Magnus ab integro seclorum nascitur ordo,

Jam nova progenies cœlo demittitur alto.

Por eso en la Edad Media, al impulso de aquella reaccion mística, todos los genios de la antigüedad se apagan y Virgilio brilla sin ocaso. Los padres de la Iglesia le admiten universalmente entre los doctores y los poetas. Podrian escribirse cien volúmenes como los dos eruditísimos que ha publicado el sabio profesor Comparetti sobre las transformaciones del alma de Virgilio en la Edad Media y en el Renacimiento, sin que materia tan vasta se agotase. Apénas ha muerto, cuando ya lo menciona el Evangelio apócrifo de Nicodemus. Su figura tiene cierta semejanza con la figura del apóstol San Juan, cuya teología es griega, copiada casi de los diálogos de Platon. Aquel cristianismo natural, de que habla Orígenes, traido consigo por cada hombre al nacer, sustancia eterna del espíritu humano, se encuentra en la piedad de Eneas y en las esperanzas despertadas por el nacimiento de Polion. Lactancio, cuando lee la Égloga cuarta, cree leer la epopeya de la segunda venida del Salvador en rosadas nubes resplandecientes de gloria, llamando el Universo entero con sus planetas y sus soles al supremo último juicio. Constantino el Grande la traduce al griego y en cada uno de sus pensamientos ve confirmado un dogma cristiano. San Agustin, al oir que morirá la serpiente y desaparecerán las espinas y los vellones se teñirán por sí mismos y las vacas llenarán de grado con blanca leche los odres y se vestirán de lirios las colinas, cree oir la profecía sagrada de la redencion universal. Las iglesias de Mantua entonan religiosos cánticos, en que San Pedro llora sobre el sepulcro de Virgilio por no haberle visto en vida y no haberle consigo arrastrado á la predicacion y al martirio. San Jerónimo dice cómo se ha dudado de la autenticidad de los libros sibilinos; pero tambien cómo al verlos repetidos en las Églogas se afirma la existencia de Debóras y de Isaías de profetisas y de profetas en el paganismo. El papa Inocencio III, en sermon predicado bajo las bóvedas de San Pedro por la fiesta de Navidad, cita el nombre del poeta mantuano para confirmar la venida de Cristo á nuestro bajo mundo.

Desde su cuna de Mantua á su tumba de Parthénope, Virgilio ha pasado entre aplausos y aclamaciones como cumple al vencedor en las más difíciles y más porfiadas guerras; en las guerras del arte. La expoliadora espada de los pretorianos se ha embotado en sus campos; la frente de los Césares se ha inclinado en su presencia; los espacios del teatro han resonado con los aplausos concedidos á sus versos; las rodillas de la muchedumbre se han doblado á su sombra, habiendo tenido que huir mil veces del mundo para huir de la fama y de la gloria. Pero desde su tumba de Parthénope hasta nuestros dias, ha pasado su alma por una carrera más larga aún y más gloriosa. Volveos y la veréis por doquier en la liturgia sagrada, en los libros caballerescos, en los romances castellanos, en las sentencias teológicas de Bernardo de Chartres y de Juan de Salisbury, desde el primer vagido de la razon emancipada en Abelardo hasta la plenitud de su elocuencia en Marsilio Ficino, reinando con Platon y Aristóteles sobre la conciencia humana, á la cual abre mágicos horizontes con su áureo ramo, dirigiendo por los círculos del dolor y de la purificacion, como un astro de primera magnitud, al poeta épico del catolicismo, hasta elevarlo trasformado y perfecto á las cumbres del cielo, á la compañía de Beatrice, á la vision mística de lo absoluto en el inmenso seno del Eterno.

Leemos de contínuo á los grandes poetas. Hoy más que nunca debemos templar la fantasía en esos modelos. Terrible desesperacion se apodera del sentimiento y mella la voluntad. El suicidio, el sacrificio, no ya de la vida de un dia, de todo el sér, de toda el alma, se ha elevado en la nacion de los ensueños á verdadera ciencia como en la antigua India. Oid la filosofía que va quedando sobre tantas ruinas; oid el filósofo á la moda. Todo bien aparece como una utopia, toda inspiracion como una flor venenosa; el mal corre á manera de savia por las fibras de los vegetales y á manera de sangre por las venas del animal; cada hombre se asemeja al ciego topo que vive construyendo eternamente una vivienda jamas acabada, y á la hormiga de Australia que nace con incontrastable instinto suicida; el amor, solamente merece nuestras maldiciones: el gran culpado, que al conservar y reproducir la vida, conserva y reproduce la pena y la muerte; querer equivale á sufrir y sufrir á sér; la inextinguible sed de lo perfecto tiene toda la intensidad de la sed hidrópica, pero jamas tendrá satisfaccion sobre la tierra; la virtud del genio, sólo sirve para agravar todas las penas y sólo merece el nombre de enfermedad hipocondríaca; la existencia se llama combate, pero combate donde existe esta seguridad únicamente; la seguridad de horrible y definitiva derrota: todo nuestro gran trabajo se reduce á querer sin motivo, á luchar sin objeto, á cazar ó ser cazados en esta cacería infernal de todos los seres unos contra otros, á poner bajo cada paletada de tierra un cementerio de innumerables animales, á nacer y engendrar para morir, hasta que bajo los horizontes sólo se descubran montones de esqueletos, y la perfeccion estribe en aniquilar este horrible sarcasmo llamado la vida humana, burla que el Eterno ha lanzado exclusivamente sobre nuestro pésimo planeta, sobre este infierno sin esperanza y sin salida.

Para contrastar semejante pesimismo no hay como volver al seno del grande arte, de la eterna poesía, y reconciliarse en sus espléndidos cielos, al calor de su luz benéfica y al arrullo de sus cánticos inmortales, con la Naturaleza, con la Humanidad y con Dios.


SAN FRANCISCO Y SU CONVENTO EN ASIS.


I.