LOS GÜELFOS Y LOS GIBELINOS DE ROMA.
La nacionalidad italiana, hasta ahora, ha cambiado la superficie, pero no ha cambiado el fondo de la Ciudad Eterna. La idea que en Roma domina es la sublime idea de la muerte, y su necesario complemento, la idea de la eternidad. En vano las instituciones modernas brotan sobre las moles de los tiempos antiguos; como los festones de hiedra sobre las ruinas, sólo sirven para acrecentar la solemnidad y la tristeza. ¡Ah! Lo presente nada vale aquí donde las generaciones comparan á cada instante y á cada paso la propia fugaz brevedad con los momentos eternos. Los celajes de lo porvenir se cierran á la vista. La idea de lo porvenir habita esas regiones de América, del Nuevo Mundo, sin historia, y con la naturaleza vírgen, exuberante, furiosa, espaciándose en selvas inexploradas, en floras gigantescas, en legiones de animales innumerables, como un verdadero incendio de vida, como el comienzo ígneo de un nuevo planeta recientemente desprendido del sol. Pero entre tantos sepulcros, sobre estos montones de huesos, en los océanos de cenizas que á la Ciudad Eterna rodean, ni cabe la esperanza ni el presentimiento de lo porvenir, tan ligados como á la juventud de nuestra vida individual, á la juventud del Universo. Despues de abrazar de una sola ojeada innumerables centurias esculpidas sobre columnas que el tiempo separa con siglos y el espacio reune en el mismo sitio; despues de ver que ciertas inspiraciones y ciertas grandezas no se han repetido, os atrae bien poco lo porvenir terrenal, sujeto á las mismas luchas y á las mismas derrotas que lo pasado; y os sobrecoge el deseo impaciente de penetrar en otros horizontes nunca vistos, en otras esferas nunca alcanzadas, en otros cielos superiores á nuestros cielos, en las sombras infinitas de la eternidad. Luégo, la naturaleza se ha complacido en formar aquí una necrópolis en rivalidad con la Historia. El árbol por excelencia de Roma, es el cipres; las plantas por excelencia de toda ruina, la ortiga y la cicuta. Los rios, de suyo alegres, tienen aquí la tristeza de los rios del infierno pintados en los frescos de la Edad Media. Las lagunas pontinas exhalan miasmas de corrupcion y siembran la campiña de muertos, y dan á los campesinos, en todas partes más robustos que los ciudadanos, la verdosa amarillez de los cadáveres. Esta amenaza de la fiebre, presente siempre á los ojos, sonando como el llamamiento del sepulcro en los oidos, esparcida hasta en el aire que os anima y os refrigera, enseña cómo sobre Roma solamente han quedado la sombra de los gladiadores pidiendo venganza; los manes de los mártires de tantas causas ó vencidas ó vencedoras; los ángeles del juicio y del exterminio ideados por los antiguos Apocalípsis; las tristezas sublimes de todas las ciudades nuestras.
Hercúleo esfuerzo os cuesta descender desde estas alturas de la eternidad al oleaje tumultuoso de la vida presente. Pero descendeis por fuerza. Y en la hora que corre, en esta hora crítica de su vida, Roma ofrece contrastes bruscos por una conjuracion de coincidencias tal vez singulares en su historia. No es ya el sepulcro de un Papa en el mausoleo de un tribuno; la efigie de San Pablo sobre la columna de Trajano; el obelisco de Cleopatra bajo la cruz del Nazareno; los altares del Dios-espíritu en los jardines del emperador bestia; los filósofos de Aténas discutiendo sobre el sér y no sér en la vida al frente de los teólogos de la Iglesia disputando sobre la presencia de Cristo en el Sacramento; un cenobio de franciscanos en vez del templo de Júpiter Capitolino; y al pié de las moles del Circo Máximo, en que piafaban los caballos de las carreras ó rugian los tigres de los juegos, la catacumba de los primeros cristianos, todavía perfumada con el incienso de los místicos cantares. Hay otros contrastes más extraños, como la camisa roja del garibaldino junto á la estameña burda del ermitaño; la arenga tribunicia del filósofo que truena desde Monte-Citorio contra los Papas y sus poderes, tanto espirituales como temporales, y la oracion fervorosísima del obispo que desde su púlpito anatematiza las invasiones italianas, y sus legisladores, y sus soldados, y sus reyes; el periódico callejero escrito con la tinta de Marat, resonando al par de las plegarias leidas sobre los piadosos breviarios; el peregrino católico que corre á visitar al Papa-rey en su áurea prision vaticana y el viajero demócrata que corre á visitar al general de la libertad en su retiro agrícola á lo Coriolano; el inmenso establecimiento de misioneros que propaga los dogmas de la fe y el inmenso establecimiento de escolares que propaga los dogmas de la razon; un jesuita escribiendo libros cosmológicos en que solamente por coincidencia se habla de Dios, y un germano enseñando á la ciudad aborrecida por Arminio y anatematizada por Lutero, su gloriosa historia y los sepulcros de sus pontífices; los fuegos fatuos desprendidos de los mondados huesos compitiendo en brillo y en color con la intensísima luz de este nuevo dia del humano espíritu y la vida antigua tan llena ó intensa como la vida moderna; contrastes que acaso no volverán á ver los nacidos, ni volverán á repetirse en la historia, porque la incompatibilidad de ciertos elementos lleva en sí una lucha terrible, y esta lucha terrible ha de resolverse, tarde ó temprano, en completa y exclusiva victoria de uno de los contrarios.
Hablaba ayer con cierto americano, amigo mio, de estos contrastes de Roma, y le decia que en poco más de dos horas acababa de verlos bien extraños entre la basílica de San Pablo y las catacumbas de San Calixto, testimonio aquélla de la fe de nuestro siglo, y testimonios éstas de la fe de los primeros siglos del Cristianismo. La basílica, devorada hasta los cimientos á principios de la corriente centuria por grande incendio, ha sido construida de nuevo en estos nuestros tiempos. Los Papas han querido decir con ella que si no pueden elevar monumentos tan bellos y tan grandes como San Pedro, pueden elevarlos tan ricos y ostentosos sin temor á una nueva reforma. España, que no tiene hoy ni las escuelas, ni las academias, ni las casas de caridad necesarias á su instruccion y á su beneficencia, mandó ayer, por espacio de muchos años, 25.000 duros mensuales para la edificacion de este templo. En la basílica el lujo, y en las catacumbas la pobreza; allí el pavimento de mármoles brillantes como espejos venecianos, y aquí el pavimento de cascajo humedecido como por gotas de lágrimas y gotas de sangre; allí pilares de granito oriental, que no pueden abrazar dos hombres; urnas de verde malaquita, semejantes á titánicas esmeraldas, regalos del Czar de todas las Rusias; columnas de alabastro, que valen como si fueran de oro y pedrería, regalos del Rey de Egipto; y aquí, en el terreno volcánico, léjos de la luz, fuera casi del aire, hileras de sepulcros escondidos á la persecucion y á la saña de los Emperadores del mundo: en la basílica, entre áureos circulares marcos, los retratos de todos los Papas, trazados por la paciencia de innumerables artífices en costosos mosaicos, los cuadros de Julio Romano trasladados á vistosas piedras, las estatuas de Pedro y Pablo esculpidas en mármoles de Carrara, los doce apóstoles y los más célebres santos resaltando en vidrios de colores, las aras de jaspe y ágatas sostenidas por bronces dorados á fuego que deslumbran; y en las catacumbas, sobre los cenotafios de tosca puzolana, al escaso resplandor de las antorchas, en ladrillo ó piedra, trazados por el pincel de los creyentes, una paloma que viene con su ramo de olivo, un pez junto á la cruz griega, una orante con sus manos y sus ojos hácia el cielo, símbolos de tristeza, de desesperacion, de penitencia; y, sin embargo, en la riquísima basílica, á pesar del esplendor de las artes y de las maravillas del lujo, hay algo frio que nada dice al sentimiento ni á la inteligencia, como un rico mausoleo que aguardára á un potentado egoista, el cual quisiera rodearse de obras dictadas por el afan de lucro, y no por la espontánea inspiracion, miéntras que en la oscura catacumba, toda henchida de espiritualismo, las manos se juntan involuntariamente para mezclar una oracion á tantas oraciones, las rodillas flaquean y se doblan como al latigazo de ese rayo invisible llamado lo sublime, y Dios aparece en zarza más ardiente que la zarza del Sinaí; en la llama inextinguible del dolor y del sacrificio.
«¿Y son ésos los contrastes que veis en la Ciudad Eterna?» me dijo el americano. Pues yo ayer los he visto mayores, y, sobre todo, más recientes. Á las once de la mañana me dirigí á San Pedro. Por el camino tropecé con varios jóvenes demócratas precedidos de una música que tocaba la Marsellesa. Al volver una esquina di de manos á boca con piadoso entierro. Varios penitentes, vestidos de túnicas blancas rematadas por capuchones celestes y cubiertos de antifaces, como los enmascarados de Lucrecia Borgia, llevaban á enterrar, sobre andas doradas, el cadáver de oscuro sacerdote encerrado en tosca mortaja de pino. Delante iba una procesion de frailes con hábitos blancos, azules, negros, pardos, como si estuviéramos en los tiempos más florecientes del Pontificado. Al acercarme á la columnata de Bernino, pasaban corriendo los cazadores que entraron por las brechas practicadas en la Puerta Pía, y al terminarse la columnata departian los que les resistieron, los suizos pontificios, vestidos con los trajes rojos, amarillos y negros, cuyo modelo trazó Rafael de Urbino. Subí las escaleras del Vaticano, y se mezclaban los acentos de la música italiana en mis oidos con austero Miserere que entonaban varios peregrinos alemanes en armonioso coro. Entré y me eché de rodillas en un magnífico salon, cubierto de rica tapicería, á recibir, con varios paisanos mios, la bendicion papal. Vi al Papa vestido de blanco, los cardenales vestidos de rojo, los guardias nobles con su traje de terciopelo grana algunos, y su traje de terciopelo negro los más, el alabardero de centinela, y los domésticos y familiares con sus ropillas multicolores de ricos brocados y de mangas perdidas, como si áun subsistiera la Roma pontificia. Apénas habiamos dejado el Vaticano y entrado en el Corso, cuando nuestro carruaje se cruzó con el modesto y sencillo carruaje del Rey de Italia, en cuyo atezado rostro creimos descubrir las señales de floreciente robustez y de verdadera alegría, sólo comparables, dadas las diferencias de temperamento y de edad, á la robustez y alegría de Pío IX. Mis amigos no se contentaron ciertamente con esta visita; quisieron ver tambien á Garibaldi. Devoramos el largo espacio que le separa de Roma, y nos dirigimos, por la Puerta Pía, hácia la quinta donde, refugiado contra la curiosidad de tantas gentes, no pudo burlar nuestra curiosidad. Sus cabellos rubios, del color de los rayos del sol, que rodeaban su cabeza de una aureola mística, tiran ya á blancos, pero conservan su lustre sedoso. Las barbas blanquean tambien como el cabello. Los piés, taladrados por la gota, apénas pueden sostenerlo. Sus manos se han retorcido y afeado al dolor en tales términos, que difícilmente cogieron la pluma para trazar una firma al pié de varios retratos por nuestro entusiasmo apercibidos para recoger autógrafo tan célebre. Mas el rostro conserva todo su heroico candor, los labios toda su sonrisa de benevolencia, los ojos azules toda su mística expresion, la tez toda su sonrosada blancura, y la fisonomía toda su honradísima ingenuidad y toda su sublime sencillez. Nos habló en corriente español y nos preguntó por el estado general de las instituciones liberales y democráticas en América, dándonos consejos tan elevados como prudentes. Nosotros le preguntamos por sus proyectos, y nos dijo que las cosas de palacio van despacio, recordando con oportunidad el antiguo refran español y refiriéndose con gracia á la lentitud del Gobierno. Pero habló de sus trabajos hidráulicos cual pudiera hablar de sus campañas políticas. Roma no podrá ser capital de Italia miéntras tenga la muerte disuelta en sus aires. Catorce acueductos conducian las más ricas aguas de todas las cercanías, en la antigüedad, á la gran capital, henchida por dos millones de habitantes. Estos catorce acueductos, hundidos en su mayor parte, que eran catorce radios de vida y de salud, lo son hoy de corrupcion y de muerte. Desviar el curso del Tíber, excavar los alrededores de Roma, destruir los focos de la fiebre, rehacer el agro latino, desecar las lagunas pontinas, construir un puerto muy seguro y muy cercano, son obras á las cuales quiere unir el gran general popular los últimos dias de su gloriosa existencia. Inútil deciros cómo le oiriamos los que aprendimos á bendecirle en América, y le admirábamos en el sitio de Roma y en la retirada á Venecia, y le vimos reaparecer por las orillas de los lagos en la guerra de la Independencia, y le deseábamos la victoria cuando se dirigia á las Dos Sicilias, y le idolatrábamos lo mismo en sus desgracias de Mentana que en los sublimes sacrificios por la integridad y la independencia de su patria. Pero todo nuestro entusiasmo no impidió que desde la quinta de Garibaldi nos dirigiéramos al Colegio de la Propaganda religiosa y habláramos con monseñor Franchi de las misiones, y desde el Colegio de la Propaganda á la Cámara de Diputados, y oyéramos á Ferrari departir en los pasillos de la necesidad que tiene Italia de avivar su unidad con las antiguas instituciones populares, y ser en nuestro tiempo, lo mismo que en los tiempos medios, el genio de la democracia. Y cuando vino la noche, asistimos á una tertulia donde departian los blancos y los negros en grande concordia, y donde una dama romana parecia resumir nuestro dia y representar el estado de Italia, ostentando en su pecho un alfiler que tenía esculpida la efigie de Pío IX, y en las mangas sendos botones, el uno con la efigie de Víctor Manuel y el otro con la efigie de Garibaldi. Dicen, añadió el americano, como resúmen y aplicacion moral de todo su discurso, que los italianos son escépticos. Pues yo prefiero este humano escepticismo, tan propio para las ciencias y para las artes, al dogmaticismo recibido de nuestros padres los españoles, y que nos ha dado sesenta años de guerras sangrientas para fundar instituciones tolerantes y tolerables, que con otro carácter y otras ideas nos hubieran costado medio lustro ó un lustro de dolores.
Las contradicciones de Roma ¿no son acaso las contradicciones de nuestra vida? Y las contradicciones de nuestra vida, ¿no han de acompañarnos hasta la eternidad, como nos acompaña la sombra, como nos acompaña la muerte? Apénas hemos resuelto un problema, cuando surgen de sus entrañas mil problemas diversos. Apénas hemos planteado una idea, cuando con ella planteamos tambien su contraria. Así como no podemos elevarnos á ciertas alturas de la atmósfera sin exponernos á encontrar la muerte, no podemos cambiar los fundamentos de nuestra naturaleza física ó moral sin exponernos á caer en el error y en el absurdo. Lo que ha dado en llamarse el escepticismo italiano acaso es un conocimiento de la realidad y de la historia superior al nuestro. No podemos evitar que el planeta ruede entre dos polos, que la vida se extienda entre la cuna y el sepulcro, que alternen las lágrimas en nuestros ojos con las sonrisas en nuestros labios, que unos asciendan á las cimas luminosas de la gloria y otros caigan en las sombras espesas del olvido; que el trabajo sea un combate y el ocio un enervante; que corra un rio de dolores á nuestras plantas y circunde una aureola de esperanzas nuestras sienes; que los seres se persigan unos á otros en los círculos de este infierno sin fondo y se busquen y se atraigan convirtiendo por el amor sus dolores en cielos infinitos; que desde las playas de esta realidad siempre árida, entreveamos un ideal siempre luminoso; que seamos animales y plantas con las necesidades más groseras, y ángeles y genios con las aspiraciones más sublimes; una contradiccion más en este planeta de las grandes contradicciones. Pero evidentemente ciertos principios, ciertos elementos, ciertas instituciones mueren, aunque la contradiccion y el combate continúen. Se lucha siempre, es verdad; pero se lucha entre los vivos, si quereis, sobre los sepulcros de los muertos. En el siglo décimotercio existen unos problemas políticos, y otros distintos en el siglo décimooctavo. En nuestra edad, á nuestros ojos, pasa lo mismo. Los términos de los problemas cambian cada quince años. Lucharán otros principios; pero aquel que atribuia al sacerdocio un poder político ademas de su poder moral, no reaparecerá en el mundo. El poder espiritual de los Papas subsiste y subsistirá miéntras haya millones de católicos en el mundo; pero el poder temporal ha desaparecido por completo en el oleaje de las contradicciones de Roma.
El problema que embarga principalmente en Roma es el problema religioso; hoy, como en los tiempos de mayor fe, el primero entre los humanos problemas. Yo he procurado, en mis relaciones de viaje, siempre decir más bien el pensamiento de los demas que mis propios pensamientos sobre los asuntos interiores de los pueblos por mí visitados. Los varios libros que he escrito me han procurado varios amigos, hasta entre aquéllos que no participan de mis opiniones políticas. Y no os maravillará saber que he podido tratar, desde amigos y devotos principalísimos del Papa, hasta amigos y devotos principalísimos del Rey; desde senadores y diputados de la extrema derecha, hasta senadores y diputados de la extrema izquierda. Todo el mundo en viaje os pregunta por la situacion política de vuestra patria; y con sólo visitar dos ó tres iglesias de la Ciudad Eterna, os convenceis fácilmente de la inmensa popularidad que tiene, por ejemplo, Don Cárlos entre los sacristanes del Tíber. Yo, en cambio, pregunto á todo el mundo por su política interior en justa reciprocidad, y sin herir jamas las convicciones ajenas. Así, en calidad de narrador, proponiéndome no añadir cosa alguna de mi propia cosecha, voy á referiros lo que me han dicho un personaje católico y un hombre de Estado liberal sobre el problema de los problemas, sobre las relaciones entre el Pontificado é Italia.
Almorzaba hace pocos dias en casa de un príncipe, poeta, artista, diplomático, amigo de todas las dinastías destronadas, enemigo de todas las innovaciones italianas, devotísimo al Papa y á la Iglesia. Descendimos al jardin á tomar el café, y nos encontramos en el asunto de los asuntos por un camino bien llano, departiendo sobre la tésis, aquí frecuente, de si Roma ha perdido ó ganado bajo el aspecto artístico despues de la revolucion. Todo convidaba á discutirlo, todo: las hayas que nos daban sombra, y que habian visto pasar bajo su ramaje papas y familias de papas, reyes y familias de reyes; el Tíber que corria á nuestras plantas, y que nos mandaba una frescura seductora, pero asesina; los grandes palacios que se dibujaban á nuestro frente con su aspecto de fortalezas, sus arcos romanos, sus columnas griegas, su magnitud asiática, su aire feudal y sus preseas del Renacimiento; las obras artísticas que nos rodeaban, y de las cuales se desprendian, como la esencia de las flores, esas inspiraciones verdaderamente bellas, que no sólo encantan la fantasía, sino tambien sobreponen la razon á la voluntad, las ideas á la pasion, la conciencia al instinto, y fortalecen y aceran el ánimo, y lo persuaden á ejercer plenamente la libertad, y por la libertad lo llevan al cumplimiento del bien.