores de la decadencia cual proponia Chateaubriand á los Carraccios en El Genio del Cristianismo; ni aplaudiremos las tentativas de los pre-rafaelistas por volver á los tiempos en que eran despreciadas y desconocidas las formas. El arte místico, que, sentido con verdadera ingenuidad, profesado con verdadera fe, brotando naturalmente de un alma tan pura como el alma tierna é inocente de Fra Angélico, en tiempos de suyo místicos, nos parece flor del campo cargada de inmortales esencias, en nuestro tiempo, contrahecho y recalentado por una erudicion reaccionaria, nos parece como los cuadros de Overbek, flor de trapo. Toda edad contiene la edad que la precede y la edad que ha de seguirla. Para la plenitud de nuestra vida hemos necesitado pasar por tiempos contradictorios, cuyas contradicciones sólo llegan á resolverse en las síntesis superiores de la razon universal y en el eterno seno de la humanidad. Con estos dogmas entremos un momento, entremos como peregrinos del arte; entremos como copartícipes de todas las ideas; entremos, elevándonos á su tiempo, en el santuario donde todavía se presta religioso culto á la memoria sagrada de San Francisco de Asis, de uno de los últimos cristianos, todo fe, todo bondad, todo dulzura; elocuentísimo como un tribuno antiguo, exaltado como un profeta hebreo, austero como un cenobita de la Tebaida; paciente en los infiernos del feudalismo; armado de la palabra cuando todo el mundo se armaba de hierro hasta los dientes; apasionadísimo de la naturaleza y de su hermosura en aquella general crueldad y en aquel desvío por los seres inferiores; poeta místico para quien los mundos forman como una escala que sube á los cielos y los rumores de la creacion como un hosanna que alaba eternamente á Dios; dotado de intuiciones sobrenaturales y de visiones proféticas por la compasion que sentia hácia los dolores de todos los desgraciados y por el interes que tomaba en la suerte de todas las criaturas; reformador profundísimo que dedujo el sentido democrático encerrado en las páginas del Evangelio y presintió la union de todas las castas en una igualdad natural; modelo de virtudes efusivas y de caridad ardiente; un redentor en el olvido y en el sacrificio de sí mismo, en el amor á los demas, en la aceptacion de todos los dolores y de todas las penas por el bien del hombre y por la gloria del Criador, á lo cual debió que su vida fuera un holocausto como el holocausto de la Cruz, y su muerte una transfiguracion como la Transfiguracion del Tabor.
En torno suyo gravitan mundos y cielos, ciencias y artes, religion y política, todo el Universo moral. Como el sol envia luz, y en la luz calor, y en el calor electricidad, y en la electricidad magnetismo, en todo vida, la idea envia en sus irradiaciones arte, religion, poesía, todo un mundo y todo un cielo. Y como San Francisco es en sí una de las encarnaciones más bellas de la idea, San Francisco moverá con su aliento desde el ala tímida del corazon de los pequeñuelos, hasta las potentes alas de la fantasía de los artistas y del pensamiento de los sabios. Los instintos y los sentimientos, las nociones confusas y las ideas claras, las arpas de la inspiracion y los instrumentos de la ciencia, la naturaleza y el espíritu, todo el sér de una edad, lanza vagamente á los espacios de la conciencia ciertas indefinidas y vagas esperanzas, ciertos fantásticos ensueños, el vapor de las ideas que luégo viene á reunirse, á condensarse, personificándose en un solo hombre, poeta, orador, tribuno, filósofo, artista, como en Rafael se personificó la edad del Renacimiento y en Voltaire el siglo décimooctavo.
¡Misterios de la Historia! En la época de San Francisco, en el siglo décimotercio, hay dos hombres que tocan con su razon á los últimos confines de la ciencia; que llevan en su palabra encerrados los más profundos abismos del pensamiento; titanes soportando sobre sus espaldas el peso de la eternidad. Uno de ellos se llama San Buenaventura y el otro se llama Santo Tomás, el Platon y el Aristóteles de la Edad Media. Ambos á dos han penetrado en los más recónditos senos del espíritu humano y han recorrido en vuelo jamas igualado las inaccesibles alturas de lo infinito. Uno y otro han hablado de Dios y de sus atributos; de las leyes de la providencia y de las relaciones entre la criatura y su Creador; de la naturaleza del sentimiento y de la naturaleza de la idea; del conocer, del pensar, del raciocinio, de todo cuanto existe en la realidad y es dado que exista en lo posible, desde el grano de arena al orbe luminoso, desde el orbe al ángel, desde el ángel al Verbo en la doble inmensidad del infinito moral y del infinito material; y sin embargo, ni uno ni otro han logrado fundar elevada estética, que sientan así el campesino como el pintor; mover el mundo á la creacion de austera sociedad, que lleve en su seno los gérmenes de revolucion universal; suscitar desde confesores, poetas, mártires, arquitectos, pintores y escultores, hasta muchedumbres de ambos sexos dispuestas á vivir combatiendo y á morir sacrificándose por un misterioso ideal: que esa obra milagrosa ha quedado para el pobre, para el ignorante, para el insensato, para el jóven demente á quien apedreaban los chicos de las calles y de quien se reian todas las gentes acomodadas y de seso; para el iluminado San Francisco. ¿Y por qué? Tanto valdria preguntar por qué el redentor no es aquel hombre moral que despertaba la conciencia humana con su palabra sencilla y moria envenenado departiendo á los primeros resplandores del alba y á las primeras sombras de la agonía con sus discípulos sobre la existencia de Dios y la inmortalidad del alma; por qué no es el autor inmortal del Banquete y del Fedon, el que ha visto todas las cosas en las ideas y todas las ideas en el Eterno y ha hablado de lo infinito y de su luz con palabras que extasiarian á los ángeles; y sin embargo, es el oscuro judío, el nazareno desconocido en la tierra, que habla al pueblo más despreciado de todos los pueblos en la lengua más ignorada y tiene por principal inspirador el desierto y por apóstoles y por discípulos el primer publicano encontrado en las encrucijadas de los abandonados caminos y el primer pescador que tiende sus redes sobre lagos pestilentes y muertos, profesando una idea evaporada por las cenizas de Palestina, la cual ha de exhalar en aromas de incienso religioso un nuevo espíritu y ha de destruir con sus raíces nada ménos que la antigua Roma. ¡Ah! El mundo se ilumina por la inteligencia, pero se sojuzga por la voluntad; lo esclarece la idea y lo conquista el corazon. Hacen mucho los que saben pensar; pero hacen más los que saben morir. La razon es la luz; pero el amor es el fuego en que los mundos se forjan. San Francisco, como Cristo, siente la caridad y el anhelo por el sacrificio. Por eso, recorriendo las páginas de los sabios, aprendeis; y recorriendo la vida de este monje, sentís. Los teólogos podrán moveros á pensar; pero á la accion sólo os moverá esta voluntad impetuosa del milagroso cenobita. Y por el amor alcanzó en tiempos de ódio y guerra la caridad; en tiempos de aristocracias feudales la igualdad; cuando se constituian hasta los sacerdotes en soberanos, porque fuera de la dominacion terrena apénas se alcanzaba ni siquiera la autoridad moral, evangélica democracia inspirada en los más puros sentimientos cristianos, que debia contribuir á demoler las castas, á renovar la sociedad, á traer los gérmenes del espíritu moderno. Y la razon dice al par de la fe:—¡Gloria á San Francisco!—
II.
Veniamos de Terni. Acabábamos de estar en comunicacion estrecha con la Naturaleza; habiamos recorrido plantaciones de moreras, viñedos, olivares, naranjales cubiertos de blanco azahar y filas de granados cubiertos de rojas flores; verdes praderas sobre las cuales discurrian las mariposas y las abejas y los abejorros; trigos rubios cuyas espigas se doblaban al peso de los maduros granos y ondeaban al impulso de las sosegadas auras; montañas con sus cimas ceñidas de oscuras encinas y con sus laderas ornadas de claros castaños; caminos abiertos sobre los abismos y en las duras peñas desde donde se descubrian entre los celajes las dentadas cordilleras con sus picos nevados; lagos tranquilos, como el lago de Pié de Lugo, que reflejaban todos los matices del cielo y todos los bosques y aldeas de la orilla en el cristal de sus aguas; impetuosísimas cascadas, como la cascada del Velino, despeñándose de alturas vertiginosas entre breñas tapizadas de plantas acuáticas para formar trombas y torbellinos de espuma sobre cuyas blancas espirales se tendia el arco íris; maravillas inagotables de la creacion que fortifican y animan; pues en lugar de mover la actividad febril del pensamiento, como las maravillas del arte, la adormecen y la serenan, anegándonos por completo en los torrentes de la vida.